25 julio, 2007

Secretos de un madrimonio, chapter one

Tres cajetillas diarias de Ducados, mala suerte y mala leche me dejaron huérfano a los catorce años. Suena duro, pero a base de amigos y pajas puede superarse como cualquier otra adolescencia -esa época en la que te caes a un río sin saber nadar: lo pasas mal, te falta el oxígeno, quedarán secuelas en el cerebro pero terminarás flotando-. No tengo hermanos -mis padres, asustados por lo feo que era, tiraron a un hermano recién nacido que luego resultó ser Bustamante- y me quedé solo con mi madre, 48 años, en la flor de la vida -sigue estándolo... pechos firmes, piernas pétreas, sólo con pedírselo te dejará comprobarlo-. Extraña pareja: un puberto anoréxico y una viuda de buen ver. Aunque cosas más raras se han visto: piensa en las Familias Reales y la consanguineidad.

Hablaba antes con una compañera sobre el tema. Es más joven que yo -ofensa cada vez más frecuente- y su primera pregunta era si mi madre se había vuelto a casar. Cuando la dije, perdiendo un poco los nervios, que desde luego que no, se quedó boquiabierta: "¿Y no tiene al menos novio?", me dijo. "¿Y tú no eres un poco puta?", pensé, pero me contuve y volví a decir que no. No lo entendía. No le entraba en la cabeza que, 18 años después, mi madre mantuviera el celibato.

Me sorprende la facilidad con la que las jóvenes opinan sobre lo que debe hacerse, pero aún más cuando la que debería haber hecho algo es mi madre. ¿Qué se supone que debe hacer una señora de casi cincuenta años cuando se le muere el marido? ¿Encerrarse en casa a cuidar a su único hijo o masturbar a desconocidos en el autobús de Coslada? Hablamos del lugar del que he salido, de lo primero que vieron mis ojos. Después de parirme se lo dejaron con más puntos que el Madrid de Capello... ¿es que yo no tenía derecho a opinar sobre qué hacía con su coño mi madre?

Recuerdo perfectamente el día que murió mi padre. Llovía, aunque quizá lo esté imaginando. Mi madre y yo estábamos relativamente tranquilos porque era la crónica de una muerte anunciada. A mí me jodía tener que ir con americana -tenía menos hombros que un chupa-chups- y ella iba de un lado a otro, haciendo trámites, como cuando tienen que mandarte un electrodoméstico a casa y temes que se pierda o que le llegue al vecino.

Salvo de mi madre y de mis primos, con los que lloré primero y vi "Érase una vez en América" después, no me acuerdo de mucha más gente ese día. Bueno, sí: de un tipo cabezón, bronceado y con bigote al que no había visto nunca. Flotaba todo el rato alrededor de mi madre pero no era el espíritu de mi padre, porque hablaba con acento andaluz y mi padre no soportaba a los andaluces. La agarraba del brazo aunque no tenía ninguna pinta de derrumbarse, la ofrecía pañuelos aunque no lloraba, saludaba a todo el mundo aunque no conocía a nadie. Me dio la impresión de que estaba, simplemente, culebreando, como un puto pavo real en un desfile de cuervos. Me dio la impresión, simplemente, de que era el primero en la cola para intentar follarse a mi vieja.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pues por la descripción y los modos, el bigotudo bien podría ser Julián Muñoz antes de dar el braguetazo en Marbella, eso sí.