26 julio, 2007

La batidora de prisas, XV

Tiene los muslos tan blancos que, cada vez que cruza las piernas, le queda una mancha del color de las sandias pintando por un segundo su piel. Bajo el labio un pendiente rojo, como un beso o un disparo, y el pelo tan brillante como la luz que atraviesa una catedral. Mira a su alrededor y parece no comprender nada: ¿para qué trabajar hoy?

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