Estimada BBC:
Les envío esta carta como espectador habitual de sus documentales, que considero entre lo más potable de la televisión actual. Por eso me sorprendí tanto ayer cuando después de comer, y junto a mi jubilada madre, vi su reportaje sobre dragones de Komodo criados en cautividad.
El inicio, en el que unos científicos le robaban a una dragona sus huevos, era frenéticamente espléndido. El proceso de gestación y el que, a los siete meses exactos, asomaran las cabecitas de los dragones me emocionó. Después los 17, muy bellos, eran depositados sobre unos periódicos, donde les esperaban unas informes montañas rosadas y movedizas: resultaron ser racimos de ratoncitos, recién nacidos también.
Para mi madre el director, Charles Attemborough, estaba muy inspirado. La ordené callar, para presenciar cómo los dragones se acercaban a los bebé raton y, con curiosidad, los lamían con sus lenguas bífidas. Pero Attemborough no quiso recrearse en las graciosas cosquillas: sin previo aviso, y con una inesperada y dramática música de fondo, uno de los dragoncitos capturó un diminuto ratón y entre horribles chillidos se lo tragó. La escena fue repetida desde varios ángulos, y podía verse saliendo de la boca del dragón una patita colgando. La intención estaba clara.
El resto de dragones hicieron desaparecer la montaña de ratones con rapidez. Miré escandalizado a mi anciana madre, pero por suerte se había quedado dormida. No creo que sea el caso de millones de niños que, como yo, presenciaron el programa y ahora no quieren salir a la calle, temiendo que algún espantoso lagarto pueda comérselos.

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