03 agosto, 2007

Balcón del Tiétar, I

No es broma: el pescadero del pueblo se llama Lucio y podrías confundirle con una trucha gigante. Además de eso, Lucio tiene un terrenito con pinos y olivos y, en medio de los árboles, una piscina fresquita. Lucio, que adora el vino, invita a la piscina a todas las amigas y clientas, pero nadie le hace caso: entradas en años y kilos se niegan a mostrarle un centímetro de piel a ese mirón, que encima huele a merluza.

Luis tiene cinco años y unas gafas del grosor de un telescopio. Bajo la espesura de los vidrios sus ojos parecen enormes, pero todavía son más grandes cuando se quita las lentes. Nunca llora, y las pestañas se le agolpan en los párpados como matojos negros de hierba. Pasa las vacaciones con sus abuelos y le encanta: ver con ellos películas de toreros, trepar por sus espaldas y jugar al dominó también. Ellos ya se lo imaginan de mayor, vestidito de luces, pero ¿podrá torear alguna vez ese niño con ese pedazo de lupas?

Soy tan popular en el pueblo como George W. Bush en Teherán. Pero lo estoy consiguiendo: volviendo de la piscina solo en el coche, en una tarde de calor insoportable, recogí a cinco chicas que hacían auto-stop. Las cuestas del pueblo son pinas, y ellas parecían cansadas y cubiertas de polvo. Las subí, y desde entonces no me las quito de encima: esperan todos los días, oteando desde lo alto de unas rocas, a que termine mis treinta largos para que las suba al pueblo. Alguna de ellas es rubia y mona, pero ninguna tiene más de doce años. Son mis micro-amigas.

26 julio, 2007

La batidora de prisas, XV

Tiene los muslos tan blancos que, cada vez que cruza las piernas, le queda una mancha del color de las sandias pintando por un segundo su piel. Bajo el labio un pendiente rojo, como un beso o un disparo, y el pelo tan brillante como la luz que atraviesa una catedral. Mira a su alrededor y parece no comprender nada: ¿para qué trabajar hoy?

25 julio, 2007

Secretos de un madrimonio, chapter one

Tres cajetillas diarias de Ducados, mala suerte y mala leche me dejaron huérfano a los catorce años. Suena duro, pero a base de amigos y pajas puede superarse como cualquier otra adolescencia -esa época en la que te caes a un río sin saber nadar: lo pasas mal, te falta el oxígeno, quedarán secuelas en el cerebro pero terminarás flotando-. No tengo hermanos -mis padres, asustados por lo feo que era, tiraron a un hermano recién nacido que luego resultó ser Bustamante- y me quedé solo con mi madre, 48 años, en la flor de la vida -sigue estándolo... pechos firmes, piernas pétreas, sólo con pedírselo te dejará comprobarlo-. Extraña pareja: un puberto anoréxico y una viuda de buen ver. Aunque cosas más raras se han visto: piensa en las Familias Reales y la consanguineidad.

Hablaba antes con una compañera sobre el tema. Es más joven que yo -ofensa cada vez más frecuente- y su primera pregunta era si mi madre se había vuelto a casar. Cuando la dije, perdiendo un poco los nervios, que desde luego que no, se quedó boquiabierta: "¿Y no tiene al menos novio?", me dijo. "¿Y tú no eres un poco puta?", pensé, pero me contuve y volví a decir que no. No lo entendía. No le entraba en la cabeza que, 18 años después, mi madre mantuviera el celibato.

Me sorprende la facilidad con la que las jóvenes opinan sobre lo que debe hacerse, pero aún más cuando la que debería haber hecho algo es mi madre. ¿Qué se supone que debe hacer una señora de casi cincuenta años cuando se le muere el marido? ¿Encerrarse en casa a cuidar a su único hijo o masturbar a desconocidos en el autobús de Coslada? Hablamos del lugar del que he salido, de lo primero que vieron mis ojos. Después de parirme se lo dejaron con más puntos que el Madrid de Capello... ¿es que yo no tenía derecho a opinar sobre qué hacía con su coño mi madre?

Recuerdo perfectamente el día que murió mi padre. Llovía, aunque quizá lo esté imaginando. Mi madre y yo estábamos relativamente tranquilos porque era la crónica de una muerte anunciada. A mí me jodía tener que ir con americana -tenía menos hombros que un chupa-chups- y ella iba de un lado a otro, haciendo trámites, como cuando tienen que mandarte un electrodoméstico a casa y temes que se pierda o que le llegue al vecino.

Salvo de mi madre y de mis primos, con los que lloré primero y vi "Érase una vez en América" después, no me acuerdo de mucha más gente ese día. Bueno, sí: de un tipo cabezón, bronceado y con bigote al que no había visto nunca. Flotaba todo el rato alrededor de mi madre pero no era el espíritu de mi padre, porque hablaba con acento andaluz y mi padre no soportaba a los andaluces. La agarraba del brazo aunque no tenía ninguna pinta de derrumbarse, la ofrecía pañuelos aunque no lloraba, saludaba a todo el mundo aunque no conocía a nadie. Me dio la impresión de que estaba, simplemente, culebreando, como un puto pavo real en un desfile de cuervos. Me dio la impresión, simplemente, de que era el primero en la cola para intentar follarse a mi vieja.

24 julio, 2007

Lavapies Water Park

En el corazón de Madrid, Lavapiés Water Park abre sus puertas... ¡y sus compuertas! ¿Harto del verano en la capital? Lavapiés Water Park. ¿El asfalto te derrite? Lavapiés Water Park. Deja de bañarte en La Cibeles o lo que queda del Manzanares y visita este céntrico oásis (Palmeras no incluídas).

- Aparcamiento a menos de cuarenta y cinco minutos.
- Restaurantes tóxico-internacionales.
- Locales comerciales y de compra/venta de drogas.
- Zonas verdes y no tan verdes.
- Espectáculo, a todas horas, de borrachos y mendigos.
- Y, por supuesto, nuestra guardería: suelta a tus criaturas en la calle y, con un poquito de suerte, ¡olvídate para siempre de ellas!

Y qué decir de esas atracciones acuático-muy-molonas:

Las Cataratas Fecales
Ni Victoria ni Niágara ni desde luego Iguazú: quédate boquiabierto y tápate la nariz en las pestilentes Cataratas Fecales... ¡una cascada marrón de putrefactas aguas orgánicas, salidas de orificios procedentes de todo el mundo! Heces de Bangladesh, orín a la paraguaya, vómitos latinos varios... ¡Un ensordecedor espectáculo líquido tiñendo de multicolor los muros de una vivienda! Si esto no es la espuma de la vida... ¿qué lo es? (o... "¿lo qué es?", o... "¿es lo qué?"... no lo tenemos muy claro)

Living Lavadora Loca
¿Cansado de desagües efectivos? Seguro. ¿Harto de tubos de goma sin picar, de empalmes perfectos? Sin duda. ¡Living Lavadora Loca es lo tuyo! ¡Mira como la bomba de desagüe se descontrola inundando toda una cocina y haciendo volverse loco al estúpido vecino de abajo! Y si te van las emociones fuertes, atrévete a detener esa manguera enloquecida expulsando agua grisácea... ¿lograrás dominar a esta culebra gigante? ¡Surti-surti-surtidor!

Wet Wet Viga
La madera se deforma adaptándose a casi todo pero... ¿y a las trombas de H2O? ¡H2Opruébalo! ¡Nosotros lo H2Odudamos! Esas vigas han durado más de un siglo, pero quizá seas tú el que esté debajo cuando esa castigada estructura se derrumbe provocando una catástrofe. ¡Ríete de coeficientes de seguridad, y métete en la piel de un pakistaní, o de alguien de San Francisco o de Tokio, y aterrorízate cuando todo a tu alrededor se derrumbe! Y cruza los dedos: ¡quizá con un poquito de suerte el agua también afecte al sistema eléctrico y tu cadáver, ya irreconocible bajo una montaña de escombros, quede achicharrado por un calambrazo de millones de voltios!

El Fontanero Fantasma
A veces viene pero no viene, se le espera y no aparece, y si finalmente está... ¿quién te dice que va a solucionarte algo? Lo más parecido que ha visto a unas tuberías son unos macarrones con queso, logrará empeorar el problema mezclando tubos de plomo con PVC (contraviniendo la prohibición de la Asociación de Fontaneros Mundiales), trabajando en cuclillas para no mancharse, encendiéndose un cigarrito junto a una bolsa de gas... ¡parchea, parchea, parchea! Con fontaneros así ¿quién necesita a Al Qaeda? Y si pese a todo te da confianza ponte uno de nuestros monos azules, coge martillo y llave inglesa ¡y termina de joderlo tú mismo!

Mira esa carita en el techo
Sacas tus llaves, abre la puerta, mira a tu alrededor y... ¿qué ves? Antes de valorar el alcance de los desperfectos deja volar tu imaginación y mira esa mancha de moho: ¿no te recuerda a nadie? ¿No se da un aire a ese secundario de 'Cuéntame'? Y las conocidas manchas negras... ¿no podrían ser la portada de un disco de 'Las Supremes'? No rasques el yeso, no cambies papel, no te tires al vacío, déjate de fungicidas... ¡es como estar en el Prado o viendo las Caras de Bélmez! Móntate un paraje aparicionista y sácale pelas a tu milagro paranormal fraudulento. ¡Ese hongo “Serpula lacrymans” blanquecino puede pasar por el Papa! Y quizá hasta sea comestible y/o alucinógeno...

Un Seguro muy Inseguro
¿Quieres escuchar carcajadas? Pues llama desesperado a Segurcaixa o Mapfre y verás. ¿Que su madre está atrapada bajo una pared derruída? Pues eso no lo cubrimos. ¿Sus hijos se han ahogado con el agua del vecino? Pues eso no lo cubrimos. ¿Un albañil ha caído por el techo e insiste en quedarse a cenar? ¡Ni el Toro Sultán cubría menos! 200 millones de pesetas y el cabrón salió impotente... Y tampoco esperes consuelo en la Comunidad de Vecinos, en tus amigos, tu pareja... ¡Ven a Lavapies Water Park, Lavapies Water Park, Lavapies Water Park!

09 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 3

Además de debilidades propias los humanos sufrimos también afanes animales, como el instinto de supervivencia, al que añadimos un matiz: la búsqueda constante de la felicidad, incluso en las peores condiciones de vida. Se ve en la sonrisa de los miserables, en los ojos de los niños paupérrimos: la vida tiene mucho de desgracia, es dura, pero puede llegar a vivirse y merece la pena intentarlo. La tristeza puede ser inevitable, casi una tragedia natural que nos ha tocado.

Así que incluso nosotros, los más infelices, podemos tratar de luchar contra la pena, aunque sea para que no nos devore como un monstruo negro e implacable. Podemos alegrarnos de estar vivos. La pena no nos matará: para eso tenemos la fiesta.

Con este espíritu empieza a celebrar, en los ochenta, Chueca su Carnaval. Entre la Epifanía y el Miércoles de Ceniza el barrio sale a la calle a bailar, disfrazado, olvidando durante esos días atracos, sobredosis, balas perdidas o SIDA. Las charangas y las trompetas ocupan su espacio. Es bonito estar borracho y, en vez de pelearse, bailar. Es tanta la felicidad y las ganas de compartir esos momentos que se recibe con los brazos abiertos a otros marginados: homosexuales,transexuales, travestis o críticos de música o cine. Sed bienvenidos. Celebrémoslo.

La filosofía crece en los últimos años ochenta. "Habrá toda la fiesta que queráis, montadla vosotros incluso que sabéis más de estas cosas, pero solucionad también los marrones". En resumen: si queréis ser del barrio, curraroslo. Y los recién llegados se lo curran, y mucho, porque también quieren tranquilidad y ser felices. En vez de traficar con caballo empiezan a venderse lencería comestible. En las calles ya no pueden conseguirse cápsulas extrañas, pero sí un buen par de pantalones de cuero con las nalgas recortadas. Y los recién llegados son buenos: ayudan a la abuela con la compra, en vez de robarle las vueltas. Los nuevos y afeminados vecinos hablan mucho y dicen cosas graciosas, no como los yonquis que apenas daban conversación. Y, si pinchas una rueda del coche, una lesbiana puede ayudarte a cambiarla: un toxicómano de los de antes, por muy machote que fuera, ni siquiera estaba seguro de que fueras real.


Los travestis empiezan a limpiar los parques, que están todos llenos de jeringuillas. Y las fachadas, hechas un asco, se pintan, y las escaleras, auténticas morgues, empiezan a vigilarse. Se engalanan las calles, es la fiebre del portero automático. Para repeler posibles agresiones físicas, y porque además se sienten más guapos, se dispara el cuidado de la forma física. Las únicas venas que se verán desde entonces por las calles son las que descubra una camiseta sin mangas.


El hasta entonces moribundo barrio de Chueca recibe una transfusión de sangre, rosa e hiperactiva. Está salvado.

08 julio, 2007

The End of the World

Sorpresa: el fin del Mundo ha llegado. Señales hay por doquier: hace un calor espantoso, es casi imposible aparcar en el centro y David Bisbal es número uno en Japón. ¿Quieren otra? Ahi va: los músicos han puesto manos a la obra para salvar el planeta. Ayer se reunieron algunos de los más conocidos y, en nueve ciudades, lucharon contra el cambio climático. ¿Inmolándose frente a fábricas contaminantes? No. ¿Reduciendo su consumo de jets privados y limusinas? Tampoco. Lo hicieron como de costumbre, promocionando sus últimos discos entre infantiles proclamas para que dejemos de cepillarnos la Tierra.

El fenómeno no es nuevo. Recuerdo mi primer concierto comprometido: el Live Aid hace 22 años. Ración doble, en Wembley y Filadelfia, servida por Bob Geldof, de quien jamás he oído/leído nada que no esté relacionado con este tipo de actos, lo que no me dice demasiado sobre sus virtudes como cantante o actor. Madonna daba saltitos con la foto de un niño famélico a punto de explotar al fondo. Los conciertos dejaron millones de dólares para Etiopía, víctima de una hambruna espantosa. Según se supo después, el dinero terminó en los bolsillos de los Derg, junta militar que entonces gobernaba el país africano y que con esa pasta exterminó a más de cien mil disidentes. Bravo por la música.

Veinte años después Geldof, que sigue sin vender una escoba, volvió a las andadas con el Live 8, copia del anterior pero ahora en ocho ciudades. Ni siquiera se preocuparon por recaudar dinero para los necesitados: el nuevo objetivo era "concienciar" a la gente de que el continente africano seguía sin importarnos un huevo. U2 o Madonna -de nuevo- no se lo pierden y, desde entonces, llevan una vida humilde donando casi toda su fortuna a los pobres. Los resultados están a la vista: África, lentamente, se está convirtiendo en un paraíso, casi todos los subsaharianos de mi barrio meriendan en el Rodilla y apenas se ven ya pateras tratando de cruzar el estrecho.

España no es escenario de ningún Live 8 pero... ¿para qué? Podemos organizarlos nosotros mismos. Unos pocos meses después del Live 8, por ejemplo, la angelical institución "Los 40 principales" -¿para cuándo un Príncipe de Asturias?- organiza su "Concierto Principales Solidarios Contra el Hambre en África", con cabezas de cartel como Coti y Melendi. Joder.

Pero el hambre -y el top manta, y las descargas de internet, y...- no es el único enemigo de los músicos ricachones. El SIDA, por ejemplo, es otro de sus rivales. En 2003 concierto contra la enfermedad en Sudáfrica: Anastacia, Beyoncé o la mitad de U2 también estaban allí, con los resultados habituales: en ese año la tasa de embarazadas con VIH en el país era del 27,9%; dos años después alcanzaba el 30,2%. El concierto frenó en seco la plaga: a los 24 meses los datos oficiales hablan de tres millones más de infectados. Empieza a confirmarse que estos solidarios famosos son gafes: por favor, que toquen en el próximo cumpleaños del Rey o en la presentación del Madrid.

Y ahora lo de "Salvemos la Tierra", que organiza Al Gore -tras adelantarse a un Geldof que, con el título de 'Sir' a cuestas y desde su castillo británico, descalifica el evento-. Al Gore, sí, el que permitió que Bush Jr le ganase ilegalmente unas elecciones. El que fuera vicepresidente de EEUU cuando Clinton se negó a ratificar el protocolo de Kyoto. El mismo que presionó a gobiernos africanos, defendiendo a las farmaceuticas estadounidenses, contra la producción de medicinas genéricas. Gore, ahora gran gurú universal del 'frenemos el cambio climático', organizador de conciertos masivos que desplazan a cientos de ególatras músicos, transmisor de mandamientos para salvar al mundo consistentes en inflar mejor las ruedas del coche, cambiar las bombillas de casa o tender la ropa en el patio, que las secadoras gastan mucho.

Gore, sus conciertos y su campaña "Save Our Selves". Sálvate tú y, de paso, salva a tu putísima madre.

07 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 2

Chueca: quién te ha visto y quién te ve. Para ser sinceros, hasta este estallido arcoiris yo Chueca lo tenía poco visto: apenas era escenario de mis pesadillas, cuna de miedos pueriles, leyendas de miseria, violencia y ausencia de derechos humanos. Si me robaban las hamburguesas en mi humilde Pueblo Nuevo, el Swatch en el vecino Ascao, si era perseguido por gitanos en Arturo Soria y sodomizado por un coro infantil en el Barrio de Salamanca, ¿qué hubiese sido de mí en ese salvaje y ochentero Chueca?

Difícilmente habría sobrevivido más de una hora en esa 'zona caliente' del horno que era la ciudad de Madrid. Un Madrid en el que los delincuentes no sólo campaban a sus anchas, sino que eran convertidos en leyenda por directores de cine, dibujantes de cómic o cantautores... ¿quién no fue alguna vez asaltado en este Madrid a lo Peckinpah?

No sólo yo: pocos eran los que se atrevían a pisar estas calles de Chueca, ahora llenas de vómitos de borrachos felices. Antes, entonces, sólo las recorrían drogadictos, despistados o ambas cosas a la vez. Eso era violencia callejera, y no las presuntamente temibles bandas de ahora, latinas como los Latin Kings, Ñetas o los Arepa's All Stars; margino-independentistas locales como Jarrai o los Filhiños del Inferno. Todos, muñecos de regaliz comparados con los delincuentes de entonces.

Las repintadas fachadas, los restaurantes de moda, las tiendas de mascotas con caniches de diseño parecen un decorado de cartón piedra comparados con el desolador paisaje que otrora caracterizara la zona. Desde el anochecer hasta el alba, incluso a media mañana y a la hora de la siesta, activas bandas violentas sembraban y recogían el terror. Compuestas por individuos de muy diferentes orígenes, a los que sólo unía el ansía desesperada de delinquir y hacer mal, hijos de decadentes burgueses, obreros politoxicómanos y miembros de distintas minorías se reunían para difundir el caos y apoderarse de los bienes ajenos.

Impotentes ante esos vándalos, vecinos y fuerzas del orden los ahorcaban junto a los caminos, nada más capturarlos, para que sirviesen de escarmiento a otros perdidos y de lección a los niños del barrio, que crecían compartiendo columpio con el cadáver putrefacto, devorado por los buitres, del vecino manguta de abajo.

Representantes barriales, escoltados por metralletas y tanques de la Policía Nacional, se apostaban en las entradas de Chueca para recibir, en sus puestos de vigilancia y aviso, a los incautos foráneos. Al preguntarle si era posible visitar la zona el vecino consultaba el reloj o, meditabundo, miraba el sol, y calculaba si antes del anochecer lograrías alcanzar tu objetivo, que por lo general era conseguir un poco de costo o visitar a una tía abuela que vivía en el barrio en penosas condiciones. Si consideraba que no, nos obligaba a dar media vuelta y, de insistirle en demasía, tenía permiso municipal -mandaba Tierno Galván- para abrir fuego sobre el temerario suicida.

No, definitivamente la Chueca en la que entonces tan fácil resultaba morir no tiene nada que ver con, rebosante de vida y mariconeo, la que recorro esta noche.

01 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 1

Que nadie me lo discuta: aunque sólo sea por sus millones de habitantes y sus fascinantes atascos Madrid es una gran ciudad. Y, como gran ciudad que es, Madrid sólo se paraliza por un gran acontecimiento: la boda del Príncipe, la manifestación ciclonudista o la fiesta del Orgullo Gay, que en el fondo viene a ser todo lo mismo.

Porque Madrid ya no es sinónimo de chulapos y bocatacalamares sino de homosexualidad galopante. Dicen que es la capital mundial de los gays y es probable, porque no hay urbe -salvo París que no cuenta, porque ya sabemos cómo son esos franceses- con más homosexualidad callejera. Y no lo entiendo: ¿por qué los homosexuales, gentes sensibles y con buen gusto, la prefieren a Versalles o Brujas que son mucho más bonitas?

Con sus obras, su polvo y su ruido Madrid es masculina y, por ende, un asco. Pero ellos (y ellas) erre que erre: ¿verán en sus grúas símbolos fálicos? ¿Tanta zanja y tanto tunel serán homo-metáforas de vaginas o rectos? No entiendo (de) nada, pero sí sé una cosa: las fiestas de Chueca este año, como las de todos los años, son sinónimo de felicidad.

Dicen que el desfile de carrozas del sábado fue inolvidable, No pude ir porque, como gogós y vendedores de éxtasis líquido, trabajé toda la tarde. Las autoridades hablan de millones de personas y los organizadores corroboran esas cifras, como corroborarían cualquier otra porque con el abuso de óxido nitroso apenas podían sostenerse en pie.

Sobre las decenas de carrozas, a lo Ben Hur, se podía distinguir a Malena Gracia, Marlene Morreau, La Terremoto de Alcorcón o Marta Sánchez. No entiendo cómo los gays pueden hablar de 'orgullo' cuando dejan participar en su fiesta a tal catálogo de hetero-despropósitos pero bueno, la verdad es que da igual. Como en toda exhibición masiva de voluntad popular, el único propósito era divertirse y formar parte de algo, y si no que se lo digan a los que se manifestaron contra la guerra de Irak o por la liberación del pobre Miguel Ángel Blanco.

Pero volvamos a la noche del sábado: el tremendo calor reinante o que pusiesen Robocop por televisión no impidió a las multitudes tomar las calles. El acceso a Chueca sólo era posible a pie, ya que vallas y coches de policía cortaban todas las entradas a un barrio que con sus ambulancias, sirenas y disparos al aire parecía Lavapiés.

Como en toda fiesta y gracias al bendito alcohol, las benditas drogas y el ¡bendito! deseo sexual los ánimos estaban cargados, y nada más cruzar la Gran Vía evité a una pareja de lesbianas en medio de un ataque de celos: en mi vida he visto a unos enamorados meterse esos empujones.

Seguí caminando e ignoré las primeras ofertas de sexo casual mientras me preguntaba quién me mandaba meterme en la Sede de la Iglesia de la Cienciología y, finalmente, me introduje en la marabunta humana.

25 junio, 2007

En el gueto, I

Aunque te digan que fue porque las ratas devoraron a Andrés -aquel inoportuno disfraz de quesito en la fiesta del colegio- los Pérez no se marcharon del barrio por eso. Tampoco porque su padre empezara a creerse un camión de la basura -resultaba tan ruidoso y sucio- ni porque su madre se destrozara una oreja cada vez que intentaba hacer mayonesa. Marta, la hija, tuvo la culpa por ser una nínfula obeso-perversa. La llamaban 'Lolota' y con sólo trece años se acostó con el cristalero, un hombre casado. Nunca la perdonaron que pesara el doble que él.

Bajando a la derecha, tapando unas casas, te sorprenderán unas palmeras. Sí, es verdad que estarían mejor en la playa, pero aquí están: las únicas desde que los Amaya se mudaron a la carretera perdida, buscando más espacio para su arte, sus cánticos y su chatarra. En la acera de enfrente, a la izquierda, se crió Francisco Pérez: era tan horrible jugando al baloncesto como brillante como subgerente bancario. Jamás conocimos su casa: nos daba miedo su hermana pequeña, una especie de enano pecoso y con falda.

El dinero se iba rápido en los Recreativos Sevilla pero... ¿cómo olvidar esa Plaza? La sombra y la serenidad de sus árboles, sus desperdigados bancos y sus sudamericanos borrachos la hacen parecer tranquila... ¿pero entonces? ¿A cuántos no os atracaron 'entonces'? Nadie que quisiera llegar a casa calzado se atrevía a cruzarla. Según la madre de Jose Rafi, adicta a los ovillos de lana, ¡vendían en ella droga!. La Plaza, antes marginal, ahora ofrece todo lo que se necesita para ser feliz: una tienda de alimentación, un bar y una peluquería tropical.

Podrás llegar a su casa a cualquier hora, porque siempre te recibirá despierta. Jamás duerme: sus gafas, su vestido corto, sus piernas llenas de músculos te harían sentir segura a su lado en un terremoto. Si no has cenado lo harás y si le gustas, algo seguro porque siempre le gusta la gente, te enseñará los jerseis diminutos que teje. Te preguntará si no son preciosos, y en verdad lo son: tan pequeños y tan delicados parecen hechos para un príncipe, per abrigarán a los bebés de la familia y el barrio.

14 junio, 2007

Un chico con guantes

En la vida hay temas mejores de qué hablar que de fútbol, pero no siempre me siento capacitado para hacerlo; además, es agradable entrevistar a futbolistas: chicos jóvenes pero precoces, que viven rápido pero a los que nunca abandona la inocencia de quien se gana la vida dándole patadas a un balón. También sale barato hablar con ellos: pidas lo que pidas -Coca Cola, croquetas, una de gambas- siempre paga el del bar, y algunos futbolistas están rodeados por un aura de deidad moderna. Iker es uno de ellos: capaz de volar y con el físico de un dios, probablemente sólo ser el portero de la selección española le impida ser uno de ellos.

- No estoy acostumbrado a hablar con estrellas como tú... ¿Qué podemos saber de ti? ¿Qué opinas de tu vida?
- Es un sueño. Un sueño hecho realidad. Sería un desagradecido si dijera lo contrario.
- ¿Todo lo que te rodea te parece -entrecomillo con las manos- "un sueño"? ¿Has oído hablar de las guerras, de la pobreza, del hambre? ¿También te parecen "un sueño"?
- Sé que el mundo no es perfecto. Sé que me pagan muchísimo por algo que quizá no lo merece, pero también sé que no lo hago por dinero, sino porque siempre lo desee.
- Pero tu trabajo no es perfecto: no puedes abandonarlo para ir al baño, las reglas son distintas para ti, y ni siquiera puedes ir vestido como el resto de tus compañeros: haga un calor espantoso o un frío desgarrador tienes que llevar guantes. Enséñame esas manos, Iker... ¿has visto? Están blanquísimas. Lo que me imaginaba. En la playa debes sentirte como si acabases de rodar Gilda. ¿Es duro, no? ¿No te gustaría llevar gorra?
- La verdad es que no soy coqueto. Yo soy un chico de barrio.

En eso Casillas tiene razón: es un chico de barrio, y más en concreto de Móstoles, una humilde ciudad dormitorio del suroeste de Madrid. Se va por la N-V y después por la carretera que llega, tras un montón de rotondas, a Alcorcón. Ahi suspendí seis veces el examen de conducir, conozco bien el camino. Es más, si alguien quiere bombardearlo aquí tiene mi firma de apoyo: Flesich.

- Valdano, Lillo y otros literatos llevan años hablando de la soledad del portero: la sombra amenazadora del larguero, el humillante desenredar el balón de las mallas tras un gol... ¿Es ser portero estar loco? ¿Es el uno a la espalda la marca del demente? ¿Acabarás sonado, alquilando una tienda de campaña a los yonquis? ¿Sigue habiéndolos en Móstoles?
- Jaja, no. Es verdad que es un puesto complicado, en el que es difícil disimular los errores. Tiene una presión especial. Los otros jugadores pasan a la historia por los aciertos: nosotros, los porteros, por los fallos.
- Ahora que sacas el tema vamos con un repasito histórico: el gol de caja torácica de Arkonada en el Parque de los Príncipes. Zubizarreta en Francia 98: los nigerianos todavía se están riendo. O el lamentable fallo de Cañizares en la Eurocopa de Bélgica, cuando se cortó el pie en el cuarto de baño. Se hizo mierda: la habitación del hotel parecía el set de filmación de Viernes 13. Así tenemos esa leyenda negra los españoles...
- La de Santi fue una reacción instintiva, que le puede pasar a cualquiera. Pones el pie para evitar que algo se estrelle en el suelo.
- Pero no si ese 'algo' es una botella de colonia de cristal, Iker... La verdad, uno espera que un portero esté pendiente de esas cosas.
- Se aprende con los años, y Cañete lo hizo: desde entonces siempre lleva el perfume en cantimploras de plástico.

Hablamos sobre la ya desaparecida Ciudad Deportiva, donde ahora arden los rascacielos. Solía ir allí de joven a ver a los canteranos: ver a los del Barça me quedaba muy lejos, y temía cruzarme con el Pep Guardiola en algún callejón oscuro.

- ¿Sabes cuándo te vi por primera vez? En el 93, creo. Fui a entrevistar a Floro.
- ¿Pero cómo puedes acordarte de mí?
- Ya eras muy bueno, y tan altito... a cualquiera le habría pasado lo mismo. Luego llegó tu debut: a los 17 años, casi un niño, debutaste en San Mamés. Delante de millones de vascos gritándote cosas horribles, como que los españoles no sabemos cocinar bien las kokotxas.
- Sí, con Toshack. Ese año Illgner se rompió y Bizzarri no tuvo nada de suerte...
- ¿Que no tuvo suerte? Si algo tuvo Bizzarri fue suerte: era malísimo y jugaba en el Madrid. Como tantos otros "arqueros" argentinos: mucha teoría, mucho aguantar de pie, mucho achique... no te jode. Al menos Bizzarri se llamaba Albano -un nombre a mi gusto precioso- y tenía pinta de portero: pienso en el Mono Burgos, Busquets o Higuita y me pongo de los nervios... ¿Hay intrusismo en tu profesión, y si la hay... qué opinas de ella? Si dices algo inteligente quizá pueda utilizarlo cuando me pregunten sobre periodismo.
- No sé si llamarlo intrusismo. Estoy de acuerdo con traer gente de fuera, pero siempre que mejore a la de aquí. Muchos porteros jóvenes españoles no tienen oportunidades porque un extranjero les cierra la puerta, y no por ser mejor sino por ser extranjero.

"Gente de fuera", "cerrar la puerta"... Escuchándole no sé si Casillas es patrocinado por Reebok o por el Frente Nacional de Le Pen. Sólo mi profesionalidad y que se me ha dormido una pierna me impiden levantarme e irme. Se lo hago notar.

- ¿Y tú que te crees, que eres conocido por tus méritos? ¿Por tus títulos, por todo eso del Madrid y tanto blablabla? ¿Y si sólo te admiraramos por ser el novio de esa... de esa... de esa chica tan guapa que es la novia de Casillas?

Ahora es Iker el que está a punto de marcharse. Lo evito arrojándome a las ruedas de su gigantesco Audi.

- Espera, Iker, no me has entendido. Plantéatelo al revés. Quizá no está contigo porque seas alto, joven, guapo, famoso, rico y no sé cuántas cosas más. Piénsalo. Puede que te esté utilizando. Piénsalo mucho, hasta que termine afectando a tu rendimiento. Piensa en cuando juegas fuera: tú por ahi, concentrado en un hotel, rodeado de huevos en pantalón corto... y mientras tanto ella sola, en Madrid todo el fin de semana, saliendo con sus amigas a su bola. Y un bombón así...
- ¿Estás bien?
- No Iker, no estoy bien. La verdad es que no estoy nada bien. Vivo un momento difícil.
- Voy a decirte algo y acabamos la entrevista: ¿Sabes lo que para mí es el amor? Un penalti. Un puto penalti en el que tú, por supuesto, eres el puto portero. No tienes ni idea de por dónde va a llegar el balón, es casi imposible que lo pares y, además, nadie confía realmente en que lo hagas. Pero tú no lo dudes: tírate. Tírate, siempre, hacia la derecha o hacia la izquierda. Por instinto, por verguenza, a ver qué pasa... Tírate, estírate e intenta detener el balón. Lo malo no será que no lo pares: lo malo es quedarse haciendo la estatua, pasmado como un idiota.

No sé de qué coño hablas, Iker, pero de algo sí que estoy seguro: no pienso volver a Móstoles. Me enferma acercarme a este lugar.

07 junio, 2007

Tonysyl, IV

Me gusta que nos hagan fotos. Lebbra consiguió hoy una cámara y antes de que la coloque nos hacemos fotos. Los cientos de quietas esferas del escaparate sirven de telón de fondo, y nos turnamos los tres junto a la relojería. Primero yo y Lebbra: es un poco más bajo y huele a boca de perro, pero me gusta salir pegado a un colega y le abrazo por los hombros. "No te acostumbres, mamón, que es lo más parecido a un abrazo de mujer que te van a dar sin pagar". Después se ponen Syl y él, y como siempre no pierde la oportunidad de cogerla. Su brazo alargado y moreno es como una serpiente, que se enrosca en su cintura. No me mola, pero me callo. Finalmente, nos ponemos Syl y yo. Syl sonríe. No cabe la risa en su cara, como si fuese la chica más afortunada del mundo. Yo, riendo y enseñando la lengua, sé que efectivamente lo soy. Lebbra sigue haciendo fotos y Syl y yo seguimos dándonos besos, toneladas de inmortales besos.

Apuntes de una mudanza, I

Ante la imposibilidad de mudarme de planeta o de calzoncillos o de casa tengo que resignarme a cambiarme de oficina, que no de trabajo, porque eso también resulta imposible dada mi completa ineptitud profesional. Resumiendo: mi santa empresa, que sigue dándome toneladas de dinero a cambio de todo mi talento y mis sinuosas curvas, se traslada. Se rumoreó mucho tiempo que sería a la Ciudad de Telefónica, esa legendaria urbe donde los semáforos son teléfonos y las papeleras son teléfonos y los teléfonos son teléfonos, pero al final no pudo ser porque tenía unas pésimas comunicaciones (o siempre comunicaba). Finalmente el cambio es a una oficina cercana, cercana a la oficina actual y a los Picos de Europa porque a todos nos queda espantosamente lejos de casa y del vientre materno que es de dónde nunca, jamás, deberíamos haber salido.

Nuestro nuevo domicilio es, según dicen todos -incluso los que lo conocen- bastante peor que el de ahora. Un amigo informático cuyo nombre no diré -sí que pesa más de cien kilos y lleva coleta y tiene apellido de superhéroe y acento extranjero- me dice que hace un calor espantoso porque los sotanos se recalientan más que los de una actriz porno por la acumulación de PC's. No sé. Otro amigo, también informático y también argentino (en realidad el mismo amigo, no me habla mucha gente en el curro) señala otro inconveniente: hay un baño por planta y en cada baño sólo dos tazas, lo que supone menos de un centímetro de cerámica Roca por nalga. Espero que mis compañeros no le den mucho a la fibra porque eso después del almuerzo va a ser como un lavatorio en la India.

Pero para mí el principal problema de cambiarnos de oficina es lo que esperan que hagamos en ella: trabajar. Qué manía. Y algo peor: otra vez el difícil y traumático proceso de conocer a nuevos seguratas. Siempre lo mismo (uno de los sacrificios de una profesión como ésta de periodista, llena de despedidas y viajes): cuando empiezo a encariñarme con ellos y sus técnicas de cacheo, llaves de judo y bromas groseras sobre cachiporras y esposas, nos separan. Como una hija de diplomáticos, o la esposa de un evasor de impuestos, soy víctima del desarraigo. Adiós Berihuete, adiós Mari Angeles, adiós Fermín y adiós Hijo de Berihuete, como quiera que te llames. Recordaré, siempre, las veces que os sorprendí viendo películas porno, las veces que me cazasteis olisqueando los asientos de mis compañeras, o aquella paliza a ese despistado anciano que llamó a la puerta creyendo que era su casa. Adiós, seguratas, adiós. Os mandaría estas líneas a modo de despedida, pero temo que Fermín y sus casi dos metros intenten volver a encularme.

Puestos a buscarle algo bueno a esta tragedía diría que mostrará de qué pasta están hechos mis compañeros. El anuncio de que los armarios de discos y libros podían ser saqueados fue como decir en un colegio de monjas que acababa de llegar Ricky Martin: gritos, carreras, muertos por aplastamiento, lencería volando por todos lados. El Ministerio de Medio Ambiente ha declarado al edificio Parque Nacional, como Monfragüe, por la abundancia de buitres leonados: robaron hasta un fax, como si la gente decente siguiera usándolos en este siglo. Respecto al office, el pillaje recordó a Nueva York en el apagón del 77 (sin violaciones, una pena). No importó que las máquinas de patatas contuvieran antiguedades dignas de Christie's: las hordas ansiosas de colesterol las mancillaron igual.

Llama la atención ver la cantidad de porquerías almacenadas a lo largo de estos años. Una compañera de mujer necesitó más cajas, para sus cremas reafirmantes y anticelulíticas, que Victoria Beckham cuando se marche a Los Angeles. Hay toneladas de desperdicios por todos lados, parece Nápoles. Al fondo de una cajonera ha aparecido el cadáver de un becario, al que siempre criticamos pensando que se había ido sin avisar a "20 minutos". Por la desorganización sólo hay CocaCola normal: los gritos de las adictas a la Light me despertaron ayer de la siesta.

25 mayo, 2007

Los mejores años de nuestra vida

No es frecuente que la vida ponga a cada cual en su lugar, pero eso es lo sucedido con el denostado barrio de Canillejas, históricamente marginado por las guías culinarias y ahora escenario de un auténtico 'boom' gastronómico en el que ha tenido mucho que ver el local que nos ocupa: la freiduría "El Chaval". Escondido tras un cementerio el restaurante, frecuentado por personajes de la 'farándula' (no es raro encontrar en él a prometedores científicos, estrellas del periodismo o celadores del Ramón y Cajal), se trata de un lugar de referencia para cualquier cocinero y, sobre todo, un garante de satisfacción para todo paladar selecto.

Tres socios, ahora de nuevo reunidos en la cárcel de Carabanchel, son los responsables del nacimiento hace algún tiempo de este entrañable local, cuyas paredes esconden una de esas cocinas que aspiran a renovar clásicos del recetario castizo. El ambiente, en estas tardes ya primaverales, enamora nada más pisar su selecta terraza, donde la sombra de unos escuchimizados árboles y el frescor de la arena, traída de Cuenca, crean una superficie idónea para descalzar unos pies que reposan entre colillas y huesos de aceituna, mudos testigos del ir y venir de varias generaciones.

Un servicio excepcional
Pero no es sólo eso: la voz de Mari, la 'maitre' miope que supervisa el servicio de sala abroncando a los clientes por llegar tarde, crea esa familiaridad tan difícil de encontrar últimamente, lo que unido a la fragancia que emana de fogones y sobacos de los camareros, la manteleria de papel -en estos tiempos de hipocresía ecologista- y la cubertería de mango de plástico -de alegre amarillo- llevan a hablar de un lugar incomparable.

Todas esas sensaciones se confirman al ver la carta: tras su rodaje en los pucheros de un comedor público de Guayaquil el chef Edgar concreta por fin una oferta de cocina honrada, sabrosa y sencilla, respetuosa con los ingredientes aunque no tanto con las arterias de los comensales, donde la lista de platos -forrada en elegante plástico- mezcla ideas de alto riesgo con excelentes versiones de platos tradicionales en una apoteósica miscelánea.

Entrados en materia, y comenzando por los entrantes, resulta imposible eludir la magnífica ensalada mixta, donde en un sorprendente esfuerzo de autenticidad se confunden los espárragos y la lechuga, el tomate, el huevo duro y el atún, productos de altura que en una lección de campechanía y honradez se presentan perfectos de punto, sabor y hondura. En la misma línea encontramos unas setas a la plancha que, en plena temporada, suponen tal explosión de sabor a bosque que hacen pensar en la pezuña de un ciervo, o los imperturbables chopitos, cuya carne reblandecida aunque atractivamente acompañada de la común 'gabardina' no desmerece del resto y escapa a cualquier reproche.

Metafísica de la gallineja
Mas la satisfacción -y el nivel de colesterol en la sangre- se dispara al llegar a los irrenunciables segundos. Es entonces cuando en este acogedor y coqueto local, a comedor lleno, los sudorosos comensales se entregan al leitmotiv de la velada: gallinejas y entresijos. Sí: aquí, cocinados ad hoc, se reencuentran dichas joyas de la casquería madrileña. La delicadeza de las gallinejas no se queda en el cliché y asume un barniz de modernidad sorprendente, mientras los divertidos entresijos, con esas ligeras notas amargas que proporcionan los rebordes quemados, aportan originalidad sin provocar empalago. La espuma del aceite, la riqueza y diversidad de los cúmulos de grasa... las tripas de cordero lechal se transforman en un animal vivo, que cruje y libera aromas de carne suave y delicada, frita con mimo en un cubo de sebo por el sonriente Edgar quien además, víctima de su alcoholismo, comparte cama con el animal durante la noche anterior. La gallineja, seña de identidad popular, se confunde con la esencia del barrio, en una alambicada simbiosis escenario-motivo apenas enturbiada por algún tiroteo callejero o la destrozada ventanilla de algún coche forzado.

Referencia entonces, desde hace muchos años, de la cocina-fusión y de las cardiopatías, "El Chaval" ofrece otros platos principales notables: descubrimos unas costillas de cerdo con salsa barbacoa -unión culinaria entre oriente y occidente- encomiables, o unas alitas de pollo -estelares o apeteósicas según el apetito que uno tenga- servidas por unidad. La decoración aséptica (no pasa lo mismo en los baños) y el sonido de la televisión -acaban de comprar un plasma- nos hacen fluir a través de un río calórico.

Licorcitos gratis
¿Los postres? Es al alcanzarlos cuando a uno le arrecian los interrogantes: ¿podré introducirme algo más de comida o estallaré como el transbordador espacial Challenger? La decoración es muy aséptica, repito, y es de mal gusto mancharla con nuestros órganos interiores: es por eso que la extensa lista de dulces, lejos de despertar la curiosidad, provoca las ganas de vómito. Arroz con leche, natillas, flan, tarta al whisky o su prima, la de Santiago... Una oferta algo severa y peligrosa, que aconseja recurrir al refrigerador de la sala principal donde, con la ayuda de algún simpático camarero, podemos elegir un ligero helado, dentro del extenso menú que ofrece la popular marca Frigo.

Valoración final
Precios que han hecho de la honestidad su razón de ser, lejos de esos otros que, arrastrados por las modas, se hinchan artificialmente. Una, es cierto, insuficiente carta de vinos, lo que compensa sobradamente la extraordinaria sangría y una selección más que aceptable de licorcitos finales. El recoleto interior, la bonhomía de cada uno de sus trabajadores , la permisividad con el consumo de drogas tanto en los servicios como incluso en la propia mesa hacen, pues, de este lugar un 'must' en el panorama gastronómico madrileño. ¿Recomendable entonces? No, obligatorio. Preparense para celebrar allí, durante décadas, nuestras más excelsas reuniones, sí.

10 mayo, 2007

Un hombre, un sueño y para mí helado doble, I

Conocí a Nicomedes García hace más de cuarenta años, en la primera y hasta ahora última de mis frecuentes visitas a México. Yo era un soñador reportero de ojos castaños, jóvenes como las ramas de un árbol; él, a quién tanto admiraba, el maloliente y amargado anciano en el que se había convertido. Pese a su carencia total de simpatía y dentadura, que dificultaba entenderle, aceptó hablar conmigo, prestándose a rememorar sus tiempos de líder revolucionario político. Unas cuantas botellas de tequila después Nicomedes se obstinó en recordar también sus tiempos en el Crazy Horse, pero las ganas de vomitar me obligaron a dejarle.

Sí, Nicomedes García "El temido", el feroz comunista, aquel del que tantas mujeres hubiesen deseado engendrar un hijo. ¿Que como llegué a conocerle? Una larga historia que podría resumir en una palabra: boniato. Comían muchos boniatos allí en México, adonde llegue en 1967. Incapaz de avanzar en la escritura de mi primera y polémica novela, "Pasión de Bandurria", buscaba nuevos personajes por el mundo y, de paso, huía de la estrechez moral de la dictadura de Franco, donde no era bien vista mi relación sexual con un instrumento de cuerda.

Compartí con Nicomedes apenas un día -salía carísimo invitarle constantemente a tabaco-, pero sin duda constituye uno de los grandes momentos de una vida que ha sido larga e intensa: basta repasar mis memorias ("De plomo") o mi ópera "Mimos del Telón de Acero" para saber lo mucho que me influenció aquel gran hombre.

¿Y que por qué hablar ahora de él? Sencillo: como la vieja mancha que, como un lunar, crece en un espejo antiguo, el recuerdo de este hombre ha crecido en los últimos meses, hasta aparecer como viejos apuntes entre mis revueltas libretas. Buscando mi dentadura postiza, tantos años después, me he reencontrado con él, aunque esta vez no me obligó a darle mis monedas sueltas.

Pero sí volví a tenerle de frente, cara a cara, y de nuevo comprendí por qué se escondía, por qué se sentía perseguido, porqué llévaba décadas oculto tras la corteza de un árbol.

De salir, los indios lo habrían agujereado confundiéndolo con un tapir.

20 de marzo de 1963, mañana
"La incomprensión, las tragedias, surcan la cara del hombre. Tampoco su manía de afeitarse con un sable, tan propia de los militares, ayuda a tener un buen cutis. Su faz es de adulto (sus bombachos y su escasa estatura, no), pero su mirada es joven: tiene los ojos de soñador o del que sufre la Enfermedad de Kufs. ¿Y su voz? Sigue como siempre, tan fuerte y aguda como cuando enardecía a las masas, aunque ahora sólo sirve para poner inexplicablemente agresivos a los machos de macaco..."

20 de marzo de 1963, mediodía
"Entusiasmado, Nicomedes me cuenta el origen de sus ideales, influídos por el PBT y el PSUP, el PCM, el CHI y su escisión la OIR-LIMO, al que prefiere llamar simplemente Cris. Entorna los ojos, reconoce no haber militado nunca en ningún partido que no fuese el suyo, y eso siempre que consiguieran escaños. Y muestra su oposición absoluta hacia el ORPC (Organización Revolucionaria Punto Crítico), a quienes considera "enemigos del pueblo" por su mal gusto a la hora de elegir calcetines..."

20 de marzo de 1963, mientras hacen la comida
"Es hermético. Por mucho que le pregunte Nicomedes evita hablarme de sus orígenes, muy humildes: su padre explotaba minas de oro en Chihualpa y su madre coleccionaba caniches. Pese a eso, y quizá gracias a su precoz interés por el badminton, recuerda cómo pronto le atormentó el decidirse entre un sistema dictatorial o una anarquía tradicional; desesperado, optó por la anarquía dictatorial. Como ejemplo, debajo de los pantalones siempre usa tanga..."

20 de marzo de 1963, seguimos sin comer, ya con hambre
"Probablemente influído por el krausismo, algo que acepta como un piropo, García niega la existencia de diferentes facciones en su grupo: sorprende su beligerancia hacia las narices respingonas, y no soporta a quien tiene un ojo ligeramente más grande que el otro. En un momento convulso de su carrera política, al poco de llegar al poder, detuvo y ejecutó a su mano derecha, Emiliano de Nava, acusándole de tener una mandibula "insoportable"...

20 de marzo de 1963, acaban de pedir una pizza
"Sorprende que Nicomedes García fuese no hace tantos años sinónimo de poder y rebeldía, especialmente viéndole ahora subido a un árbol tratando de cortejar a un tucán. Fue el hombre más importante de Latinoamérica, y en México nadie ha logrado olvidar los cuatro principios básicos de su breve gobierno: creación de un ejército únicamente entrenado para combatir alienígenas, asignación de cargos políticos en función del color del pelo, imposición de un salario mínimo que doblaba al de Suiza y la prohibición tajante de proyectar películas mudas, cuya mera existencia siempre tildó de amenaza"...

04 mayo, 2007

Tickets restaurant: Poder y Debilidad

No he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, pero sí a bastantes compañeros de trabajo trastornados por los "cheques restaurant". Es curioso: oblígales a trabajar un viernes a partir de las doce de la mañana y amenazarán con inmolarse, pero su lamento esconderá la morbosa satisfacción del que sabe que después podrá quejarse por lo mucho que trabaja. Lo mismo que con los "puentes" denegados: los oficinistas protestarán, parapetados tras sus humeantes cafés, pero en el fondo estarán felices por no tener que pasar tantos días con sus insoportables parejas. ¡Pero ay de quien se atreva a tocarles el talón de los cheques restaurant! Institución sagrada, papel soñado, vellocino de oro pequeñoburgués, será al ver reducido su fajo de falsos billetes cuando esos apacibles currantes se conviertan en hienas izquierdistas sedientas de hemoglobina empresarial.

El invento
¿Y qué son, exactamente, los cheques restaurant? ¿Dónde nacieron? ¿En qué lugar se enamoraron de ti? Su confuso origen tiene lugar, como el de tantas y tantas cosas -Marujita Díaz, por ejemplo-, en el Londres de la Revolución Industrial. Obligados a agotadoras jornadas de hasta trescientas setenta horas, empapados en aceite como churros recién fritos, molestos por los constantes retrasos en la invención de la maquina expendedora de té, la vida de los obreros de la Maxwell Screw Factory no era fácil en 1893: la brutal demanda de tornillos que exigía la construcción de un nuevo corsé para la Reina Victoria (llamada 'Royal with Cheese' por su sospechoso parecido a una hamburguesa gigante) obligó a los trabajadores a renunciar a la hasta entonces sagrada pausa de dos horas para relajarse en el minigolf.

La insostenible situación (no ayudaba la pésima decoración de la fábrica, llena de escenas de caza, ni los suelos de moqueta) provocó un plante de los obreros: muchos florecieron en forma de preciosas petunias, mientras otros optaron por mostrarse como exuberantes rábanos. Pero la solución definitiva seguía sin llegar, por lo que Sir Thomas Maxwell Junior III, que aún no exhibía sus pechos de silicona en la Cámara de los Lores y seguía dirigiendo la empresa, se lanzó a una histórica negociación con los líderes sindicales para cortar de raíz el asunto. Fue al confundirse e intentar cortarles las piernas de raíz a los líderes sindicales cuando la ronda de conversaciones, que se preveía amistosa, se transformó en hostil y descarnada.

Cuando la Revolución Industrial empezaba a frenarse -a las humeantes empresas de fabricación de tuercas y arandelas se les acumulaba el stock, mientras los vendedores de destornilladores observaban terrorizados la baja demanda- Sir Maxwell, con el apoyo decidido del Gobierno y de la Asociación de Sufragistas con Rulos, hizo una oferta casi desesperada: añadiría al sueldo mensual de sus trabajadores -que a duras penas podían alquilar un dúplex amueblado con vistas al Tamesis- un suplemento nutricional, tratando de erradicar además las epidemias de hambruna causadas por la repulsiva comida británica. En una jugada maestra Maxwell combinaba la satisfacción laboral con la mejora de las condiciones de vida de los empleados, aunque el concepto distaba de ser perfecto: el reparto, a media mañana, de sandwiches de mayonesa y esquirlas metálicas hacía muy indigesto el turno de tarde, por lo que los obreros -siempre exigiendo- construyeron barricadas por un mejor papel higiénico. El retratista Joshua Sugar Robertson refleja, en su monumental "Trabajadores congestionando letrinas", los tremendos disturbios que provocó esta revolución sindical.

Del esplendor al prohibicionismo
Ese resquemor inicial pronto dio paso al extremo opuesto, y los cheques restaurant se emplearon con devoción por una burguesía ávida de mostrar su pujanza. Como tener uñas de oro, o disecar a los padres, manejar esta forma de moneda se convirtió en síntoma de prosperidad, y no era extraño ver en las ciudades a familias enteras paseando a lomos de su fajo de tickets. Como toda epidemia también tuvo reflejo en el arte, hasta el punto de obsesionar a genios como Chaplin o Picasso. Varias películas testifican el fenómeno: por ejemplo, en "La taberna del irlandés" no eran aceptados (lo que provocaba una pelea entre John Wayne y Maureen O'Hara en la que el primero perdía varios dientes), y también el argumento de la mítica "Casablanca" -aunque el doblaje español, por motivos de censura, los convertía en "salvoconductos"- giraba a su alrededor.

El estallido de la II Guerra Mundial y sus consecuencias para el sistema bursátil llevó a intrépidos inversores a la riqueza. La irlandesa Hillary Belton llegó a ser la mujer más acaudalada del mundo gracias a su costumbre de llevarse todos los días tuppers al trabajo. La resistencia de los cheques a los gusanos les hizo sustituir a la patata como valor de referencia en muchos mercados. Pero la imposibilidad de emplearlos en un depauperado planeta -por ejemplo, pagar un chucrut con ellos en el bombardeado Berlín era más osado que hacer chistes sobre el bigote de Hitler- terminaron condenándolos al ostracismo.

Sus inolvidables mártires
Cheque Gourmet. Ticket Restaurant. Groupe Cheque Dejeuner. Nombres míticos, fuente de grandes derramamientos de sangre. Como la de Frank D. Garcia, trabajador de IBM: encontrado hecho fideos en una trituradora de papel, dejó una carta que justificaba su suicidio por la discriminación que suponía que los becarios no recibieran esta especie de paga extra. O Al Branches, secuestrado por unos mafiosos: lo descuartizaron al intentar pagar su familia el rescate con un saco de cheques gourmet caducados. O Fabian Kuescinski, que en los setenta sembró el terror entre las secretarias de Chicago: él y su banda de ladrones obesos desvalijaban, cada primero de mes, sus cajones llevándose todos los tickets del personal. Fue fácil localizarles y aún más abatirlos: el más delgado pesaba 237 kilos y todos sufrían de gota por las brutales mariscadas que se pegaban con el botín.

21 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, III

Mercado de las Especias: lista de regalos (uno)

- para el melómano Luismi veinticuatro sanguijuelas, primas hermanas, capaces de silbar la Quadrille im militarischen Opus 229 de Strauss desafinando sólo en los agudos. Que estos anélidos sean hermafróditas procura abundante entretenimiento, y también son un idóneo ejemplo de la inventiva humana: documentos de hace 3.500 años, firmados por el doctor Iglesias Puga, detallan su uso en Grecia como chicles para combatir el sarro. El desarrollo farmacológico las hizo perder importancia, lo que se repitió en el cine, donde la llegada del color las relegó a un papel casi anecdótico como caballos en secuencias bélicas.

- un par de babuchas para el tío Canuto: aunque sin brazos ni piernas por su excesivo celo al cortarse las uñas podrá sacarles partido como orejeras en agosto. Su fino remate, en grandes pompones colorados distinguibles desde el espacio exterior, facilitará además acertarle en el cráneo cuando sea apedrado en las reuniones familiares, juego de puntería que ha procurado entrañable goce a diversas generaciones de niños, encantados de seguir deformando la faz de este repulsivo y maloliente anciano.

- por insistencia de mi madre un chal de seda para Tere, la mujer de mi primo Antonio. Un regalo no muy original, pero es cierto que hará juego con sus luminosos ojos: dos bolas de Navidad que rellenan sus órbitas oculares vacías. El chal puede, además, ser empleado para taparse cuando veraneen en Galicia, donde en varias ocasiones ha sido atrapada por pescadores debido a su parecido con una nécora macho.

- atendiendo a su pasión por los lácteos, especialmente desde que supo que su padre era una cabra, un enorme trozo de queso con forma de bisoñé para mi abuela Fernanda, que así podrá prácticar su gran hobby: el buceo sin bombona de oxígeno en un orinal de gachas. Para su hermana Pilar, muy aficionada al beisbol, una réplica en miga de pan del estadio de los Cachorros de Ankara, equipo que por tradición alinea sólo a oligofrénicos kurdos.

20 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, II

Viajar no es sólo ver nuevos paisajes o conocer sorprendentes costumbres, ni siquiera beneficiarse de leyes más laxas sobre abusos infantiles: viajar también significa ahorrar. Algo que ya está en gran parte de la literatura universal, sobre todo la judía. Pregúntale a un circuncidado: te dirá que si algo mide la grandeza de un éxodo es el poco dinero gastado en él. ¿Leísteis a Primo Levi? No es que malgastara muchos shékels recorriendo media Europa... ¿Y las masas tras Moisés huyendo de los egipcios? Les entiendo: esos egipcios, con sus pelos lisos y sus extravagantes flequillos, obsesionados por los jeroglificos... pero tampoco es que los judíos lo pasarán tan mal rehuyéndoles, y no sería por los puestos de souvenirs que encontraron en el fondo del Mar Rojo. En fin... que no hace falta gastar para pasárselo bien. Yo sería un buen organizador de viajes organizados, sobre todo si sólo se apuntaran rabinos. Viajo para vivir, no para gastar. Una ahorrativa y sana costumbre que choca con la tendencia de mi madre: dejaría propina al camarero porque la sirvió dos cubos de hielo en Laponia. Ese duelo frontal entre ahorro y derroche se convirtió en algo personal en el Gran Bazar de Estambul. Qué dorado y turco monumento al gasto.

- Mira esa alfombra de trescientos setenta metros cuadrados -me comentaba ella con los ojos ardientes y, entre las llamas del iris, la silueta sinuosa de Paul Wolfowitz-. ¿Quieres que la compre para casa?.

Venga Mamuchas, no jodas. Ni aunque te la corten en cuadraditos del tamaño de un sandwich vas a poder desplegarla allí. Ni enrollada entraría por la puerta. ¿Es que no te das cuenta de nuestras limitaciones? ¿No sería más fácil llevarte unos simples pendientes?

- ¿Y ese niño? -es terrible cuando la da con los niños-. ¿Pero tú has visto qué niño? ¡Qué ojos! ¿Y si me lo llevo a Madrid? ¿cuánto pedirán por él?

También es terrible cuando le da por la de Angelina Jolie y los ojos de los niños. Sí, mamá, dos. Como todo el mundo, salvo los tuertos. Ojos negros... ¿no te recuerdan a sumideros? ¿Llevarte uno de estos a casa? ¿Has pensado en el lío con Hacienda para dividir mi herencia? Venga, sigamos andando...

Así logré que no comprásemos nada en el Gran Bazar. Me pareció que no tenía estilo, que era una sucesión de mercerías. Pasillos de todo a un euro. Brillantijas y baratijas, aunque no se veían lagartijas. Como una galería comercial de Ciudad Lineal pero con turistas. Escucha, mamá: acepto que algo habrá que comprar. Es ocio y entretenimiento, sube la autoestima. A tu edad no vas a hacerte comunista, sobre todo estando afiliada al Partido Republicano. ¿Qué sería del mundo sin dinero? Imagina. Todos regalándonos cosas, intercambiándonos sonrientes lo que nos sobrara y necesitásemos, sin esos todoterrenos enormes... está bien, compremos, pero con cabeza. Como la gente normal. Como los turcos. Divirtámosnos descubriendo a cómo están las cebolletas, verde y sabroso barómetro económico de un país. ¿Será aconsejable que Turquía entre en la UE con un fresón tan barato? ¿Qué impulsa aquí a los tomates de ensalada a estar por las nubes? ¿Será la materia prima, el transporte o el sector terciario? Quizá en el "mercado de las Especias" lo descubramos. "Mercado de las Especias": suena más real. Y está cerca. Y podemos entretenermos visitando seis o siete millones de mezquitas por el camino.

18 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, I

Cuando viajo me gusta aprovechar el día, por lo que siempre intento conseguir billete en un avión que salga muy pronto: reservé plaza en el Graf Zeppelin LZ127 que despegaba a Estambul en abril del 29, pero me fue imposible tomarlo porque aún no había nacido y no quería terminar tan chamuscado como el pollo asado de mi tía Mercedes. En su lugar compré un billete para el sábado a las siete y media de la mañana, una de esos de precio asequible, muy convenientes siempre que no te importe que los pilotos sean ciegos y sufran inesperados ataques de epilepsia. Como no me gusta madrugar acostumbro a pasar la noche en vela, por lo que me cubrí de cera y quedé con una señorita para pasar una velada romántica, pero como siempre que termino de hacer el amor me quedo dormido, incluso aunque la chica insista en juegos post-coito tan interesantes como ponerse a pintar, le pedí a la compañía de taxis que su conductor insistiera al llamarme, dándole incluso permiso para subir a mi casa y sacarme del catre si no respondía. Así ocurrió, con la mala fortuna de que el tipo y mi chica hicieron tan buenas amigas que decidieron quedarse en mi cama y tuve que ser yo el que condujo su coche hasta el aeropuerto, lo que aproveché para ir por el camino más corto y no cobrarme la tarifa nocturna.

Me gusta viajar solo, algo sin duda relacionado con mi obsesión porque se haga siempre lo que yo diga, manía que me ha costado amistades y noviazgos: recuerdo cuando paralicé un viaje por los Paises Bajos para aprender a esquiar o quise tomar un curso de submarinismo en Nepal. Soy tan tozudo que incluso estando solo he terminado peleándome conmigo mismo por el lugar en el que comer, dejándome de hablar durante horas. Pero esta vez necesitaba compañía: no paso un buen momento personal y temía terminar tomando té y dulces hasta reventar, por lo que acepté la oferta de mi madre de acompañarme a condición de que pagara el billete, el hotel, cada una de las comidas y el souvenir que siempre acostumbro a traerla. Con la ilusión de volver a viajar juntos, algo que no hacíamos desde que fuímos la semana pasada a la pescadería, pasé a recogerla en el taxi, y temiendo que no estuviera lista a esas horas la pedí que me esperara en el portal un rato antes, como así hizo: llevaba cuatro días viviendo debajo de la escalera, algo que corroboraban las múltiples pelusas que cubrían su cabeza y la íntima relación que había entablado con los basureros del barrio, a los que llamaba por su nombre de pila y ayudaba a arrojar bolsas en el triturador del camión.

Aunque a veces peco de impuntual no soporto ir con prisas a dos sitios: el aeropuerto y el cine. Es algo que me pone tan nervioso que he llegado a hacer cola para películas que no todavía no tenían escrito el guión, por lo que a las cinco y media de la mañana, dos horas antes de que despegara el avión, estábamos en Barajas. En un aeropuerto, aunque sea muy temprano, siempre hay cosas interesantes que hacer, como contar el número de vuelos que llegan de ciudades que empiezan por 'C', revisar los frenos de todos los carros portaequipajes o, antes, contemplar la desesperación de los que viajan con Air Madrid. Eso fue lo que hicimos después de facturar, proceso que no requirió demasiado tiempo debido a que viájabamos sólo con equipaje de mano: dos maletas llenas de guantes, manoplas, anillos y dedales. Por una vez mi madre no había preparado algo para comer en el vuelo, por lo que no tuvimos problemas en el mostrador por querer viajar con una batería de ollas express.

La suerte y mis lloriqueos hicieron que nos correspondieran dos asientos de emergencia, algo que considero fundamental debido a mi altura, más de tres metros y medio, y la histeria que me invade cada vez que levanto los pies del suelo. Como era tan temprano y mi madre no había pegado ojo no tardó en quedarse dormida, aunque tuve que despertarla ya que sus ronquidos y ventosidades impedían estabilizar el aparato durante el despegue. Yo, aunque tenía sueño, quería aprovechar esas horas para saber más del país al que viajábamos, por lo que pasé todo el vuelo revisando un informe sobre razas bovinas locales, más altas y de cuerpo más corto de lo que estamos acostumbrados, además de altamente resistentes a las enfermedades causadas por parásitos y capaces, aunque con bastante esfuerzo, de llegar a aprender los rudimentos más básicos de la danza del vientre. Enfrascado en tan apasionante tema llegó una azafata ofreciéndome comida, que acepté tras pegarle un cabezazo ya que no soporto que me interrumpan mientras leo.

Las azafatas... quién dijo que las azafatas son siempre hermosas? Otra pregunta de alcance... dónde demonios está el signo que abre la interrogación en un teclado turco? Son tantas las dudas, las inseguridades, que te asaltan lejos de casa... No me importa que una mujer tenga los tobillos un poco gordos, pero estas azafatas parecían caminar sobre dos termos de café con leche, aunque se empeñaban en sonreir sin parar. En la Edad Media las hubiesen quemado por endemoniadas. No dejaron de mostrar su dentadura ni cuando uno de los motores del avión comenzó a arder, y fue esa simpatía la que provocó que sólo dos docenas de pasajeros intentaran arrojarse del avión antes de lograr aterrizar en Munich, donde aprovechamos para llenar con chucrut y salchichas el depósito de combustible. Ese rato en el aeropuerto de Munich fue también aprovechado por mi madre para recorrer todas las tiendas de Duty Free, comprando artículos tan necesarios para nuestra estancia en Estambul como un perrito de peluche encerrado en una maleta de juguete, un aparato de ortodoncia usado por una de los hijas de Hitler y un par de simios capturados en la Selva Negra. Para no ser menos que ella, y aprovechando que el de Munich es uno de los pocos aeropuertos del mundo con sex shop, me aprovisioné de revistas pornográficas -tan explícitas como el Ginecologic's Digest- y un enorme y sonrosado vibrador con más venas que un mapa de carreteras. Tuve que facturarlo junto a las tablas de surf de unos melenudos, al ser considerado un objeto peligroso por las, para mi gusto, demasiado estrictas y moralistas leyes de equipaje dictadas desde Bruselas.

11 abril, 2007

Promoción inmobiliaria

Desde el balcón veo crecer cada semana la nueva estación de tren, que se agiganta para recibir a los miles de vecinos que pronto utilizarán sus vías. Aún no somos tantos en el barrio: apenas un puñado de urbanizaciones durmientes y oficinas de cristal, lo que permite que cada persona que sube y baja por las escaleras mecánicas siga siendo única, individual, y no un átomo en medio del hormiguero. Feliz, despreocupada, ignorante de todo lo que la amenaza, una niña de mechones castaños salta con cuidado del escalón móvil a tierra firme, hablándole a su madre en el olvidado idioma de algún lejano país infantil.

Muy al fondo, pero visible tras el mar de nubes y el aire gris, el perfil de unas tímidas montañas sobre las que quizá nieve en este momento. Aquí, como tristeza evaporada devuelta en estado líquido, cae una llovizna que transforma en barro la tierra de los descampados, cada vez menos, donde los obreros van y vienen con su uso obligatorio de cascos, botas y arnés de seguridad. Son más los que miran que los que trabajan, pero la estructura de sus construcciones avanza, imparable, llenando de esqueletos gigantes el horizonte, como la sala principal de un Museo de Ciencias Naturales. El cuello de una grúa, enorme y metálico pájaro; las plantas de un auditorio, estómago de una ballena; el inmenso aparcamiento donde algún ave remota depositará sus huevos.

Las enredaderas cubren las vallas de los parques privados pero dejan calvas, a través de las que pueden verse las piscinas. Están llenas de agua pero vacías de gritos, pelotas de plástico, flotadores y toallas. Una enorme mansión abre sus puertas y sale un interminable y negro coche con chófer. Detrás dos ancianos, viejos como momias, con la misma expresión de parálisis que los muertos de Pompeya: les imagino viviendo sus últimos días, casi sin conversación, agarrotados junto a una mesa redonda en medio del enorme y desierto jardín.

10 abril, 2007

Back to the Steel, y III

Descartado el pedir ayuda a más ex compañeros del Metal -quiero músculos voluminosos, no ideas para una película de terror-, recorro mi barrio en búsqueda de una fábrica de malas bestias. Camino fingiendo una leve cojera para que no me peguen o, al menos, me confundan con House, pero no tardo en encontrar tres gimnasios: es lo bueno de vivir en un barrio de jinchos. Del primer gimnasio no me gusta su absoluta falta de higiene: esperar a que las cucarachas terminen sus series sería malísimo para la congestión vascular. El segundo está algo más limpio, tanto que me atrevo a entrenar para probar y probarme. Vuelvo al fisioculturismo. Al espíritu de Joe Weider. Pero no me apunto: es demasiado pequeño. Temo coger unos centímetros de espalda y quedarme encajado entre dos barras de acero. Es en el tercero en el que me doy de alta: por fuera está hecho un desastre pero por dentro es amplio y moderno. Con los gimnasios, a diferencia de con las mujeres, priorizo la belleza interior.

El primer día es como el primer día de colegio -aunque ésta vez nadie me muerde en la frente-: pura inseguridad. Todos los presentes son, como en los garitos, más jóvenes. El monitor, un chico de unos 25 años, me pregunta que qué quiero conseguir: ¿Autoconfianza? ¿Vanidad? ¿Huir del envejecimiento? Voy a pagarte por algo que no me aportara nada, cabrón, así que no me averguences. Pero ahora que lo dices: ¿te acuerdas del anuncio de Davidoff en el que salía del agua una especie de Dios marítimo griego? ¿Has visto '300'? Vale, pues eso. Compáralo con este pecho de quilla, estos hombros de novicia. Mis medidas de 90-60-90, mis gemelos de gorrión... ¿que qué quiero? ¡dame masculinidad! ¡poder! ¡Grrrrr! ¡Grrrr! Por cierto, ¿ofrecéis también servicios de depilación?

El monitor me diseña una tabla de ejercicios personalizada, para lo que antes me pide que le enseñe el torso desnudo. Vaya. Tras ello me recomienda, con la misma cara con la que se anuncia una enfermedad mortal, que trabaje pronto los dorsales: tengo menos espalda que una libélula. Aprovechando que llevo chandal y no traje de chulapo empiezo a construir mi nuevo físico, y mi estrecho esqueleto deambula, dubitativo, entre los aparatos. Muchos son tan modernos que dudo de si sirven para agigantar el cuadriceps o ayudar a un parto difícil. Otros parecen sacados del Museo de la Inquisición, sala "Torturas", sección "I+D". La última gran novedad tecnológica del gimnasio es la presencia de un torno a la puerta, cuya utilidad desconozco, que obliga a portar cada día una tarjeta rosa chillón.

Es tremenda, pero muy a tono con lo que encuentro después. La gran revolución que vivió la sociedad española en estos últimos tiempos, la homosexualidad galopante, ha llegado también a las pesas. Donde antes mastodontes se saludaban chocando las manos ahora hay piquitos entre gráciles y definidísimos atletas. Uno se asusta al verlos. El metal les acompaña como si trabajasen en una fábrica de hierro, poseen desconocidos grupos de músculos, pero la hombría les molesta como traje de oficina en fiesta de disfraces. Pantalones diminutos de lycra, gruesas rayas verticales moradas y negras, músculos cual jamones de Guijuelo. Camisetas de tirantes diminutos. Tatuajes que empiezan a perder color -esa fue la plaga de los noventa-. Morenos de rayos UVA, pelos que parecen cortados hace cinco minutos, gomina, más locas que bajo las estraboscópicas luces de una discoteca de Chueca. Nunca me ducho en los gimnasios, por temor a los papilomas (esos pequeños maniacos) pero ahora tengo otro motivo: temo que una pareja de osos aterciopelados me acorrale y enseñe una nueva forma de estirar.

Es una nueva generación de superhéroes. Aún más devotos a la estética, aún más fibrosos, más propensos a llenarse el cuerpo de clembuterol, L-carnitina y creatina. Entrenan con una intensidad aplastante, consagrados a alcanzar la perfección. Se animan con gritos de "vamos, vamos nena" o "venga loca, rumana". Y ni me miran, y de momento tampoco me quieren pegar. Veremos cuánto dura la historia.