Que nadie me lo discuta: aunque sólo sea por sus millones de habitantes y sus fascinantes atascos Madrid es una gran ciudad. Y, como gran ciudad que es, Madrid sólo se paraliza por un gran acontecimiento: la boda del Príncipe, la manifestación ciclonudista o la fiesta del Orgullo Gay, que en el fondo viene a ser todo lo mismo.
Porque Madrid ya no es sinónimo de chulapos y bocatacalamares sino de homosexualidad galopante. Dicen que es la capital mundial de los gays y es probable, porque no hay urbe -salvo París que no cuenta, porque ya sabemos cómo son esos franceses- con más homosexualidad callejera. Y no lo entiendo: ¿por qué los homosexuales, gentes sensibles y con buen gusto, la prefieren a Versalles o Brujas que son mucho más bonitas?
Con sus obras, su polvo y su ruido Madrid es masculina y, por ende, un asco. Pero ellos (y ellas) erre que erre: ¿verán en sus grúas símbolos fálicos? ¿Tanta zanja y tanto tunel serán homo-metáforas de vaginas o rectos? No entiendo (de) nada, pero sí sé una cosa: las fiestas de Chueca este año, como las de todos los años, son sinónimo de felicidad.
Dicen que el desfile de carrozas del sábado fue inolvidable, No pude ir porque, como gogós y vendedores de éxtasis líquido, trabajé toda la tarde. Las autoridades hablan de millones de personas y los organizadores corroboran esas cifras, como corroborarían cualquier otra porque con el abuso de óxido nitroso apenas podían sostenerse en pie.
Sobre las decenas de carrozas, a lo Ben Hur, se podía distinguir a Malena Gracia, Marlene Morreau, La Terremoto de Alcorcón o Marta Sánchez. No entiendo cómo los gays pueden hablar de 'orgullo' cuando dejan participar en su fiesta a tal catálogo de hetero-despropósitos pero bueno, la verdad es que da igual. Como en toda exhibición masiva de voluntad popular, el único propósito era divertirse y formar parte de algo, y si no que se lo digan a los que se manifestaron contra la guerra de Irak o por la liberación del pobre Miguel Ángel Blanco.
Pero volvamos a la noche del sábado: el tremendo calor reinante o que pusiesen Robocop por televisión no impidió a las multitudes tomar las calles. El acceso a Chueca sólo era posible a pie, ya que vallas y coches de policía cortaban todas las entradas a un barrio que con sus ambulancias, sirenas y disparos al aire parecía Lavapiés.
Como en toda fiesta y gracias al bendito alcohol, las benditas drogas y el ¡bendito! deseo sexual los ánimos estaban cargados, y nada más cruzar la Gran Vía evité a una pareja de lesbianas en medio de un ataque de celos: en mi vida he visto a unos enamorados meterse esos empujones.
Seguí caminando e ignoré las primeras ofertas de sexo casual mientras me preguntaba quién me mandaba meterme en la Sede de la Iglesia de la Cienciología y, finalmente, me introduje en la marabunta humana.
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