24 julio, 2005

Morir en Madrid: España para principiantes

Hoy he visto otra vez Morir en Madrid. Una extranjera me preguntó por nuestra guerra civil y, como debería hacer más a menudo, dejé que otros más sabios -en este caso, una peli- hablaran por mí. Es una lástima que no hagan lo mismo en colegios, cines o televisiones de España, o que ni siquiera el documental pueda hallarse en los grandes almacenes al no estar editado aquí. La única explicación es que, 70 años después, no haya demasiado interés en saber que pasó hace siete décadas.

Morir en Madrid satisface más de una necesidad. Para alguien que sólo sepa superficialmente que en este más o menos tranquilo país, hace dos generaciones, murieron más de un millón de personas, supone una revelación histórica, una somera pero imprescindible lección de qué pudo haber pasado. También es útil para comprender al pueblo español, donde siguen siendo reconocibles políticos oportunistas, exaltación religiosa, injusticias sociales o nacionalismos. También un poco del orgullo y la valentía, esos que en la película y en el día a día actual siempre terminan perdiendo.


Para los que sí conocen la lección, la historia, la poesía de las palabras que hilan el documental, la humanidad que transmite esta crónica de la deshumanidad sirven para llegar más allá, demostrando que cualquier guerra es igual al resto. No es necesario decir más sobre lo que la palabra Guerra supone. La película también lo muestra. Su evidente orientación política no es suficiente, además, para degradar el mensaje. La muerte, el asesinato de unos y otros, no debería repetirse. La película es un grito, que se opone a otro citado en ella: Viva la muerte. Más allá de ideales y de gestos, los dos son extremos y consignas que distinguen a unos de otros.

Por último, destacan en el documental de Rossif dos cosas. La primera, ser capaz de abarcar muchos puntos de vista sin caer en la ininteligibilidad de muchas de estas opuestas. Morir en Madrid no para. Nada lo frena. No aburre. No puede hacerlo narrando las causas, los actores, laSs consecuencias de esta tragedia. Basta apelar a los libros de historia y a las manifestaciones humanas que tratan de describirla. La poesía, aterrada ante la barbarie, la crónica periodística que trata de reflejarla, los discursos que la justifican.

La segunda trasciende y acerca la obra al espectador. Sentimos tanto pavor ante lo que contemplamos que nos preguntamos: ¿cómo pudieron grabar estas cosas? Cada imagen sorprende por su valentía, por su oportunidad. Por el riesgo de filmar entre balas y bombardeos, pero también por el de no apartar la cámara entre muertos, soldados, mujeres, niños. Con su trabajo, Rossif no sólo muestra la insoportable realidad, sino también la valentía, el sufrimiento y el trauma de los que estaban allí para describirla y captarla, los mismos a los que les es dedicado este film.

07 julio, 2005

San Fermín y sus protagonistas (I)

"Basura en Pamplona", dice José Luis Amorrortu Josetxu, recogedor de basura y barrendero

¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esto?
Lo cierto es que no demasiado. Déjame pensar... tengo 27 años, así que unos 8, desde que terminé la Ingeniería de Caminos y Físicas y los seis cursos de violín en el conservatorio. Después estuve en el observatorio espacial de Reykiavik, desfilando como modelo en Milán y viviendo dos años en Australia a costa de Kylie Minogue... ¿Cómo que cuánto llevo en esto? ¿Qué tipo de pregunta es esa? Toda la puta vida, ¿cuánto quieres que lleve?. Uno no echa currículums ni cambia de empleo hasta llegar a esto: no talla como un escultor su carrera profesional hasta ser recogedor de basura en Pamplona. Tío, dejé la ikastola cuando tripití cuarto de EGB y pasé tres años en casa, encerrado por mis padres, para no empezar a delinquir. Así hasta que cumplí los 14, y pude trabajar en algo legal y no fabricando balones Nike en Indonesia. Cuando mis padres iban a operarme la cara para venderme a algún circo ambulante salió esta oposición y no la dejé escapar.

¿Por qué basurero en Pamplona? ¿No hubieras preferido ser cantante de algún grupo de pop mundialmente conocido? ¿No te atraía el cine? Eres alto, bastante guapo y no tienes mala voz... Pepe Isbert o Bogart no tenían esas virtudes y pese a todo lo lograron...
Siempre, desde pequeño, me atrajo la basura. Ya en el colegio, en los recreos, mientras los otros niños se comían el bocadillo o la palmera de chocolate, yo recogía las que se les caían al suelo o tiraban a los niños más débiles. Es más, a veces hasta me castigaban por tirar a los cubos de basura a esos mismos niños débiles. Pero no era sólo en el colegio... En las fiestas de mi pueblo, Villava, cuando instalaban el tiovivo, los niños se sacaban los ojos por montarse en el Ferrari descapotable y las niñas afilaban uñas para ocupar el Pequeño y Sonrosado Pony. Los que tenían suerte se quedaban con la nave espacial, los más atrevidos compartían carroza real con alguna princesita. Yo no, prefería pasar antes por el bingo y sus sorteos, acumular los cartones que envolvían los regalos que la gente ganaba (ventiladores, batidoras, explosivos varios) y tras untarme con la grasa del puesto de bocatas subirme al pequeño camioncito de la basura, justo al lado de la motito de policía. Allí, con mis cosas, la rueda mecánica del tiovivo bailaba, el universo giraba a mi alrededor y la música de los Chichos, Alaska y Dinarama o Barricada me decían que yo iba a valer para algo. Ah, a veces también ponían a Negu Gorriak.

Ah, y a Kortatu.

¿Cuáles fueron tus primeros San Fermines? ¿Qué edad tenías la primera vez que trabajaste en ellos?
Bueno, como te he dicho antes soy de aquí, de Burlada, así que antes de trabajar ya los conocía como cliente. -José Luis rie, se da un cabezazo contra la pared y se bebe medio litro de vino. Qué cosas-. ¿No sería divertido que eso fuera lo que, definitivamente, asentó mi vocación? Seguro que Sabino Arana escribió algo sobre ello. Recuerdo a mi padre tirando vasos al suelo, mi madre paquetes de tabaco, mi hermana cajas vacías de preservativos completamente borracha... Todo el mundo haciendo mierda, llenando Pamplona de mierda. Pero por las mañanas, cuando casi nadie se da cuenta o piensa en cualquier cosa menos en ellos, descubrí a otro tipo de gente: gente abnegada, como un ejército salvando a la ciudad, rescatándola de su periódico y sucio naufragio. Los Carnavales de Río, el Love Parade berlinés, las manifestaciones del Foro de la Familia... Si algo diferencia a estas jodidas fiestas de Pamplona de otras explosiones de felicidad humanas, de ese hedonismo suicida, de esta tan enloquecida forma de vivir la vida, es la porquería que aquí se acumula. En ningún lugar has visto más roña, porque no tienes pinta de haberte criado en un basurero de Lima. Es la basura contra el hombre, como una invasión alienígena.

Cuando en esos momentos uno contempla las calles, se pregunta para qué merece la pena vivir. ¿Hace falta otro creativo que invente más publicidad maldita? ¿Son necesarios tantos políticos, tanto militar, tanta guerra? Piensa en tus malditos artículos. El mundo podría seguir viviendo sin ellos. Pero pregúntale al mundo lo que pasaría si nadie recogiera esto, si año tras año, San Fermín tras San Fermín, fuera acumulándose toda esta cochambrería. La basura se desbordaría y todos tendríamos que huir. Y no sé adónde, porque la basura te llega allí donde estés. Te perseguirá, toda la vida.

Vale, tío...
Limpiar esa basura es lo que le da sentido a mi vida. ¿Ahora ves imposible que esto quede limpio? Pásate cuando esto termine, agáchate y mira cómo estará el suelo que ahora contemplas. Ven el 14 de julio a verlo...


No puedo. Estaré en París, celebrando el Día Nacional. Y ahi será mejor que no me agache a mirar ningún suelo.

Eso pienso, y eso le digo a este hombre enfundado en su traje fosforescente y mucha más seriedad en la mirada que la que puedo encontrar en todos los que me rodean. No puedo creer que todo esto lo haga solamente por devoción; también ha de ser por dinero. Me pregunto cuánto dinero cobrará, pero no me atrevo a preguntárselo: es posible que me meta una ostia.

¿Cuánto ganas? (otra vez). Es decir...¿Cuánto te pagan?
¿Sabes? ¡No tengo la menor idea! Es mi madre la que me lleva las cuentas. Creo que tengo millones de acciones de no sé qué eléctrica, varios pisos alquilados en Pamplona y lo que me pagan aquí. Luz, suelo y basura en San Fermines: lo único que necesitarán siempre, como las plantas, los hombres. Eso dice siempre mi madre, y el párroco la castiga entonces con rezar varios rosarios.


Y es que si por algo es conocido el pueblo navarro, además de por sus botas, sus boinas y sus San Fermines, y el Osasuna, es por su religiosidad. Todo está dictado por una muy particular moral, repleta de catolicismo y tradición. La familia, las relaciones, las fiestas... incluso la fe y las creencias de uno, qué pasa cuando te mueres y esas cosas, se ven afectadas por la religiosidad. ¿Es ésta la gran tragedia del pueblo navarro?

En mi modestía, creo que es más bien la falta de mar. Esto con playa sería el despelote total. Una pregunta de esas que gustan tanto los que reciclan cosas: ¿Qué tipo de vertidos son los más frecuentes? ¿José Luis? ¿Josechu?
Mantén las distancias, gatita. Si vieras lo que les hacemos a los toros, a las rocas y a los árboles no hablarías tan a la ligera. Tenemos dos tipos de basura: la inorgánica y la orgánica. La segunda suele, en cuanto logra ponerse de nuevo en pie, seguir bebiendo. Y sí, también hay mucha basura inorgánica. Lo acostumbrado: plásticos, vidrios, plásticos, vidrios, plásticos, vidrios. Pero también nuevas cosas. Como lo fue, en su momento, el tetrabrik, con sus pequeños trocitos de cartón tan dificiles de barrer... ¿Y el abrefácil? ¿Quién coño descubrió el abrefácil?

¿Puedes hablar, especificar, algo más sobre los orgánicos? Suena interesante. Son mucho más interesantes las cosas orgánicas que las inorgánicas, me parece.
En cuanto a los orgánicos, además de los deshechos orgánicos microscópicos, de los que se encargan aquellos que inhalan cosas, luego si quieres te pasas y me preguntas, están los resíduos de gran tamaño, también. Longanizas locales caídas de bocadillos, pan caído de bocadillos, perros abandonados por los hippies, hippies abandonados por los perros. Borrachos, drogados, gente en coma. Embarazados. Muertos. Los muertos pueden hacerse embutido. Es bueno, el de aquí, muy famoso. Los vivos suelen ser respetados. Según estén. Beben mucho. Hay mucha gentuza, pero es buena gente.

Es bueno, José Luis. Y es bastante mono. Y vuelve a calzarse sus guantes reforzados, los que sólo se quitó para mostrarme un sello familiar y una pulsera con su nombre que creo que le regaló su novia, no sé, es horrible, la pulsera digo. Y se pone manos a la obra, a dejar esta ciudad, a la que tanto ama, en la que ha nacido, como los chorros del oro.

¿Somos conscientes de lo que sería esto sin José Luis? Es un ejemplo. No sólo él. Todos los José Luises que aquí trabajan, y los que no se llaman José Luis. Todos. ¿Recogiendo y limpiando esa mierda? ¿Es que no podemos reconocerlo, joder?

Cuando uno escucha hablar de una tragedia, de una guerra, de una catástrofe natural, surgen siempre palabras como “ahora se teme/espera la llegada del colera, la peste, la malaria”. Esas mierdas, las enfermedades. Nuestras enemigas. Si Pamplona y los que aquí vienen salimos indemnes de todo es, en gran parte, por gente como José Luis -incluídos los que no se llaman así, claro, y los vascos además tienen unos nombres preciosos-.

Así que sigamos manchando, tirando cosas al suelo, meando entre los contenedores y vomitando para así seguir bebiendo, en medio del detritus y la porquería. Podemos estar tranquilos. Ellos, como aves fosforescentes de paso, como chispazos de sol o partículas atómicas a ras de suelo se cruzarán con nosotros después, muy pronto, sin ni siquiera mirarnos. No los temáis, son buenos, aunque tened cuidado con no acabar dentro de sus camiones, triturados, o que os salpiquen sus mañaneros y gélidos chorros de agua.

Sí, esos mismos que hacen que las aceras brillen como si aquí no hubiera pasado nada.

Torremolinos 73: Patria y caspa

No hay nada más sencillo en España que escribir/dirigir una película. Sin demasiado neuronas puede crearse un drama social exitoso, una película "seria y comprometida" o una divertida comedia, los tres pilares del celuloide español. Para lo primero, para arrancar llantos, basta con hablar de violencia doméstica o figura ausente de padre, los dos grandes/ únicos temas del cine sensible español. Para lo segundo, para hablar de política, para hacer cine serio, tenemos el tema del terrorismo, ya tan nuestro como el buen jamón ibérico. Si se cuenta con el libro de algún farsante que asegure haber estado comiendo pintxos por Donosti con toda la cúpula etarra, mejor. Y para arrancar risas, ni siquiera hay que escribir diálogos ocurrentes o situaciones graciosas. Basta destinar parte del presupuesto, lo que haga falta a contratar al televisivo Fernando Tejero para tener carcajadas del público embrutecido aseguradas.

Ayer volví a picar con una película española, Torremolinos 73. Un intento de 'comedia agridulce' que consigue su propósito: es tan previsible y agotadora como la homónima salsita china. Algo sencillo, considerando la planicie de sus personajes, apenas dos caricaturas de los pobres españolitos de los setenta, gente como nuestros padres que
apenas aspiraba a tener un 600, televisión en color y procrear descendientes tan calvos y mediocres como sus progenitores.

Quizá es que no estaba de muy buen humor (antes de empezar a verla llamó mi madre para decirme que mi abuela había muerto, mis primos estaban desfigurados tras ser víctimas de un pavoroso incendio y Ronaldinho negocia con el Chelsea), pero ni uno solo de sus chistes me arrebató una sonrisa. Primero porque no me creo su planteamiento, después porque me aburrió su desarrollo y, finalmente, por adivinarse de forma precisa su desenlace final. Que la película no sea calamitosa lo evitan, al menos, su corta duración y que no salga Javier Camara completamente desnudo, aunque la fijación del director en mostrar sus nalgas no convierta a la película en plato de muy buen gusto.

06 julio, 2005

Madrid 2M12: Lástima que se acabó

Ni Juegos Olímpicos en Madrid ni ostias. Es decir, lo mismo que ya sabíamos todos desde hace más de una década, cuando a raiz del éxito de Barcelona'92 las preclaras mentes que dirigen la política madrileña se encapricharon con montar también su pifostio, jodiendo encima a Sevilla, que si bien no hubiera llegado tan lejos sí al menos hubiera torturado a toda la humanidad con un himno de candidatura compuesto por Los del Rio. Gentes como el inolvidable Álvarez del Manzano, alcalde en esos momentos, decidieron apostar miles de millones de pesetas a una carta arriesgada, improbable y con todos los visos de quedarse en nada, como a la postre ha ocurrido, antes que a cosas más urgentes y necesarias, como la difusión del chotis entre la juventud madrileña o el I+D necesario para crear callos light. ¿Beneficios para la ciudad? Muchos. Tenemos un estadio que te cagas, La Peineta, estupendo lugar para que ETA pruebe sus megapetardos, y probablemente una de las instalaciones deportivas más innecesarias y horrendas del mundo. También gracias al sueño olímpico disponemos de la ciudad más tuneada del orbe, mazo de guapa kolega, un Madrid que no reconoce ni la madre que la parió pero que responde a los delirantes designios de Alberto Ruiz Gallardón y toda su banda de constructores, especuladores e hijos de puta varios. El hermosísimo logo Madrid 2M12 también decora, gracias a estos sueños de grandeza deportiva, plazoletas, avenidas y glorietas. ¿Qué coño harán ahora con tanta escultura basura? ¿Le cambiarán el 12 final para poner un 32 o un 52, a ver si hay más suerte dentro de dos o tres décadas? ¿Las meterán en el Reina Sofía, idóneo lugar donde encerrarlas junto a toda esa mierda de arte moderno? Pero la lista de merchandising de la noche a la mañana inservible no se queda en absoluto en el mobiliario urbano o estadios de pacotilla, sino que va más allá. La gran pregunta es...¿qué será ahora de la gran damnificada por la injusta decisión del COI? No, no hablo de Bea Ferrer Salat, la Infanta Elena o Esperanza Aguirre, que sin duda lograrán superar este amargo trago y volverán a engancharse a algún otro proyecto gilipollesco que asegure el bien de los españoles. No, la gran perjudicada por esos hijos de puta del COI es, sin duda, la emblemática pulserita olímpica roja. ¿Dónde terminarán tantos millones y millones de espantosos, inservibles y contaminantes complementos? Supongo que en tiendas de veinte duros, en puestos chinescos y callejeros o arrojadas al Manzanares, río más innecesario que nunca ahora que no será recorrido por forzudos y olímpicos piragüistas. ¿Usadas como método de irrigación peneana por actores porno impotentes, colgadas del cuello de las ardillas suicidas del Retiro, a la venta por 3 euros en la portada de Terra, siempre atenta a las últimas tendencias?...Aquellos que picastéis y fuísteis tan boludos como para comprar/ llevar una no os desaniméis. Seguro que dentro de unos años seguimos siendo tan tontos como de costumbre, y los peludos que dicten la moda deciden que mola llevarlas, que es guay, como ahora lo son las tremendas camisetas de Naranjito, esas que ni los niños con Síndrome de Down se atrevían a llevar en los albores de los 80.

En fin, tengo mucho más que decir, pero la actualidad me reclama. En otro momento sigo.


Ahora más que nunca, Farruquito Libertad

05 julio, 2005

'El amor dura tres años', o la nueva edad del pavo

Frédéric Beigdeber ha sido cronista de la noche, crítico literario, creativo publicitario de éxito y, de siempre, chico con pasta. Beigdeber ha gozado de las más bellas mujeres de la noche parisina, conocido los ambientes más exclusivos y probado placeres envidiables, muchos de ellos no legales. Beigdeber ha tenido más mimbres de los usuales para ser feliz, y lo ha sido transitoriamente, pero en su fuero interno, como casi todos los que tienen todo, nunca cesó de buscar algo más, algo que le hiciera alcanzar la plenitud. ¿El qué? Basicamente, el amor. Como todos. Pero él ha decidido contarlo.


No puede hablarse de este libro, de su protagonista, sin referirse antes a su escritor, porque es la misma persona. Y porque cada uno de los hechos que narra son la crónica descarnada, sincera, injusta, irracional y rabiosa del fracaso sentimental del autor, y la crisis que sufre recién cumplidos los 30. 'El amor dura tres años', como toda obra personal y provocadora, exige ser contemplada sin medias tintas: o bien desde la distancia, riendo los ajenos avatares de alienígenas sin ningún parecido a nosotros, o desde una cercanía tal que roce la identificación, convirtiéndose Beigdeber en personaje y éste reencarnado en el lector.

Visto desde una postura intermedia, desde la "normalidad", lo "seguro", es difícil disfrutarla. Porque el protagonista, el autor, es cínico, caprichoso, inestable, inseguro, manipulador, mentiroso, inmaduro, egoísta y, aunque ame a las mujeres, machista. Porque su lenguaje muchas veces es grosero, porque la historia es narrada a base de pinceladas, porque damos saltos cronólogicos a veces injustificables. ¿Y? Es evidente que 'El amor dura tres años' tiene más de diario, de cuaderno privado, de apuntes, que de novela. ¿Por qué no leerlo como tal? ¿Por qué no escucharlo como quien escucha a un amigo desgarrado, irracional, incoherente, bajo el efecto de mil drogas y dos pasiones opuestas?

Beigdeber sabe lo que quiere decir, pero aun más lo que queremos leer. En tiempos apresurados ofrece un libro para leer entre prisas, montado en un transporte público. Para un público egoísta narra las experiencias de un egocéntrico niño mimado. Para una generación teintañera que duda de todo, que busca allá donde mire verdades, grandes verdades aunque sean mentira, Beigdeber las da a puñados. Grandes y contundentes verdades: quejas, citas, poemas, rabietas convertidas en máximas. Todo eso está en el libro, y algo más: pistas sobre la educación sentimental actual, los bandos en los que se fractura la gente (parejas -aquí casi siempre infelices- y solitarios) y la imposibilidad de ser feliz en cualquiera de los dos frentes. ¿Superficialidad? ¿Frivolidad? ¿No hay cosas más importantes de leer que las criticables hazañas y patéticas tragedias de un pijo francés? Seguro. Pero enfrentarse a esta tontería y llegar a disfrutarla es un diagnóstico perfecto, y quizá el primer paso hacia la curación, de lo tonto que llega a ser uno, y lo fácil que fue recorrer el camino para convertirse en ello.

03 julio, 2005

La playa: Di Caprio y Di Sastre

Un hermoso y joven estadounidense, interpretado por Leonardo di Caprio, se va de vacaciones por Tailandia a la búsqueda desesperada de auténticas experiencias. Compartiendo habitación con cucarachas asiáticas y diversas repugnancias conoce a un misterioso y colgadísimo hombre que le entrega un mapa: ese que puede llevarle a la Playa, ignoto y paradisíaco lugar con cristalinas aguas, playas de arena blanca y toneladas de marihuana, además de una comunidad de fumetas dispuestos a compartirla. Leo no se atreve solo, pero una pareja de francesitos (ella particularmente hermosa, por supuesto) le ayuda a lanzarse a la aventura, que no sólo le deparará canutos, sexo y experiencias felices sino, también, explorar sus propios límites y descubrir el lado oscuro que se supone todos tenemos (yo no).


Que Danny Boyle es un cineasta de talento lo demuestran obras como Trainspotting o 28 días después. El inglés no sólo domina la estética, proponiendo siempre originales caminos visuales, sino que suele atreverse a plantear dilemas mínimamente profundos. Algo que repite en La playa: la película tiene un excelente inicio, describiendo el placer de viajar, descubrir y superar los miedos, y las imágenes que nos muestra son impresionantes en su belleza y, a veces, también en su significación.

Pero pronto la historia pasa a insoportables derroteros, en gran parte por la reiterada comparación entre los habitantes de la playa, hermosos, jóvenes, despreocupados (por no decir subnormarles) con los afortunados habitantes del primer mundo. Es cierto que a todos nos puede el egoísmo y nos importa un carajo la humanidad, pero tampoco era necesario mostrarnos tan estúpidos y, sobre todo, hacerlo de forma tan reiterada...

La jugada la remata Boyle con un cambio definitivo de tercio: aunque en principio parece abogar por la liberación, la emancipación, la revolución y el despegue, finalmente parece apostar por el conservadurismo y lo malo conocido antes que lo bueno por conocer. Mejor encontrarse a uno mismo tranquilo, sin arriesgar el pellejo, que desafiando fronteras, convenciones y peligros.

O quizá el problema sea, sencillamente, tomarse la película en serio. Su arranque invita a hacerlo, pero su metraje final no va más allá de la broma, en este caso pesada.