No es broma: el pescadero del pueblo se llama Lucio y podrías confundirle con una trucha gigante. Además de eso, Lucio tiene un terrenito con pinos y olivos y, en medio de los árboles, una piscina fresquita. Lucio, que adora el vino, invita a la piscina a todas las amigas y clientas, pero nadie le hace caso: entradas en años y kilos se niegan a mostrarle un centímetro de piel a ese mirón, que encima huele a merluza.
Luis tiene cinco años y unas gafas del grosor de un telescopio. Bajo la espesura de los vidrios sus ojos parecen enormes, pero todavía son más grandes cuando se quita las lentes. Nunca llora, y las pestañas se le agolpan en los párpados como matojos negros de hierba. Pasa las vacaciones con sus abuelos y le encanta: ver con ellos películas de toreros, trepar por sus espaldas y jugar al dominó también. Ellos ya se lo imaginan de mayor, vestidito de luces, pero ¿podrá torear alguna vez ese niño con ese pedazo de lupas?
Soy tan popular en el pueblo como George W. Bush en Teherán. Pero lo estoy consiguiendo: volviendo de la piscina solo en el coche, en una tarde de calor insoportable, recogí a cinco chicas que hacían auto-stop. Las cuestas del pueblo son pinas, y ellas parecían cansadas y cubiertas de polvo. Las subí, y desde entonces no me las quito de encima: esperan todos los días, oteando desde lo alto de unas rocas, a que termine mis treinta largos para que las suba al pueblo. Alguna de ellas es rubia y mona, pero ninguna tiene más de doce años. Son mis micro-amigas.
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