No sólo sus templos: paisaje, vida, gente hacen de Hampi un maravilloso lugar. Cruzar cada mañana el Tunbgabhadra y ver siempre a la misma hora a un elefante pegándose un baño. Sentir qué se vive (o se muere) en un ataud tras una noche encerrado en la litera de un autobús hacia Goa (dormí casi todo el camino). Desayunar 'beans' frente al mar en Palolem. Recuperarme en Patnem, desértica, paradisíaca. Y nadar mar adentro sin que nadie se asuste porque no pueda salir. Y comer pescados del tamaño de mi pierna (y con bastante más carne). Y conocer otra India en Panjim, y pasear entre miles de católicos (ya me había olvidado de ellos!) en las iglesias de la Vieja Goa, con un bocadillo de chorizo en la mano. Y deambular horas, bajo el sol más abrasador, para no comprar nada en el interminable mercado de Anjuna. Y volver a Bombay, y encontrarla más hermosa que cuando llegué, y volver a sentarme en el mismo ordenador para escribir éstas las últimas tonterías de este viaje acojonante. Y después comer en un restaurante de moda, y comprar en una tienda 'fashion', y cruzar miles de calles apartando como si fueran mosquitos a niños descalzos que pedían para comer.
Si Brahma, Visnú, Shiva y demás colegas no lo impiden, en doce horas estaré volando a Madrid. Se acabó. Ahora quedará recordar, reflexionar y escribir.
Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
30 noviembre, 2006
18 noviembre, 2006
Tres semanas en la India
Sentirme como un dominguero indio más navegando, en una barcaza de remos, por el desfiladero de Marble Rocks en Jabalpur. Refrescarme con el agua de Dhuandar, conocida como la "cascada de humo". Corroborar que nunca hay que fiarse de un indio esperando, en el andén equivocado, un tren a Satna. Saciar, en un hotel con ESPN, el mono de fútbol viendo los goles de Barcelona y Madrid. Animar a un catalán aterrado por tener que viajar solo dos semanas, tras huir a España su compañero incapaz de soportar tanta penuria. Boquiabierto, sufrir doblemente mi soledad entre los efluvios eróticos de los templos de Khajuraho. Leer los secretos sexuales de los jóvenes varones locales -el 40% ha tenido experiencias homosexuales- en el artículo principal de la lastimosa revista India Today. Esperar 15 horas un tren hacia Hyderabad y, una vez en él, soportar otras 25 horas de viaje. Odiar Bollywood, tras tres películas indias a todo volumen en el bus nocturno hasta Hospet. Llegar a Hampi y, sin recorrerlos aún, alucinar con sus templos.
Tardó en llegar, pero por fin abrió una sucursal de Niagara Falls en mis nalgas. Esperemos que se seque pronto.
Tardó en llegar, pero por fin abrió una sucursal de Niagara Falls en mis nalgas. Esperemos que se seque pronto.
11 noviembre, 2006
Dos semanas en la India
Ver bajo un árbol de Meherangargh las azotas de la antigua Jodhpur, mientras cago con olor a curry y me caza un vigilante del fuerte. Amenazar a un buscavidas, única forma de librarnos de él tras veinte minutos de persecución y charla, entre el ruído de los pitos de Jaipur. Compartir una fiesta barrial musulmana, enormes pucheros de cordero y arroz hirviendo en la calle, cerca de Tripolia Bazaar. Descubrir que una carcajada supone una reducción del cincuenta por ciento en casi todas las cosas. Rozar el accidente sobre ruedas, raíles, polvorientas y apestosas Puma. Saborear un bhelpuri en una hoja de periódico con la cara de Sadam, en la carretera hacia Agra. Despertar por mi propia risa soñando que soy James Bond. Buscar lo imposible: colarse en un fuerte, el de Agra. Chapotear después en su inmunda estación de autobús. Ver, como todo buen turista, el Taj Mahal. Y mi cara reflejada en los ojos oscuros y asesinos de una vaca a veinte centímetros, resoplando con furia sus fosas nasales justo antes de embestirme. Pedir Chili Sauce porque un plato que en Madrid me despellejaría el esófago ya sabe poco sabroso. 45 rupias, cena con velitas para dos. Viajar sin billete en el vagón dormitorio del Marudhar Express rodeado de militares. La belleza dolorosa de Bemarés, desde una barca a los remos de un tipo de 85 años. Escuchar las verdes aguas del Ganges. Apartarse negras lágrimas de la cara, no de emoción, sino por el humo de la madera y los cuerpos humanos que arden en el Manikarnika Ghat.
Y ahora me toca estar solo.
Y ahora me toca estar solo.
04 noviembre, 2006
Una semana en la India
El follon de Bombay, la miseria mas absoluta junto al barrio de turistas, la Puerta de la India y sus domingueros, los hombres jugando al cricket en Oral Maidan frente al precioso edificio de la Universidad, la posibilidad deshechada de hacer de extra en una produccion de Bollywood. Las maravillosas cuevas de Ellora y sus escasos turistas, el espectacular templo de Kailasa y sus treinta metros de maravilla tallada en la piedra. Las cuevas de Ajanta, con sus pinturas milenarias en el medio de la selva. La noche en el tren entre Jalgaon y Ahmedabad, en medio de la humanidad y tres tipos de cucarachas rondandonos por el suelo. Udaipur y su Palacio sobre el lago, sus simpaticos camellos, el gran Kashir y su deliciosa comida y sus aun mas deliciosos Bhang Lassis con piedrotes de hash. Los templos de Ranakpur, quiza los mas delicados que hayan contemplado mis cejas. El gigantesco fuerte de Chittor, desde el que puede verse medio Rajastan. Y la azul ciudad de Johdpur, laberintica y inagotable, con sus mercados, sus perros, sus vacas y sus ninos diciendo "hello". Regateo, saltos en los autobuses, la curiosidad local, el calor, el ruido, pitidos y pitidos y pitidos, todo cinco veces mas barato, picante, sabroso, genial.
Voy a estar insoportable cuando vuelva.
R
Voy a estar insoportable cuando vuelva.
R
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