1
Me gusta cocinar, y he de reconocer que lo hago bastante bien. Algo que a mucha gente siempre le resultó extraño: a mí me lo resulta lo prejuiciosos y estúpidos que son ellos. Supongo que debe parecerles que ser limpia, educada, elegante e inteligente "no pega" con saber manejarse entre fuegos, pucheros y caldos. Siento tanto sorprenderles como probablemente decepcionarles, pero sí, me manejo bastante más que bien en ese ámbito, y aunque viva sola -lo que me impide mostrar mi habilidad a un público más masivo- gusto de preparar aquellas recetas que domino, me agradan o con las que me atrevo a experimentar, siempre que vengan de alguna fuente fiable y con el mismo buen gusto que yo ante una mesa bien puesta.
Supongo que viene de mi tía, con la que me crié y de la que, afortunadamente, no heredé otras características como la gordura o ese aspecto de adorable ancianita tan encantador como traicionero: bastaba que algo la enfureciera para que de su pequeña boca asomaran espantosos y vulgares improperios, capaces de hacer sonrojarse a un albañil. De joven (supongo que alguna vez debió serlo) enviudó, merced a una de esas decisiones hábiles que sólo las mujeres prácticas e inteligentes toman: casarse con un hombre mucho más mayor que ella, con muchísimo más dinero y por último, y no menos importante, abundantes antecedentes familiares de enfermedades cardiacas, que habían exterminado, lenta pero inexorablemente, a todos los suyos, merced a un goteo de anginas de pecho, infartos y accidentes cardiovasculares varios. Percances, en su mayoría, rápidos, definitivos y poco dados a dejar enfermos perennes, que amargaran también la vida de aquellos desafortunados que tuvieran que cuidarles. Así que no tardó mucho (doce años, si mal no recuerdo: poco en comparación con lo que dedican otros a amasar una fortuna) en librarse de él: un súbito pero previsible telele se llevó al marido, dejando una envidiable pensión en las pequeñas y rechonchas manos de su viuda que, a cambio, enalteció la memoria del difunto, olvidando con insólita amnesia sus muchos defectos (jugador, bebedor y, como nueve de cada diez hombres, profundamente infiel) para quedarse, en grado hiperbólico, con cada una de sus escasas virtudes (de las cuales ahora mismo sólo soy capaz de recordar una: dinero).
El fiambre, además del vil metal, la dejó dos hijos, a quienes el vínculo familiar no alejó de mis faldas y, muy especialmente, de lo que éstas escondían, sino todo lo contrario. Pero la vida repartió los atributos a su antojo, de la caprichosa forma a la que nos acostumbra: al bueno lo hizo feo, y tenía tanto de las dos cosas que era como un monstruo tonto, un enano bondadoso e inofensivo muy alejado de lo que, desde luego, una podía esperar de marido. Mi otro primo, en cambio, era buen mozo, simpático y, como no hace falta explicar, digno heredero de la golfería paterna. No niego que más de una vez, cuando estábamos en edad de tontear, ese atrevimiento y decisión que mostraba ante las mujeres no me lo hicieran atractivo, provocándome así dudas sobre la convenciencia de entregarle mi corazón. Pero luego, cuando la pasajera y boba bocanada entusiasta se esfumaba, era demasiado evidente que no era precisamente mi corazón el órgano que anhelaba, sino otro tipo de regalo: un bien guardado tesoro, no una baratija entregada al primero que delante de mí paseara (nunca mejor dicho...era mucho el tiempo que compartíamos y pronto nuestros juegos infantiles transformaron el amor fraternal en algo más caliente). En todo caso mi rechazo no estimuló su devoción por mí, como esperaba, sino que le lanzó a buscar en otras bastante más decididas lo que su decente y vergonzosa prima evitaba. Finalmente, una especialmente dotada o generosa fue capaz de retenerle; una venezolana de la que no se conocían referencias, ni oficios ni beneficios y que, según mi disgustada tía, le envenenó con algún brebaje indígena atontándole hasta terminar en la Iglesia. ¿El feo? Ese tardó aún menos en caer en garras de una sinverguenza, a la que al menos el tiempo terminó poniendo en su sitio. Los negocios de mi primo deberían ser puestos como ejemplo de lo que no debe hacerse: fabricación y distribución de sombreros con bisoñe incorporado o importación de cremas para broncearse con la luz lunar fueron sólo dos de sus más ocurrentes ideas, con las que fantaseaba multiplicar la fortuna de su padre, algo que terminó consiguiendo: lástima que el segundo factor terminara siendo cero. El caso es que ha terminado arruinado o, al menos, sin un sitio decente donde caerse muerto, mientras su esposa se queja como el que invierte en un valor a priori seguro y que, al final, se queda mirando absorta y decepcionada una burbuja vacía. Una burbuja, para colmo, diminuta, calva y fea, aunque menos que en su juventud: el tiempo es generoso con los poco agraciados, a los que la vejez iguala en su fealdad con los que antes fueron bellos.
Pero estaba hablando de mi tía, esa anciana rechoncha con un inalterable peinado... No, perdón por la digresión, no quería hablar de ella, de alguien muerto hace décadas, sino de mí, bien vivita y coleando, y de mis dotes culinarias. Perdón si a veces me pierdo en divagaciones, fruto de vivir sola y tener tantas cosas que contar. Lo uno provoca incontinencia verbal, lo sé, porque aunque lo que uno diga interese no es conveniente abusar. En cuanto a lo segundo, tantos y tan buenos recuerdos son también culpables de esta soledad elegida: es difícil aceptar lo mediocre cuando se ha vivido tanto y muchas veces tan bueno.
2
Si les contaba que me gusta, y a fe que lo hago muy bien, cocinar, es recordando la deliciosa cena que preparé esa noche, un delicioso pastel de judias verdes y champiñones: dudo mucho que alguien, con esos sencillos ingredientes, pueda preparar algo más sabroso. Me río de los que ahora se hacen llamar cocineros, meros vendedores de humo: tortillas deconstruidas, esencias de aromas y espumas de agua... mentiras empaquetadas a precios escandalosos. Con la centésima parte del dinero que piden por esos inventos, pero el doble de talento y cariño, cociné el pastel, calculando que sobrara para toda la semana. Dejar cosas hechas para sucesivos días facilita organizarme, pasear, ir al cine, al teatro o escuchar música. Considero que sé vivir y, sobre todo, disfrutar de los placeres que nos regala la vida, y especialmente algo más difícil: probarlos y degustarlos cada uno a su tiempo, en su momento, no como tanta gente que de pronto decide recuperar lo perdido, tratar de coger tranvías pasados, cayendo así en el peor de los ridículos. Son tantas las pobres mujeres a las que se ve hacer cosas patéticas e inadecuadas... Viudas que salen de ligue, divorciadas resentidas en busca de otro que las abandone, solteronas horrorosas, a las que si nadie quiso cuando eran jóvenes mucho menos querrán ahora, feas y gordas... ¿Que si a mí no me gusta salir? Por supuesto que sí, me encanta. ¿No acabo de contarles que adoro el teatro y el cine, los conciertos? Pero no me negaran que pisar la calle se ha puesto tan complicado en estos últimos tiempos... Y no me refiero a los precios, no. Lo bueno siempre se ha pagado: es la única forma de evitar que cualquiera puede entrar a cualquier sitio.
¿Que exagero? En absoluto. Harta estoy de ver a fantoches ir a los conciertos en vaqueros y deportivas. O de ir a restaurantes, otrora recomendables, donde una se ve atendida por camareros melenudos con pendiente -con esa pinta...¿dónde habrán metido las manos ultimamente? ¿Se las habrán lavado alguna vez?-. Y lo peor de todo, lo que cada día me asombra y, de seguir así, terminará impidiéndome salir a la calle, y mucho menos de noche: ¿han visto la gente que pasea? ¿Han visto en qué situación vivimos? Les prometo que, si no fuera porque conozco esta ciudad como la palma de mi mano -aunque los animales que la desgobiernan se obstinen en dejarla irreconocible-, dudaría de que sea la misma en la que llevo viviendo años. A lo que voy: ni siquiera sé en qué país vivo. ¿Cómo pueden decir que esto sigue llamándose España? ¿No debería ser ese el lugar donde viven los españoles? Eso, al menos, pensaba yo, y supongo que como yo cualquier persona normal. ¿Entonces? ¿Cómo llamamos a ésto? ¿Cómo llamamos a esta mezcolanza, al sólo ver negros, moros, indios, sudamericanos, chinos?... Todos diferentes, todos diferentes entre ellos y, sobre todo, diferentes a nosotros... ¿Queda alguien como yo todavía en la calle? Y que nadie me llame racista, xenófoba o cualquiera de esas palabras horribles, porque dirá una estupidez. Que Dios me libre de sentir odio, y mucho menos de sentirlo por esa gente. Sencillamente me pregunto... ¿qué demonios hacen aquí? ¿No se dan cuenta de que no hay trabajo para ellos, de que a este paso ni siquiera habrá lugar material para que quepamos todos? Me tengo por bastante culta, y conozco las dimensiones y las posibilidades económicas, las riquezas naturales, los recursos de todos esos países de los que vienen. ¿No sería más sencillo que se quedasen a cultivar esas tierras tan ricas, esos mares llenos de peces? En esos lugares dejas caer una semilla y crece un árbol. ¿No es más fácil hacerlo ahí, en su casa, que venir a robarnos las pocas frutas que germinan en los nuestros? ¿No será que son tan vagos que les cuesta hasta tirar la semilla?
Pero ay, si sólo se dedicaran a tomar la calle. ¡Si tomaran barrios de las afueras, si no se empeñaran en llegar hasta el corazón de nuestras ciudades! Porque hay algo mucho peor: esa gentuza han terminado metidos en nuestras casas. Algo ridículo, inadmisible y digno de indignación. Les cuento brevemente mi historia: años y años viviendo en esta casa, en la que fui feliz con mi esposo, en la que logré sobrellevar su marcha. Tantos tiempo pasado ha convertido casa en hogar, vivienda en refugio. ¿Museo de mi propio ser? Me gusta. Podría llamársele así. Suena rancio, caduco, pero así es: en cada uno de los rincones de este espacio he depositado los objetos de mi vida, o quizá sea mi propia vida la que está materializada en ellos. Hasta el momento, y quien sabe cuánto tiempo podré mantenerlo, es un territorio privado, al que sólo acceden las personas que yo quiero. Cada vez menos, la verdad, porque los pocos que lo merecían van desapareciendo, o cambiando y dejando de merecerlo, o directamente olvidándome, lo que en estos tiempos no me sorprende, porque parece llevarse el olvidarse de lo bueno. Pero lo que me preocupa más es que, ahora mismo, cualquiera pueda llamar a mi puerta, tocar mi timbre. Dios mio, si es que... ¡viven alrededor de nosotros! No conformes con llegar hasta nuestro país...¡se han convertido en nuestros vecinos!
3
Amo, adoro, idolatro la música clásica. A decir verdad, no entiendo el porqué de sumarle, como un estigma, la coletilla de "clásica"... ¿Es que hay otro tipo de música? ¿Es que puede llamarse música a lo que en los últimos años el hombre se ha empeñado en escuchar? Conozco el chillido de las máquinas, el martilleo de un despertador, el insoportable y enloquecedor zumbido de aviones, motos, coches o cualquier medio de transporte moderno. Ruído. ¿Pero no es eso, no es acaso ruído, lo que ahora se estila, se escucha, lo que se supone que está de moda? Aunque, ¿qué puede esperarse de una juventud que oye lo que oye, que lo oye como lo oye? En espantosas y sucias discotecas, envilecidos por un tiqui tiqui como espantapájaros drogados. O lo último: con los casquitos, reventándose la cabeza con su "música" a un volumen desmedido. Diría que se quedarán todos sordos de no ser porque, escuchando lo que oyen, deben estarlo hace tiempo. ¿No se dan cuenta de que los demas no queremos escuchar sus ruídos? ¿Tienen que ponerlo tan alto como para que tengamos que sufrirlo todos? ¿No se dan cuenta de que la calle no es suya, y tampoco un escenario donde debamos escuchar tanta porquería, mientras contemplamos sus cuerpecitos, disfrazados de manera ridícula, tratando de seguir el endemoniado ritmo?
Como en mi casa no tengo la obligación de soportar nada de eso puse, después de la cena, el plan de actividades de casi todas las noches: sentarme a escuchar música, mi música. Según mi estado de ánimo elijo entre una amplia variedad, dentro de la que no falta ninguno de mis compositores favoritos y que, seguro, conocerán (quizá no, quién sabe...una ya no deja de sorprenderse nunca): Vivaldi, Brahms, Mozart, Beethoven y, por encima de todos, Mahler. Como tantas otras veces él fue mi elegido y pronto, muy pronto, la maravillosa música, el torbellino de acordes, su magia, me permitió evadirme de toda la basura que me rodeaba. Las notas flotaban en el ambiente llenando toda mi casa de arte y armonía, de buen gusto y, por encima de todo, aislándome de aquello que me molestaba. ¿Tan difícil es darse cuenta de lo bueno, de lo que en verdad vale la pena? Ni tanta cosa moderna, ni tanta tecnología, ni tanta porquería.
El tocadiscos sonaba suficientemente fuerte como para acallarlo todo. Estábamos, solos, yo y Mahler. ¿Saben que él también enviudó y compusó algunas de sus mejores obras en la vejez, abrumado por la pena de haber perdido a su amor, a su vida, que probablemente le inspiró en esos duros momentos, reconfortándole con su compañía imaginaria, ayudándole a plasmar en partituras sus hermosos sentimientos? Sentada en el sillón de cuero rojo, aislada por un ficticio cristal hecho de música transparente, también yo lograba recordarlo a él, a mi marido. Con los ojos cerrados rememoraba su cara, su apostura, su presencia. Era y soy perfectamente capaz de recordar cada uno de sus gestos y, con mis manos, podría moldear a la perfección cada centímetro de su piel, de su perfil, de su rostro. Le extraño, por supuesto que le extraño, y no hay día, ni siquiera hora, en que no le eche de menos. Pero también sé mantener la dignidad: odiaría ser la clásica viuda indigna, lloriqueándole por las esquinas; una vulgar plañidera que, a la más mínima oportunidad, andara recordando la grandeza de su marido para, de inmediato, empezar a gimotear. Sé que le sigo teniendo cerca, al lado, contemplándome y vigilándome, y que no podría soportarlo. Me regañaría, como hacía cada vez que me dejaba arrastrar demasiado por las emociones. Vamos, Petra, deja de lloriquear por esto y por aquello, Petra. Vamos Petra, por favor, ¿es que no puedes ser más fuerte? ¿No te das cuenta de que la vida es una lucha constante, y que sólo los fuertes pueden estar a su altura? Así es, sin duda, como muy bien me enseñó. Así quiero conservar, reencarnándola, su dignidad, su rectitud, su dureza, su disciplina de academia, de guerra y, después, enseñada en los cuarteles, tratando de forjar hombres de los pies a la cabeza, como era él y como ya tan pocos nos quedan. Lo habrán oído muchas veces, pero no está mal escucharlo una vez más: hombres íntegros, sacrificados, dispuestos a dar la vida por unos ideales, por un compromiso, por una patria. Cuando hablo de ellos me viene a la cabeza las veces que le vi desfilar, las que planché sus uniformes como sólo yo sabía hacerlo, sus besos agradeciéndomelo, orgulloso de lo que tenía al lado. Como le escuché tantas veces decir, sólo necesitaba tres cosas para ser feliz en la vida: una mujer a la que querer, una patria a la que amar y un arma para poder defender a ambas.
4
Mientras la música me sostenía en una nebulosa, en la que se mezclaba recuerdo y nostalgia, abrí los ojos y contemplé en el mueble de la habitación, hecho a medida y una de nuestras últimas compras antes de que falleciera, imágenes de nuestra feliz vida juntos. Entre sus cajas de puros, muchas sin abrir, y las botellas de licor que no pudo terminar se agolpaban fotos de nuestros viajes, de nuestros momentos de dicha... El retrato de nuestra boda, el viaje que le sucedió a la misma. Y no sólo eso: otras fotos en las que puede apreciarse su elegancia, su saber estar, que iba más allá del mero hecho de ser más o menos guapo, que también lo era. Junto a él, feliz como no creo que hayan sido muchas, yo misma, de joven... tan joven. Entonces tenía sentido ser bella y sentirme como tal. Arreglarme, sacar lo mejor de mí misma para que pudiese estar orgulloso, para que paseando juntos, cuando volvía de sus viajes, de sus maniobras, pudiera mirar a todo el mundo a la cara y decirles "mirad la belleza que tengo". En medio de la habitación recordaba esos momentos, y pese a ser mucha la tristeza, era todavía mayor la satisfacción de mantenerme digna, de estar y ser presentable para que, donde quiera que él esté, no se avergüence de mí.
En medio de esos pensamientos, calcados a lo de cualquier otra noche, terminó el disco, y de la impresionante sinfonía, de los suspiros de los violines, de la aplastante seguridad del piano, pasé al silencio más absoluto. El golpe con la realidad no me afectó más de lo habitual hasta que, pasados unos segundos, percibí algo extraño. Esa quietud, a esas horas de la noche, ¿no era extraña? ¿No era, tristemente, excepcional esa paz, esa tranquilidad, ese sosiego? Miré en la pared el reloj, y vi la hora que esperaba encontrar: las diez y media. El momento en el que, siempre, soy torturada por el vomitivo sonido de las televisiones ajenas, que como una plaga se filtran por mis paredes trayendo tanta y tanta estupidez. Tampoco se oía algo casi peor, la enloquecedora música que más de una vez me obligaba a llamar a la policía. Pero nada, absolutamente ningún sonido llegaba a mis oídos, que incluso pegué, incrédula, a la pared. Cada vez más extrañada encendí las luces de las habitaciones, recorriendo el pasillo con cuidado, para que ni el sonido de mis pasos se confundiera con la habitual, en esa noche tan ausente, cantinela de mis vecinos. Nada, nada en absoluto, al menos hasta que llegué hasta la puerta.
5
- Joder que es la cuarta, la cuarta vez en lo que llevamos de mes. ¿Qué hacemos? Hemos llamado, hemos escrito quejándonos, hemos amenazado con darnos de baja, pero nada y nada y nada. Lo de siempre: mañana lo solucionamos. Pero es que ni mañana ni hoy ni ningún día, y ya estamos como siempre. Es que esto no tiene solución, hombre...
Distinguí esas palabras perfectamente, al igual que reconocí de inmediato quién las pronunciaba: Alberto, el de la puerta de al lado. Un desgraciado que, casi siempre por motivos ridículos, protestaba, gritaba como un animal, siempre desagradable con su tono de voz marginal y sus ridículas guerras. ¿Qué cómo es ese individuo? Puede imaginárselo a la perfección: bajo, medio calvo, feo y con un bigote ridículo -porque hasta para llevar bigote hay que tener clase-. Un deforme, de tantas horas metido en un taxi para sacar cuatro perras. No puede decirse que sea un personaje que contribuya a darle buen nombre a esta casa, una casa que, hasta hace no tanto tiempo, tenía fama por acoger a gente de bien.
- Pues habrá que aguantarse, Alberto, e insistir. Ya sabes que el edificio es muy viejo, y que cuando no falla una cosa es la otra. Lo que habrá que hacer es cambiarlo todo...y mientras pues eso, a joderse.
Eso decía su mujer, Marga, una gorda sin gracia ni estilo, hecha a base de remendar trozos sobrantes de distintos embutidos, pero buena gente al fin y al cabo. No entiendo cómo pudo terminar con un desgraciado así, o bueno... Por supuesto que lo entiendo. Terminó como terminan al final todas, por descarte, por no encontrar nada mejor, por no saber entender que es mejor acabar sola que tan mal acompañada.
Asomé el ojo por la cerradura y pude ver perfectamente sus siluetas, sus deplorables figuras, en el descansillo de la escalera. ¿No había un sitio mejor? ¿Es que la gente no puyede entender que las cosas se solucionan en casa, y no a la vista de todos?. Pero ahí estaban: él con una camiseta de tirantes blanca y un pantalón corto de colorines que, en otros tiempos, debió ser un bañador. Ella disfrazada de globo, con una tela estampada de flores, como un coche al que hubiesen arrojado un trapo gigantesco encima. Pero lo peor llegó poco después: atraídos por sus ruidos un nubarrón de vecinos comenzaron a aparecer, como un enjambre de ociosas abejas abandonando sus desaliñadas colmenas.
- En mi casa no hay luz tampoco- dijo una sudamericana cuyo nombre desconocía y por el cual, desde luego, no tengo el más mínimo interés. -Estaba haciendo comida y todito se quedó a oscuras- decía con una vocecilla aguda, como si tuviera derecho a protestar. Si tanto echas de menos tu país, ¿por qué no te quedaste en él? ¿Cómo tienes la desfachatez de quejarte? ¿No te das cuenta de que todo, hasta el aire que respiras, nos lo debes, porque no tienes ningún derecho a él? Más pequeña que el resto, con el pelo larguísimo -quizá no se lo hubiera cortado en la vida- y negro como he visto pocos, su aguileña nariz se movía al ritmo que su boca sin labios hablaba. De la ventana de enfrente comenzó a salir el llando de un niño pequeño, uno de sus hijos: una colección de diminutas criaturas, indistinguibles las unas de las otros, cuya presencia frecuente, a esas horas de la noche, fuera de la cama, explicaba el tipo de educación, por llamarlo de algún modo, que estarían recibiendo.
Parapetada tras la puerta, que me separaba y defendía de esa gente con la que me he visto obligada a terminar viviendo, ni siquiera me atrevía a respirar, asistía a la improvisada reunión que se desarrollaba casi en mi misma casa.
- Pero viniendo por la calle he visto luz en algún balcón- dijo Esther, una jovencita sonriente a la que he varias veces por la escalera, acompañada casi siempre por diferentes "amigos". -Y luego he visto que había luz en la escalera. Pero cuando he llegado a casa nada de nada. He probado en todas las habitaciones, por si era una bombilla fundida, pero nada de nada-. La mayor parte de los presentes ya la había dejado de prestar atención a la segunda frase menos, por supuesto, algún que otro hombre que asentía cada una de sus tontas afirmaciones, como movido por un resorte mecánico ante una linda muchacha.
6
Aunque su conversación no era demasiado clara, sí podía intuírse algo: ninguno tenía electricidad en sus casas. Mi primer pensamiento fue que deberían estar agradecidos por, de esa forma, no tener la posibilidad de ver unos ambientes tan pobres. No protestéis tanto, por favor, y dar gracias a quién haya que dárselas por impediros seguir contemplando hogares tan deprimentes, triste reflejo de vuestras patéticas vidas. Pero pronto me sobresalté: su pobre inteligencia no les impediría darse cuenta de que, precisamente, esas luces que afirmaban haber visto procedían de mi casa. Todavía permanecían encendidas, y no eran las del balcón las únicas: la cocina y el pasillo también permanecían alumbrados, fácilmente distinguibles desde el patio común interior. No me tranquilizó pensar, en el acto, que si el corte se había producido hace horas, como deduje por su indignación, difícil sería que no hubieran escuchado, en el silencio, la música que sonaba en mi casa. Y no esperaba que aporrearan mi puerta para felicitar mi buen gusto, por lo que recorrí la casa apagando lámparas e interruptores hasta dejarla totalmente a oscuras. Resoplando todavía por el esfuerzo, y cada vez más nerviosa por la situación, me acurruqué al lado de la puerta de nuevo, doblada, deseando que dejaran de ladrar y volviesen a sus casas, que se aburrieran de perder el tiempo discutiendo y diciendo banalidades. Simplemente, desée que la electricidad volviera, y todo regresara a la normalidad.
6
Como ya les he contado antes, considero esta casa el único lugar donde puedo estar tranquila. Apenas pongo los pies en la calle: gentuza es lo único que puede encontrarse. Por la noche gente bebiendo, aullando como animales. Como en la selva: el momento propicio para que los animales salgan a hacer de las suyas. La mañana, aunque más tranquila, con sus inconvenientes. Sin ir más lejos: el otro día encontré un hombre tirado en la puerta, como basura, borracho. No se podía salir sin pisarle cosa que hice hasta con un cierto gusto, la verdad. Él ni se inmutó. Pero es algo cotidiano: alcoholicos reunidos en las esquinas, gastando en vino el dinero que sacan engañando a los incautos. Así que, quizá, el único momento en el que pasear y comprar sea la tarde, después de comer. Los alcohólicos duermen la mona, la gente decente descansa y los coches, esos mismos que nos van a echar de las ciudades, se toman un pequeño respiro.
¿Se han fijado en la cantidad de muebles, de utensilios, que la gente tira? No he sido pobre, pero sé lo que es vivir con lo justo: aunque nunca haya pasado hambre me educaron sin gastos superfluos, diferenciando entre el capricho y la necesidad. Algo ahora perdido: no hay cariño por las cosas, antes tirarlas cuando todavía son útiles que guardarlas cuando siguen teniendo su uso. La gente ahora cree que lo elegante es gastar, que siempre lo más moderno es mejor que lo anterior. ¿El resultado de ese culto al consumo, de esa locura? Abran los ojos y miren las aceras. Hay de todo. Cualquier cosa es abandonada en la calle, aunque conserve todavía intacta su utilidad.
Pensaba en todo eso mientras, en la oscuridad, buscaba una linterna que encontré en la calle hace años y que funcionaba perfectamente. Sabía perfectamente donde la tenía, por lo que no me demoré demasiado, y una vez encendida -seguía dando una luz estupenda- empecé a desplazarme con cuidado, sin tropezar con las cosas que guardo. Comprobé que todo estaba desenchufado: un despertador brillante en la oscuridad; unas preciosas pirámides de luz, que de noche emitían agradables y elegantes reflejos; o las lámparas en forma de mariposas que llenaban de colores el trastero. Una vez todo en orden, sin nada que delatara la excepcionalidad de mi piso, fui cerrando, con delicadeza, las ventanas que daban al patio, temiendo que amparados en la falta de luz alguno de mis vecinos volviera a robarme algo. No sería la primera vez: he sorprendido brazos colándose entre las rejas, para robarme cubiertos, platos y vasos de la cocina; han desaparecido del dormitorio figuras que, con toda probabilidad, ahora decorarán otros cuartos... Ladrones. ¿Entienden ya todo lo que les decía antes? Se preguntarán, eso sí, que cómo no los he denunciado... Si no lo he hecho no ha sido por no estar segura, ni porque no crea que merecen un castigo. Quizá sea porque, en el fondo, soy tonta, aunque otros prefieren llamarlo bondad.
Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
19 mayo, 2005
02 mayo, 2005
Lost in Mancha: caída de un pequeño dios

Año 2000: el anuncio de que Terry Gilliam prepara su Don Quijote llena de ilusión a muchos aficionados al cine. Primero, porque hablar de Gilliam es reencontrarse con uno de los directores más interesantes, polémicos, imprevisibles e incalificables que quedan en activo. Segundo, porque la historia del hidalgo parece hecha a su medida, la de alguien suficientemente loco como para plasmar en imágenes los delirios del personaje cervantino. Dicho y hecho: el director comienza a rodar la película de mayor presupuesto de la historia del cine europeo: 'El hombre que mató a Don Quijote'.
Un año después: desbandada general, proyecto paralizado y millones de euros arrojados por la borda. Actores enfermos, adversidades climáticas y la caótica forma de rodar de Gilliam arruinan lo que iba a ser una gran película. De 'El hombre que mató a Don Quijote' se pasa a 'Lost in Mancha': de la definitiva versión del Quijote sólo queda un documental descarnado, ejemplar muestra de cómo se hunde un proyecto.
Lost in Mancha es el drama de una película jamás rodada. Es el gran aborto de Gilliam, la caída de un pequeño dios sin juicio e incapaz de sobreponerse a los imprevistos que él no ha sabido frenar. Aunque castigado por la mala suerte, la crónica de su derrota no lo muestra como inocente, sino como un ego hundido por la soberbia y la irresponsabilidad. Relatar cómo los acontecimientos le despojan no sólo de su película soñada, sino también de la fe y la admiración de los que le rodean, constituye un retrato de inusitada dureza sobre las dificultades que implica un negocio como el cine.
Porque también Lost in Mancha refleja la precaria estabilidad sobre la que se cimenta una obra de arte. El imposible equilibrio entre ambiciones creativas, realidades y límites presupuestarios en la industria del cine actual. Cada película es una empresa en sí misma, el cine es un negocio como cualquier otro, y en él no encuentran acomodo gentes del desmesurado talento, exacerbada ambición y tan poco autocontrol como el encantador Terry Gilliam. Esperamos con avidez su próximo proyecto, su próxima película, quizá su próximo y final fracaso. Esperemos que al menos le concedan la oportunidad de intentarlo y, de no lograrlo, que al menos nos quede una obra de tanto interés y humanidad como ésta.
Pesadilla feliz
Desde hace unas dos décadas -más o menos, desde que los populares Freddie Krugger o Jason abanderaran su último esplendor-, es frecuente escuchar quejas sobre la calidad del cine de terror. Salvo contadas excepciones -casi siempre de origen asiático, último reducto del género- las decepciones han sido frecuentes, y enfrentarse a una película 'de miedo' provocaba casi siempre miedo a terminar de ver la película. En el mejor de los casos hemos presenciado prometedores arranques que terminaban en la mediocridad, intentos de darle frescura al género que degeneraban en más de lo mismo o, como mucho, alguna notable película sustentada en la confusión entre vivos y muertos, y la sorpresa final que supone para el espectador ver cuán fácilmente se entremezclan ambos mundos. Pero de miedo y pesadillas, poco.
Entre estos precedentes sombríos y la poca fe en el cine mainstream actual una película como 28 días después sólo podía ser vista con una cierta distancia. Pero también es cierto que su director, Danny Boyle, ofreció en el pasado películas interesantes, y que el contemplar a estas alturas un film de terror con presupuesto y pretensiones también resulta atractivo. Conclusión: había que verla, aunque fuera para después destrozarla. Algo, desde luego, complicado de hacer después de ver la película.
Desde luego que 28 días después tiene defectos, alguno de ellos muy grande. Por ejemplo, el habitual en las películas del género: a un apasionante planteamiento le sucede el clásico punto de inflexión que hace que la idea inicial degenere y pierda interés. Aquí también hay un magnífico arranque, pero el resto de la cinta no es despreciable. Respecto a sus protagonistas, muchas veces desorientados ante los grandes dilemas del film, sólo decir que sus actos suelen ralentizar la acción y disipar atención, pero terminan siendo queribles y uno no desea su muerte, como es tradición en un género que, en los últimos años, terminó con unos mostruos más carismáticos que sus víctimas.
La película logra, entonces, superponer una serie de argumentos que permiten seguirla con interés. A lo largo del metraje el espectador sigue haciéndose preguntas. El simbolismo -tanto que a veces los convierte en extemporáneos- de muchos de los hechos que permiten que la historia continúe incita a la interpretación. Tantas capas no sólo hacen más ameno el film, sino que invitan a la polémica posterior, a la contraposición de ideas respecto a lo que acabamos de ver.
Una película de terror bien hecha, de moderna y sugerente estética, una historia soportable y propuestas que estimulan a pensar y a discutir sobre ella. No de vísceras, sangre o mordiscos, sino de las muchas dependencias del hombre en la civilización occidental, por ejemplo. ¿No hablamos, entonces, de una más que estimable película? ¿Y el miedo? Encima me provocó pesadillas. Pocas cosas tan ridículas de agradecer pero...¡gracias por hacerme pensar y dormir mal, Danny Boyle!
Entre estos precedentes sombríos y la poca fe en el cine mainstream actual una película como 28 días después sólo podía ser vista con una cierta distancia. Pero también es cierto que su director, Danny Boyle, ofreció en el pasado películas interesantes, y que el contemplar a estas alturas un film de terror con presupuesto y pretensiones también resulta atractivo. Conclusión: había que verla, aunque fuera para después destrozarla. Algo, desde luego, complicado de hacer después de ver la película.
Desde luego que 28 días después tiene defectos, alguno de ellos muy grande. Por ejemplo, el habitual en las películas del género: a un apasionante planteamiento le sucede el clásico punto de inflexión que hace que la idea inicial degenere y pierda interés. Aquí también hay un magnífico arranque, pero el resto de la cinta no es despreciable. Respecto a sus protagonistas, muchas veces desorientados ante los grandes dilemas del film, sólo decir que sus actos suelen ralentizar la acción y disipar atención, pero terminan siendo queribles y uno no desea su muerte, como es tradición en un género que, en los últimos años, terminó con unos mostruos más carismáticos que sus víctimas. La película logra, entonces, superponer una serie de argumentos que permiten seguirla con interés. A lo largo del metraje el espectador sigue haciéndose preguntas. El simbolismo -tanto que a veces los convierte en extemporáneos- de muchos de los hechos que permiten que la historia continúe incita a la interpretación. Tantas capas no sólo hacen más ameno el film, sino que invitan a la polémica posterior, a la contraposición de ideas respecto a lo que acabamos de ver.
Una película de terror bien hecha, de moderna y sugerente estética, una historia soportable y propuestas que estimulan a pensar y a discutir sobre ella. No de vísceras, sangre o mordiscos, sino de las muchas dependencias del hombre en la civilización occidental, por ejemplo. ¿No hablamos, entonces, de una más que estimable película? ¿Y el miedo? Encima me provocó pesadillas. Pocas cosas tan ridículas de agradecer pero...¡gracias por hacerme pensar y dormir mal, Danny Boyle!
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