26 julio, 2007

La batidora de prisas, XV

Tiene los muslos tan blancos que, cada vez que cruza las piernas, le queda una mancha del color de las sandias pintando por un segundo su piel. Bajo el labio un pendiente rojo, como un beso o un disparo, y el pelo tan brillante como la luz que atraviesa una catedral. Mira a su alrededor y parece no comprender nada: ¿para qué trabajar hoy?

25 julio, 2007

Secretos de un madrimonio, chapter one

Tres cajetillas diarias de Ducados, mala suerte y mala leche me dejaron huérfano a los catorce años. Suena duro, pero a base de amigos y pajas puede superarse como cualquier otra adolescencia -esa época en la que te caes a un río sin saber nadar: lo pasas mal, te falta el oxígeno, quedarán secuelas en el cerebro pero terminarás flotando-. No tengo hermanos -mis padres, asustados por lo feo que era, tiraron a un hermano recién nacido que luego resultó ser Bustamante- y me quedé solo con mi madre, 48 años, en la flor de la vida -sigue estándolo... pechos firmes, piernas pétreas, sólo con pedírselo te dejará comprobarlo-. Extraña pareja: un puberto anoréxico y una viuda de buen ver. Aunque cosas más raras se han visto: piensa en las Familias Reales y la consanguineidad.

Hablaba antes con una compañera sobre el tema. Es más joven que yo -ofensa cada vez más frecuente- y su primera pregunta era si mi madre se había vuelto a casar. Cuando la dije, perdiendo un poco los nervios, que desde luego que no, se quedó boquiabierta: "¿Y no tiene al menos novio?", me dijo. "¿Y tú no eres un poco puta?", pensé, pero me contuve y volví a decir que no. No lo entendía. No le entraba en la cabeza que, 18 años después, mi madre mantuviera el celibato.

Me sorprende la facilidad con la que las jóvenes opinan sobre lo que debe hacerse, pero aún más cuando la que debería haber hecho algo es mi madre. ¿Qué se supone que debe hacer una señora de casi cincuenta años cuando se le muere el marido? ¿Encerrarse en casa a cuidar a su único hijo o masturbar a desconocidos en el autobús de Coslada? Hablamos del lugar del que he salido, de lo primero que vieron mis ojos. Después de parirme se lo dejaron con más puntos que el Madrid de Capello... ¿es que yo no tenía derecho a opinar sobre qué hacía con su coño mi madre?

Recuerdo perfectamente el día que murió mi padre. Llovía, aunque quizá lo esté imaginando. Mi madre y yo estábamos relativamente tranquilos porque era la crónica de una muerte anunciada. A mí me jodía tener que ir con americana -tenía menos hombros que un chupa-chups- y ella iba de un lado a otro, haciendo trámites, como cuando tienen que mandarte un electrodoméstico a casa y temes que se pierda o que le llegue al vecino.

Salvo de mi madre y de mis primos, con los que lloré primero y vi "Érase una vez en América" después, no me acuerdo de mucha más gente ese día. Bueno, sí: de un tipo cabezón, bronceado y con bigote al que no había visto nunca. Flotaba todo el rato alrededor de mi madre pero no era el espíritu de mi padre, porque hablaba con acento andaluz y mi padre no soportaba a los andaluces. La agarraba del brazo aunque no tenía ninguna pinta de derrumbarse, la ofrecía pañuelos aunque no lloraba, saludaba a todo el mundo aunque no conocía a nadie. Me dio la impresión de que estaba, simplemente, culebreando, como un puto pavo real en un desfile de cuervos. Me dio la impresión, simplemente, de que era el primero en la cola para intentar follarse a mi vieja.

24 julio, 2007

Lavapies Water Park

En el corazón de Madrid, Lavapiés Water Park abre sus puertas... ¡y sus compuertas! ¿Harto del verano en la capital? Lavapiés Water Park. ¿El asfalto te derrite? Lavapiés Water Park. Deja de bañarte en La Cibeles o lo que queda del Manzanares y visita este céntrico oásis (Palmeras no incluídas).

- Aparcamiento a menos de cuarenta y cinco minutos.
- Restaurantes tóxico-internacionales.
- Locales comerciales y de compra/venta de drogas.
- Zonas verdes y no tan verdes.
- Espectáculo, a todas horas, de borrachos y mendigos.
- Y, por supuesto, nuestra guardería: suelta a tus criaturas en la calle y, con un poquito de suerte, ¡olvídate para siempre de ellas!

Y qué decir de esas atracciones acuático-muy-molonas:

Las Cataratas Fecales
Ni Victoria ni Niágara ni desde luego Iguazú: quédate boquiabierto y tápate la nariz en las pestilentes Cataratas Fecales... ¡una cascada marrón de putrefactas aguas orgánicas, salidas de orificios procedentes de todo el mundo! Heces de Bangladesh, orín a la paraguaya, vómitos latinos varios... ¡Un ensordecedor espectáculo líquido tiñendo de multicolor los muros de una vivienda! Si esto no es la espuma de la vida... ¿qué lo es? (o... "¿lo qué es?", o... "¿es lo qué?"... no lo tenemos muy claro)

Living Lavadora Loca
¿Cansado de desagües efectivos? Seguro. ¿Harto de tubos de goma sin picar, de empalmes perfectos? Sin duda. ¡Living Lavadora Loca es lo tuyo! ¡Mira como la bomba de desagüe se descontrola inundando toda una cocina y haciendo volverse loco al estúpido vecino de abajo! Y si te van las emociones fuertes, atrévete a detener esa manguera enloquecida expulsando agua grisácea... ¿lograrás dominar a esta culebra gigante? ¡Surti-surti-surtidor!

Wet Wet Viga
La madera se deforma adaptándose a casi todo pero... ¿y a las trombas de H2O? ¡H2Opruébalo! ¡Nosotros lo H2Odudamos! Esas vigas han durado más de un siglo, pero quizá seas tú el que esté debajo cuando esa castigada estructura se derrumbe provocando una catástrofe. ¡Ríete de coeficientes de seguridad, y métete en la piel de un pakistaní, o de alguien de San Francisco o de Tokio, y aterrorízate cuando todo a tu alrededor se derrumbe! Y cruza los dedos: ¡quizá con un poquito de suerte el agua también afecte al sistema eléctrico y tu cadáver, ya irreconocible bajo una montaña de escombros, quede achicharrado por un calambrazo de millones de voltios!

El Fontanero Fantasma
A veces viene pero no viene, se le espera y no aparece, y si finalmente está... ¿quién te dice que va a solucionarte algo? Lo más parecido que ha visto a unas tuberías son unos macarrones con queso, logrará empeorar el problema mezclando tubos de plomo con PVC (contraviniendo la prohibición de la Asociación de Fontaneros Mundiales), trabajando en cuclillas para no mancharse, encendiéndose un cigarrito junto a una bolsa de gas... ¡parchea, parchea, parchea! Con fontaneros así ¿quién necesita a Al Qaeda? Y si pese a todo te da confianza ponte uno de nuestros monos azules, coge martillo y llave inglesa ¡y termina de joderlo tú mismo!

Mira esa carita en el techo
Sacas tus llaves, abre la puerta, mira a tu alrededor y... ¿qué ves? Antes de valorar el alcance de los desperfectos deja volar tu imaginación y mira esa mancha de moho: ¿no te recuerda a nadie? ¿No se da un aire a ese secundario de 'Cuéntame'? Y las conocidas manchas negras... ¿no podrían ser la portada de un disco de 'Las Supremes'? No rasques el yeso, no cambies papel, no te tires al vacío, déjate de fungicidas... ¡es como estar en el Prado o viendo las Caras de Bélmez! Móntate un paraje aparicionista y sácale pelas a tu milagro paranormal fraudulento. ¡Ese hongo “Serpula lacrymans” blanquecino puede pasar por el Papa! Y quizá hasta sea comestible y/o alucinógeno...

Un Seguro muy Inseguro
¿Quieres escuchar carcajadas? Pues llama desesperado a Segurcaixa o Mapfre y verás. ¿Que su madre está atrapada bajo una pared derruída? Pues eso no lo cubrimos. ¿Sus hijos se han ahogado con el agua del vecino? Pues eso no lo cubrimos. ¿Un albañil ha caído por el techo e insiste en quedarse a cenar? ¡Ni el Toro Sultán cubría menos! 200 millones de pesetas y el cabrón salió impotente... Y tampoco esperes consuelo en la Comunidad de Vecinos, en tus amigos, tu pareja... ¡Ven a Lavapies Water Park, Lavapies Water Park, Lavapies Water Park!

09 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 3

Además de debilidades propias los humanos sufrimos también afanes animales, como el instinto de supervivencia, al que añadimos un matiz: la búsqueda constante de la felicidad, incluso en las peores condiciones de vida. Se ve en la sonrisa de los miserables, en los ojos de los niños paupérrimos: la vida tiene mucho de desgracia, es dura, pero puede llegar a vivirse y merece la pena intentarlo. La tristeza puede ser inevitable, casi una tragedia natural que nos ha tocado.

Así que incluso nosotros, los más infelices, podemos tratar de luchar contra la pena, aunque sea para que no nos devore como un monstruo negro e implacable. Podemos alegrarnos de estar vivos. La pena no nos matará: para eso tenemos la fiesta.

Con este espíritu empieza a celebrar, en los ochenta, Chueca su Carnaval. Entre la Epifanía y el Miércoles de Ceniza el barrio sale a la calle a bailar, disfrazado, olvidando durante esos días atracos, sobredosis, balas perdidas o SIDA. Las charangas y las trompetas ocupan su espacio. Es bonito estar borracho y, en vez de pelearse, bailar. Es tanta la felicidad y las ganas de compartir esos momentos que se recibe con los brazos abiertos a otros marginados: homosexuales,transexuales, travestis o críticos de música o cine. Sed bienvenidos. Celebrémoslo.

La filosofía crece en los últimos años ochenta. "Habrá toda la fiesta que queráis, montadla vosotros incluso que sabéis más de estas cosas, pero solucionad también los marrones". En resumen: si queréis ser del barrio, curraroslo. Y los recién llegados se lo curran, y mucho, porque también quieren tranquilidad y ser felices. En vez de traficar con caballo empiezan a venderse lencería comestible. En las calles ya no pueden conseguirse cápsulas extrañas, pero sí un buen par de pantalones de cuero con las nalgas recortadas. Y los recién llegados son buenos: ayudan a la abuela con la compra, en vez de robarle las vueltas. Los nuevos y afeminados vecinos hablan mucho y dicen cosas graciosas, no como los yonquis que apenas daban conversación. Y, si pinchas una rueda del coche, una lesbiana puede ayudarte a cambiarla: un toxicómano de los de antes, por muy machote que fuera, ni siquiera estaba seguro de que fueras real.


Los travestis empiezan a limpiar los parques, que están todos llenos de jeringuillas. Y las fachadas, hechas un asco, se pintan, y las escaleras, auténticas morgues, empiezan a vigilarse. Se engalanan las calles, es la fiebre del portero automático. Para repeler posibles agresiones físicas, y porque además se sienten más guapos, se dispara el cuidado de la forma física. Las únicas venas que se verán desde entonces por las calles son las que descubra una camiseta sin mangas.


El hasta entonces moribundo barrio de Chueca recibe una transfusión de sangre, rosa e hiperactiva. Está salvado.

08 julio, 2007

The End of the World

Sorpresa: el fin del Mundo ha llegado. Señales hay por doquier: hace un calor espantoso, es casi imposible aparcar en el centro y David Bisbal es número uno en Japón. ¿Quieren otra? Ahi va: los músicos han puesto manos a la obra para salvar el planeta. Ayer se reunieron algunos de los más conocidos y, en nueve ciudades, lucharon contra el cambio climático. ¿Inmolándose frente a fábricas contaminantes? No. ¿Reduciendo su consumo de jets privados y limusinas? Tampoco. Lo hicieron como de costumbre, promocionando sus últimos discos entre infantiles proclamas para que dejemos de cepillarnos la Tierra.

El fenómeno no es nuevo. Recuerdo mi primer concierto comprometido: el Live Aid hace 22 años. Ración doble, en Wembley y Filadelfia, servida por Bob Geldof, de quien jamás he oído/leído nada que no esté relacionado con este tipo de actos, lo que no me dice demasiado sobre sus virtudes como cantante o actor. Madonna daba saltitos con la foto de un niño famélico a punto de explotar al fondo. Los conciertos dejaron millones de dólares para Etiopía, víctima de una hambruna espantosa. Según se supo después, el dinero terminó en los bolsillos de los Derg, junta militar que entonces gobernaba el país africano y que con esa pasta exterminó a más de cien mil disidentes. Bravo por la música.

Veinte años después Geldof, que sigue sin vender una escoba, volvió a las andadas con el Live 8, copia del anterior pero ahora en ocho ciudades. Ni siquiera se preocuparon por recaudar dinero para los necesitados: el nuevo objetivo era "concienciar" a la gente de que el continente africano seguía sin importarnos un huevo. U2 o Madonna -de nuevo- no se lo pierden y, desde entonces, llevan una vida humilde donando casi toda su fortuna a los pobres. Los resultados están a la vista: África, lentamente, se está convirtiendo en un paraíso, casi todos los subsaharianos de mi barrio meriendan en el Rodilla y apenas se ven ya pateras tratando de cruzar el estrecho.

España no es escenario de ningún Live 8 pero... ¿para qué? Podemos organizarlos nosotros mismos. Unos pocos meses después del Live 8, por ejemplo, la angelical institución "Los 40 principales" -¿para cuándo un Príncipe de Asturias?- organiza su "Concierto Principales Solidarios Contra el Hambre en África", con cabezas de cartel como Coti y Melendi. Joder.

Pero el hambre -y el top manta, y las descargas de internet, y...- no es el único enemigo de los músicos ricachones. El SIDA, por ejemplo, es otro de sus rivales. En 2003 concierto contra la enfermedad en Sudáfrica: Anastacia, Beyoncé o la mitad de U2 también estaban allí, con los resultados habituales: en ese año la tasa de embarazadas con VIH en el país era del 27,9%; dos años después alcanzaba el 30,2%. El concierto frenó en seco la plaga: a los 24 meses los datos oficiales hablan de tres millones más de infectados. Empieza a confirmarse que estos solidarios famosos son gafes: por favor, que toquen en el próximo cumpleaños del Rey o en la presentación del Madrid.

Y ahora lo de "Salvemos la Tierra", que organiza Al Gore -tras adelantarse a un Geldof que, con el título de 'Sir' a cuestas y desde su castillo británico, descalifica el evento-. Al Gore, sí, el que permitió que Bush Jr le ganase ilegalmente unas elecciones. El que fuera vicepresidente de EEUU cuando Clinton se negó a ratificar el protocolo de Kyoto. El mismo que presionó a gobiernos africanos, defendiendo a las farmaceuticas estadounidenses, contra la producción de medicinas genéricas. Gore, ahora gran gurú universal del 'frenemos el cambio climático', organizador de conciertos masivos que desplazan a cientos de ególatras músicos, transmisor de mandamientos para salvar al mundo consistentes en inflar mejor las ruedas del coche, cambiar las bombillas de casa o tender la ropa en el patio, que las secadoras gastan mucho.

Gore, sus conciertos y su campaña "Save Our Selves". Sálvate tú y, de paso, salva a tu putísima madre.

07 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 2

Chueca: quién te ha visto y quién te ve. Para ser sinceros, hasta este estallido arcoiris yo Chueca lo tenía poco visto: apenas era escenario de mis pesadillas, cuna de miedos pueriles, leyendas de miseria, violencia y ausencia de derechos humanos. Si me robaban las hamburguesas en mi humilde Pueblo Nuevo, el Swatch en el vecino Ascao, si era perseguido por gitanos en Arturo Soria y sodomizado por un coro infantil en el Barrio de Salamanca, ¿qué hubiese sido de mí en ese salvaje y ochentero Chueca?

Difícilmente habría sobrevivido más de una hora en esa 'zona caliente' del horno que era la ciudad de Madrid. Un Madrid en el que los delincuentes no sólo campaban a sus anchas, sino que eran convertidos en leyenda por directores de cine, dibujantes de cómic o cantautores... ¿quién no fue alguna vez asaltado en este Madrid a lo Peckinpah?

No sólo yo: pocos eran los que se atrevían a pisar estas calles de Chueca, ahora llenas de vómitos de borrachos felices. Antes, entonces, sólo las recorrían drogadictos, despistados o ambas cosas a la vez. Eso era violencia callejera, y no las presuntamente temibles bandas de ahora, latinas como los Latin Kings, Ñetas o los Arepa's All Stars; margino-independentistas locales como Jarrai o los Filhiños del Inferno. Todos, muñecos de regaliz comparados con los delincuentes de entonces.

Las repintadas fachadas, los restaurantes de moda, las tiendas de mascotas con caniches de diseño parecen un decorado de cartón piedra comparados con el desolador paisaje que otrora caracterizara la zona. Desde el anochecer hasta el alba, incluso a media mañana y a la hora de la siesta, activas bandas violentas sembraban y recogían el terror. Compuestas por individuos de muy diferentes orígenes, a los que sólo unía el ansía desesperada de delinquir y hacer mal, hijos de decadentes burgueses, obreros politoxicómanos y miembros de distintas minorías se reunían para difundir el caos y apoderarse de los bienes ajenos.

Impotentes ante esos vándalos, vecinos y fuerzas del orden los ahorcaban junto a los caminos, nada más capturarlos, para que sirviesen de escarmiento a otros perdidos y de lección a los niños del barrio, que crecían compartiendo columpio con el cadáver putrefacto, devorado por los buitres, del vecino manguta de abajo.

Representantes barriales, escoltados por metralletas y tanques de la Policía Nacional, se apostaban en las entradas de Chueca para recibir, en sus puestos de vigilancia y aviso, a los incautos foráneos. Al preguntarle si era posible visitar la zona el vecino consultaba el reloj o, meditabundo, miraba el sol, y calculaba si antes del anochecer lograrías alcanzar tu objetivo, que por lo general era conseguir un poco de costo o visitar a una tía abuela que vivía en el barrio en penosas condiciones. Si consideraba que no, nos obligaba a dar media vuelta y, de insistirle en demasía, tenía permiso municipal -mandaba Tierno Galván- para abrir fuego sobre el temerario suicida.

No, definitivamente la Chueca en la que entonces tan fácil resultaba morir no tiene nada que ver con, rebosante de vida y mariconeo, la que recorro esta noche.

01 julio, 2007

No soy gay, pero lo intentaré 1

Que nadie me lo discuta: aunque sólo sea por sus millones de habitantes y sus fascinantes atascos Madrid es una gran ciudad. Y, como gran ciudad que es, Madrid sólo se paraliza por un gran acontecimiento: la boda del Príncipe, la manifestación ciclonudista o la fiesta del Orgullo Gay, que en el fondo viene a ser todo lo mismo.

Porque Madrid ya no es sinónimo de chulapos y bocatacalamares sino de homosexualidad galopante. Dicen que es la capital mundial de los gays y es probable, porque no hay urbe -salvo París que no cuenta, porque ya sabemos cómo son esos franceses- con más homosexualidad callejera. Y no lo entiendo: ¿por qué los homosexuales, gentes sensibles y con buen gusto, la prefieren a Versalles o Brujas que son mucho más bonitas?

Con sus obras, su polvo y su ruido Madrid es masculina y, por ende, un asco. Pero ellos (y ellas) erre que erre: ¿verán en sus grúas símbolos fálicos? ¿Tanta zanja y tanto tunel serán homo-metáforas de vaginas o rectos? No entiendo (de) nada, pero sí sé una cosa: las fiestas de Chueca este año, como las de todos los años, son sinónimo de felicidad.

Dicen que el desfile de carrozas del sábado fue inolvidable, No pude ir porque, como gogós y vendedores de éxtasis líquido, trabajé toda la tarde. Las autoridades hablan de millones de personas y los organizadores corroboran esas cifras, como corroborarían cualquier otra porque con el abuso de óxido nitroso apenas podían sostenerse en pie.

Sobre las decenas de carrozas, a lo Ben Hur, se podía distinguir a Malena Gracia, Marlene Morreau, La Terremoto de Alcorcón o Marta Sánchez. No entiendo cómo los gays pueden hablar de 'orgullo' cuando dejan participar en su fiesta a tal catálogo de hetero-despropósitos pero bueno, la verdad es que da igual. Como en toda exhibición masiva de voluntad popular, el único propósito era divertirse y formar parte de algo, y si no que se lo digan a los que se manifestaron contra la guerra de Irak o por la liberación del pobre Miguel Ángel Blanco.

Pero volvamos a la noche del sábado: el tremendo calor reinante o que pusiesen Robocop por televisión no impidió a las multitudes tomar las calles. El acceso a Chueca sólo era posible a pie, ya que vallas y coches de policía cortaban todas las entradas a un barrio que con sus ambulancias, sirenas y disparos al aire parecía Lavapiés.

Como en toda fiesta y gracias al bendito alcohol, las benditas drogas y el ¡bendito! deseo sexual los ánimos estaban cargados, y nada más cruzar la Gran Vía evité a una pareja de lesbianas en medio de un ataque de celos: en mi vida he visto a unos enamorados meterse esos empujones.

Seguí caminando e ignoré las primeras ofertas de sexo casual mientras me preguntaba quién me mandaba meterme en la Sede de la Iglesia de la Cienciología y, finalmente, me introduje en la marabunta humana.