18 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, I

Cuando viajo me gusta aprovechar el día, por lo que siempre intento conseguir billete en un avión que salga muy pronto: reservé plaza en el Graf Zeppelin LZ127 que despegaba a Estambul en abril del 29, pero me fue imposible tomarlo porque aún no había nacido y no quería terminar tan chamuscado como el pollo asado de mi tía Mercedes. En su lugar compré un billete para el sábado a las siete y media de la mañana, una de esos de precio asequible, muy convenientes siempre que no te importe que los pilotos sean ciegos y sufran inesperados ataques de epilepsia. Como no me gusta madrugar acostumbro a pasar la noche en vela, por lo que me cubrí de cera y quedé con una señorita para pasar una velada romántica, pero como siempre que termino de hacer el amor me quedo dormido, incluso aunque la chica insista en juegos post-coito tan interesantes como ponerse a pintar, le pedí a la compañía de taxis que su conductor insistiera al llamarme, dándole incluso permiso para subir a mi casa y sacarme del catre si no respondía. Así ocurrió, con la mala fortuna de que el tipo y mi chica hicieron tan buenas amigas que decidieron quedarse en mi cama y tuve que ser yo el que condujo su coche hasta el aeropuerto, lo que aproveché para ir por el camino más corto y no cobrarme la tarifa nocturna.

Me gusta viajar solo, algo sin duda relacionado con mi obsesión porque se haga siempre lo que yo diga, manía que me ha costado amistades y noviazgos: recuerdo cuando paralicé un viaje por los Paises Bajos para aprender a esquiar o quise tomar un curso de submarinismo en Nepal. Soy tan tozudo que incluso estando solo he terminado peleándome conmigo mismo por el lugar en el que comer, dejándome de hablar durante horas. Pero esta vez necesitaba compañía: no paso un buen momento personal y temía terminar tomando té y dulces hasta reventar, por lo que acepté la oferta de mi madre de acompañarme a condición de que pagara el billete, el hotel, cada una de las comidas y el souvenir que siempre acostumbro a traerla. Con la ilusión de volver a viajar juntos, algo que no hacíamos desde que fuímos la semana pasada a la pescadería, pasé a recogerla en el taxi, y temiendo que no estuviera lista a esas horas la pedí que me esperara en el portal un rato antes, como así hizo: llevaba cuatro días viviendo debajo de la escalera, algo que corroboraban las múltiples pelusas que cubrían su cabeza y la íntima relación que había entablado con los basureros del barrio, a los que llamaba por su nombre de pila y ayudaba a arrojar bolsas en el triturador del camión.

Aunque a veces peco de impuntual no soporto ir con prisas a dos sitios: el aeropuerto y el cine. Es algo que me pone tan nervioso que he llegado a hacer cola para películas que no todavía no tenían escrito el guión, por lo que a las cinco y media de la mañana, dos horas antes de que despegara el avión, estábamos en Barajas. En un aeropuerto, aunque sea muy temprano, siempre hay cosas interesantes que hacer, como contar el número de vuelos que llegan de ciudades que empiezan por 'C', revisar los frenos de todos los carros portaequipajes o, antes, contemplar la desesperación de los que viajan con Air Madrid. Eso fue lo que hicimos después de facturar, proceso que no requirió demasiado tiempo debido a que viájabamos sólo con equipaje de mano: dos maletas llenas de guantes, manoplas, anillos y dedales. Por una vez mi madre no había preparado algo para comer en el vuelo, por lo que no tuvimos problemas en el mostrador por querer viajar con una batería de ollas express.

La suerte y mis lloriqueos hicieron que nos correspondieran dos asientos de emergencia, algo que considero fundamental debido a mi altura, más de tres metros y medio, y la histeria que me invade cada vez que levanto los pies del suelo. Como era tan temprano y mi madre no había pegado ojo no tardó en quedarse dormida, aunque tuve que despertarla ya que sus ronquidos y ventosidades impedían estabilizar el aparato durante el despegue. Yo, aunque tenía sueño, quería aprovechar esas horas para saber más del país al que viajábamos, por lo que pasé todo el vuelo revisando un informe sobre razas bovinas locales, más altas y de cuerpo más corto de lo que estamos acostumbrados, además de altamente resistentes a las enfermedades causadas por parásitos y capaces, aunque con bastante esfuerzo, de llegar a aprender los rudimentos más básicos de la danza del vientre. Enfrascado en tan apasionante tema llegó una azafata ofreciéndome comida, que acepté tras pegarle un cabezazo ya que no soporto que me interrumpan mientras leo.

Las azafatas... quién dijo que las azafatas son siempre hermosas? Otra pregunta de alcance... dónde demonios está el signo que abre la interrogación en un teclado turco? Son tantas las dudas, las inseguridades, que te asaltan lejos de casa... No me importa que una mujer tenga los tobillos un poco gordos, pero estas azafatas parecían caminar sobre dos termos de café con leche, aunque se empeñaban en sonreir sin parar. En la Edad Media las hubiesen quemado por endemoniadas. No dejaron de mostrar su dentadura ni cuando uno de los motores del avión comenzó a arder, y fue esa simpatía la que provocó que sólo dos docenas de pasajeros intentaran arrojarse del avión antes de lograr aterrizar en Munich, donde aprovechamos para llenar con chucrut y salchichas el depósito de combustible. Ese rato en el aeropuerto de Munich fue también aprovechado por mi madre para recorrer todas las tiendas de Duty Free, comprando artículos tan necesarios para nuestra estancia en Estambul como un perrito de peluche encerrado en una maleta de juguete, un aparato de ortodoncia usado por una de los hijas de Hitler y un par de simios capturados en la Selva Negra. Para no ser menos que ella, y aprovechando que el de Munich es uno de los pocos aeropuertos del mundo con sex shop, me aprovisioné de revistas pornográficas -tan explícitas como el Ginecologic's Digest- y un enorme y sonrosado vibrador con más venas que un mapa de carreteras. Tuve que facturarlo junto a las tablas de surf de unos melenudos, al ser considerado un objeto peligroso por las, para mi gusto, demasiado estrictas y moralistas leyes de equipaje dictadas desde Bruselas.

1 comentario:

Romina Marconi dijo...

impecable ataque de ansiedad! je