28 septiembre, 2006

Vaya lío

Sólo he pegado una vez a una anciana. Estaba inválida y ebria. Pero no me arrepiento: ¿cómo pudo atreverse a decir que el cine de Rohmer la hacía desear estar muerta? Es mentira. Adoro las películas del veterano francés. Con cuentagotas, sin abusar, siempre solo, las contemplo y me cuelo en ellas, asistiendo en silencio a los avatares de unos personajes con los que me identifico. Mujeres infieles e incongruentes, hombres blandengues, parejas imposibles, chicas solitarias y tristonas... Cárdame el pelo y déjame ropa ochentera y podría ser una de ellas. En ese tipo de seres se basa la extensa filmografía (49 largometrajes dirigidos) de un autor que, supongo que para no perder la cuenta, agrupaba sus películas por series. Los "Cuentos Morales", después las "Comedias y Proverbios", finalmente los "Cuentos de las cuatro estaciones". Del segundo grupo toca "El amigo de mi amiga" (1987).

Perifería de París. Dos chicas opuestas se hacen amigas. Lea es guapa y tiene novio. Blanche ni lo uno ni lo otro. Lea es extrovertida, promiscua y quiere que su amiga se le parezca. Blanche también tiene ganas de cambiar, echarse maromo y disfrutar de su nuevo piso. Así que orquestan un plan, pero ya sabemos que esas estratagemas no suelen funcionar: a Alexandre, amigo de Lea y de su novio Fabien no le interesa una pretendiente insignificante y estrecha. Pero al final la cosa se lía: estos jóvenes son algo más vivos que mis amigos.

Que no esté entre sus mejores películas no equivale a decir que "El amigo de mi amiga" sea mala. En absoluto. En sus diálogos hay más inteligencia que en toda la filmografía de Van Damme. Más risas que en cualquier serie televisiva española. Más sentimientos que en el nuevo disco de David Bisbal (lo que ya es decir). Me gusta que los personajes terminen haciendo siempre lo contrario a lo que habían anunciado (como pasa en la realidad). Que se arrepientan más por los actos no consumados que los que sí cometieron (eso también). Que todos terminen felices (eso ya no, pero bueno).

Baja el tono el escaso interés de los personajes masculinos (dos muñecos no muy bien interpretados), el exceso de casualidades para hacer avanzar la trama (a veces le pasa al director, sobre todo en esta serie) y los espantosos modelitos de Blanche (defecto achacable a esa época). Si la anciana del principio hubiese odiado Rohmer por el exceso de laca de sus películas de los ochenta, junto a la industria estadounidense grandes responsables del efecto invernadero, la hubiera dado la razón. Pero no. Ella decía que su cine es aburrido. Y eso es lo mismo que decir que la aburrida es la vida. Qué coñazo.

- Un cuentito... de invierno
- Entrevista al viejo sabio

27 septiembre, 2006

El acontecimiento del año

¿Saben cuál ha sido, en los últimos meses, la mayor novedad cultural en mi vida? No, no me refiero a la silicona que desde hace poco agiganta mis labios ni a los leves retoques en vientre, cadera y nalgas que estilizan mi silueta. Hablo de Kurt Vonnegut (que tampoco es un rubicundo marinero australiano con el que me haya cruzado por Huertas). Un estadounidense de 84 años que, durante las últimas décadas, publicó un montón de libros maravillosos, geniales, de esos que hacen cambiar, a alguien fácilmente impresionable, el concepto de vida, hombre, qué coño pintamos aquí. "Un hombre sin patria", que acaba de publicarse en España y es sú última obra, quizá no llega tan lejos. Es sólo una carta abierta donde el veterano escritor se despide, dejando muy claro lo que le parece la religión, la literatura, las mamadas, la política estadounidense o el futuro de la humanidad. Casi nada.

Por apasionante, por breve, y por un método de lectura rápida que me permite pasar páginas a la velocidad del sonido, aunque luego no me entere de nada, el libro cae en unas horas. Son una docena de relatos breves, monólogos, pero de los que sí tienen gracia. Reflexiones salpicadas por ilustraciones y chistes del propio Vonnegut, que con la edad ha ganado acidez, amargura y sabiduría, lo que provoca conclusiones dramáticas. En un planeta que se va a pique, entre animales que ya no son racionales y su senectud, que no le deja tiempo libre, el optimismo es difícil. Hablamos, además, de un ex combatiente en la Segunda Guerra Mundial, de un traumado, de un suicida fracasado. Pero tanta desgracia hace sonreir. Incluso carcajear. Porque Vonnegut es siempre fiel a una máxima: todo es susceptible de broma. Nunca pierdan el sentido del humor. Morir (Dios no lo quiera), invadir un país sólo por su petróleo, contaminar un planeta, que el más poderoso sea Bush. Tampoco es tan grave, ¿no?

Humor. Lo más importante. Sobre él empieza filosofando Vonnegut, que después pasa al socialismo y la guerra, a cómo hacer escritura creativa, al sexo, a los sabios que en el mundo han sido, al pregón de la montaña. Ser viejo no es el pasaporte hacia la sabiduria sino hacia una religión, la "Iglesia del Perpetuo Asombro", la que Vonnegut profesa. Pero no le crean. Es sabio. No se explica qué le ven a jugar a golf, a tener coches cada vez más grandes, al dinero, a creerse los más listos cuando somos animales odiosos. Sí, existe la evolución animal: ¿han visto de cerca a una jirafa?. Así otra, otra y otra. Conocimiento, comprensión, bondad, el humanismo como forma de entender la vida. A mí este individuo me ha hecho mucho más agradable la mía.

- Matadero Cinco
- Galápagos
- Madre Noche
- La web de Vonnegut

La novia de Ayari

En la estación de metro de Tribunal, donde hago el trasbordo hacia el Bernabéu, me cruzo con los primeros aficionados madrileños. Ninguno va de blanco sino con el espantoso azul o gris que el Madrid usó de segunda equipación los últimos años. Me dan ganas de matarlos. En la siguiente parada suben vagón Andrei, Rublev, Oleg y Valdis. Andrei con su camiseta de Ucrania sin mangas, Rublev el anillo en cada uno de los dedos de la mano derecha. Valdis exhibe un magnífico bigote, Oleg sus antebrazos de forjador del metal. Les sonrío y contemplan con admiración mis dientes de oro. Me pongo a su lado para salir en la tele: una reportera nos hace una pregunta estúpida y gritamos. Miro a la reportera y siento unas enormes ganas de follármela. Seguimos andando y aparece Ayari con una rubia colgada del hombro, debe ser su nueva novia que también debe ser puta. El estadio está lleno de putas ucranianas, hermosas. No echo de menos mi pais porque ahi se quedaron los monstruos y se vinieron las bonitas. Sus chulos las deslumbran llevándolas a ver al Dinamo, y yo con Andrei Valdis y Oleg en la grada. Reflexiono sobre ello hasta que el tercer gol me hace volver al partido. Temo un desastre pero al rato marcamos, me tranquilizo, y la novia de Ayari, con sus vaqueros apretados y cortitos y su jersey apretado y su olor a miel salta para celebrarlo, y creo volverme loco. Termina el partido. Nos despedimos, regreso a casa. Me hago una paja pensando en la novia de Ayari. Y dudo. ¿Voy a verla a la casa de putas en la que trabaja y me la follo o se lo contará a Ayari y me meteré en problemas?.

20 septiembre, 2006

Jugar con fuego

A veces viene bien travestirse, defender lo opuesto a lo que se piensa, fingir que nos la resbala lo que nos mata por dentro y, siempre, elogiar al enemigo, para cuando se dé vuelta acuchillarle o sacarle otra copilla. Como carezco de dureza, enemigos y convicciones, no sólo acepto que el Madrid es el mejor equipo de la historia, sino que incluso gasto dieciséis euros en un libro sobre él. Reniego de mi estéril esfuerzo por aparentar intelecto. Me entrego a la lectura de algo de verdad importante. El fúrgol. "Los ángeles blancos: el Real Madrid y el nuevo fútbol" de John Carlin.

Siempre empiezo -y generalmente acabo- el periódico por las páginas deportivas, por lo que el nombre de Carlin me es familiar. Aparte de fútbol le he leído despotricar sobre la hortera Inglaterra, el asesinato de África o el malévolo Imperio Yanqui. Palos para todos, siempre, salvo para sus 'dioses': Figo, Ronaldo, Zidane. El Bernabéu, durante unos años, fue su único refugio de fe, el templo donde el periodista amargado se reconciliaba con el género humano gracias al arte del Madrid de los Galácticos.

Junio de 2003. Haciendo un reportaje sobre el SIDA, en el infierno ruandés, Carlin recibe una 'celestial' noticia: David Beckham, un ángel, ficha por el Madrid. Un bombazo. El jugador más famoso del mundo completa al equipo más poderoso del mundo. Entre caras deformadas a machetazos, familias destruídas por la enfermedad y médicos desesperados surge algo de lo que todos quieren hablar, que todos comentan con entusiasmo y el mismo conocimiento que en un bar de la Castellana: Fútbol, Beckham, Real Madrid. Y también Del Bosque ("¿por qué le han despedido?"), Zidane ("él sí que es el mejor") o Florentino ("el artífice del mejor equipo de todos los tiempos"). Carlin, que vivió en Argentina y, por tanto, sabe mucho de la pasión que provoca este deporte, percibe ese día que más que la religión, más que cualquier otra cosa, el fútbol es el gran nexo de unión planetaria. Tan grande como para abandonar Ruanda, África, su reportaje, y correr a España para entrevistar a 'Becks' en su primera aparición televisiva merengue, en Real Madrid TV.

"Los ángeles blancos" explica porqué Beckham abandona a su querido United y porqué éste vende a su estandarte. La difícil negociación del traspaso más mediático de la historia. Habla mucho de goles, de épica, del deporte más hermoso. Pero sobre todo es la crónica del sueño de Florentino Pérez: el empresario que quiso reunir a los mejores del mundo en un conjunto invencible. Su anhelo de recuperar una niñez en la que, junto a su padre, contemplaba al gran Madrid de Santiago Bernabéu. Esa es la parte 'blanca', pero pronto llega la 'oscura'. La del Pérez soberbio que afirma, medio en broma medio en serio, que en 2018 el fútbol no tendrá sentido, que se jugará sin porterías, porque todos los aficionados serán del Madrid. La del Pérez cretino que sostiene, medio en broma medio en serio, que su equipo ganaría igual con diez, tanto que podría 'alquilar' el dorsal número once a un millonario que, cada semana, quisiera formar parte de ese parque de atracciones.

A Carlin a veces le puede el madridismo y, como a todo buen inglés, su amor por Beckham. Comete errores groseros al hablar de otros jugadores, vierte opiniones impropias hasta en un forofo. Dedica a Beckham medio libro; a Figo, Ronaldo, Raúl o Roberto Carlos medio capítulo. Al principio lo hace en un tono triunfal, erigido en cronista de un ejército destinado a conquistarlo todo, para pasar a adentrarse en la tortuosa campaña del coloso que acaba estrellado. La llegada de Beckham parecía el comienzo de una nueva era. Pero sólo fue el principio del final de otra.

19 septiembre, 2006

La batidora de prisas, X

Acaba de levantarse, se la ve borrosa, como si todos los que la rodean estuviesen borrachos. Dos grandes pulseras anuncian que es una marioneta gigante, la boca que con la otra mano se acaricia quien la mueve. Nariz apuntando al suelo, como un animal que olfatea, su mirada busca hombres: su novio la besa, sin saber que su beso la traspasa chocándose contra el cristal.

17 septiembre, 2006

Pablito Maracas

Salgo solo, porque me da vergüenza que mis amigos sepan que me gustan los ritmos latinos, la cumbia y el reggaetón. Miro cómo revolotean las faldas de lunares, cómo se empapan las camisas de chorreras. Y mientras, atronador, suena este son sabrosón...

Es un mansito que entre otras cosas escribe
y en el design halló el recurso del que vive.
No tiene hobbies demasiado extravagantes
salvo leer libros y el cinema delirante.

Hace guiones y también hace tebeos
sacando punta a unos pequeños lapiceros.
Pero si hay algo que le aporta sabrosura
es contemplar su gran acuario de agua dura.

El tanque verde es un desolador paisaje
las productoras le proponen reportajes
de la agonía de los guppies masticados
en las mandíbulas de algún barbo dorado.

Pablo disfruta que es una barbaridad
Circo romano de burbujas y humedad
Agua rojiza por la sangre y los taninos
Aire inundado de compases muy latinos...

Pablito Maracas
Y en su minicadena
Pablito Maracas
Salsita de la buena
Pablito Maracas
Los peces encantados
Pablito Maracas
Se matan a bocados
Pablito Maracas
Agita la cintura
Pablito Maracas
La tiene un poco dura
Pablito Maracas
Es ritmo caribeño
Pablito Maracas
En envase pequeño.

Cuando en la calle se agolpan ecologistas
clamando por sus prácticas deterministas
Pablo Maracas sale al balcón presuroso
para mostrarles un merengue regoloso.

Si los neones se comienzan a enfermar
Pablo Maracas les enseña el cha-cha-chá.
Y si las ranas saltan camino a la tumba
Antes Pablito las agarra y bailan rumba.

Johnny Pacheco, Ed Morales, Celia Cruz
Desmembramiento de un ancistrus casi azul.
Eddi Palmieri, Rubén Blades, Tito Puente
El ajolote a un escalar hincando el diente.

Las corydoras han empezado a usar tanga
Bolero, mambo, guaracha, tango y charanga.
En Barranquilla y en el Barrio del Pilar
Pablo Maracas se está haciendo popular.

Pablito Maracas
Y en su minicadena
Pablito Maracas
Salsita de la buena
Pablito Maracas
Los peces encantados
Pablito Maracas
Se matan a bocados
Pablito Maracas
Agita la cintura
Pablito Maracas
La tiene un poco dura
Pablito Maracas
Es ritmo caribeño
Pablito Maracas
En envase pequeño.

06 septiembre, 2006

Leunketa Titanio, III

Último y breve capítulo de mis escalofriantes aventuras culturales en Bilbao. Lo expuesto en el Guggenheim se divide, como una peluquería, en permanente y no permanente: tuve energía para lo primero pero el resto fue admirado a la carrera, porque me moría de hambre. Eran dos exposiciones: de la de Max Beckmann no tengo nada que decir, mientras la otra muestra era "Rusia!", obras de ese país y occidentales adquiridas por sus reyes y/o dirigentes.

Los iconostasios y déesis de los siglos XII y XIII no me hechizaron en demasía, llamándome más la atención las obras del siglo XX sobre revolución bolchevique, jinetes del Caúcaso y confraternización obrera, reflejada ésta en múltiples posturas y actividades. Un poco fatigoso. Así hasta hallar, en una esquina, una de esas obras que demuestran que el arte marca la vida de uno.

La instalación recrea un dormitorio diminuto y destruído: yeso y ladrillos caídos sobre una destartalada cama, polvo por toda la habitación. A través de un gran agujero en el techo entra un chorro de luz. Domina el cuarto un extraño artefacto, parecido a un tirachinas gigante, desde el que algo ha sido arrojado. Viendo las paredes cubiertas de propaganda, fotos de héroes comunistas y bocetos casi infantiles que, junto a una maqueta en cartón, explican trayectoria y propósito del invento, comprendo que alguien quiso huir al exterior, viajar al espacio, liberarse, volar. "El hombre que voló al espacio" (1984), de Ilya Kabakov: obra maestra absoluta.

Leunketa Titanio, II

Mira que bien. En la sala principal compruebo lo bonito y nuevo que es todo, y lo grande, y lo larga que va ser la actividad cultural. Salgo a la terraza del museo, manofacturo, lucho contra el viento norte, enciendo mi obra, la inhalo, apesto a los yanquis de piernas rosadas y gordas, tomo el sol junto a la ría de Nervión y admiro el trabajo de Gehry. Mi mano recorre sus planchas de titanio y, no puedo evitarlo, gimo. Diez minutos. El viaje ha merecido la pena. ¿Por qué no nací en la Edad Media, por qué no pude ser escudero de algún caballero armado? Las capas se superponen y reflejan la atmósfera despejada, como un enorme cubo de hielo. Además son inoxidables, según dice la audioguía.

De nuevo en el interior giro a la izquierda para recorrer "La matería del tiempo" y seguir con la metalúrgica orgía. Un conjunto de Richard Serra de esculturas gigantes, fabricadas con planchas de hierro, que ocupan una sala enorme. Arte y arquitectura, Gehry y Serra, se complementan. Recorro la obra fascinado, y si pudiera hacerme trenzas en las cejas sería como Alicia en el país de las maravillas, David Bowie en el laberinto o simplemente Asterión, con el que comparto olor. Torsiones elipsoidales, muros tumbados, pasillos que conducen a claros de luz creados por los ventanales. A muchos metros de altura, en vez del cielo, el techo blanco; alrededor, la gente, y yo sin parar de entrar y salir del enorme parque de juegos. Hay una anécdota sobre la obra de Serra: el Reina Sofía también le encargó una obra, cuatro enormes bloques de acero de 38 toneladas. Fue expuesta hasta que alguna enimencia cultural madrileña decidió retirarla a un almacén especializado. Cuando, años después, se decidió volver a mostrarla estaba desaparecida. En casa de Juan Antonio Roca no está. Deben haberla fundido para la nueva M-30.

Vuelta mental al Guggenheim. Todo el primer piso alberga la colección permanente. De entre las muchas obras inolvidables sólo me acuerdo de dos. a) "Carretilla" (1971) de Gene Davis. Lienzo enorme surcado por millones de rayitas que, por efecto de la técnica, lucen ligeramente difusas. Un campo de color tridimensional al que dan ganas de arrojarse. Un guardia de seguridad me ve las intenciones y me reprime. Davis sólo pintó rayas durante los últimos treinta años de su vida. Lógico lo de su infarto. b) "Ciudad irreal" (1989) de Mario Merz. A Mario lo que le van son las curvas. "Ciudad irreal" es una especie de iglú o refugio plástico escondido tras un parapeto de ramas escondido tras unos andamios y unas planchas de cristal. Impresiona su peligrosidad: si un niño cabrón corriendo se lleva por delante uno de los ladrillos del suelo que sostienen toda la composición nos podemos ir al carajo. Tras el pánico admite un montón de interpretaciones. Hago la la mía antes de escuchar la de la audioguía. No coincidimos en nada. Salgo a la terraza de nuevo y tiro la audioguía a la ría, de donde nunca debió salir la muy puta.

- "La materia del tiempo": artículo en el submundo
- "La materia del tiempo": cómo se instaló
- "La materia del tiempo": informaçao

Leunketa titanio, I

Adoro la suave, refrescante, perfecta textura de las planchas de metal. Por eso me gusta acariciar el cráneo de motoristas y miembros de las fuerzas armadas. También por eso fui feliz en Bilbao, que además de ría, pintxos de txipirones y carreras de traineras acoge un enorme edificio metálico. Cada 32 años y siempre que tengo una semana libre agarro el coche de mi madre (La Caja 307) y acudo a conocer la capital vizcaína. Ciudad y museo valen la pena, pero ahora me ocupo del segundo.

El Guggenheim es como cuando quedas con un amigo que va a presentarte a su novia y ya de lejos, caminando, antes de cruzar la calle, te impresiona su tamaño. Pero mi emoción se ve algo diluída por el oso gigante de flores que tiene en la puerta. Y que no es un oso sino un perro, y que no se llama Gorka sino Puppy. Desde luego estos vascos ya no son lo que eran. Pero olvidémosnos del perro. Como es martes por la tarde y hace un calor espantoso no hay cola, por lo que prefiero no entrar. Sólo voy al cine en versión original y a museos que exijan largas esperas. En ambos es fácil frotarte con los compañeros de fila. Mejor acudo mañana.

Mañana de miércoles. Tras dormir en el coche y desayunar unos deliciosos pinchos, lavarme los dientes y hacerme un portugués en una cafetería regreso al Guggenheim. Como está algo más concurrido me sumo a la cola. Llego a la taquilla y muestro mi carné de periodista para obtener un descuento, pero al ver que soy de Terra me suben el precio. Al menos me dan un móvil tamaño fémur, de esos que regalan las operadoras a cambio de puntos sin poner un duro. Marco el número de mi madre, con la que hace al menos diez minutos que no hablo, pero en vez de escuchar el manido "qué has comido Rafael" una señorita anuncia que ésto no es un teléfono sino una audioguía en español.