31 octubre, 2005

Juego de espejos burlón

Pese a ser considerada una obra 'menor' de su autor, Nabokov pone en 'Desesperación' algo de su intensa biografía y muchas de sus obsesiones literarias. Escrita en alemán en 1934, cuando su autor se refugiaba en Berlín, es treinta años después traducida al inglés por el propio Nabokov, que reescribe algunos pasajes y añade nuevos capítulos. En principio una parodia de Dostoyewski o Doyle, su nueva y definitiva versión será más analítica, cínica y densa, lo que terminará dando una obra comparada con la mucho más popular Lolita, debido a la parecida psicología de sus dos protagonistas.

En uno de sus frecuentes viajes al extranjero un empresario conoce a un mendigo, sorprendiéndole su físico: es tan parecido a él que resulta indistinguible. Agobiado por problemas económicos, y obsesionado con abandonar una vida que le hace profundamente infeliz, el descubrimiento de este doble perfecto le lleva a idear y poner en práctica un maquiavélico plan, que cuenta en primera persona. Pero no es un narrador "normal": sus comentarios, sus gestos, su actitud hacia los que le rodean denotan que se trata (él mismo lo señala varias veces) de un mentiroso, practicamente un demente.

Más allá de la tensa y adictiva trama destaca la narración en primera persona, que petulante y soberbia ataca a burgueses, artistas, a la sociedad en general. Además, interactúa constantemente con el lector tratando de ponerlo de su parte, convirtiéndonos en cómplices. No muestra arrepentimiento por sus actos pero sí evidencia una inseguridad, que Nabokov acentúa con ese "mi muy querido lector" o "mi inteligente lector", que le hace todavía más creíble. Lo mismo puede decirse de sus pretensiones artísticas: además de referirse a su plan como "mi obra maestra", a lo largo del relato describe las dificultades literarias con las que a veces se encuentra, al mismo tiempo que su ego no se priva de subrayar las expresiones o párrafos que considera brillantes.

Abundante en juegos de palabras, saltos temporales, confusiones e intertextualidad entre autor, protagonista y lector, el libro es de un negrísimo humor, recorriendo las grises tinieblas que dividen y construyen lo ficticio y lo real. No es un libro "sencillo": el lector ha de juzgar qué es verdad, qué creerse, qué nos impone el autor y qué trata de ocultar. Nos sentamos a leer, a escuchar, la confesión de un esquizofrénico, que oscila entre la fuerza y el autocontrol a la 'desesperación' postrera. ¿Un poco como el Humbert de 'Lolita? Podría ser. Pero, como dijo el propio Nabokov, los dos personajes "son neuróticos sinverguenzas, pero mientras Humbert llega a recorrer brevemente el Paraíso, el infierno no concede ni una libertad condicional a Hermann".


- El doble en la literatura: El 'Doppelgänger'

28 octubre, 2005

Comparaciones odiosas

La novia cadáver tiene dos serios inconvenientes. El primero, previo a su contemplación e independiente de ella, es que siempre será comparada con Pesadilla antes de Navidad. Pregunta de todos: ¿Y qué tal está? ¿Es mejor que Pesadilla? Respuesta de todos: Bueno, está bien... pero es peor que Pesadilla. Una comparación injusta (dicen que todas lo son) pero insuperable: la "otra" era una obra maestra que mezclaba poesía, fantasía y humor a la perfección, gracias a un guión, una estética y una música irrepetibles. Segundo pero, quizá más grave: el propio Burton tampoco se olvidó de ella. Quizá porque éste (el de los muertos, las pesadillas) es el mundo que le gusta; quizá porque no se ha atrevido a encaminarse a otro lado. El caso es que hace la misma película.

Como el argumento lo conocerá todo el mundo, decir sólo una novedad: se queda corto para un film que roza los ochenta minutos. Algo grave. Enfocado de otra forma quizá no habría sido así: es romántico, morboso, original, diferente. Los mejores momentos proceden del melodrama funerario, de la historia de amor imposible. Pero bien por motivos comerciales, bien porque a Burton le cuesta cambiar de neumáticos (cuando lo hace, como en Big Fish, roza la catástrofe), se tira demasiado tiempo en plan comedia delirante, y fracasa.

Aunque los haya no abundan los chistes graciosos. Demasiada broma morbosa, juego de palabras macabro y empleo cómico de huesos, órganos o material putrefacto. Algo que expele un tufillo a repetido: ¿Bitelchus, Pesadilla, Sleepy Hollow...? Será eso. La música tampoco es brillante: hay algún número bueno, pero los dos más largos flojean (el de los cadáveres, demasiado Disney; el de la subida al mundo "real", clavado a las "Pesadillas" disfrazándose de regalos). En cuanto a los dos mundos contrapuestos, también son muy desparejos: mientras la crítica a los estirados y clasistas vivos, en blanco y negro, es deliciosa, apenas hay nada nuevo entre los festivos muertos.

Por supuesto que tampoco es mala. Tiene instantes deslumbrantes como las dos secuencias alrededor del piano, o las dudas de Victor entre con cuál prometida quedarse (me encanta: la muerta es casi su alma gemela, la viva es simplemente muy bella... ¿no termina decidiendo lo físico?). Desde luego que el bizarro clima justifica haber pagado la entrada. Pero no nos engañemos: dentro de la originalidad de Burton, está un poco vista; aunque contemplarla sea fascinante, la historia termina aburriendo; y aunque los que nos rodean se mueran de risa, festejando cada broma, es más un asunto de exhibicionista e incondicional entrega que por virtudes reales. ¿Entonces? Está bien, es buena, pero Pesadilla era muchísimo mejor.

- Tim Burton y el chocolate

Los cuentos de Terry

¿Por qué no había visto Los héroes del tiempo? Lustros llevaba (así de mayor soy ya) en la estanteria acumulando polvo. Me gusta Gilliam (unas veces más que otras), me apasiona Monty Python (pero ésta no es de ellos, aunque así la promocionen) y la tenía en Versión Original. ¿Entonces? Creo que porque la protagonizan enanos, y eso echa para atrás a cualquiera. Mi relación con el celuloide pigmeo viene marcada por Willow, dantesca, y una versión porno de Blancanieves de la que preferiría no hablar. Sin embargo Freaks, con sus pequeños, es una obra maestra... En fin, Yo y el Cine con Enanos, un tema de lo más interesante: profundizaré en él otro día.

Los héroes del tiempo es la primera incursión de Gilliam en el cine fantástico fuera de los Monty Python. Hereda de Los caballeros de la mesa cuadrada la excelente recreación medieval y gran parte del sentido del humor, pero reduce la edad de su público. Sin embargo, y pese a ser similar a otras "películas-cuento" (tipo La princesa prometida), añade la mala leche, mostrando a los padres del niño como auténticos tarugos. El propósito es evidente: por muchas penurias que pasaran en el pasado, por muy sufridos que sean los mundos fantásticos, cualquier cosa es mejor que la triste realidad. Algo nada novedoso viniendo de alguien como Gilliam.

Las diferentes puertas temporales que transitan los protagonistas estructuran la trama en diferentes capítulos. Los hay de tintes históricos (el de Napoleón no es muy bueno), míticos y paródicos (un Robin Hood de John Cleese memorable). Hay malos malísimos (de muy ácido humor) y héroes legendarios (sustitutos de un padre inaguantable). Ayuda al buen tono de la película que el niño no sea repelente: es inteligente pero no repipi, entusiasta pero no cretino y no tiene ninguna gana de volver a ir al colegio. Vive lo que todo niño sueña: ser protagonista de un cuento, que el espectador disfruta recorriendo de su mano.

¿Es, entonces, una grandiosa película? La verdad es que no. Difícil que lo sea viniendo de Gilliam: está impregnada de irregularidad, su trama salta de un lado a otro sin practicamente criterio y el final, aunque coherente, parece precipitado. Pero también tiene grandes virtudes: un talento visual indiscutible, épica, excelentes gags... Los mismos pros y contras de siempre, las mismas razones que hacen al cine de Gilliam especial aunque imperfecto, capaz de alcanzar lo sublime y, al final, siempre dejándole a uno un algo de decepción.

- Lost in La Mancha, Losing la Pinza

25 octubre, 2005

Adorables y patéticos como uno de nosotros

A finales de los 60 David Zucker, estudiante de cine de la universidad de Wisconsin, crea junto a su hermano Jerry y un amigo, Jim Abrahams, un grupo teatral de sardónico nombre: Kentucky Fried Theater. Con una cámara de vídeo prestada comienzan a filmar sus actuaciones, en las que recrean series de televisión y películas deformándolas hasta convertirlas en chistes. El éxito en su entorno más inmediato les anima a trasladarse en 1972 a Los Angeles, donde su irrespetuoso humor les convierte en la sensación del momento. Producen su primer largometraje, “Kentucky Fried Movie”, cuya dirección encargan al desconocido John Landis (autor de la ignota Schlock), triunfando en círculos independientes y convirtiéndose en obra de culto.

Los Zucker y Abrahams ven el filón y tres años después filman Airplane, dirigida por este último. Ideado básicamente por David, el film mezcla gravedad y risas, robando del cine de catástrofes (de moda en esos momentos) la tensión dramática que provoca el destino fatal, trágico, de unos personajes tan corrientes como el propio espectador. Que estén condenados a morir (y que ellos mismos lo sepan) propicia que sus actos sean importantes, especiales, queribles... en muchos casos heroícos. Pero obviando el hecho de que van a fallecer: ¿no es verdad que mucho de lo que en esos momentos afirman es ridículo, pretencioso, patético? La pirueta de Airplane es que, en sí mismo, ningún personaje será "gracioso": su desubicación, su fingida dignidad, su gravedad impostada serán lo que le dé gracia al film. Lo logra: no hay más de treinta segundos en los que uno no se ría, ni encontraremos un personaje sin una buena línea de texto. Éxito brutal de taquilla, Airplane se convertirá en clásico, con sus ventajas y desventajas; si bien su recuerdo es glorioso, la rentabilidad de la fórmula provocó y continúa provocando patéticas imitaciones.

¿Por qué, 25 años después, la película no está avejentada? ¿Por qué hace reir, y mucho, tanto a los que la ven por primera como por vigésima vez? Ni por sus parodias/ homenajes ni por nada parecido. Es por un guión trepidante, repleto de personajes encantadores a quienes apenas dos frases bastan para traslucir una ridícula vida, una descabellada existencia, unos pueriles temores. Parodiables y patéticos como uno de nosotros. Siendo tan parecidos... ¿no es lógico que nos carcajeemos de ellos? ¿No lo es, también, que con su similitud, con sus chistes desesperados y estúpidos, hayan llegado a ser parte de nosotros mismos? Esa identificación, esa mezcla de sus vidas y las nuestras, es lo que ha convertido a Aterriza como puedas en una ligera, modesta y por muchos discutible obra maestra absoluta.

22 octubre, 2005

La doble vida de Viggo

Que considere a David Cronenberg un director de lo más interesante no significa que corra a ver cada nueva película suya. Me gustan mucho las de los 80 (La mosca, La zona muerta e Inseparables, especialmente), algo menos las de los 90 (no tiene tantas... pero Crash y eXistenz estaban bien) y aún no vi ninguna de la década que vivimos. Eso, hasta Una historia de violencia, de la que no sabía nada. Pero confiaba en él: es un tipo incómodo, crítico sin comprometerse, resbaladizo, como la sangre que suele inundar sus películas. Me cae bien Cronenberg porque es un completo anormal, también. Porque sus obras suelen ser inconfundibles. Su pasión por la muerte no me aburre. Pero hoy me aburrió mortalmente.

La historia, basada en un comic (mal empezamos), habla de lo sensibles que somos a la violencia, lo fácil que nos arrastra. Como transcurre en EE.UU la crónica se convierte en crítica, y vemos por enésima vez cómo se las gastan estos norteamericanos. Cronemberg, que es canadiense, ha sido aplaudido como pocas veces antes por la crítica yanqui: su descarnado retrato de la América rural y violenta les gusta más que películas recientes y parecida temática, como las de David Lynch (Mulholland Drive) o Von Trier (Dogville). Para mí ni se aproxima.

Lynch se eleva por encima de la violencia, o la mira desde los infiernos, no mezclándose con ella sino desde una perspectiva grotesca y, perdón por la obviedad, perversa. Von Trier la disecciona: adentrándose en sus átomos nos descubre sus causas y efectos, el camino que conduce de uno a otro. Aquí el trazo de Cronemberg es otro: retratar la violencia desde la naturalidad, desde la normalidad, desde el tópico. El resultado es grosero: es todo tan plano, tan transparente, tan obvio, que casi parece paródico. Es como un Perros de Paja que retratara a caniches.

Pocas veces se ven, en directores de este calibre, personajes tan planos y caricaturescos. Mortensen puede ser creíble como hombre de pocas luces, pero no es capaz de encarnar un ser tan misterioso y complejo como el que el guión pretende. Los genes del protagonista deben ser defectuosos, porque tanto su hermano (William Hurt, para matarle) como su hijo (un adolescente recién salido de Beverly Hills 90210) son evidentes mongólicos. Pero los males no se quedan ahí: Ed Harris está bien, pero su mafioso lo vimos en cien películas. Las escenas del High School y esa violencia amateur son risibles. Y las que muestran lo feliz que es el matrimonio feliz, lo mismo. Un bodrio con pompones y disfraz de animadora.

¿Algo bueno? Pues supongo que lo habrá, pero al principio (lo del resto es desastroso). El conflicto familiar por la prensa acosando al protagonista, al héroe por accidente, está bien, pero dura treinta segundos (luego puede dejar media decena de muertos sin que a nadie le interese). La segunda escena de sexo también es interesante, y reluce el pensamiento morboso de Cronenberg (a la esposa le gusta montárselo con su esposo pero... ¡casi más con el que ya no es "su esposo"). El resto... pues no mucho más, la verdad, y eso que había posibilidades. ¿No es interesante la mentira? ¿El perdonar o condenar al culpable? ¿El arrepentimiento, la contricción, esas cosas? Parece que para Cronenberg no.

Cine moderno buscando el amor eterno

Dos románticas historias se desarrollan en Hong Kong. La primera se disfraza de thriller: un policía secreto, abandonado por su novia, decide enamorarse de la primera mujer que se cruce, casualmente una traficante de drogas. La segunda historia es algo más tradicional: otro agente de policía, siempre uniformado, lamenta por las esquinas que su novia azafata se fue. La dependienta del restaurante donde la compraba ensaladas le devolverá la vida.

"Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Pero este perro es incapaz de sentir mi pena"

Otras veces he criticado a Wong Kar Wai, aquí no. Chungking Express es una película de culto, artística, ambientada en un escenario tan pop y atractivo como una gran urbe asiática. Pero también es una historia intimista, de rupturas sentimentales. Los personajes nos muestran las infinitas formas de amar; unos piden, otros dan. El que goza cuidando y el que es incapaz de cuidarse. Nos habla de paradojas: Una, el amor es casi inencontrable, pero suele terminar escondiéndose a la vuelta de la esquina. Otra: el amor conduce siempre a la desgracia (como las latas de piña, tiene fecha de caducidad), pero mientras dura flotamos en un universo mágico. En resumen: Wong Kar-Wai emplea un lenguaje superior, al límite de la cinematografía, para contar historias de humanos identificables, queribles. Una obra total, la película de amor reinventada.

"Me gusta ir a correr, correr evapora el agua del cuerpo. Y así no queda agua para las lágrimas"

¿Puede pedirse algo más? Instantes inolvidables que hacen grande una película. Los hay. La poesía: los diálogos del abandonado con una casa que llora. Su identificación con los objetos inanimados que parecen sentir pena. La aparición de un ángel, que devuelve a todos la vida. Los actores: la incapacidad de centrarse en sólo uno de los seres que se comen la pantalla. Son rostros perfectos para sus papeles, con gestos medidos e idóneamente elegidos. Algunas de las mujeres más hermosas del planeta. La música: maravillosa. Extemporáneos boleros para sentir pena. O el California Dreaming, de Mamas and the Papas, que merced a las caderas y ojos de una camarera se convierte en el Himno a la Alegría.

"No entiendo por qué todo tiene fecha de caducidad. Si tuviera que tenerla mi amor por ella, me gustaría que fuera dentro de 10.000 años".

20 octubre, 2005

Plas, Plas, Plas... Plastilina Planet

Desde hace quince años, una pareja conserva la inconfudible esencia del mejor humor británico: no, no hablamos de David y Victoria Beckham, sino de otros muñecos también artificiales pero mucho más adorables, Wallace & Gromit. Un lunático inventor solterón, de indeterminada edad y bastante poco cerebro, y su perro, mudo y esclavizado por su propietario, pero con la sensatez e inteligencia que a su humano dueño le faltan. La dupla ha dado algunos de los mejores momentos de la animación reciente gracias a tres cortometrajes imprescindibles: crítica y espectadores reconocíeron sus brillantes peripecias, su devastadora acción (con cine mudo, Chaplin, Keaton o Lloyd, de referencia indiscutible) y el encanto de unas figuras que, aunque de plastilina y animadas por stop- motion, tenían más personalidad que cualquier actor real.

Tras el suculento aperitivo que, en 2000, supuso Chicken Run (en España "Evasión de la granja", en Latinoamérica el mucho más divertido "Pollitos en fuga"), los estudios Aardman y su líder, Nick Park, presentan ahora el primer largometraje de Wallace & Gromit, en el que la pareja dirige "Anti- Pesto", una empresa de seguridad que protege a las hortalizas de un pueblo, una misión decisiva considerando que éste se dispone a celebrar su evento más importante: el concurso anual de "Horto- Belleza". La aparición de un misterioso y nocturno monstruo les pondrá las cosas más difíciles que nunca.

Cinco años fueron necesarios para completar esta maravillosa comedia. Para variar, parece que tanto tiempo empleado en la técnica también sirvió para pulir el guión, repleto de gags. Los hay intrínsecos al duo protagónico: sus hilarantes inventos y la relación que les une hacen las delicias de todos sus admiradores, pero también entusiasman a los que no les conocen. También son aplaudibles los chistes que provoca integrarles en una sociedad rural y cerrada, reprimida y católica, cuyo egoísmo hace más preocupante la suerte de unas zanahorias que lo que le ocurra al vecino de al lado. Una denuncia social sabiamente disfrazada de sátira y abundantes chistes verdes, con el doble o triple sentido que el mundo de las hortalizas ofrece. La tercera gran fuente cómica es con mucho la más floja, basándose en la parodia de clásicos cinematográficos del cine de terror, especialmente King Kong. Una insistencia que parece innecesaria con personajes tan propios como divertidos.

Por último, no puede uno dejar de destacar la animación de la película en sí. 85 minutos de imágenes hipnóticas, una obra de arte constante. La gestualidad, la expresividad de Gromit denotan que ese perro tiene alma, convirtiéndose en uno de los héroes del cine de acción reciente. Tampoco puede olvidarse al resto de personajes: el torpe y desastroso entusiasmo de Wallace, la coquetería de la estrecha Lady Tottington, el arribismo de Quartermaine. Difícil recordar criaturas ficticias con más encanto: es esa maravillosa animación y su perfecta adecuación en la historia la que provocan que, incluso los conejitos peludos, tan risibles, mantengan la dignidad y el encanto en este maravilloso planeta.

- Aardman Animations Ltd

- Wallace & Gromit - Official Site

- Excelente calificación en Metacritic

17 octubre, 2005

Que no nos vean

Las escaleras del edificio en el que trabajo están casi siempre vacías: la gente opta por los ascensores. Recurre a subir o bajar a pata sólo en caso de incendio (por desgracia, muy infrecuentes), cuando los elevadores mecánicos están averiados o, en algunos casos, por compañeros con problemas de peso y que pretenden así quemar grasa que no queman de otra forma. Para ellos esas escaleras son un simple medio, además incómodo, de llegar a su puesto de trabajo.

Yo acabo de pasar por ellas. Para mí son otra cosa: son el lugar donde, escondidos, nos agazapabamos a besarnos. Donde, cuando más hartos estábamos de todo, nos encontrábamos en un abrazo que nos alegraba el día. Donde bromeábamos sobre si cámaras ocultas nos estarían vigilando; donde ella se sobresaltaba porque pudiera aparecer alguien y nos sorprendiera. Eran un mínimo paraíso en la oficina, la guarida de una relación secreta, el lugar más íntimo en una prisión de máxima seguridad.

13 octubre, 2005

Contigo tofu y cebolla

LLevaba años intentado ver Happy Together. Me entusiasmaba contemplar la relación tormentosa de dos asiáticos homosexuales en los bajos fondos de Buenos Aires y, lindo y humano detalle, obsesionados con conocer Iguazú. Por fin, gracias a una distribuidora (Cameo, vende muchas de las pelis de Wong Kar Wai) he conocido a los chicos, mientras oía meláncolico a Piazzola y después de saborear un rico asado de tira.

Comienzo a ver la película emocionado, expectante. Los dos amantes, "Felices juntos", están solos, alejados de su mundo, ajenos. Tanto, que incluso podrían dudar de que existan de verdad. Aislados, sólo viven el uno para el otro. Creían que compartirlo todo les acercaría: en realidad, se roban el aire, la vida. 'Amor fou': no sabemos cómo empezaron a amarse, pero sí que terminarán fatal. Adictos el uno al otro, no pueden desconectar. Hay un tercer protagonista, que oxigena un poco la trama. Soñador, libre, autosuficiente, ofrece una vía de escape; como tal, termina en el fin del mundo, viviendo por los demás. Argentina es el cuarto personaje, aunque transformada en protagonista invisible. Un planeta en el que los otros tres pasarán por alienígenas. Resulta imposible imaginar a un occidental soñando así cataratas, viviendo así Buenos Aires.

Pero poco a poco voy perdiendo el interés. Los pequeños capítulos que componen la película son fogonazos estéticos, un menú de degustación de estilos, texturas, con más carga visual que historia que los sustente. La trama, de tanto retorcerse en sí misma, consigue hacerse tediosa. Vemos sus enfrentamientos, sus mentiras, sus celos, pero no la ternura o el cariño que cabría suponerles. El paso de los minutos aburre: es más una exhibición de Kar Wai que historia que comprometa. La densidad del color diluye la densidad de la trama. Los saltos temporales y movimientos de cámara alejan de lo que en teoría se nos cuenta.

Agridulce como la salsa de los rollitos me parece el balance final. Sé que los personajes permanecerán en mi memoria: son de carne y hueso, su desesperación los hace creíbles. Pero me queda la sensación de haber asistido a demasiados minutos sobrantes. Me quedo con hambre de ellos, y saciado de ejercicio estilístico.

11 octubre, 2005

Otra peli era posible

Resumo mucho, porque se sabe: El método es la adaptación cinematográfica de una obra de teatro en la que ambiciosos profesionales, que aspiran a un buen puesto en una multinacional, afrontan una entrevista de trabajo grupal. El método "Gronholm" de selección les convierte en una manada de hienas. Todo transcurre en una oficina, a través de muchos diálogos, gran confianza en el trabajo actoral. La obra de teatro -que no he visto- creo que es más cómica. En cambio, Marcelo Piñeyro (al que no cuento entre mis directores favoritos) apuesta por el "thriller de ideas". Tensión dramática en perjuicio del humor. A mí el cambio no me gusta.


La película me atraía; más que nada por la presunta crítica al sistema empresarial. Pero no nos habla tanto de eso. De tan gruesos que están hechos sus perfiles, su debilidad, sus defectos, los personajes parecen estar más enfermos que la empresa que degrada. Durante la primera hora de película, la más cómica, conocemos a gente atractiva, con la que podemos identificarnos. Su reacción frente a una entrevista de trabajo anormal me resulta interesante. Me los creo. Hasta que contemplar lo inadecuado del método deja de ser prioritario. Pasa a serlo descubrir quién es quién, cual de los aspirantes es el topo de la empresa. Poco después, la debacle: empiezan a distraernos con temas sin interés. Propuestas tremendistas, que parecen decisivas, entran y salen sin mayor explicación; estallando primero, pasando después sin más. ¿Tiene algo la comida o sólo les sabe rara? ¿Y todo lo que pasa en los baños? Hay más, pero bueno. Insisto: propuestas para enganchar a la historia principal, que lo único que logran es terminar deformándola.

Por último, una serie de preguntas. ¿No es cierto que los personajes más interesantes son, casualmente, los primeros en salir de la película?. ¿Es necesaria la grosera insistencia en las manifestaciones callejeras, recordando cada cierto tiempo el que "otro mundo es posible"? ¿No son cada vez más patéticas, aburridas, pueriles las expulsiones -lo de la pelotita es de traca-? ¿No da la película la -grave- impresión de quedarse, a propósito, en una crítica intermedia, en un "sí es no es", para no alterar demasiadas conciencias y dejar a todos contentos?

10 octubre, 2005

Crónica de los días más tristes

Mi ánimo no está en su mejor momento, pero me obstino con discos tristes, películas hiperrealistas (es decir, deprimentes) y libros como Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq. Sin embargo esas influencias externas no contribuyen a hundirme, sino todo lo contrario. Ver que muchos otros sienten lo mismo ayuda a no sentir soledad; disfrutar las crónicas ajenas de todo lo que nos sucede estimula a crear, a criticarlo con ellos.

El protagonista de Ampliación del campo de batalla, cuyo nombre no es mencionado en el texto, es un joven informático inmerso en una severísima depresión. La vida se la produce. Odia a las mujeres, que llevan años ignorándole o despreciándole. La debilidad y superficialidad de los hombres le paraliza. No puede ayudar a nadie: la fragilidad de todos los que le rodean le hace sentirse más debil. Es indolente; incluyéndose a él el primero, desprecia a los seres humanos o, más concretamente, a los que vivimos en esta sociedad occidental. Como mucho, envidia a los tontos: su ignorancia, al menos, les hace ser más felices.


Como tantos otros, Houellebecq denuncia la deshumanización de occidente. Saber más, tener más herramientas de conocimiento y comunicación, nos ha conducido a la ignorancia y al hermetismo. El liberalismo, el capitalismo, la competencia, anulan en el ser humano el optimismo que, en épocas a priori más infelices, tuvieron otras generaciones. La batalla cotidiana mató la frescura, las ganas de vivir. La tecnología nos convirtió en máquinas imperfectas, las ciudades repletas están llenas de solitarios insolidarios.

Como no podía ser de otra forma, otro gran tema es el sexo. Para el autor, "el valor de un ser humano se mide hoy en día por su eficacia económica y su potencial erótico". El capitalismo también triunfó en el campo sexual. Un mercado con sus propias leyes (donde se compra y se vende belleza, donde hay acuerdos no escritos como la fidelidad), ciclos de oferta y demanda y, por supuesto, vencedores y vencidos. La derrota en el terreno sexual y, por ende, en el amor (aunque el hombre de Houellebecq está demasiado hundido como para ser capaz de amar) es aún más importante que la derrota profesional. Como se expone a través de los dos protagonistas, genera angustia, desesperación, a través de caras opuestas: el frío y el calor, incapacidad de amar frente a obsesión sexual.

La iglesia católica, el fin del sistema actual, la futilidad de la vida, el triunfo del suicidio, la nostalgia por la niñez (en la que nadie nos avisa de que, al crecer, seremos arrojados a ese "campo de batalla" que abarca todos los campos), la lectura como única e imposible escapatoria... Todo en este libro trágico, pero también comprensivo; brutal, pero lleno de racionalidad. Y triste, muy triste, aunque la incorrección política, la amarga lucidez del que escribe, la exactitud de muchos de sus pensamientos nos lleven a la carcajada, riéndonos de cosas que también pueden hacernos llorar.

- Entrevista a Houllebecq

- Página oficial del escritor

- Similitudes y diferencias con El extranjero

Raza y hermandad dudosas

El miércoles se cumplen 513 años del Descubrimiento de América, aunque todos sospechamos que alguien habría llegado antes; por ejemplo, los propios americanos. 513 no es un número bonito como para andar insistiendo en él así que, a diferencia de lo ocurrido por el Quinto Centenario, ni tenemos Exposiciones Universales ni Juegos Olímpicos para recordárselo al mundo. Así que el aniversario pasará desapercibido: será feriado y no se trabajará, eso sí, lo que nos hará lamentar que nuestros ancestros no descubrieran más cosas: ahora tendríamos más días de vacaciones.

Aunque tendremos el día libre, no creo que aprovechemos las horas para unir lazos con nuestros hermanos de América. ¿Abrazos con los inmigrantes por las calles? No creo. ¿Fiestas conjuntas que nos unan en una celebración común? Ni de coña. ¿Qué les diríamos, además? La mayoría de los españoles no se hace cargo del lío en el que os metimos. Nos agarramos a Colón y las caravelas como otros defienden a su país recordando Mundiales de Fútbol o haber inventado un baile. Es más: España tampoco contempla el Descubrimiento como algo a recordar constantemente, sino como algo que pasó hace ya un montón de años. Estuvo bien, nosotros os evangelizamos, vosotros nos disteis vuestras riquezas... Ahora sed mayorcitos, y arreglad vuestros problemas solos.

La verdad, el evento se recordará sobre todo a través de la televisión. Como todos los años: programas de variedades, con la actuación estelar de músicos casposos de ambos lados del charco y, como acontecimiento especial, una canción de alguna estrella latina, concepto tan en boga ultimamente. Por supuesto, todo sazonado por entusiastas presentadores (alguno argentino, seguro) llamando a la hermandad de todos los que hablamos español.

¿Día de la Raza? Día de la Raza...así lo llamais vosotros. Aquí nadie se refiere al 12 de octubre como el Día de la Raza, sino como el de la fiesta nacional, el Día del Pilar o, a lo sumo, el Día de la Hispanidad (aunque esto es un invento reciente). Bastará esperar al jueves, cuando la televisión hable de otros temas, para saber el por qué. Sólo nos acordaremos de los hermanos de América para protestar por lo mal que conducen, la música insoportable que escuchan y bailan borrachos y, por supuesto, lo sucias y descuidadas que tienen las calles desde que decidieron venir. En resumen, sería demasiado hipócrita que hablemos del Día de la Raza: basicamente, porque casi ningún español piensa que comparte raza con aquellos a los que tanto nos cuesta dejar entrar en España.

06 octubre, 2005

Entretenida... ¿supongo?

Shane Carruth tenía 28 años cuando, harto de su trabajo, decidió ser escritor. Intento baldío: ideas y palabras caminaban por diferentes sendas, así que probó con el cine. Aprendió de manera autodidacta el oficio: desde escritura de guión a manejo de cámara, pasando por montaje, composición musical y fotografía. Tan implicado estaba que hasta se atrevió a protagonizar su ópera prima, Primer, que hablaba de personas muy parecidas a él: jóvenes matemáticos y/o informáticos, de notable inteligencia, escrúpulos relativos y mucha ambición. Tanta como para poner en peligro sus vidas.

Como Memento, como Pi, como tantas otras recientes (y no tanto), Primer es una de esas películas 'raras' e 'incomprensibles' para unos, 'brillantes' , 'lúcidas' e 'innovadoras' para otros. Yo, como no las entiendo mucho, las uso para medir la valentía de los que me rodean. Valientes los que dicen que es una porquería marciana, insostenible y caótica: se exponen a que les reprochen no haber comprendido una obra maestra y, por ende, rozar el retraso mental. Pero también calificarla de maravillosa es difícil: quedas bien, eres el único que la ha disfrutado y, sobre todo, que la ha entendido, pero los ceporros que te acompañan quizá te pregunten por qué te gustó o, sencillamente, qué significaban esas cosas tan raras. O simulas un ataque de gastroenteritis y sales corriendo al baño o te inventas cualquier cosa (lo mismo hasta suena bien y te creen).

Yo quiero ser valiente. Valor es mi segundo nombre. Así que me pongo en uno de los dos bandos. Lo confieso: la película no está mal. Afirmo rotundamente: me ha parecido interesante. Por último: aunque ayer, cuando la vi, estaba cansado y me costaba un poquito seguirla, me enganchó del primer al último fotograma. Por cierto... ¿has visto qué buen tiempo está haciendo?

Ya en serio: puede verse, pero con condescendencia. Esto es: es muy meritorio aprender todo lo que ha aprendido este chico para hacer algo que nadie va a comprender. Me lo imagino con su familia y amigos: "Guau, tío...es buenísima. Me ha encantado"... Que los que más te quieren te mientan es duro porque, además, es verdad que tiene cosas buenas. Quizá las haya gloriosas, pero no pienso dilapidar semanas enteras tratando de descifrarlas. Simple como soy, me quedo con lo más básico: refleja, bastante bien, lo fácil que es traicionar cuando en juego está el dinero. La corrupción intrínseca al hombre. El proceso de creación científica (supongo...lo único que he creado en mi vida ha sido un hongo con una salsa de tomate caducada). Y alguna de las virtudes humanas: el esfuerzo, el idealismo, el sacrificio por lograr algo en lo que realmente crees. Carruth ha conseguido una película crítica, tensa, atractiva. Así que cumplió su sueño: felicidades. Lástima que no lo ponga más fácil.

- Foros sobre la película: Quizá así entendáis más

05 octubre, 2005

Mujeres, piedras, y agua

La tranquilidad del lago puede enturbiarse por dos pedradas al agua. La una es el enfado, y la otra la tristeza. La primera salpica, hace el ruido que hacen al tirarse al mar los ahogados, es violenta, se hunde pronto. La segunda deja muchas ondas en el agua, concentricas, persistentes. Aunque pretenda desaparecer queda en el fondo, como una china, como algo a conseguir evitar. Hay hombres que tratan de nadar en ese lago, pero les sale el nino y terminan tirando la piedra. Las mujeres son, segun fluyan, enfado, tristeza. Una piedra no decide como es, pero una mujer tampoco.

De saldo

El bajo precio de los libros (MUY bajo precio, comparado con el de otros artículos de primera necesidad como alcohol, marihuana o judias verdes) me hizo comprar, hace unos meses, las dos obras más conocidas de uno de los escritores de moda: Frédéric Beigbeder. Leí primero El amor dura tres años: su título me pareció irresistible (quizá un poco optimista, pero bueno) y me lo recomendó un buen amigo. Como tampoco me pareció insoportable (el libro; el amigo suele serlo) me atreví con el siguiente: 14'99€ ó, en original, 99 francs. También me gusta su título, muy en consonancia con lo que pretende expresar: que el precio marca el valor, que es más importante lo que pone en la etiqueta que la utilidad del objeto.

14,99€ gira en torno a la publicidad, a las grandes cuentas, ese mundo hace muy poco de moda y que ahora, de moda el anticapitalismo, la antiglobalización, la no moda, se ha convertido en mal visto. Como en El amor dura tres años, Béigdéber insiste en la semi-autobiografía, y en la guerra desde dentro: es beligerante con los que (tan bien) le dieron de comer muchos años, y se entrega al nihilismo depresivo. La superficialidad, tan presente (en todos los sentidos) en El amor dura tres años, vuelve a la carga en 14,99€. Aquí los chistes son eslóganes publicitarios, los enemigos multinacionales y el modelo a seguir... ¿hay alguno? ¿No es verdad que, para Béigdéber, todos somos criminales o mongólicos, víctimas o explotadores?

Las críticas de Beigdeber no son nuevas: cada día escuchamos atacar y atacamos los males del capitalismo brutal, la dictadura de las marcas, el blablabla, blabla, blabla. Su forma de criticarlas tampoco: escribe como Breston Ellis (al que también roba temas). Entonces... ¿qué nos queda? ¿Aportan algo sus libros? Dos o tres meses después de leerlos, puede decirse que poco, casi nada. Son pasatiempos disfrazados de explosivos, rebeldía y contricción que, viniendo de quien vienen, suenan más a cambio de chaqueta y ventajismo. Es habil, es inteligente, es ameno, pero sus cargas de profundidad son superficiales, sus batallas caprichosas y su descubrimiento, obviedad. Pero cuando el precio de tus libros baje más, cuando ya me los regalen, volveremos a encontrarnos de nuevo, Frédéric, a ver si esa vez sí tienes algo nuevo que contar.

- El amor dura tres años

04 octubre, 2005

La credibilidad de lo utópico

Leo que mil drogadictos escaparon de un centro de desintoxicación en Vietnam. Idealicé: los vi felices, trotando por los verdes campos que rodean un río rojo, llegando al campo de flores de opio donde, en hermandad y armonía, serán felices para siempre castigándose las venas. Probablemente la situación es más que distinta: maltratados, harapientos, los encarcelados yonquis se habrán arrastrado hasta ser alcanzados y castigados por su intento de huída. Y los que no, a pasar el mono hasta conseguir unas micras de jámaro, y seguir con su desesperada vida hasta que los cacen de nuevo.

Lo sucedido me trajo a la mente una película casi desconocida pero maravillosa: Rey por inconveniencia, de Philippe de Broca. La historia que cuenta es bastante similar: en la I Guerra Mundial, el ejército británico trata de recuperar un pueblecito francés, tomado por los alemanes. El lugar, abandonado por la población civil, alberga un manicomio, cuyos pacientes quedan libres casualmente. Un inglés es enviado para ver qué sucede en el pueblo. La situación, a priori, es propicia para narrar un drama devastador: adentrarse en medio de la guerra en un pueblo tomado por locos. De Broca, en cambio, desarrolla una de las películas más hermosas, poéticas y lúcidas que he visto en toda mi vida. Cada loco adopta un rol social diferente, nadie piensa en guerrear con nadie y, cada poco tiempo, magia fiesta y alegría convocan a los ciudadanos. Los locos terminan siendo los cuerdos mientras los cuerdos se matan en el campo de batalla.

No he visto mucho más de Brocca, salvo una película de época entretenida (¡En Guardia!) y Los cuatrocientos Golpes, donde fue ayudante de dirección de Truffaut. Tan poca cosa le ubica, quizá injusta pero también inmediatamente, entre mis directores favoritos. En Rey por inconveniencia hace pensar en el drama pero a través de la risa, denuncia el espanto contrastándolo con la hermosura, y nos hace odiar a los malos mostrando, con fantástica naturalidad, que es mejor parecerse a los buenos.