07 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 2

Chueca: quién te ha visto y quién te ve. Para ser sinceros, hasta este estallido arcoiris yo Chueca lo tenía poco visto: apenas era escenario de mis pesadillas, cuna de miedos pueriles, leyendas de miseria, violencia y ausencia de derechos humanos. Si me robaban las hamburguesas en mi humilde Pueblo Nuevo, el Swatch en el vecino Ascao, si era perseguido por gitanos en Arturo Soria y sodomizado por un coro infantil en el Barrio de Salamanca, ¿qué hubiese sido de mí en ese salvaje y ochentero Chueca?

Difícilmente habría sobrevivido más de una hora en esa 'zona caliente' del horno que era la ciudad de Madrid. Un Madrid en el que los delincuentes no sólo campaban a sus anchas, sino que eran convertidos en leyenda por directores de cine, dibujantes de cómic o cantautores... ¿quién no fue alguna vez asaltado en este Madrid a lo Peckinpah?

No sólo yo: pocos eran los que se atrevían a pisar estas calles de Chueca, ahora llenas de vómitos de borrachos felices. Antes, entonces, sólo las recorrían drogadictos, despistados o ambas cosas a la vez. Eso era violencia callejera, y no las presuntamente temibles bandas de ahora, latinas como los Latin Kings, Ñetas o los Arepa's All Stars; margino-independentistas locales como Jarrai o los Filhiños del Inferno. Todos, muñecos de regaliz comparados con los delincuentes de entonces.

Las repintadas fachadas, los restaurantes de moda, las tiendas de mascotas con caniches de diseño parecen un decorado de cartón piedra comparados con el desolador paisaje que otrora caracterizara la zona. Desde el anochecer hasta el alba, incluso a media mañana y a la hora de la siesta, activas bandas violentas sembraban y recogían el terror. Compuestas por individuos de muy diferentes orígenes, a los que sólo unía el ansía desesperada de delinquir y hacer mal, hijos de decadentes burgueses, obreros politoxicómanos y miembros de distintas minorías se reunían para difundir el caos y apoderarse de los bienes ajenos.

Impotentes ante esos vándalos, vecinos y fuerzas del orden los ahorcaban junto a los caminos, nada más capturarlos, para que sirviesen de escarmiento a otros perdidos y de lección a los niños del barrio, que crecían compartiendo columpio con el cadáver putrefacto, devorado por los buitres, del vecino manguta de abajo.

Representantes barriales, escoltados por metralletas y tanques de la Policía Nacional, se apostaban en las entradas de Chueca para recibir, en sus puestos de vigilancia y aviso, a los incautos foráneos. Al preguntarle si era posible visitar la zona el vecino consultaba el reloj o, meditabundo, miraba el sol, y calculaba si antes del anochecer lograrías alcanzar tu objetivo, que por lo general era conseguir un poco de costo o visitar a una tía abuela que vivía en el barrio en penosas condiciones. Si consideraba que no, nos obligaba a dar media vuelta y, de insistirle en demasía, tenía permiso municipal -mandaba Tierno Galván- para abrir fuego sobre el temerario suicida.

No, definitivamente la Chueca en la que entonces tan fácil resultaba morir no tiene nada que ver con, rebosante de vida y mariconeo, la que recorro esta noche.

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