20 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, II

Viajar no es sólo ver nuevos paisajes o conocer sorprendentes costumbres, ni siquiera beneficiarse de leyes más laxas sobre abusos infantiles: viajar también significa ahorrar. Algo que ya está en gran parte de la literatura universal, sobre todo la judía. Pregúntale a un circuncidado: te dirá que si algo mide la grandeza de un éxodo es el poco dinero gastado en él. ¿Leísteis a Primo Levi? No es que malgastara muchos shékels recorriendo media Europa... ¿Y las masas tras Moisés huyendo de los egipcios? Les entiendo: esos egipcios, con sus pelos lisos y sus extravagantes flequillos, obsesionados por los jeroglificos... pero tampoco es que los judíos lo pasarán tan mal rehuyéndoles, y no sería por los puestos de souvenirs que encontraron en el fondo del Mar Rojo. En fin... que no hace falta gastar para pasárselo bien. Yo sería un buen organizador de viajes organizados, sobre todo si sólo se apuntaran rabinos. Viajo para vivir, no para gastar. Una ahorrativa y sana costumbre que choca con la tendencia de mi madre: dejaría propina al camarero porque la sirvió dos cubos de hielo en Laponia. Ese duelo frontal entre ahorro y derroche se convirtió en algo personal en el Gran Bazar de Estambul. Qué dorado y turco monumento al gasto.

- Mira esa alfombra de trescientos setenta metros cuadrados -me comentaba ella con los ojos ardientes y, entre las llamas del iris, la silueta sinuosa de Paul Wolfowitz-. ¿Quieres que la compre para casa?.

Venga Mamuchas, no jodas. Ni aunque te la corten en cuadraditos del tamaño de un sandwich vas a poder desplegarla allí. Ni enrollada entraría por la puerta. ¿Es que no te das cuenta de nuestras limitaciones? ¿No sería más fácil llevarte unos simples pendientes?

- ¿Y ese niño? -es terrible cuando la da con los niños-. ¿Pero tú has visto qué niño? ¡Qué ojos! ¿Y si me lo llevo a Madrid? ¿cuánto pedirán por él?

También es terrible cuando le da por la de Angelina Jolie y los ojos de los niños. Sí, mamá, dos. Como todo el mundo, salvo los tuertos. Ojos negros... ¿no te recuerdan a sumideros? ¿Llevarte uno de estos a casa? ¿Has pensado en el lío con Hacienda para dividir mi herencia? Venga, sigamos andando...

Así logré que no comprásemos nada en el Gran Bazar. Me pareció que no tenía estilo, que era una sucesión de mercerías. Pasillos de todo a un euro. Brillantijas y baratijas, aunque no se veían lagartijas. Como una galería comercial de Ciudad Lineal pero con turistas. Escucha, mamá: acepto que algo habrá que comprar. Es ocio y entretenimiento, sube la autoestima. A tu edad no vas a hacerte comunista, sobre todo estando afiliada al Partido Republicano. ¿Qué sería del mundo sin dinero? Imagina. Todos regalándonos cosas, intercambiándonos sonrientes lo que nos sobrara y necesitásemos, sin esos todoterrenos enormes... está bien, compremos, pero con cabeza. Como la gente normal. Como los turcos. Divirtámosnos descubriendo a cómo están las cebolletas, verde y sabroso barómetro económico de un país. ¿Será aconsejable que Turquía entre en la UE con un fresón tan barato? ¿Qué impulsa aquí a los tomates de ensalada a estar por las nubes? ¿Será la materia prima, el transporte o el sector terciario? Quizá en el "mercado de las Especias" lo descubramos. "Mercado de las Especias": suena más real. Y está cerca. Y podemos entretenermos visitando seis o siete millones de mezquitas por el camino.

No hay comentarios: