No he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, pero sí a bastantes compañeros de trabajo trastornados por los "cheques restaurant". Es curioso: oblígales a trabajar un viernes a partir de las doce de la mañana y amenazarán con inmolarse, pero su lamento esconderá la morbosa satisfacción del que sabe que después podrá quejarse por lo mucho que trabaja. Lo mismo que con los "puentes" denegados: los oficinistas protestarán, parapetados tras sus humeantes cafés, pero en el fondo estarán felices por no tener que pasar tantos días con sus insoportables parejas. ¡Pero ay de quien se atreva a tocarles el talón de los cheques restaurant! Institución sagrada, papel soñado, vellocino de oro pequeñoburgués, será al ver reducido su fajo de falsos billetes cuando esos apacibles currantes se conviertan en hienas izquierdistas sedientas de hemoglobina empresarial.
El invento
¿Y qué son, exactamente, los cheques restaurant? ¿Dónde nacieron? ¿En qué lugar se enamoraron de ti? Su confuso origen tiene lugar, como el de tantas y tantas cosas -Marujita Díaz, por ejemplo-, en el Londres de la Revolución Industrial. Obligados a agotadoras jornadas de hasta trescientas setenta horas, empapados en aceite como churros recién fritos, molestos por los constantes retrasos en la invención de la maquina expendedora de té, la vida de los obreros de la Maxwell Screw Factory no era fácil en 1893: la brutal demanda de tornillos que exigía la construcción de un nuevo corsé para la Reina Victoria (llamada 'Royal with Cheese' por su sospechoso parecido a una hamburguesa gigante) obligó a los trabajadores a renunciar a la hasta entonces sagrada pausa de dos horas para relajarse en el minigolf.
La insostenible situación (no ayudaba la pésima decoración de la fábrica, llena de escenas de caza, ni los suelos de moqueta) provocó un plante de los obreros: muchos florecieron en forma de preciosas petunias, mientras otros optaron por mostrarse como exuberantes rábanos. Pero la solución definitiva seguía sin llegar, por lo que Sir Thomas Maxwell Junior III, que aún no exhibía sus pechos de silicona en la Cámara de los Lores y seguía dirigiendo la empresa, se lanzó a una histórica negociación con los líderes sindicales para cortar de raíz el asunto. Fue al confundirse e intentar cortarles las piernas de raíz a los líderes sindicales cuando la ronda de conversaciones, que se preveía amistosa, se transformó en hostil y descarnada.
Cuando la Revolución Industrial empezaba a frenarse -a las humeantes empresas de fabricación de tuercas y arandelas se les acumulaba el stock, mientras los vendedores de destornilladores observaban terrorizados la baja demanda- Sir Maxwell, con el apoyo decidido del Gobierno y de la Asociación de Sufragistas con Rulos, hizo una oferta casi desesperada: añadiría al sueldo mensual de sus trabajadores -que a duras penas podían alquilar un dúplex amueblado con vistas al Tamesis- un suplemento nutricional, tratando de erradicar además las epidemias de hambruna causadas por la repulsiva comida británica. En una jugada maestra Maxwell combinaba la satisfacción laboral con la mejora de las condiciones de vida de los empleados, aunque el concepto distaba de ser perfecto: el reparto, a media mañana, de sandwiches de mayonesa y esquirlas metálicas hacía muy indigesto el turno de tarde, por lo que los obreros -siempre exigiendo- construyeron barricadas por un mejor papel higiénico. El retratista Joshua Sugar Robertson refleja, en su monumental "Trabajadores congestionando letrinas", los tremendos disturbios que provocó esta revolución sindical.
Del esplendor al prohibicionismo
Ese resquemor inicial pronto dio paso al extremo opuesto, y los cheques restaurant se emplearon con devoción por una burguesía ávida de mostrar su pujanza. Como tener uñas de oro, o disecar a los padres, manejar esta forma de moneda se convirtió en síntoma de prosperidad, y no era extraño ver en las ciudades a familias enteras paseando a lomos de su fajo de tickets. Como toda epidemia también tuvo reflejo en el arte, hasta el punto de obsesionar a genios como Chaplin o Picasso. Varias películas testifican el fenómeno: por ejemplo, en "La taberna del irlandés" no eran aceptados (lo que provocaba una pelea entre John Wayne y Maureen O'Hara en la que el primero perdía varios dientes), y también el argumento de la mítica "Casablanca" -aunque el doblaje español, por motivos de censura, los convertía en "salvoconductos"- giraba a su alrededor.
El estallido de la II Guerra Mundial y sus consecuencias para el sistema bursátil llevó a intrépidos inversores a la riqueza. La irlandesa Hillary Belton llegó a ser la mujer más acaudalada del mundo gracias a su costumbre de llevarse todos los días tuppers al trabajo. La resistencia de los cheques a los gusanos les hizo sustituir a la patata como valor de referencia en muchos mercados. Pero la imposibilidad de emplearlos en un depauperado planeta -por ejemplo, pagar un chucrut con ellos en el bombardeado Berlín era más osado que hacer chistes sobre el bigote de Hitler- terminaron condenándolos al ostracismo.
Sus inolvidables mártires
Cheque Gourmet. Ticket Restaurant. Groupe Cheque Dejeuner. Nombres míticos, fuente de grandes derramamientos de sangre. Como la de Frank D. Garcia, trabajador de IBM: encontrado hecho fideos en una trituradora de papel, dejó una carta que justificaba su suicidio por la discriminación que suponía que los becarios no recibieran esta especie de paga extra. O Al Branches, secuestrado por unos mafiosos: lo descuartizaron al intentar pagar su familia el rescate con un saco de cheques gourmet caducados. O Fabian Kuescinski, que en los setenta sembró el terror entre las secretarias de Chicago: él y su banda de ladrones obesos desvalijaban, cada primero de mes, sus cajones llevándose todos los tickets del personal. Fue fácil localizarles y aún más abatirlos: el más delgado pesaba 237 kilos y todos sufrían de gota por las brutales mariscadas que se pegaban con el botín.
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