30 octubre, 2000

De Vagaciones

1
Uno, frente a la creencia popular, nunca deja nada. El mundo, la vida, le deja a uno. La vida se nos desprende como un lírico perfume, se nos va abriendo un vacío a nuestro alrededor. Un vacío lleno de olvidos, de pérdidas, de oscuridad.

Uno no deja el colegio, es la niñez la que le abandona. Son las risas, los gritos, las carreras, la energía que no se acaba la que se le acaba a uno. No dejamos a esa primera novia, es toda una corriente de vida, una posibilidad eterna que ojalá que fuera eterna la que perdemos. Es una vida ya vivida, una vida muerta, una posibilidad gastada mientras ya devoramos otra. Un eterno recordar, una elucubración constante, un crucigrama de sentimientos mal resuelto. Una evocación futura y perpetua.

Así yo, a veces, casi siempre que en realidad soy yo, me entretengo y fantaseo, la fantaseo, recuerdo y la recuerdo, y es tanto por amarla a ella como por amarme a mí por lo que rememoro esa otra vida que podríamos estar compartiendo. Vivir es morir multitud de vidas, y me gusta resucitar trasladándome a alguna ya pasada. Hay veces, cuando el arrebato nubla al discurrir lógico, que hasta creo poder sentirla. Pero la muerte, hasta en esas vidas que sólo nosotros hemos asesinado, de inmediato desprende su fétido y melancólico olor, y me doy cuenta de lo imposible de la tarea.

Mas no hiede si queda atrapada en nuestro corazón. Es en realidad una forma de dulce congelación.

Basta tumbarse en el suelo para no ser más alto que una flor. La horizontalidad nos redime, nos descansa, de todas nuestras verticalidades, agotadoras y depósito de nuestra edad, de nuestra madurez, de nuestra erguida soberbia. Yaciente, uno contempla las flores de igual a igual, y así capta su belleza, su perfección, su breve categoría de obra maestra. Aunque aquí, en casa, el suelo me llene de pelusa, y encima no tenga flor.

Basta una flor para resumir la naturaleza, que no es mucho más que la imaginación del mundo. Es una capa de infinitos colores, dibujos, olores, que envuelven y embellecen hasta extremos insoportables nuestro planeta, que en el fondo no es más que una piedra redonda y perdida en el universo.

Una piedra en la que, eso sí, vive ella, vives tú y vivimos todos.

Es por esas cosas por las que debería llevar una flor en la solapa, si usara solapas, una flor hermosa y atrevida, siempre digna de contemplar, en vez de un colgante, de una aventura espacial, un objeto ya humanizado. La curiosidad del planeta es la naturaleza. La del hombre, su argumentación. Es la razón del hombre, la argumentación, el tratar de replicar y darle un sentido a infinitas cosas cuya gracia, precisamente, es haber sido dibujadas desde la insensatez.

2
La Plaza de Castilla, Plazacas, en el fondo no parece más que una plaza de pueblo, y fea además, sobredimensionada, desprende un aire paleto y de nuevo rico que apesta, peste a juzgados, intercambiadores y torres ridículamente espantosas. La Plaza Castilla, Plazacas, está llena de madrileños con aspecto de humoristas, malos humoristas de pésimo chiste y zafia palabra, que es como son todos los humoristas españoles, al menos televisivos, desde que se murió Tip. Plazacas tiene dos torres, declinadas, metacrílicas y horrendas, que más que una puerta de Europa, que es como pomposamente la llaman, parecen dos dedos poniéndonos los cuernos a todos los madrileños, o una señal de victoria fácil y sospechosa de soborno. Debajo de los cuernos, o de la victoria, hay un puño tapado por el asfalto, un puño enterrado bajo petróleo kuwaití, un puño/rosa vendido al peor postor. Puño socialista cubierto por asfalto, puño socialista cortado por el filo de los billetes bajo la mesa, nudillos rotos de tanto golpear –que es golpearse también- un puching ball con cara de jeque y lleno de plomo/petrodólar kuwaití. Plaza de Castilla, Plazacas, mercado que vende y compra más bien poco, desamortización sin Mendizábal, Madrid/España subastada pronto y mal al que antes llegó. Coches modernos, pequeñas fábricas de humo, casi siempre ocupadas por un henchido y único propietario, dan vueltas alrededor de las torres, como un reloj que uno no sabe bien si avanza o se aproxima a la cuenta atrás.

3
Madrid, cuatro de la mañana, joder, minuto más minuto menos, da igual, en el fondo todo da igual. Te dejo en la Puerta del Sol, casi, y nada más dejarte veo gente en la calle, durmiendo, intentando dormir, apenas abrigados por costrosas mantas, girasoles ajados por un sol de alcohol, lirios rotos, tronchados, por un aire decadente y bebedor. Madrid, cuatro de la mañana, minuto más minuto menos, un vientecillo canalla me enfría en Cibeles, pero no me enfrió en la puerta del Sol, cuando me despedí. Madrid, bla bla bla, es jodido pero es así, ese airecillo marginal e insomne me recuerda a ti, agita tu olor, olor que espero me acompañe hasta que parta la cama en dos. Olor a pelo lacio, olor a verbo fácil, a lengua inquieta, olor a Buenos Aires y a montañas de Junín, que por cierto ya sé que no tiene montañas ni nada que se le parezca. Madrid, Cibeles, diosa contemplando a los fugaces coches pasar, luciérnagas de metal, glóbulos color noche que alimentan las venas de esta puta ciudad. Madrid, Cibeles, dormiré solo, hubiera sido hermoso dormir con vos, en otra vida quizás. Porque en esta…Madrid quien algo quiere algo le cuesta, Madrid quien la busca la consigue, se separan Alcalá y Gran Vía, y Madrid, en un rato, hilvana el sol por la Puerta de Alcalá. Madrid, medio borracho medio dormido, sentado solitario, escribiéndote, remarcando la “te”. ¿Sabes que es el buho? El colectivo que nunca duerme, góndolas urbanas y sonámbulas que espero pasen de una puta vez. Góndolas con gondolero ojeroso, góndolas que llevan vidas trasnochadoras, cansadas de mal vivir, vidas con ansia de llegar y dormir, agitadas por las olas grises de Madrid. Madrid tienes papel, Madrid te lo fumas con nosotros, tronco, che, no coño eso no es en Madrid. Madrid lunes pero llena de gente, Madrid escupitajo ajeno, gapo chulapo/chulesco baña el suelo de Madrid. Madrid, ya dentro de un rato nada, hace poco Buenos Aires, puede que todo, pudo ser de otra forma pero no lo fue. Madrid son apenas 20 horas más, solamente escuecen los besos que no he dado, que no te he dado a ti. Sé feliz, reina, y acordate de mí.

4
Enormemente redonda, redondamente imponente, traje de luces enladrillado, ojos morunos como arcos de mezquita, puerta grande por la que discurre Alcalá, foro, circo, año 1929, pícaros vendedores/revendedores a su alrededor. Plaza de Toros de las Ventas, Plaza de Toros de Madrid, edificio/capotazo, banderilla mudéjar incrustada en el lomo de Madrid. No es que uno sea aficionado a los toros, más bien le aburren, pero es inútil negar la atracción que el coso, ojo de arena que tanto ha visto, ejerce al acercarse a él. No cuesta imaginarlo rugiendo, en aroma de puros y peste de sangre, aroma de sangre y peste de puros, perfumando un duelo ancestral entre toro y matador, naturaleza y ser humano.

5
Vuelta a Madrid, vuelta a los abuelos, arrugas sonrientes, casi salidos del pueblo, que van a buscar a sus nietos, criaturas urbanitas. Vuelta a Madrid, vuelta a la chica que sale del metro apurada mirando el reloj, Madrid soleado, Madrid con sus prisas apenas subrayadas por un sol provinciano y tranquilón. Con sus casi infinitos parques, barrios de Madrid en clónica disposición, edificios que son soldados parados, uniforme de ladrillo y hormigón, parte del desfile que ofrece un ejercito de progreso y rápida urbanización. Madrid hormiguero de coches, ciudad con más habitantes de metal y ruedas que de carne y hueso. Madrid silenciosa, ahora, tal vez amordazada por el calor y la preocupación.

Ayudar, subido a un autobús, a una anciana, que responde con un aterciopelado, marchito y arrugado gracias, gracias por haberla tocado ayudándola en el difícil reto/rito de lograr llegar a su asiento. Notar, con la yema de los dedos, la fragilidad de su cuerpo, tocar con la punta de los dedos la áspera suavidad de su pequeña chaqueta de lana, negra, seguro tejida por ella misma, seguro negra por el marido que no la volverá a tocar. Luto en la anciana, que apenas se puede mover, que casi no puede superar las dificultades constantes que requiere simplemente desplazarse. Luto en la diminuta anciana, vieja que, con alas de plomo, con alas rotas por el tiempo, lastradas por la edad, revolotea esperando quién sabe qué, tal vez la muerte, en un autobús de este su ajeno Madrid.


6
Voy por la M-30, recorriendo la cremallera que ciñe la apretada cintura de Madrid. Cintura estriada por barrios feos, grises, estrías que son vías de tren con destino interrumpido. Rozan las ruedas de la Bala a un gato muerto, aplastado ya por mil coches, vaciado de sangre. Gato tumbado como un peluche en abandono, despreciado por esa caprichosa niña que es la vida. Niña bastante puta, por lo demás.

7
Edificio de Cancillería, enorme espejo en que, señorialmente, se mira una de las esquinas más bellas y elegantes de la ciudad. Una agonizante 9 de Julio, cercana a un final que desemboca en Libertador. Una moribunda 9 de Julio baña con sus aguas de asfalto el islote colonial, palaciego y lacrado de la Embajada de Francia. Embajada francesa ubicada en lugar privilegiado de la ciudad, como no podía ser de otra forma. Embajada con homenaje a Coubertain y abundante grandeur francesa, que para eso la inventaron. A su lado, zarallón selvático, cueva, jungla urbana, tronos de granito, plantas asomando, la Embajada de Brasil. Al fondo, entre olas de blanco plumaje, nubes preñadas de cielo porteño, el mástil erguido, caprichoso, tal vez daga suficiente en medio de la ciudad, Obelisco, Buenos Aires, ruidosa, radiante, a veces sucia, otras estirada y creída, ahora sólo reducto de lánguidas rubias, eternas huidas, aplazados retornos.

8
Sigo deambulando, deambular es vivir. Deambulo cubierto por la Torre de los Ingleses, o del Inglés, que en el fondo da igual. Los últimos rayos de sol visten de oro al Kavanagh, trocito de Nueva York en este puteado cono sur. Los últimos estertores solares alumbran al Sheraton que tiene algo, desde aquí, de cárcel, con barrotes aureos ciñendo y atrapando en verticalidad al lujoso hotel.

9
Mi libreta, en el fondo, no deja de ser mi otro yo, mi yo, mi memoria, donde terminan mis ojos, mis lenguas, mi arcilla, lienzo, esencia y corazón. Mi principio, mi final, lo del medio que comprende mi todo y mi nada. Veo edificios feos y de negro charol.

10
Hay que hablar de lo fugaz, regodearse en lo extinguible, vivir casi de lo instantáneo. Casi hay que ser sublime sin interrupción, que decía Baudelaire. Hay que vivir mitificando cada segundo, mintiendo la vida, que es lo mismo que soñar. Hay que hablar de ese vendedor, tanto de humo como de chocolatinas, que pondera su mercancía en el breve transcurso bamboleante de dos paradas de autobús. Hay que rememorar a esa chica que estudia con fervor, a ese bruñido chaval que carga con su trabajo, pesado y urgente. Hay que rememorar, celebrar, disfrutar y comprobar cuántas cosas, cuántas gentes pasan a nuestro alrededor, cuántos somos nosotros también a su alrededor.

11
Buenos Aires se despide, me despide, con persistente gris y plúmbea lluvia. No caeré en el tópico de decir que llora por mí. Se me metió humo en los ojos, me pareció oírla decir. Porteña, jodida y canchera.

12
En la sábana, como un relámpago, unas gotas de sangre, mudamente escandalosas. Unas pocas gotas de sangre, escasas de tinta roja, apenas suficientes para escribir cuatro palabras. Palabras rojas, palabras, apenas cuatro. Rasgar, rasgué, su púdica y frágil coraza de juvenil seda e inexperiencia. Frágil coraza de seda de niña, de virgen, de princesa de cuento arrojada, perdida, abandonada en un país sin cuentos ni monarquía.

13
Ese adivinarse en la oscuridad, frente a frente, apenas iluminadas las caras por la tenue y callejera noche colándose por las ventanas. Ese descubrirse mutuo, ese decirse todo con la mirada, esa muda complicidad, esa advertencia, común, de peligro, ese avisar con la mirada de lo que nos está pasando. Ese bombardeo de besos, ese fin de frase que, en el acto y sin mayor explicación, nunca hace falta explicación, provoca un tiernísimo abrazo, lo exige, un unir ambos calores abrasando un mismo pecho. Ese crepitar, unir, pequeñas llamas, enormes, separadas que necesitan mutua combustión. Ese pavoroso incendio, paulatino, inevitable, cálido y peligroso, chispeante, calor que irradia energía, calor que la consume a pasos ígneos y acelerados. Calor inextinguible a voluntad, caprichoso. Calor único, dulce y cabrón, porque llega sin avisar, sin ser pedido, y es capaz de doblegarlo todo. Haciéndonos generosos, divertidos, generosos, rociándonos de sensibilidad, que rima con fragilidad. Haciéndonos reír, sufrir, esperar, sentir. Vivir, ser humanos, existir, quizás. Dándole sentido a algo que probablemente no lo tenga. Indómito calor.

14
Acaricié sus brazos lácteos, corrientes de blancura y ligereza, casi plumas, Sus pestañas, hacían cosquillas en el fondo de sus alegres ojos. Y eso que solo la miré, nos miramos, en un interminable momento. Lo que bastó para saber que, en toda mi vida, recordaría ese preciso instante. El capricho, a diferencia del amor eterno, sí que dura para siempre. En Argentina, en Buenos Aires, la gente a veces, a menudo, se mira por la calle, se mira a los ojos, interrumpe la cansina e inhumana caminata para contemplarse, todo ello sin dejar de andar. Es un beso de instante y que no se da, que se deja, que se aguarda. Y eso, a veces, basta para que un levantar, un día, haya valido la pena. Para darse cuenta de que vale la pena vivir, por cosas tan pequeñas e ilógicas como ésta, como lo son todas, como lo es todo. Y darse cuenta nunca está de más.

15
Buenos Aires, como casi siempre, creo que 7 de septiembre. Buenos Aires, el calor resbalando por mi frente, por mi cuerpo, primeros calores del año, o para ser más correcto primeros calores tras el frío invierno. Buenos Aires, jueves por la tarde, esperando sentado en la Plaza Dorrego, esperando que esos calores se propaguen por todo el cuerpo, calores además de extendidos compartidos, tan resbaladizos y húmedos como lo es el sudor. Esperando, además de calores furtivos, a una chica, como es normal. Esperando en la Plaza Dorrego, uno de esos lugares maravllosos, no son pocos, de Buenos Aires, uno de los lugares madrileños de la ciudad. Con estos primeros calores salen, como animales metálicos gustosos de ardor, enjambres de sillas, de mesas, de los bares. Como flores de aluminio esperan al cliente insecto que se pose sobre ellas, en aras de libar algún néctar que les alivie la sed. Mientras yo espero, tranquilo, canturreando feliz, mirando a mi alrededor y sintiéndolo todo cómplice, conocido, tras tanto tiempo mío, o mejor aún siendo yo suyo. La Plaza, casi cuadrada, llena de armonía, amarillea pintada por el canalla brillo de las farolas, azulea un poco más allá, de azul lamido de luna y alguna otra luz que desde aquí no puedo adivinar. La plaza, además, a veces es fotografiada por el cielo, que parece querer inmortalizar la hermosura que hoy exhibe, arrojando destellos, flash de tormenta. Pero aún no llueve, hace calor, esos primeros calores que siempre saben juveniles, yo la estoy esperando y la plaza parece más bella que nunca, abrazada y protegida por los edificios de alrededor.

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En el asiento enfrentado del ruidoso subte, nínfula rubia, desesperadamente delgada, cabellos de imposible rubio, melena despeinada y ventosa, enmarcan el ligero rostro, terso, albor transparente, a veces surcado por venas que remarcan una presunta fragilidad. Rostro de prima levemente mayor, uno sigue siendo un incipiente niño, cara sellada por la explosión de rojo que son sus labios. La niña/prima, despectiva y familiar, se baja del vagón, que no la merece, y su cabello deja una estela brillante que perdurará unos segundos, iluminando el grisáceo y húmedo metro.

17
Gritan, desde sus estirados rostros, muchas mujeres porteñas su desesperado anhelo de juventud. Quizás celosas de la frecuente belleza juvenil que, despreocupadas y ofensivas, exhiben sus compañeras de sexo, mas no de generación. Las veteranas se niegan a aceptar su arrugada existencia, su madura experiencia, sus marchitos y a punto de extinguirse atractivos. Y es así como pasean por la calle, con rubia altivez –casi todas lo son, rubias y altivas-, con ademán pudiente, con bronceado lifting, dejando por unos segundos compartir su perfume enjoyado, de brillante superioridad, pero aroma en el que clama un fondo de pena, de amargura, de desazón por no ser ya flor tan apetecible.

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Continua, como una persistente maldición bíblica, como un continuo desgaste que erosiona las aceras, como una ducha sucia que embarra la ciudad, cayendo la lluvia sobre Buenos Aires. El viento grita que está harto de esta ciudad, y amenaza, en cualquier momento, con arrancarla de sus frágiles y cancerosos cimientos, con hacerla volar y alejarla a un lugar donde nadie pueda encontrarla. Media ciudad está inundada, como consecuencia lógica del caprichoso clima, de la nula capacidad de sus mandatarios, del incapaz y obsoleto sistema de infraestructuras del lugar. Uno ve Bs As como una joven prematuramente demacrada, como una anciana precoz, una caduca muchacha que gusta de caminar bordeando un imaginario precipicio, tras haber vivido demasiado deprisa, tras haber querido aglutinar demasiado e inabarcable placer. Lo malo es que nos lleva a todos con ella, como hastiadas orquillas sujetas a su enmarañado pelo. Uno, que es de naturaleza viciosa, incluso a veces perversa, sin embargo a veces siente pena por la muchacha en la que vive, por los nudos de suciedad que enredan su cabello, y no puede evitar quererla. Al menos eso trata de pensar para superar el paroxismo y la locura que le rodea, para no ser participe de la desesperación que la tiñe, y con ello colaborar en su definitivo y demacrado final.

Tras evitar los inmensos charcos, que como putrefactos lagos pueblan la calle, me he metido en el metro, en el subte, en la estación de Independencia, amarillenta, con esa corriente desagradable y fría que la habita, con ese pronunciado silbido de aire que entra como por una puerta siempre a medio cerrar. La estación de Independencia, amarillenta, decorada con pretenciosos azulejos, que la hacen mostrar una cara flamenca, absurda. Una cara de vieja y abandonada botica, invadida por la humedad –la misma humedad que empapa toda la ciudad-, arrugada, desapacible, horadada por goteras, agujeros, fracturas por las que hubieran intentado entrar desesperados yonquis en busca de su robada, oxigenante y clandestina dosis Largos abrigos, elegantes y hasta los pies, comparten andén con llamativas chaquetas, fluorescentes, cuyo brillo parece aumentar por la capa de diminutas gotitas que recuerdan el diluvio exterior. Todos, abrigos, chaquetas, paraguas doblados y arrugados, como flores secas, se suben a los vagones. Vagones que conforman, unidos, el subte, el subte porteño, gusano mecánico, furibundo, violento y gritón, que a velocidad suicida y chirriante taladra el metálico y subterráneo corazón de la descorazonada y descorazonadora ciudad.

Tras cruzar Buenos Aires, entre gentes hastiadas que vienen y van, llego a mi destino, el piso decimoctavo de un edificio que en cualquier momento amenaza con quebrarse, doblado, torcido, tambaleante, partido por el infatigable e iracundo aire que persiste en recordar su inaprovechable vigor. Y así, ya cobijado de él, de la lluvia, de la ciudad, trato de ponerme poético y sacarle, al menos, un mínimo y literario, un pretencioso y altivo, beneficio al insoportable clima que niega el paseo, callejear, recorrer, conocer. Que casi impide vivir.

19
Tímido, cálido pero vergonzoso, otoñal, ha vuelto el sol. Un sol rodeado y constreñido por amenazantes y sombríos nubarrones, eso sí. Para celebrarlo, para disfrutar brevemente del rito amado de la natural luminosidad, uno aprovecha la cercanía de la 9 de julio, de sus escuetos y asfixiados jardines.

Respira, polucionada y taciturna, la 9 de julio. Es como un recto camino, una descomunal senda, de laboriosas y mecanizadas hormigas-coche, que rodantes van y vienen de hogares a trabajos, de trabajos a hogares, reluciendo en sus carrocerias el rabioso brillo de lo cotidiano. A veces, pero sólo a veces, me gusta sentarme a su lado, a su vera, como protagonista solitario de un urbano picnic, a las orillas del asfaltado río, contaminado, seco y huraño, que es la avenida. Desde ahí observo el tránsito laboral, esas hormiguitas gigantes e industrializadas, ruidosas, mientras yo, cigarra recostada al sol, cigarra con pretensiones literarias y de intrínseca vagancia, sopesa lo lejos que se encuentra –o pretende encontrarse- de tanto fanatismo maquinal.

Uno se siente mendigo, lastre social, vampírico y desocupado. Uno descubre, con pena y ternura, a su alrededor y ayudados por bastones, a deambulantes viejecitos, arrastrando su imposible esqueleto, armaduras erosionadas y decrépitas tras tantas batallas –cada día viene a ser eso, una fugaz batalla-. Amenazados por la decadencia, ateridos de senectud, gateando hacia la muerte, los viejecitos van en lento y cercano peregrinaje, casi siempre impar, hasta alcanzar su banco en que reposar. En que posar su frágil esqueleto de gorrión anciano, la extremada y vitriólica fragilidad de su existencia.

Si madurar es hacerse más cobarde, la vejez es sinónimo de pánico. Puede verse en sus ojos, casi sin brillo, anclados en medio de un nido de arrugas. Todo les es amenazante, peligroso, resbaladizo, temible. Mientras conversa su temblorosa barbilla con el miedo, vislumbran, intuyen, a las veloces, claudicantes y remolonas hormigas que tanto –les- han invadido. Y que como diminutos y engrasados bocaditos siguen abasteciendo al revuelto estomago de la ciudad, alimentado su difícil y aburrida digestión.
Luego la cigarra, y su pretenciosa e inútil literatura, toca su violín digital y, sin muchas aspiraciones, desafina en este mensaje-canción.

21 mayo, 2000

Esquiva morena

El marmóreo dormir dominical se ve interrumpido por el hambre, que corrosiva y tenaz me devuelve a la realidad del desértico lecho. Despierto apenas abrazado por la resaca, envuelto en su pachulí noctámbulo y fumador. Mi primer pensamiento, como lo fue el último antes de dormir, es para ella. Pensamiento rijoso y visceral, de deseo y frustración. Mezcla de amor y de odio. Los besos que más me escuecen siempre son los no entregados.

Salgo a vagabundear por San Telmo. El cómplice clima invita al paseo. Un poco reptil, un mucho friolero, serpenteo por la calle buscando una acera cálida que me haga entrar en calor. La calle se empapa de amarillo sol. Ando deprisa por San Telmo, barrio casquivano y sucio, precioso y rajado por canallas cicatrices. San Telmo es una bella catedral en ruinas. Sus habitantes jodidas y empobrecidas gárgolas. En vez de contemplar París, preferimos admirar a Buenos Aires. San Telmo, los domingos por la mañana, es una puta barata, ojerosa y complaciente, veterana y adorable. Varices bajo la falda tanguera, adoquines dibujando enrejadas medias negras. Nunca es fácil resistirse a su perfume dulzón, lúbrico y empalagoso, de almendras garrapiñadas.

Me acerco a Plaza Dorrego, y Manolo está sentado. Con su guitarra española tumbada sobre las rodillas. Manolo abraza a esa mujer, que no es la suya, con infinita ternura, abrigando con el pecho su corazón de madera. Ella, desenfrenada y alegre, responde ante las caricias con ronca y castigada voz, fruto de cuerdas y arrugas. Fueron y son noches juntos, noches de fiesta y carencias, etílicos triunfos y mal de amores. Pero hoy ambos, hombre y marido, guitarra y mujer, estallan risueños en cómplice canto, y flamenco mana de las dos gargantas. Canto que pinta la calle Defensa. Manolo y su hermano –sentado en cajón flamenco, palpitante percusión- vinieron a Buenos Aires hace ya 22 años, apenas por esas cosas que tiene la vida.

-Por esas cosas que tié la vida, Rafael.

Manolo, largo y cetrino pelo, descuidada barba de hombre mayor, atardecer de gitano, parece recién llegado de su Cádiz natal. Floreada camisa, oscura y macarra, inconfundible acentillo de vividor andaluz. Manolo lleva media vida ganándose aplausos –no mucho más- aquí, a doce mil kilómetros de su extrañado país. Manolo, con su España Cañí, mantiene un poblado e internacional corro alrededor de su música, cercana y exótica, desubicada y alegre, hecha de nostalgia y fiesta. Música que fraguan voz, guitarra, cajón y risas. Canta para ellos, para mí, sus penas, y su lamento es tan dulce que arrastra también los nuestros. Manolo, encantador de serpientes, hipnotiza a sus ofidios con una rumbita triste.

Hoy no estoy pá nadie
Hoy no estoy pá ná
Hoy estoy borracho de mi soledá.

La rumbita es taciturna alegría, las palmas disparos contra mi frustración. Hoy no estoy pá nadie. A mi alrededor pululan vendedores de comida, tangueros de ochenta años, charlatanes compulsivos, turistas descerebrados, timadores argentinos, policias con pasado, viejas chotas. Proveedores de anticuallas imposibles y curiosos que bizquean. Hoy no estoy pá ná. Vuelvo a despertar y mis parpados son lienzo donde la dibujo a ella. Mastico y barrunto aquello que pudo ser y no ha sido. Enciendo su sonrisa inapagable, me baño en su violácea voz. Recorriendo sus abruptos pómulos, caigo en los infinitos ojos que alumbraron toda mi noche anterior. Mi boca saborea de nuevo el vino común, pero no los labios que sólo él pudo besar. Besos mojados, besados sólo por vino, vino egoísta que quiero volver a beber. Hoy estoy borracho de mi soledá.

14 febrero, 2000

BS AS: Tres meses después

No recuerdo si fue National Geographic o Travelers Guide la que me pidió un artículo en el que explicara, sin perder demasiado los papeles, qué es para mí Buenos Aires. Más concretamente, algo que aunara las sensaciones provocadas por la ciudad en mi interior con pequeños apuntes, pautas, consejos, que pudieran ser de provecho para alguien que tuviera dos días para pasear por ella. Prefiero no volver a leerlo y, por ello, repasarlo: ésto es, así se escribió y así lo leyeron algunos.


Buenos Aires: apátrida, nostálgica, hermosa.

Mezcla de épocas, orígenes y estilos, la enorme capital de Argentina enamora por su arquitectura y personalidad, por sus gentes y por su irresistible encanto.

Tres meses después de abandonarla, regresé a Buenos Aires tras las frías fiestas navideñas europeas. Y la capital porteña, siempre excesiva y caprichosa, me recibió como una amante desdeñada: calurosa pero vacía, como reprochándome la prolongada ausencia.

Centro de Argentina, país centralista donde los haya, Buenos Aires sólo puede comprenderse desde la óptica de su gigantismo. Porque enormes son, también, los sentimientos que en uno provoca. Odio, amor, angustia, placer… nunca indiferencia, frialdad o desinterés. Como no podía ser de otra forma, de inmediato comencé a reencontrarme con ella. No ya con los imparciales y escrutadores ojos del turista recién llegado, turista que se enfrenta a una de las más impactantes urbes del planeta. Más bien lo hacía de manera inversa, a través de recuerdos, unos excelentes, otros no tan buenos. Y noté como ella volvía a dejarse querer a medida que la recorría, oyendo el canto de la gente hablar, regresando a su piel, escenario de momentos pasados.

En verano (entre diciembre y marzo) la humedad se antoja pegajosa. En invierno (julio y agosto) resulta gélida, capaz de congelar los huesos. Pero, de una u otra forma, siempre nos acompañará por la ciudad, recordándonos la cercanía del enorme Río de la Plata. Como irán también con nosotros las esporádicas y violentas tormentas de carácter casi tropical. A cambio, ese clima tan especial nos regala árboles que llenan las aceras, dominando los jardines y cobijándonos cuando el sol más aprieta. Sol que, en este verano, dora hermosos cuerpos que merecen ser seguidos, incitándonos a continuar la marcha. Siempre, eso sí, sumidos en ruido y polución.

Vivir en San Telmo supone, al menos para el extranjero, estar siempre en contacto con la esencia de eso que llamaron “porteñidad”. Barrio descuidado, sucio, y sin embargo hermoso, es capaz de mostrar un atractivo que pronto hace desdeñar los reparos que el europeo le podrá mostrar. Recorrerlo es fácil: basta tomar la calle Defensa y a través de ella atravesar el barrio por su gran arteria. Arteria sometida, en estos momentos, a un severo by-pass: los agujeros que poblaban su suelo incitaban más al accidente que al reparador paseo.

A medida que uno la camina degusta, paladea, ese sabor añejo tan especial del lugar. En él pasean personajes entrañables, se venden obsoletas antigüedades, encantadores de serpientes ofrecen sus mercancías y vierten suculentos olores algunas de las parrillas más baratas y recomendables de la ciudad. A través de sus ventanas vemos sudar y gritar a comensales alegres, tributando su particular homenaje a esa que es la mejor carne del mundo. Pero no, aún no es hora de comer.

No lo es porque la atmósfera de San Telmo nos atrapa, guiándonos hasta la inconfundible Plaza Dorrego. En ella, como cada domingo, parejas de todas las edades (y nacionalidades) bailan tango al son de una orquesta al aire libre. La hermosa, melancólica y sensual música nos transporta, inevitablemente, a este otro mundo. Y pinta, dejando como nuevas, las derruidas y bellas fachadas, sucios y hermosos balcones. Y enciende cada cigarro, aroma cada café y devuelve a todo un barrio la gloria, el lujo y la grandeza que en otros tiempos gozó. Tiempos que quizás vuelvan, o quizás no, pero que el viajero y todo el que allí se encuentre saboreará como actuales.

El jaleo, la basura, el clima…las letanías del exigente turista ya habrán pasado al olvido. Ya es parte de Buenos Aires, y con poco que ésta le dé el cariño no hará más que aumentar. Seguirá por la misma calle Defensa, aquella que hace dos siglos expulsaba invasores y ahora los atrapa, y llegará al Parque Lezama. Se dice que ahí se fundo la ciudad, se dice que es una de las zonas que más vale no visitar de noche. Se sabe de su melancolía, de su tristeza, de su desamparo vital. De los muchos sentimientos que han paseado por el parque, quedando impregnados en cada uno de sus rincones. ¿O fue al revés, y es el parque el que nos hace sentir así?. El caso es que hermosas estatuas, decadentes puestos ambulantes y explanadas donde tumbarse y leer bien merecen un rato de relajación.

Pero tampoco demasiado. Azucemos el olfato: un olor particular nos llama. Es la Boca. A la Boca turística se llega en excursión organizada, en autobús refrigerado, y nos regala color, souvenirs y tangos procedentes de ningún lugar. Pero la Boca real, el barrio humilde por antonomasia de Buenos Aires, sólo goza de acceso a pie. En un colectivo, autobús local, a lo sumo. Porque cuando lo recorremos cruzamos casas paupérrimas, charcos infames y miradas inocentes recordando que, pese a tópicos como el de Caminito, la pobreza y la miseria siguen reinando en Sudamérica.

Andamos y a la izquierda dejamos la Bombonera, estadio de Boca Juniors. El equipo de Maradona, al que el genio se empeña en animar, pese a su maltrecho corazón. Secundando con sus gritos a una de las hinchadas más peligrosas del país. Seguimos, y de manera súbita una ráfaga de aire sucio nos alcanza. Impregna el ambiente un aroma intenso y empalagoso, un olor que se hace sofocante las tardes de verano cuando sopla la brisa. Es el Riachuelo, donde el Río de la Plata se hace más turbio, pestilente y degradado. La escasa riqueza del barrio ha provocado, exigido, un caos ecológico que permite presenciar una escena idílicamente apocalíptica. Esqueletos de barcos a medio hundir, cadáveres de oxidada chapa alimentados por bandadas de botellas de plástico. La escena es, por si misma y por lo que representa, digna de contemplarse.

Caminito, justo al lado, es otra cosa. Caminito no es pobre, mas tampoco auténtico. Es el pasillo colorido de un museo imaginario llamado Buenos Aires. Es, son, casitas policromadas, tiendas de recuerdos y turistas en pantalón corto. Pese a todo, es bonito. Pero lo es, y mucho más, de noche. También peligroso. Pero si logramos que alguien nos acerque, contemplarlo con luna llena supone una evocación eterna. La esfera lunar, blanca y luminosa, desde cielo abierto, se refleja en esa enorme mancha de aceite que es el río, pintando de azul y sombras el pueblo, alienado y microcósmico, que es la Boca dentro de la gran ciudad.

Es ya otro día. Es otro día, otra ciudad, otro mundo el del barrio de Recoleta. Los más ricos del Buenos Aires decimonónico, huyendo de la peste amarilla, abandonaron San Telmo y sus carcomidas mansiones y se mudaron a Recoleta, llevándose consigo elegantes muebles y añejas riquezas, olvidando a esos ajados y elegantes edificios que ahora malviven arrugados y decrépitos. Llegando a Recoleta, allí donde Buenos Aires quiere ser más que nunca París, sumando monumentos por doquier, exhibiendo limpios edificios, desplegando cuidadas aceras. Caminamos por Recoleta, entre elegantes cafeterías, y cruzando parques alcanzamos su Iglesia Colonial. Iglesia a la que acuden personajes de todo tipo, mezclándose arregladas feligresas que acuden a su cita moral esgrimiendo bolsas del cercano “shopping” con pedigüeños que comerían con la plata que las primeras regalan por engullir un café. Es esta iglesia, por la que además pululan evidentes turistas, un puente directo entre la riqueza y la iglesia, entre la opulencia y la fe, entre el dinero y la religión.

Justo a su lado, como un templo señorial y caduco, el Cementerio de Recoleta sabe de su grandeza e importancia, y muestra orgulloso su lúgubre etiqueta de atracción internacional. Enjambres de visitantes recorren las calles de esta necrópolis, perfecta oda a la irracionalidad que en el hombre provoca el espectro de la muerte. Preguntan, de manera aviesa y tufillo necrofílico, por la tumba de Eva Perón. Yo prefiero contemplar la grandeza y majestuosidad que me rodea, los enormes árboles que empequeñecen junto a inmensas criptas, cada una más alta y soberbia que la de al lado. En esta urbe de difuntos los edificios son tumbas, como símbolo de una sociedad ostentosa, clasista y francamente "demodé". Bustos de próceres patrióticos tratan de elevar a la categoría de mitos a personajes que, en vida, no pudieron disfrutar de dicha condición.

Sentado ya en Plaza Francia, centro de Recoleta, sobre un irreprochable césped, parezco escapar al bullicio y ajetreo de la ciudad. El panorama es opuesto al del cementerio; ahora hay vida, presente, actualidad. Entre los muchos y enormes árboles tropicales distingo una ciudad que quiso ser Paris, quedándose en Buenos Aires. Nada menos. Híbrido extraño, mezcla de norte y sur, de Europa y América. Es el corazón de un mundo, pero sueña cada noche con ser transplantado a otro. Quiere huir y regresar a ninguna parte, el lugar de donde proceden los que la crearon, para terminar nostálgico por los amigos dejados. Yo me quedo aquí. Enfrente tengo el Museo de Bellas Artes y sus joyas, la aquea Facultad de Derecho, y detrás un centro cultural de discutible diseño e invadido por un centro comercial exclusivo, pero del que pueden contemplarse, trepando por una montaña de ladrillos que ocultan dólares “truchos”, unas magníficas vistas nocturnas.

Sin el encanto ni el carácter de otras zonas, Recoleta propone un grácil y acomodado alto en el camino, una pausa reflexiva para tomar un delicioso helado o el imprescindible mate amargo. Así, tumbado en sus urbanas laderas, asisto a otro día más que se escapa, a la par que jóvenes exhiben su despreocupada belleza observando con admiración las actuaciones de brillantes artistas callejeros, adquiriendo en cualquiera de los abundantes puestos de artesanías mercancías con las que adornar sus cuerpos.

Dice algún libro que oír “Argentina” supone, de inmediato, pensar en el tango –el carácter porteño hecho música y baile-, Maradona –representación onírica, divina, de la revancha de un pueblo- y desaparecidos. Hace ya un tiempo de esto, pero algunas heridas siguen abiertas. Basta acudir un jueves por la tarde a Plaza de Mayo, donde las celebérrimas madres siguen dando vueltas a su pasado, tal vez buscando así a sus hijos asesinados.

La Plaza de Mayo también es el centro de la ciudad, donde surge la Casa Rosada –tan chirriante como, al final, querible, odiosa-, el Cabildo –más bien lo poco que queda de él- o la Catedral –sencillamente espantosa-. En la Plaza de Mayo, ahora en verano, se reúnen oficinistas y empleados de banca a devorar su almuerzo, con prisas y calor, recostados en el cuidado césped que alfombra el lugar. En la Plaza de Mayo surge la Avenida de igual nombre, y en ella encuentro el Café Tortoni, sepia y clasista, elegante y bohemio, con su cielo esmerilado, sus mesas de mármol, sus billares canallas al fondo. El Tortoni, por supuesto, tiene clientes frecuentes, parte del mobiliario ya, que moviendo su blanca y cuidada melena charlan de literatura, de arte, de la vida vista a través de un cristal romántico y ahora ya lunático. No les oigo, pero basta contemplarles para saber –desear- que así lo hacen, que sólo poesía y locuras salen de sus humeantes bocas.

Si sigo por la Avenida de Mayo me noto como en casa, como en la Gran Vía, como en una sucursal olvidada de España, a miles de kilómetros. Comercios, teatros, restaurantes se obstinan en parecer hispanos, “gallegos”, saciando así una morriña cada vez con menos adeptos. Los edificios, imponentes, cuidados, bellísimos, apabullan al paseante, que lejos de buscar cobijo alza la vista para saciarse de grandeza. Cruza el inmenso río que es la 9 de Julio y llega a la Plaza de Congreso, y así vuelve a París, como antes fue a Madrid, como luego podría alcanzar, en la “City”, algo parecido a Nueva York. Buenos Aires, colisión de ciudades, de memorias, nostalgias, decepciones y siempre nuevas esperanzas.

Palermo constituye un magnífico barrio para vivir, gracias a la abundancia de plantas, la tranquilidad de la zona y el buen ambiente que se respira en el lugar. Lo sé por experiencia, buenos amigos pueblan la zona. Surte al visitante de agradables lugares donde comer y beber, incluso emprender una salida nocturna. Por el día, caminar por sus calles supone un agradable paseo, animado el trayecto por las constantes charlas y discusiones vecinales.

El paseo me lleva hasta Plaza Italia, donde el intenso aroma del Jardín Botánico ejerce sobre mí, como siempre, de irresistible imán. De magnífica extensión, por su rojizo suelo rodeo los cientos de ejemplares vegetales que forman este vergel natural. Otros habitantes han poblado, compartiéndolo con los humanos, el recinto: los gatos. Presentes en elevado número por toda la ciudad, es aquí donde se muestran más tranquilos y espléndidos, bañándose de sol. No es de extrañar: las sensuales y lánguidas estatuas, fuentes repletas de nenúfares y brillos y semiderruidos invernaderos les ofrecen un ambiente agreste y lleno de diversión. Mientras, como formando parte del tranquilo pero exuberante paisaje, sonrientes viejecitas comentan, entre fascinadas y divertidas, las ágiles piruetas felinas.

Es ya tarde, y amigos me esperan para cenar. Mientras ando hacia su casa, me hago la misma pregunta que todo el mundo, desde que llegué, me repetía sin cesar. Y, una vez más, no sé que qué decir con exactitud. Sólo tengo una respuesta: vine a probar, y me quedé. Amo a esta puta ciudad.