Descartado el pedir ayuda a más ex compañeros del Metal -quiero músculos voluminosos, no ideas para una película de terror-, recorro mi barrio en búsqueda de una fábrica de malas bestias. Camino fingiendo una leve cojera para que no me peguen o, al menos, me confundan con House, pero no tardo en encontrar tres gimnasios: es lo bueno de vivir en un barrio de jinchos. Del primer gimnasio no me gusta su absoluta falta de higiene: esperar a que las cucarachas terminen sus series sería malísimo para la congestión vascular. El segundo está algo más limpio, tanto que me atrevo a entrenar para probar y probarme. Vuelvo al fisioculturismo. Al espíritu de Joe Weider. Pero no me apunto: es demasiado pequeño. Temo coger unos centímetros de espalda y quedarme encajado entre dos barras de acero. Es en el tercero en el que me doy de alta: por fuera está hecho un desastre pero por dentro es amplio y moderno. Con los gimnasios, a diferencia de con las mujeres, priorizo la belleza interior.
El primer día es como el primer día de colegio -aunque ésta vez nadie me muerde en la frente-: pura inseguridad. Todos los presentes son, como en los garitos, más jóvenes. El monitor, un chico de unos 25 años, me pregunta que qué quiero conseguir: ¿Autoconfianza? ¿Vanidad? ¿Huir del envejecimiento? Voy a pagarte por algo que no me aportara nada, cabrón, así que no me averguences. Pero ahora que lo dices: ¿te acuerdas del anuncio de Davidoff en el que salía del agua una especie de Dios marítimo griego? ¿Has visto '300'? Vale, pues eso. Compáralo con este pecho de quilla, estos hombros de novicia. Mis medidas de 90-60-90, mis gemelos de gorrión... ¿que qué quiero? ¡dame masculinidad! ¡poder! ¡Grrrrr! ¡Grrrr! Por cierto, ¿ofrecéis también servicios de depilación?
El monitor me diseña una tabla de ejercicios personalizada, para lo que antes me pide que le enseñe el torso desnudo. Vaya. Tras ello me recomienda, con la misma cara con la que se anuncia una enfermedad mortal, que trabaje pronto los dorsales: tengo menos espalda que una libélula. Aprovechando que llevo chandal y no traje de chulapo empiezo a construir mi nuevo físico, y mi estrecho esqueleto deambula, dubitativo, entre los aparatos. Muchos son tan modernos que dudo de si sirven para agigantar el cuadriceps o ayudar a un parto difícil. Otros parecen sacados del Museo de la Inquisición, sala "Torturas", sección "I+D". La última gran novedad tecnológica del gimnasio es la presencia de un torno a la puerta, cuya utilidad desconozco, que obliga a portar cada día una tarjeta rosa chillón.
Es tremenda, pero muy a tono con lo que encuentro después. La gran revolución que vivió la sociedad española en estos últimos tiempos, la homosexualidad galopante, ha llegado también a las pesas. Donde antes mastodontes se saludaban chocando las manos ahora hay piquitos entre gráciles y definidísimos atletas. Uno se asusta al verlos. El metal les acompaña como si trabajasen en una fábrica de hierro, poseen desconocidos grupos de músculos, pero la hombría les molesta como traje de oficina en fiesta de disfraces. Pantalones diminutos de lycra, gruesas rayas verticales moradas y negras, músculos cual jamones de Guijuelo. Camisetas de tirantes diminutos. Tatuajes que empiezan a perder color -esa fue la plaga de los noventa-. Morenos de rayos UVA, pelos que parecen cortados hace cinco minutos, gomina, más locas que bajo las estraboscópicas luces de una discoteca de Chueca. Nunca me ducho en los gimnasios, por temor a los papilomas (esos pequeños maniacos) pero ahora tengo otro motivo: temo que una pareja de osos aterciopelados me acorrale y enseñe una nueva forma de estirar.
Es una nueva generación de superhéroes. Aún más devotos a la estética, aún más fibrosos, más propensos a llenarse el cuerpo de clembuterol, L-carnitina y creatina. Entrenan con una intensidad aplastante, consagrados a alcanzar la perfección. Se animan con gritos de "vamos, vamos nena" o "venga loca, rumana". Y ni me miran, y de momento tampoco me quieren pegar. Veremos cuánto dura la historia.
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