Interrumpo la lectura de un buen libro por un gran motivo: la ansiedad que me provoca el reencuentro con Celeste. Sentado en unas sucias escaleras, que conducen al edificio de mármol de la Facultad de Odontología, me pregunto cómo pueden soportar subir y bajar por escalones mellados esos futuros dentistas.
No me importa la falta de higiene bajo mis nalgas: en breve voy a ver a Celeste, y sólo distrae mi felicidad el animal alarido de los autobuses, que parecen concentrar en su grito las prisas de sus pasajeros.
Espero reencontrarme con Celeste después de reencontrarme con Julia, e interrumpiré este reencuentro a la búsqueda de un reencuentro más. Así son mis vacaciones porteñas.
No sólo veo, cada vez, a una persona, comprobando lo poquito que han cambiado, lo bien que les sentaron los años o lo mayores que están. También, en cada reencuentro, vuelvo a reencontrarme conmigo. No sé si ellas serán conscientes de lo que cambié en estos años. La verdad, no me importa. Lo que me importa es saber que no me adorarán, que no me seguirán adorando, por haber reducido mis manías, adecentado mis envidias, sometido mis perezas o aireado mis angustias. Tampoco que me querrán más por mis recién inauguradas virtudes. No: si lo hacen, me seguirán queriendo por asentar mis bondades, reforzado mis costumbres y domesticado dudas.
Mientras pienso todas estas tonterías me dejo llevar por la voracidad de abrazarla y siento como, a lo lejos, todas se parecen a ella, y por eso las recibo a todas con una sonrisa equivocada, como un confundido semáforo que saluda a las mujeres bien estirado en la esquina.
Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
21 diciembre, 2005
Esperando el postre
El ya semijoven español bebe su botella de Vasco Viejo, y fiel a la costumbre casera moja el pan, su esponjosa blancura, en el caldo aceitoso de un risotto de mariscos. Mira por la ventana y, además del día, el calor, el todo, se cuestiona el porqué no permanecer aquí, el porque volverse a otro sitio. Mientras, la dueña del restaurante, Martita, cuenta y recuenta billetes como una niña gorda paladea sus golosinas, habla de negocios por teléfono, coquetea con los clientes varones y pasea su tonelada de mesa en mesa, como un insecto gigante que posara sus alas de nalga junto a unas cuadradas flores. En su camino pone en duda la amplitud de los pasillos, amenaza con quedar atrancada en este prado de platos, de comidas, de ruidos, que se ven multiplicados por el fragor navideño.
Con un poquito de envidia, por venir de tierras serias, contemplo las innumerables risas que me rodean, y me pregunoto sobre la relación matemática entre felicidad y dinero. Sólo me nubla el contemplar a un camarero achacoso, avejentado, marchito, con tantos años como pocos sueños. Sus depresivas ojeras son separadas por la nariz colorada, que amenaza con explotar en cualquier momento en medio de sanguinolentas y borrachas venas.
Termino la comida y ansío con volver a ver a María, a la que no disfruto desde la eternidad de un día y medio. Me apresuro a terminar la botella de vino, levantar el vuelo, maldecir el dolor que me ha dejado caminar tanto y planear, a una altura tan escasa que me mezclo con el suelo, hacia donde ella me espera. Como voy con tiempo seré yo el que tenga que esperarla, pudiendo disfrutar del placer de verla acercarse, de lejos, abrazándome primero con la risa y despúés, en poco tiempo, con su inagotable cariño y su inquebrantable amor.
Con un poquito de envidia, por venir de tierras serias, contemplo las innumerables risas que me rodean, y me pregunoto sobre la relación matemática entre felicidad y dinero. Sólo me nubla el contemplar a un camarero achacoso, avejentado, marchito, con tantos años como pocos sueños. Sus depresivas ojeras son separadas por la nariz colorada, que amenaza con explotar en cualquier momento en medio de sanguinolentas y borrachas venas.
Termino la comida y ansío con volver a ver a María, a la que no disfruto desde la eternidad de un día y medio. Me apresuro a terminar la botella de vino, levantar el vuelo, maldecir el dolor que me ha dejado caminar tanto y planear, a una altura tan escasa que me mezclo con el suelo, hacia donde ella me espera. Como voy con tiempo seré yo el que tenga que esperarla, pudiendo disfrutar del placer de verla acercarse, de lejos, abrazándome primero con la risa y despúés, en poco tiempo, con su inagotable cariño y su inquebrantable amor.
Pasajeros compañeros de piso
Se suceden desiguales los reencuentros, con algunos de los que por aquí fueron y son. En estos últimos días muchas horas con Daniel Di Tomaso, su espontaneidad, su humor, su hablar sinónimo de mi risa y sus ojos de muñeco, y su boca de mitad pez mitad pájaro, y su calva, capaz de brillar por fuera pero mucho más por dentro. Algo menos de tiempo con Waisman, juvenil Germansito, reencarnándose en sí mismo pero en de hace dos décadas, Doctor Pubis, Viagra Waisman, la Bombita que vino del frío para derretir Boedo. Cínico, escéptico y desengañado con todo menos con nosotros, amigos, anhelo tener más tiempo para abrazar sus palabras, sus lástimas, sus preocupaciones y sueños y, finalmente, poder así abrazarme con él.
12 diciembre, 2005
Sao Paulo, I
Dado que me empalmo paseando por Simancas, Le Marais, Greenwich Village o La Boca, no debe resultar sorprendente que haya rozado el desmayo en Sao Paulo. Desde luego no ha sido por abusar de mis pies: sólo he podido caminar durante un día, y todo se repetía una y otra vez. El resto ha sido en coche o autobús: cientos de calles, de carreteras, de edificios por todos lados. Grandes construcciones que emergen de barriadas de casas bajas, y dentro de esos edificios variedad: algunos, los pocos, modernos, llamativos, de aspecto cuidado, de esos que tratan de buscar la belleza como aditamento a la practicidad y el tamaño (el de la foto es la FNAC, al lado de la Avenida Paulista). Otros, la verdad, la mayoría, grandes bloques impersonales, como las más feas costrucciones madrilenas multiplicadas por tres.
Sao Paulo es también un ejemplo de lo que, sobre la naturaleza, puede producir arrojar una especie de bomba atómica gigante: el hombre. Recorrer (por supuesto, en coche) el río que cruza la ciudad (o uno de los que la hacen, porque uno ya no sabe la posible escala de esto) es surcar un oleoducto apestoso, las manzanas se extienden como una catástrofe repetida, caminas por una avenida en la que se reproducen los edificios gigantes, y haga lo que haga uno termina estrellándose en un atasco.
No ha dado tiempo a demasiado, porque apenas fueron tres días, pero como siempre es posible comenzar a establecer conclusiones precipitadas y absurdas de lo mucho o poco visto. Parece imposible el plantearse vivir en un lugar así; donde recorrer manzanas paseando sea imposible, donde uno se sienta tan diminuto. Los calculos para desplazarse siempre tendrán que superar la hora, el único lugar donde estar tranquilo será en casa, el hogar que al final me parece se convertirá en el único refugio (eso sí: aunque se viva en un piso dieciocho, parapetado tras unas fornidas rejas). Presumo imposible poder disfrutar de uno mismo en un lugar donde haya tantos millones de otros, donde uno tenga tan fácil el plantearse qué carajo hacer aquí.
No puedo imaginarme dando un paso al lado en un lugar tan potente, donde puedan tirar con tanta fuerza de ti hacia arriba o hacia abajo.
Crucé, durante segundos, la mirada con un paupérrimo niño, de los muchos que se apostan junto a los semaforos, los cruces, las aceras, la tierra, los restaurantes terrazas y bares. Yo llevaba la ventanilla del coche bajada, recibiendo el aire, la humedad, la pestilencia del aceitoso río surcado por nada. Pese a que desde luego no puedo disimular la buena vida llevada hasta hoy no contemplé en su mirada envidia, sino malicia; ni ganas de que intercambiésemos el sitio, sino la sorna de saber que, probablemente, yo sea el que más se está perdiendo.
Al menos él, aquí, la tiene clara. Sabe todo lo que puede aplastarle, no tiene la necesidad ni la energia de preocuparse de nada más que de él. Yo ni sé quién soy, ni cómo se podría solucionar esto ni si huir, quedarme o pasar.
De momento voy a fumarme un canuto.
Sao Paulo es también un ejemplo de lo que, sobre la naturaleza, puede producir arrojar una especie de bomba atómica gigante: el hombre. Recorrer (por supuesto, en coche) el río que cruza la ciudad (o uno de los que la hacen, porque uno ya no sabe la posible escala de esto) es surcar un oleoducto apestoso, las manzanas se extienden como una catástrofe repetida, caminas por una avenida en la que se reproducen los edificios gigantes, y haga lo que haga uno termina estrellándose en un atasco.
No ha dado tiempo a demasiado, porque apenas fueron tres días, pero como siempre es posible comenzar a establecer conclusiones precipitadas y absurdas de lo mucho o poco visto. Parece imposible el plantearse vivir en un lugar así; donde recorrer manzanas paseando sea imposible, donde uno se sienta tan diminuto. Los calculos para desplazarse siempre tendrán que superar la hora, el único lugar donde estar tranquilo será en casa, el hogar que al final me parece se convertirá en el único refugio (eso sí: aunque se viva en un piso dieciocho, parapetado tras unas fornidas rejas). Presumo imposible poder disfrutar de uno mismo en un lugar donde haya tantos millones de otros, donde uno tenga tan fácil el plantearse qué carajo hacer aquí. No puedo imaginarme dando un paso al lado en un lugar tan potente, donde puedan tirar con tanta fuerza de ti hacia arriba o hacia abajo.
Crucé, durante segundos, la mirada con un paupérrimo niño, de los muchos que se apostan junto a los semaforos, los cruces, las aceras, la tierra, los restaurantes terrazas y bares. Yo llevaba la ventanilla del coche bajada, recibiendo el aire, la humedad, la pestilencia del aceitoso río surcado por nada. Pese a que desde luego no puedo disimular la buena vida llevada hasta hoy no contemplé en su mirada envidia, sino malicia; ni ganas de que intercambiésemos el sitio, sino la sorna de saber que, probablemente, yo sea el que más se está perdiendo.
Al menos él, aquí, la tiene clara. Sabe todo lo que puede aplastarle, no tiene la necesidad ni la energia de preocuparse de nada más que de él. Yo ni sé quién soy, ni cómo se podría solucionar esto ni si huir, quedarme o pasar.
De momento voy a fumarme un canuto.
08 diciembre, 2005
En vena
Aunque por motivos evidentes me caiga simpático, no tenía a William Burroughs como un gran escritor. Me gustan sus adicciones, que hiciera de ser yonqui no un divertimento o una enfermedad sino una forma de vida y, sobre todo, su habilidad para sacarle tanto partido a su vicio. Se precisa de un gran talento para vivir de los picotazos, en lugar de pudrirse en la calle. Es memorable ser una figura de la literatura undergrund, un icono de la subcultura; no lo es deambular suplicando pasta, desdentado, para conseguir caballo. Sólo le había leído en "El almuerzo desnudo", hace ya más de una década. Mejor dicho: lo intenté, dejándolo a la mitad, pues me resultó insoportable. Quizá ahora la cosa sería distinta, pero entonces tanta paja mental inconexa me aburrió solemnemente.
Con "Yonki" ha sido diferente: en apenas dos días me lo he cepillado, lo que no es de extrañar por tres motivos: lo breve de la novela, su sencillo estilo y el interés de lo que en ella se cuenta (las peripecias de un adicto al jamaro). Burroughs vomita y escribe la crónica de una adicción: a través de la historia de Bill, su alter ego, nos narra cómo se introduce en la droga, cómo conseguirla, los seres que deambulan en ese mundo y, por supuesto, las exigencias, tanto económicas como físicas o legales, de satisfacer la adicción.
La novela, que fue publicada en 1953 (bajo el seudónimo de William Lee), es la primera de su autor. Según parece Burroughs no tenía ninguna fe en su capacidad artística, y fue Kerouac el que le convenció de escribirla. Desde luego, Burroughs no mitifica su figura ni la viste de poesía o mística: se limita, con un estilo frío, cortante, alejado, a describir situaciones y sujetos. No es mucho más que un diario; como mucho, en su relato critica el sistema legal, policial, judicial, su hipócrita y ciega actitud ante droga y drogadictos. Ahora no parece mucho; hace más de cincuenta años, desde luego, una actitud tan sincera sí merece admiración.
Es entonces que la novela merece ser leída por esa sinceridad, que a muchos ignorantes aún puede enseñarles cosas. También por mostrar lo que pasa por el cerebro de un yonqui inteligente, realista, consciente de sus límites y sus fracasos. Nunca niega que la heroína es más fuerte que él, que es imposible la cura. Intentar dejarla es una lucha cotidiana; tan fuerte, que no fue capaz de hacerlo. ¿Vale la pena? La respuesta la tiene cada persona. Para Burroughs, desde luego, no. Era el subidón tras cada pinchazo lo que le valía la pena.
"He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una manera de vivir".
Con "Yonki" ha sido diferente: en apenas dos días me lo he cepillado, lo que no es de extrañar por tres motivos: lo breve de la novela, su sencillo estilo y el interés de lo que en ella se cuenta (las peripecias de un adicto al jamaro). Burroughs vomita y escribe la crónica de una adicción: a través de la historia de Bill, su alter ego, nos narra cómo se introduce en la droga, cómo conseguirla, los seres que deambulan en ese mundo y, por supuesto, las exigencias, tanto económicas como físicas o legales, de satisfacer la adicción.
La novela, que fue publicada en 1953 (bajo el seudónimo de William Lee), es la primera de su autor. Según parece Burroughs no tenía ninguna fe en su capacidad artística, y fue Kerouac el que le convenció de escribirla. Desde luego, Burroughs no mitifica su figura ni la viste de poesía o mística: se limita, con un estilo frío, cortante, alejado, a describir situaciones y sujetos. No es mucho más que un diario; como mucho, en su relato critica el sistema legal, policial, judicial, su hipócrita y ciega actitud ante droga y drogadictos. Ahora no parece mucho; hace más de cincuenta años, desde luego, una actitud tan sincera sí merece admiración. Es entonces que la novela merece ser leída por esa sinceridad, que a muchos ignorantes aún puede enseñarles cosas. También por mostrar lo que pasa por el cerebro de un yonqui inteligente, realista, consciente de sus límites y sus fracasos. Nunca niega que la heroína es más fuerte que él, que es imposible la cura. Intentar dejarla es una lucha cotidiana; tan fuerte, que no fue capaz de hacerlo. ¿Vale la pena? La respuesta la tiene cada persona. Para Burroughs, desde luego, no. Era el subidón tras cada pinchazo lo que le valía la pena.
"He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una manera de vivir".
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