25 noviembre, 2005

Zeppelines y torpedos

Elegí para vivir Lavapiés, además de por el frío que asola Puerta de Hierro, la poca accesibilidad en metro de La Moraleja o lo difícil que es conseguir papel de fumar en plena noche en Conde de Orgaz, por la cercanía del Cine Doré, ese que proyecta películas clásicas, desconocidas y siempre en versión original. La tengo a menos de cinco minutos pero no la frecuento como imaginaba: cuestión de horarios, o más bien de comodidad. Prefiero tirar de vídeos y quedarme en casa, donde además se puede fumar, antes que someterme a sus designios de proyección. Así durante dos años y pico, en los que debo haber ido una docena de veces.

Sin embargo, hoy me encapriché con ir al Cine Doré. Realmente no es comparable a quedarse en casa: la entrada imponente, sus asientos de madera, la moqueta y el techo pintado en un recargado y adorable azulón celeste. Antes de comenzar la película se corren dos cortinas que tapan la gran pantalla, mientras un espléndido y avejentado sonido estéreo (sin altavoces desperdigados y ensordecedores) escupe viejos acordes. A mi alrededor, como casi siempre ahí, se mezclan jóvenes sofisticados (gafas de pasta, bufandas multicolores, etc) con vejetes nostálgicos de esa película en particular, de ese tipo de películas en general y, desde luego, del propio cine Doré, al que quizá llevan viniendo desde hace cincuenta años.

Ir aquí al cine se convierte, entonces, en algo especial. El sonido no es metálico y atronador, las imágenes tienen la densidad de lo rancio y valioso, el más mínimo comentario se paga (me gusta comprobar que los ancianos son más intolerantes que yo, y chistan ruidosamente cada vez que alguien abre la boca) y son frecuentes, especialmente ahora en invierno, las toses, respiraciones costosas y trasunto de fluídos por las vías respiratorias. Película clásica, ambiente polvoriento, recinto de lujo y compañeros de platea que le rejuvenecen a uno: todo, por poco más de un euro.

¿La película? Muy apropiada: "Hindenburg", del veterano Robert Wise (de quien han proyectado un ciclo). Una superproducción, con excelentes efectos especiales, que recrea el terrible ¿accidente? ¿sabotaje? del gran zeppelin emblema de la aviación alemana. Una película sin demasiada fama pero más que entretenida, en la que los malos son muy malos, los buenos muy buenos y el espectador se entretiene gracias a una acción incesable, extraordinarios actores (George C. Scott y, sobre todo, Anne Bancroft están espectaculares) y espectáculo constante. Velada redonda, pues.


- La web de la filmoteca

- Y el desastre del Hindenburg

También los suecos se encoñan

Harry, un joven no muy trabajador pero sí buen chico conoce a Mónica, explosiva verdulera que gracias a sus atributos y la generosidad con la que los reparte goza de inmensa popularidad en el barrio. A ella le gusta la inocencia de él; a él, casi todo de ella (lógico: está tremenda). Se enamoran, víctimas de su juventud deciden abandonarlo todo y huyendo en una barca disfrutan de todo un verano de naturaleza idílica. Las circunstancias les terminarán devolviendo a una vida más "real".

Superados los ochenta y cinco años Ingmar Bergman acaba de estrenar en España Saraband, su última película, motivo suficiente para repasar sus mejores obras. La primera del ciclo es Un verano con Mónica, rodada en 1953 y con la que llamó a las puertas del público internacional, algo nada extraño ya que es ágil, juvenil, amarga y muy sensual. Pasadas cinco décadas cuesta encontrar películas con la frescura de estas imágenes en sobreexpuesto blanco y negro del que debe ser hermoso verano nórdico.

Retomando la repetida (también en la vida real) historia de la mujer y el pelele Bergman nos engatusa con el entusiasmo, la espontaneidad y el ansía salvaje de vivir de Mónica, enamorándonos así de ella (él, directamente, tenía un lío con la actriz) y metiéndonos en el pellejo del novio, que bebe los vientos por y babea con ella. Eso en los buenos tiempos, porque luego septiembre pasará factura por disfrutar de tan envidiable verano. Eso sí, ni misoginia ni crueldad innecesaria, sino la simple constatación de que los excesos suelen terminar pagándose, y liarse la manta a la cabeza provoca ceguera. Pero que a Harry le quiten lo bailao, que encima era en un camarote y mecido por las olas.

De las virtudes de Un verano con Mónica habla, por ejemplo, que encantara a Truffaut: fascinado por la hembra y la película homenajea a ambas en sus 400 golpes, donde el niño Doinel roba un cartel que muestra a Mónica- Harriet Andersson como dios (y Bergman) la trajo al mundo. Tampoco es descabellado afirmar que Un verano con Mónica tiene algo que ver con el escenario, fotografía y torridez de otro estupendo debut: el de Polansky y su Cuchillo en el agua.

Mañana en el TongoSofía

Pocos gremios me infunden tanto temor y transmiten tanta incomodidad (castigado como está por las almorranas) como el de los vigilantes de exposición de un museo. Casi siempre son mujeres, y exhiben el turbulento viento del aburrimiento y el odio. Parecen profesoras amargadas, ansiosas por regañarte a la mínima oportunidad: que por qué te acercas tanto a este cuadro, que por qué permaneces tanto tiempo delante de él... Eso sí, luego nunca pillan al que ha hecho la foto con flash o a los que se te cruzan delante cuando contemplas obnubilado un lienzo. En general, me da casi el mismo pavor mirar sus agresivas caras como alguno de los cuadros que las rodean.

Exposición temporal: descubro a Palazuelo, Pablo. Pintor y escultor madrileño, de 87 años, abstracto. Para variar, me gusta. Bueno, su escultura no demasiado: son como Playstations deformadas, laberintos metálicos que no me hacen sentir nada. En cambio sus cuadros, al menos algunos de los expuestos, me encantan. El que más se llama Dream V: una elipsis roja sobre fondo azul. Una nota musical deformándose, una melodía circular y biológica. También me gustan De Somnis Azul y Negro (¿viejas en procesión? ¿cuchillas de afeitar que quieren ser abrelatas antiguos y oscuros?). La mezcla de colores, la tridimensionalidad que consigue. El último a destacar: De Somnis LXIII (diablos bailando sobre una niebla lumínica, puntiagudos trazos, afiladas estelas de rojo, un grito, un eslogan político de entreguerras). Lleva haciendo cuadros desde 1930, pero aquí sólo muestran sus últimas obras. Admirable la energia del viejo: me lo quedo.

Dos exposiciones temporales para rellenar (nunca mejor dicho) el edificio Nouvel, la ampliación del Chusta Sofía. "El arte sucede. Origen de las prácticas conceptuales en España (1965-1980)" es la primera. Fotografías, instalaciones, dibujos, esculturas, libros, vídeos y scubidubidú. Entretenida, sin más. La otra: 'Las tres dimensiones de El Quijote. El Quijote y el arte español contemporáneo'. Inaugurada por la ministra, organizada por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) y en conmemoración del centenario del pobre Quijote. Ni hablar de esta porquería.

Y vamos a la "Indignación", centrándonos en la ampliación del museo. No entro en juicios estéticos, al menos no más de lo necesario: me gusta. Ahí termino. Recorro todo lo nuevo. Primero: la tienda. Es muy grande, tiene muchos libros y todos están a un precio desmesurado. Cuestan alrededor de un cincuenta por ciento más que el mismo ejemplar en la FNAC. Eso sí, hay muchas mariconaditas para turistas. Aguante la cultura. Después: la biblioteca. Muy bonita, de madera, pero también prima el continente sobre el contenido. Mucho material, pero no el que cabría esperar en un presunto templo del saber como este. Menos archivo audiovisual que la orquesta Bella Época, primer grupo sinfónico formado por enanos que cantan en español. Algo muy indignante: puede entrarse con ordenador portátil, ¡pero no hay conexión a internet! Ni wifi, ni wireless ni pollas en vinagre. El templo de la cultura no tiene acceso al universo del conocimiento. Se lo pregunté a una de las dos chicas que llevaban el chiringo y era como si la hubiese preguntado si prefería el bañador o el bikini: me miró alucinada. Ni sabía de lo que la estaba hablando. Cojonudo.

Sigamos con la cultura: al restaurante, casi tan importante, si no más, que la librería. Los precios son igual de indecentes, y el ambiente de una frivolidad y pretensión tremebundos. Como soy niño inocente me queda el consuelo del paisajito, porque según dicen hay una terraza gigante y altísima desde la que divisar Madrid (y, por ende, la ropa interior de mis vecinas de enfrente, que supongo tenderán en la azotea). Busco la terraza por todos lados y termino preguntando a una trabajadora: me confirma que está cerrada, que sólo la abren para grandes acontecimientos. Que vaya alguien que paga madrileños impuestos, españoles impuestos, y encima la entrada de tres euros no es, obviamente, un gran acontecimiento. Me caliento, y me voy tan ofendido que ni valoro la futurista y atrevida techumbre que cubre el patio central, ni la majestuosa integración de la metálica propuesta de Nouvel en el castizo paisaje. Más bien me cago en la puta madre de todos, empezando por la que da nombre a este invento y terminando por los farsantes que nos siguen vendiendo estas ridiculeces como la solución a los males, físicos y espirituales, que asolan este sacrosanto país.

23 noviembre, 2005

Cambiando con Celine y Jesse

En 1995 me enamoraba locamente de una loca, hacía mi primer interrail y no tenía la más puta idea de lo que sería mi vida. Nueve años después, en 2004, no creía ser capaz de volver a enamorarme, la edad no me dejaba emprender otro interrail y, eso sí, seguía sin tener puta idea de lo que sería mi vida. ¿Son muchos o pocos cambios? ¿Es tan radical subir de la segunda a la tercera planta? Contemplando nuestros 30... ¿Qué vemos? ¿Vergüenza, nostalgia, envidia, arrepentimiento?

En 1995 se estrenaba la independiente Antes del amanecer, dirigida por Richard Linklater e interpretada por Ethan Hawke y Julie Delpy. La vi entonces y me encantó, sobre todo por la proximidad entre lo que se contaba y lo que yo pretendía vivir: dos jóvenes que viajan por Europa se conocen, se enamoran y han de separarse, pudiendo disfrutar el uno del otro durante apenas un día en el que pasean por Viena. Un argumento que, si bien en otras manos podría haber sido un bodrio, aquí no lo era en absoluto: no había final feliz sino abierto al gusto de cada uno, los protagonistas no eran descerebrados y puritanos ñoños sino jóvenes inexpertos pero sedientos de sabiduría. No había éxitos pop ni guiños al merchandising: la música sólo era protagonista durante una preciosa escena y la abundancia de diálogos, tan espontáneos como extensos (e interesantes) lo convertían en un film difícil pero atractivo.

Nueve años después, y en gran parte por el interés de Hawke y Delpy en retomar unos personajes que les habían dejado marcados, se rueda Antes del atardecer, que sitúa la acción también nueve años después, estableciendo un paralelismo entre lo irreal -la historia y sus personajes- y lo real, los actores y el espectador. Todos somos así partícipes, de algún modo, de este segundo film: una complicidad que no se ve traicionada por el resultado final que, a mi gusto, es todavía más satisfactorio.

Jesse y Celine han cambiado como cualquiera. Su transformación nos suena: tratan de mostrarse menos románticos, pero siguen deseando con desesperación amar y ser felices; para ello han recorrido los caminos más habituales, estabilidad e hijos o promiscuidad y búsqueda. Pero, por encima de todo, han seguido recordándose el uno al otro, su truncado amor, su fallida cita... Y parecen haber llegado a una conclusión común: son su gran oportunidad.

Disfruté viendo las dos seguidas. Es maravilloso ver como los cambios físicos de los personajes son igualmente palpables en sus gestos, sus palabras, sus anhelos, esperanzas y fracasos. Pero lo que distingue a estas dos deliciosas películas es que convierten la pantalla en un espejo perfecto: a través de ellos, a través de Celine y Jesse, también uno se recordaba y reencontraba con el de hace una década, y trataba de adivinar en qué se ha convertido ahora.


- Simposio de un enorme cineasta

- Delpy estaba mucho más guapa...

- ...y Ethan Hawke mucho más viejo

20 noviembre, 2005

No te mueras nunca, Andy

Asistir a estas alturas a un concierto de Calamaro es un evidente riesgo. Devastado por los excesos podía regalarnos (al precio de 27,50 euros) un lamentable espectáculo: como artista total que es no distingue la vida privada de la profesional, y la visita a sus colegas madrileños podía concluir en un escenario en forma de desastroso concierto, borracho, drogado o ambas cosas a la vez. En su último disco, 'El regreso', canta peor que nunca, pero al menos se le intuye de buen humor. Conclusión: había que ir a verle. Es como el amigo crápula con el que uno siempre pretende quedar, aunque te dejes fortuna invitándole a cubatas.

La cita no era en un prostíbulo sino en el Palacio de los Deportes, ese que iba a usarse en 2012 (eso sí que era un prostíbulo). Quemado hace unos cuantos años y reconstruído después, lo han hecho 'a la americana': tiene capacidad para casi quince mil espectadores y unos lavabos feísimos. No cabía ni un alfiler: ni en las gradas ni en la pista ni en los baños. Y en todos los lados olía a canuto que daba gusto. Emociona ver cómo Calamaro sigue moviendo a las masas, más que nunca, y éstas siguen moviendo deditos para armar porro tras otro. Sumémosnos a las masas, pues...

Ubicado estratégicamente en el medio de la pista, tapando con mi desmesurada cabeza la visión de siete u ocho mil personas, contemplé como Calamaro se situaba en el escenario. Dejó la heroína y la cambió por la harina, dejó los cannabidoles por ricos profiteroles. Sus mofletes lo demuestran. Al teclado, apenas se mueve, pero no hace falta: lo hace su lengua por él. Es sospechoso de llevar peluca: no puede ser que siempre, siempre, tenga el mismo pelo, la misma longitud, exacta forma de llevarlo despeinado. A diferencia de en sus peores tiempos con Los Rodríguez no paró el concierto cada diez minutos para empolvarse la napia, ni confundió las letras de cada estrofa ni unas canciones con otras. Estaba de lo más centrado, y parecía emocionado por seguir vivo, cantando en Madrid ante una multitud entregada. Grande, Calamaro, grande...

Musicalmente fue una delicia. Salvo temas prehistóricos, maravillosos y desconocidos aquí de la época de Los Abuelos hizo un repaso completísimo a su carrera, con dos grandes noticias: apenas destrozó dos tangos y sólo sacó a un invitado, el Niño Josele. Unificó ambos hechos cantando con él, en el peor momento de la noche, que también fue aprovechable para armarse unos canutos. Una vez desalojado el Niño del escenario (al que, afortunadamente, no se permitió acceder a gente como Sabina, Jaime Urrutia, Ismael Serrano o alguno de los muchos amigos que Andy conserva en Madrid) el recital remontó el vuelo, que duró más de dos horas. Sonaron todos sus himnos (ojo, tiene muchísimos) y, en un arreón final que dejó a todos exhaustos, recuperó los temas más bullangueros de los Rodriguez y una versión rockanrolera y gloriosa del Alta Suciedad. Rocé el infarto de miocardio bailando con mi habitual arritmia y escasísima gracia. Me lo pasé como Dios.

En resumen, Andy's live, sigue vivo y coleando. Es lo más grande que hay. Ahora que empiezan a derrumbarse los mitos de la juventud (Sabina está agonizante, Kim Basinger arrugadita y Carlota de Mónaco no sale por Lavapiés) es una alegría total recuperar a uno que parecía calcinado.

Así que no te nos mueras nunca, rey.

19 noviembre, 2005

La Mágica Reencarnación

Una de las mejores películas de la cartelera actual, Match Point, construye su apasionante trama sobre un eje básico: la suerte, muchas veces por encima del talento o del trabajo, termina dictando la historia. ¿Qué hubiera pasado si, cuando asumió Laporta, hubiese venido Beckham en lugar de Ronaldinho? Quizá su "círculo virtuoso" sería hoy la imposible y ridícula búsqueda de la cuadratura del círculo.

Se acabó la pesadilla
¿ Y Rijkaard? Con su mediocre currículum en los banquillos tampoco era el elegido. De firmar Hiddink, la primera opción, ¿jugaría el Barça como lo hace ahora, o sería un híbrido mecanismo repleto de australianos y coreanos en lugar de negras gacelas? El plan inicial de Laporta se vino abajo para dejar paso a otro, tan improvisado como afortunado. ¿Ven cómo la suerte también decide la historia?

Suerte la de ser hoy aficionado del Barça, que una década después de la muerte del Dream Team (Atenas 1994, la paliza del Milan) se deleita con un equipo de ensueño. De gusto tradicional por el futbol exquisito, más acostumbrados a jugar bien y perder que a lo contrario, ni siquiera los culés eran felices con las gélidas dos ligas de Van Gaal, o al menos no más que con el enloquecido y anárquico equipo de Ronaldo y Robson. Ahora lo tienen todo: fútbol de ensueño (el más idílico y brillante de Europa) y lo más parecido a una maquinaria, pesada y pensada, para fabricar victorias.

Heredado y herederos
Dicen que, en el fondo, todo está ideado por Cruyff. No hay duda de que se le parece: constantes rotaciones de los puntas, extremos que abren el campo e intercambian posiciones, falso delantero centro, la pasión por el pase interior, por los rondos... El romanticismo ha vuelto, aunque un Rijkaard menos prepotente y engreído que Cruyff haya añadido un poco más de equilibrio, de solidaridad, quizá hasta algo más de carácter. Cruyff terminó peleándose con Laudrup, Romario o Stoichkov. La aterciopelada fuerza de Rijkaard, el doble y efectivo rasgo de su carácter, es saber inculcar paternal disciplina en los jóvenes Eto'o, Ronaldinho o Messi.

El grito de Bakero parece tener eco en Deco, como la vehemencia de Stoichkov se adivina, con algo más de inocencia y juventud, en el príncipe camerunés Eto'o. Puyol, con más pelo y cintura que Koeman, también es un baluarte, y hasta la frágil figura del narigudo Giuly tiene un algo de Beguiristain. El cerebro que le sobraba a Guardiola lo transporta Xavi, cubierta la espalda por Márquez, y las suicidas acometidas de Beletti o Gio recuerdan, más finas, a los aguerridos tiempos de los mejores Sergi y Ferrer. No hay duda: Iniesta habría sido mimado por Cruyff y éste, a regañadientes por robarle algunos focos, hubiera terminado dando la alternativa a Leo Messi. ¿He dicho Maradona o Messi? Quizá el eslabón perdido en la historia azulgrana, el genio argentino, sea la definitiva reencarnación de esta reencarnación mejorada.

- Lo mismo, en Terra

La madrastra de Blancanieves

Ahora suena a perogrullo, pero había quien hace unas horas reía al oir que Eto'o, Ronaldinho y Messi son mucho más que Ronaldo, Zidane, Raúl y Robinho. ¿Por qué lo hacían? O por estar de acuerdo, y ser culés, o por incredulidad, fruto de una clara desconexión con la realidad del fútbol moderno.

Intercambio de desgracias
Bastó que la realidad pusiera a cada uno en su sitio, y que lo hiciera en el teatro más concurrido, el derby en el Bernabéu. Pero pasó: el fútbol es azulgrana. Nunca se vio más decadente a Zidane, más fuera de forma a Ronaldo, más lejos de los elegidos a Raúl. No es un mal individual: nunca se vio a un Madrid tan inferior, como nunca se vio al coliseo blanco aplaudiendo a un azulgrana.

Igual que un día la desgracia cegó al Barça, regalándole como presidente a un incapaz cuyo nombre no merece repetirse, la negrura cambió más tarde de acera y decidió opacar al Madrid. Y lo hizó con tres o cuatro gestos fulminantes, alevosos, decisivos. Se pensó que Del Bosque era innecesario, que Hierro estaba de más, que Beckham era más rentable que Ronaldinho y que Makelele era un patán prescindible. Eso y otras cosas fulminaron al equipo. Ojo: después de éste el fulminado suele ser el club. ¿Qué pensarán Florentino, Butragueño o Sacchi? ¿Buscarán culpables? ¿Habrá por la Castellana espejos?

Jugar, ganar... Soluciones
Que no se engañe a la gente: no son la Juve. Por su afición, por su personalidad, el Madrid o el Barça tienen sólo un camino directo, un atajo hacia la gloria: jugar bien. A día de hoy sólo uno parece entenderlo, y por eso se ha convertido en el mayor poder ofensivo de Europa. El otro sigue sin tomar medidas, acumulando parches, estrellas ficticias y prematuras, o jugadores dignos pero no líderes que reviertan un destino. Apelando a una presunta e irreal efectividad, a la pegada, al ya terminarán jugando, hace mucho que el espectáculo no se viste de blanco.

¿La solución? No ampararse en "la plaga de lesiones", en que "hacen falta más fichajes" o en que "con estos jugadores al final se ganará". Son nombres, pero no hombres: es un equipo descompensado, pensado con los pies y con las piernas de plomo. En cuesta abajo, un desastre. Y que no se engañen los madridistas acérrimos: no se arreglará por inercia. Se quedará segundo, o tercero, y parecerá que más o menos se cumplió por entrar en Champions, pero será otro año en blanco. ¿La solución? Empezar de cero. Cambiar todas las piezas: desde las intocables (¿en qué otro equipo del mundo sería titular Raúl?) hasta las más recientes (¿está Robinho como para pedirle milagros?). Una catarsis que parece imposible en alguien como Florentino pero, que de no producirse, terminará llevándoselo también por delante.

- Dando caña en otro sitio

La velocidad, el auditorio y los medios

Además de por su contenido, agradan los nombres de los libros de Kundera: La lentitud es el último que he leído. En una sola palabra condensa una de las grandes obviedades del siglo XX, ese en el que tanto cuesta ubicar su escritura: la velocidad de este mundo moderno es una simple receta para olvidar lo que nos rodea. ¿Es posible recordar lo que presenciamos fugazmente, a lo que no prestamos más que décimas de segundo? ¿No es sinónimo de reflexión, de memoria, la contemplación, la pausa? Desde esa sencilla premisa Kundera construye un sencillo y ameno relato, dividido en tres partes que se superponen y complementan.

El punto en común es un pequeño y apartado hotel francés al que acuden a descansar el propio Kundera y su esposa (es una de las primeras obras del escritor checo escrita directamente en francés). Es un palacete del siglo XVIII reformado, y su larga historia provoca fantasmas y ruídos en la mente de Kundera. En la cama, su imaginación y sensibilidad recrean otros dos momentos históricos: uno novelístico, coetáneo de Filosofía del Tocador o Las amistades peligrosas (dos obras por las que manifiesta una gran admiración); el otro más reciente, recrea unos disparatados sucesos en un congreso de entomología tras la caída del Muro de Berlín.

Como de costumbre las historias de Kundera, además de amenas, difunden algunas de las obsesiones de su autor. La más recordable, además de la ya mencionada sobre la necesidad de olvidar y la pasión actual por lo pasajero y fugaz, es la que gira en torno a "los bailarines": la actitud de políticos, pensadores o cualquier figura pública respecto a los grandes problemas frente a medios. ¿Han de manifestarse? ¿Cómo? ¿Son realmente honestos, se limitan a decir lo que se espera que digan, tiene algún sentido hacerlo?

El libro, breve, pasa por otras grandes preocupaciones humanas. Sorprende la densidad al tratarlas; la exactitud de, con la mínima cantidad de palabras, repasar asuntos para los que otros necesitan discursos. También su habilidad una vez más para adentrarse en la mente de sus personajes y, con mucha más visibilidad que en otras ocasiones, su sentido del humor, que aquí aparece en forma de situaciones ridículas, paródicas, humillantes. En definitiva, un libro que se lee en pocos días, que nos recuerda incertidumbres cotidianas respecto a las que podremos estar en desacuerdo pero que, al menos, nos incitará a preguntarnos, lo que ya es suficiente tesoro.

17 noviembre, 2005

Allen se reinventa

¿Qué le falta a Woody Allen para ser considerado el mejor cineasta en activo del mundo? Quizá que los que le encierran en lugares comunes ("no me parece gracioso", "siempre está contando lo mismo" o "me aburre, no lo entiendo") se limiten a volver a ver sus películas. Hallarán gags inagotables y extraordinarios (Bananas, El dormilón, Broadway Danny Rose), historias íntimas y románticas (Manhattan, Annie Hall, Zelig) o acidez, inmoralidad y un juicio severo pero comprensivo sobre los seres humanos (Delitos y Faltas, Poderosa Afrodita). Ejemplo máximo de estas últimas es Match Point; probablemente, la película más dura de Allen.

La trama, de la que es mejor no descubrir casi nada (sorpresas, trampas, pistas, despistes lo obligan) gira en torno a una certeza: la suerte, por encima del talento o el trabajo, marca la vida. Para demostrarlo expone el ascenso social de un joven profesor de tenis, más arribista que estilista, más voleador que jugador de fondo de pista. El chico es guapo, mentiroso y sin escrúpulos; imprescindible para triunfar en la vida pero a lo que sumar algo más: la suerte. Hasta el final no sabremos si la pelota cae de su lado.

Más proclive a la narración clásica que a piruetas experimentales (aunque Melinda y Melinda recientemente, o Zelig, hace veinte años, lo desmienten...¿ven que su cine es del todo inclasificable) Allen usa escrupulosamente el "planteamiento, nudo y desenlace", lo que propicia una tensión creciente pero también un arranque algo frío. Sorprende que ese planteamiento le exija más tiempo del acostumbrado (cuando la brevedad es, en Allen, una -afortunada- constante), debido a repetir algunas escenas que o bien explican lo ya explicado o sugieren lo que sólo son despistes. Problemas que, de todas formas, se acaban pronto, hasta que se precipita la acción. Es entonces, a partir de un momento decisivo, cuando la historia se lanza de modo frenético, con una tensión que enerva al espectador, ansioso por ver cómo terminará resolviéndose. ¡Y cómo lo hace! De forma tramposa pero soberbia, con el sabor de los grandes finales de las más grandes películas de este tipo (Téstigo de cargo, por ejemplo).

Match Point es así una cumbre en el plano cine actual. Es una cumbre de amoralidad: es perversa y abyecta, de maldad clásica, que como la literatura galante no oculta su admiración por la mentira, el engaño o la traición, "bellas artes" de esa especie de ópera que es la vida. Pasará también mucho tiempo hasta volver a presenciar un crescendo dramático comparable al de la última parte del film. Y, dentro de un reparto excepcional, será imposible no detenerse en Scarlett Johansson, quizá el animal cinematográfico más hermoso del planeta. Borda su papel de mujer fatal, de mujer engañada, de mujer histérica y de mujer deseable. Lo borda todo. Le da a la película la densidad del mejor cine negro, la desesperación del thriller sentimental, la tersura que hace entender el querer naufragar a su lado. Woody Allen, que no es tonto, ya rueda con ella su siguiente proyecto. La buena forma de ambos hace albergar la mayor expectación.

14 noviembre, 2005

Su rollo es el rock

Dije que Spy Kids era una de las películas más divertidas de los últimos años: estuvieron a punto de ingresarme en un hospital por meningitis. Afirmé que Zoolander era la comedia de la última década: se comentó que mi videoteca estaba repleta de mierda. Pues ahí va mi último "descubrimiento": School of Rock. Si tuviera hijos (el cannabis y el onanismo lo ponen cada vez más difícil) se la pondría cuatro veces por semana. Me gusta como película, como divertimento y como mensaje filosófico- vital. Espero insultos...

School of Rock cuenta la llegada de un perdedor (gordo, rockero, rebelde) a un pijo colegio yanqui, donde dará clases a críos de diez años suplantando la identidad de un amigo profesor. Primero lo hace con apatía, esperando simplemente cobrar el cheque, pero pronto pasa a la acción impartiendo originales lecciones relacionadas con el rock y la rebeldía. ¿Es un ídolo, un modelo? Todo lo contrario. Es mentiroso, egoísta y pueril. Pero su fe en la verdad que proclama terminan haciéndolo querible por niños y espectadores.

La película tiene todas las papeletas para ser pasto de prejuiciosos. 1) Está protagonizada por niños; pero para variar estos no son ni repipis ni monísimos. Aunque es cierto que responden a arquetipos (la redicha, la gordita, el revoltoso) son de buen corazón, creíbles y pronto se les coge cariño. 2) La presencia constante de Jack Black. Sí, sobreactúa, pero creo que su personaje lo justifica. Es un fanático de la música, una mala copia de las estrellas del rock cada segundo del día. Eso hace más comprensibles sus constantes payasadas (más de niño grande que de adulto insoportable). 3) Este tipo de películas suelen ser facilonas, ñoñas y conservadoras. Pero School of Rock vomita subversión: lo más importante de la vida no se aprende en el colegio sino escuchando a melenudos drogones. Los padres son descerebrados miopes que sólo saben exigir y presionar a sus hijos. Y el rock, el gran rock, es la única forma de combatir al 'Gran Hombre", ese que representa a todos los mandamases del mundo. Para ser una película para niños...¿es atrevido, no?

Dirigida por Richard Linklater (un director más que interesante), la película pasó por España sin pena ni gloria. Cosas como que el cantante de El canto del loco doblase a Jack Black (no comment) la destinaron al público adolescente, lo que además espantó al espectador más 'rockero'. Pero, dejando aparte prejuicios, derrocha gran música, buen humor y rebeldía juvenil. Aunque también es posible, por supuesto, que todo lo que me gusta sea mierda... ¿Y?

11 noviembre, 2005

Esperando el autobús

Todas las mañanas aguardo, en una calle que va a desembocar en la gloriosa y florida glorieta de Cristo Rey, en los aledaños de Moncloa, el autobús de empresa que me lleva a mi adorado trabajo. Como siempre pasa a la misma hora tengo identificada a una serie de personajes con los que, aunque jamás haya hablado, presiento tener muchas cosas en común. Siempre que llego los hallo(supongo que salen con tiempo, por si se pierden): son tres jóvenes retrasados mentales que, bulliciosos y siempre bien abrigados, esperan a que pase "la ruta", como ellos la llaman, que les transportará a algún lugar que desconozco (son demasiado mayores para ir al colegio, demasiado disminuidos para trabajar y demasiado europeos para ser mandados a algún campo de exterminio). Dos de ellos usan gafas, portan enormes mochilas y tienen muy despierto el instinto sexual: desbocados, babean al paso de las quinceañeras, sonrojando a más de una con sus groseros piropos. No dudo de que se masturbarán doce o trece veces al día recordando sus curvitas. El tercero, que no tiene gafas pero a cambio es calvo, se parece mucho al humorista (no descarto que sea él mismo) Santiago Urrialde y dice que tiene novia, que es sorda y que le quiere un montón. De los tres, es el más maduro y menos bandarra; a los otros sólo la deficiencia mental los aparta de la delincuencia. Son dos auténticos maleantes.

Un día, nacido con la misma algarabia y entusiasmo que cualquiera, los muchachos me regalaron una escena deliciosa y sorprendente. Mientras llegaba su autobús dos de ellos, por supuesto los de gafas, se empezaron a pegar. Todo se desarrolló a toda velocidad, sin previo aviso, cómo llegan estas cosas. Yo, sentado en la parada del autobús municipal, leía algo de filosofia alemana, conductivismo me parece recordar. No les había prestado demasiada atención -como hacemos, equivocados, con todo lo cotidiano-, pero provocó mi interés el notar que su conversación iba subiendo de tono, acallando las bocinas y motores del enésimo atasco en Madrid. Ahí levanté ya la vista: echando casi espumarajos por la boca, colorados como veraniegos tomates, discutían sobre una reyerta vivida durante la tarde anterior. Por lo que pude comprender (su vocalización, ya de por sí mediocre, empeoraba por la tensión del momento) uno de ellos no le había dejado la videoconsola portátil al otro, y además no le hacía caso. No era difícil, para alguien sensible como yo, que ha oído muchos discos de Victor Manuel, intuir que no sólo clamaba por compañía, por amistad, sino también por amor. Cuando pensaba que se iba a derrumbar y confesarle su aprecio, lejos de pegarle un abrazo le metió un empujón desmedido, al que el otro respondió enrabietado. Sus movimientos eran estrepitosos: entre que no tienen demasiado equilibrio, debido a su escasa expresividad corporal, y el peso de las mochilas, en las que deben de cargar piedras para que se mantengan en forma, dibujaban en la acera figuras rocambolescas como en un cuadro de Goya. La disputa pasó al nivel "pelea barriobajera" cuando el más alto, el empujado, el que pasaba del colega y no le dejaba la consolita, arreó un puñetazo al otro. Lejos de amilanarse, éste le respondió, produciéndose un intercambio de golpes realmente de lo más curioso: no había contras, ganchos, uppercuts ni escurridizas esquivas, sino puños lanzados fáciles de prever, con los brazos extendidos y una nula precisión.

Los estímulos aversivos, que generan gran cantidad de condiciones corporales sentidas u observadas introspectivamente, son estímulos que funcionan como reforzadores cuando se les reduce o se les extingue. No lo digo sólo yo, sino también B.F. Skinner cuando habla de comportamiento oerante. Bastante interesante, sin duda, pero de muy poca utilidad en la situación que en ese momento vivía. Los dos muchachos se zurraban de lo lindo, en cualquier momento iban a alcanzarse las gafas y, por tanto, la posibilidad de que hubiera cristales rotos y la cosa terminara en sangre crecía peligrosamente. Aunque soy de naturaleza tranquila, el momento no propiciaba la relajación y el buen rollo, por lo que nerviosamente miraba a mi alrededor para encontrar a alguien que pudiera ser de ayuda. Un equipo completo de fútbol americano, el bedel de algún manicomio, un árbitro de boxeo... Búsqueda infructuosa: aunque acompañado por dos o tres ciudadanos con aspecto de personas decentes, ninguno respondía al perfil que precisaba. Una mujer de aproximadamente 62 años y cuatro meses, con síntomas de osteoporosis, miraba hacia otro lado, fingiendo un inaplazable interés por la red de transportes de Madrid que colgaba de la marquesina. Un oficinista, de mediana edad y pelo bien peinado y cano, consultaba con detenimiento su agenda, en la que podía adivinarse sólo una cita a las doce de la mañana emplazándole a desayunar. La tercera ciudadana no disimulaba; es más, ni se había apercibido de lo que estaba ocurriendo. Mientras su mano izquierda peinaba una y otra vez el largo flequillo rubio, haciendo sonar todo tipo de abalorios y pulseras, con velocidad de vértigo su mano derecha tecleaba mensajes por el teléfono móvil (de antepenúltima generación; no era descabellado pensar que el de ultímisima lo tenía su padre, y el que antes usaba éste, su madre. Los móviles, al igual que la estupidez, se van transmitiendo así en el seno de las buenas familias). En resumen, era una niñata pija y alejada de la realidad: nadie más que yo, pues, se sentía afectado e impotente ante tan aterradora escena.

09 noviembre, 2005

Títeres sin cabeza

Sorprendía y, en una primera visión, era muy graciosa, pero South Park no me interesó en absoluto. Además de porque no me gusta la tele (me pierdo cosas muy buenas, dicen, pero estadísticamente creo que termino ganando), porque me aburro cuando las salvajadas y la incorrección política son lo único en una historia. Pese a todo vi "South Park la película", y me gustó: no añadía mucho pero tenía gags divertidos, canciones divertidas, y ver a Sadam dando por culo al diablo era también divertido. Con lo fumado que estaba, creo que hasta ver a la selección española de fútbol me lo hubiera parecido.

Así que con más curiosidad que fe veo Team America, de Trey Parker y Matt Stone, los creadores de los dibujitos. Y me ocurre más o menos lo mismo: que me río durante los primeros quince minutos gracias a las burradas mostradas, y los fondos y las marionetas (más lo primero que lo segundo) me atraen estéticamente. El arranque es potente, pero pronto la historia denota haber sido escrita por un niño de seis años. Que una película pretendidamente adulta contemple el mundo con esa miopía me asombra; el cinismo con el que lo pone en práctica, directamente, me indigna.

Disfrazada de película crítica, es maniqueísta y tramposa. Ridiculiza a la izquierda norteamericana, o a lo poco que queda de ella, situándola junto a dictadores asesinos y sangrientos. Todos los que mueren en el film son terroristas o actores, estos últimos aniquilados con un sadismo indignante. Pero los políticos, los auténticos responsables de todo lo que cuenta la peli, salen indemnes. No muere Bush, ni Blair, ni Fidel Castro ni Sadam. La simplificación de la trama evidencia que la violencia es la única vía para solucionar los problemas. Chapó pues, Parker y Stone, más fascistas y reaccionarios que nadie.

Como resulta ridículo criticar la ideología de algo tan descerebrado, decir que para colmo es aburrida, a menos que uno se tronche viendo vomitar durante varios minutos a un muñeco o escuchando groserías sin sentido. Por supuesto hay chistes logrados, bromas simpáticas, alguna canción brillante, pero son tan pocas que hasta Parker y Stone las subrayan repitiéndolas a lo largo de la peli, quitándoles así su gracia.

- Página oficial del engendro

- Parker & Stone se defienden

08 noviembre, 2005

Autonegación del Yo

De Houellebeq se dice que es uno de los escritores actuales más interesantes. Sin conocerlos a todos, me parece fascinante. Es también común considerar su segunda novela, Partículas elementales, mejor que la anterior, Ampliación del campo de batalla. Sustituiría "mejor" por más completa, ambiciosa y extensa. Por último, es también despreciado por reaccionario, fascista o repetitivo. ¿Reaccionario? No: critica los avances de la sociedad occidental limitándose a reflejar los desastres producidos por el cambio de costumbres. ¿Fascista? Reniega de la bondad innata en el hombre, al que considera un animal maligno, profundamente imperfecto y apenas controlable bajo una estricta ley. Y lo hace sin casarse con nadie, con golpes para toda ideología y, en especial, no ideología (el consumismo actual, por ejemplo). ¿Y repetitivo? En absoluto. Aunque crítico y destructivo, también busca una salida, y su primer paso es desvelar los temores, esperanzas y frustraciones de aquellos que le rodeamos. Además, sus seres no siempre se quedan estáticos sino que tratan de respirar; cuando la realidad les asfixia Houllebecq les propone nadar en la ciencia ficción. ¿Entonces' Inclasificable, único y, pese a la amargura de sus palabras y lo fúnebre de sus conclusiones, lleno de lucidez y vitalidad.

Ambientada hace unos cuarenta años, la primera parte (llamada El Reino perdido) nos presenta a Bruno y Michel, hijos de distinto padre y abandonados por una madre común que prefirió el hippismo y la eterna juventud antes que ocuparse de ellos. A diferencia de "Ampliación" no habla de la niñez como una etapa feliz, sino como un tránsito de (de)formación en el que la maldad humana se desboca, merced a unas reglas más relajadas, trayendo la constante humillación del débil. Aunque duro, el autor alcanza su máximo esplendor humorístico, gracias a su capacidad, una vez más, de hacernos carcajear ante las patéticas decisiones de los protagonistas. Su virtud, sin embargo, es que no sólo reímos, sino que siempre nos vemos identificados en ellos, sabedores de que nuestras miserias tienen que ver con las suyas.

La segunda parte (Los momentos extraños), destroza el hippismo y la revolución sexual, con sus avances como el amor libre, el consumo indiscriminado de drogas o la particular interpretación que otras generaciones llevaron a cabo de las filosofías místicas y orientales. Además de considerar que esa presunta "espiritualidad" hizo al hombre más egoísta y, en realidad, anuló definitivamente "el alma" por lo material, se centra en la figura de Bruno, obsesionado por el sexo, eternamente insatisfecho y sometido a periódicas crisis mentales. Pocas veces vimos una crítica tan descarnada a ese periodo presuntamente "feliz" de occidente, ahora añorada pero, según el autor, la lluvia que ahora nos hace sufrir tanto lodo.

El último tercio del libro (Emoción ilimitada) describe los desolados efectos de tanta batalla anterior. Transcurre en la actualidad, y muestra como la felicidad del hombre, al menos del hombre de Houellebecq, está condenada a morir: la enfermedad, la debilidad, la soledad o el dolor acostumbran a dirigir al suicidio. La madurez trae amores que, aunque dignos, siempre serán disfrutados por condenados a la frustración. La pasión habrá muerto, dejando el calcinado despojo de la compañía mutua. Las heridas no se curarán; con suerte, serán lamidas y compartidas por otro. Pero el otro hermano, Michel, sacará de su raciocinio, que a veces parece vestirse de resignación, un milagro. Y a partir de su pesimista lucidez se nos aparecerá la luz.

Como partículas elementales que somos, sólo la biología y la genética nos traerán felicidad y plena realización. ¿Felicidad y realización en un libro de Houellebecq? Mejor no adelantar el cómo. El arriesgadísimo y desorbitado final es, sólo, un merecido y discutible postre de un libro desmesurado y genial. Ahora, a por 'Plataforma'.


- Entrevista al autor

- Mucho más de la novela

- Yo y el campo de batalla

- Enredado en Houellebecq

Los niños terribles

Kit tiene veinte años, es basurero y se parece a James Dean. Holly tiene quince y es huérfana de madre, hija única y poco popular en clase. Se enamoran, matan a una decena de personas (la primera, el padre de ella) y se entregan a la policía. ¿Qué pretenden? ¿Qué viven durante esos diez días? ¿Cómo recordarán, años después, ese enloquecido romance? Arthur Penn (Bonnie & Clyde), Oliver Stone (Asesinos Natos) o Tony Scott (Amor a quemarropa) dieron su punto de vista. Terence Malick, el suyo: Malas tierras.

Kit mata para ser alguien y dejar huella en el mundo. Sin educación ni oficio, es el único pasaporte a la posteridad. Holly le sigue porque es su primer amor, porque está aburrida de jugar con su perro, de estar sobreprotegida. Ambos son solitarios que encuentran cariño y admiración en el otro. Kit: "quiero que una chica grite mi nombre al morir". Holly: "Quiero sentirme importante cogida en los brazos de alguien".

Dos niños que juegan a huir y huyendo y jugando matan. El viaje lo cuenta Holly, con una distante y desapasionada voz en off que tiene más poesía que nostalgia; poesía alimentada por la memoria imperfecta de los adolescentes recuerdos. Creyó ser la novia de un dios; en su estupidez, Kit alimentó esa leyenda, la de un dios de las pequeñas cosas, gracias al que fueron felices sobre la copa de un árbol, y escondieron eternamente sus recuerdos o los hicieron volar atados al hilo de un globo gigante. Los paisajes absolutos, los horizontes grandiosos de las Badlands que recorren en su huída alimentan el delirio de grandeza, ese sentimiento trágico y mítico de la vida.

Más que talentoso, genial, Malick huye de simplismos y estridencias. Es la propia pareja inmadura, espontánea, inexperta, la que comienza a distanciarse de sus propios actos. La loca estética de Godard y la Nouvelle Vague le sirve para teñir de locura la putrefacción de su amor. Sus caprichos les aburren, hastiados de huir a ninguna parte. Es cuando sienten nostalgia de la realidad, cansados ya de jugar, cuando sus peripecias terminan. Y quedan como lo que son: dos niños sin talento, inútiles, demasiado tontos como para arrepentirse. Sus repugnantes actos nada son, nada han sido, nada aportan, nada cambian. A diferencia del apasionado Penn, del delirante Stone o del sanguinolento Scott, ese es el punto de vista del prudente, sabio y poético Malick.


- Los auténticos Kit y Holly: asesinos en la vida real

- Malick, bajo la lupa

04 noviembre, 2005

Atrapado en el tiempo

Actrices que hace muchos años amé se van convirtiendo en ancianas (al menos en señoras muy mayores). Si prefiero ver a Kim Basinger en sus primeras películas no es sólo por su juventud, sino por los dantescos papeles que la toca representar hoy en día, encerrada en la -arrugada- piel de personajes intrascendentes de prescindibles películas. Lo dice toda actriz cincuentona: para ellas no hay papeles. Hasta que llega Jim Jarmush y regala a cuatro afortunadas (entre ellas Jessica Lange y Sharon Stone...¡dos de las que hablaba al principio!) cuatro personajes profundos, atractivos, inquietantes. Flores rotas: gira en torno a un hombre, pero lo hace a través de mujeres.

Bill Murray, quizá el mejor actor del cine actual. Empezó como cómico, pero excelentes trabajos (Ed Wood, Los Tenembauns, Lost in Translation) le han subido a los altares. Aquí, casi, repite este último papel: un hombre maduro huraño, egoísta, de existencia tan resuelta como inútil. Hierático, hermético: sus silencios son los que nos desvelan secretos. Apático, paralizado, hasta que una carta le obliga a rebuscar en su vida. Enfrentarse a su pasado no le trae melancolía, sino temor al futuro.

Hablaban de una película desternillante que no es. Las pocas risas nacen de los silencios. El resto es propiedad de los palabras que nunca se dicen, desengaños, decepciones, conformismo, rencor, esperanza y esperas. Conversaciones a la defensiva, con personajes temerosos de mostrar sus puntos débiles. Se saben frágiles, les da miedo enfrentarse a su pasado y sus miedos, pero un soberbio Jarmusch nos los sugiere con la delicadeza que permite conocerlos del todo. Entendemos cómo fueron los juveniles noviazgos, que hubo hace veinte años entre esos maduros ex-novios. Y cómo cambiaron sus vidas, las de él y las de ellas, y cómo se encuentran ahora.

En una película tan pausada, con un ritmo tan tranquilo, cada secuencia, cada escena, ha de estar justificada. Por eso sólo se echa en falta un inicio más brillante. Demasiado tiempo en mostrar el personaje de Murray como un marchitado Don Juan (tan subrayado que hasta se llama Don Johnston). El vecino negro, aunque desencadene los hechos, recibe una atención que no merece, como demuestra un desenlace en el que no tiene ningún peso. Defectos, mencionables, pero en todo caso pequeños en medio de una densa y gran película, la comedia más amarga, infeliz y realista que he visto en los últimos tiempos.

- Una enrevesada pero interesante web

01 noviembre, 2005

La Fies es la Fies

No soy un experto en musica. Tengo orejas (más que nada por disimular mis cejas y colgarme mariconadas), un cierto criterio melómano (¡pena de muerte a Bisbal!) y amigos que entienden del tema y me recomiendan discos. ¿Películas sobre música? Las vi muy famosas (Spinal Taps), muy clásicas (El Último Vals) y muy pésimas (la última, Casi famosos). Ahora tengo otra referencia: la divertida, la cómica a la par que realista, 24 Hours Party People.

Temporalmente recorre la segunda mitad de los setenta, gran parte de los ochenta y hace referencia a la época actual (está rodada en 2002). Geográficamente se desarrolla en Manchester, y abunda en citas histórico- sociológicas. Musicalmente, recrea el ascenso y caída de grupos como Joy Division, New Order, Happy Mondays y las grandes fiestas rave. Pero habla de muchos más personajes, de drogas, de sexo, de muerte. No crea ni destruye leyendas: retrata. Sin crueldad ni condescendencia, pero sí mucho posmodernismo. La película es deslenguada, y no para de reírse de sí misma, aunque no disimula su afán de ser grande. Grandiosa.

De lo más interesante del panorama británico, la virtud de Winterbottom es que cambia de tono, de tema, de géneros en cada proyecto sin pararse a medir riesgos. Aquí lo hace en una misma película: dice tanto a través de tantos medios (diálogos, imágenes, música) y formatos (archivos documentales, falso documental, un poco de teatro, referencias a la cámara) que parece seguro que nos desorientará. Pero no: como un corderito que, en vez de balar, bailara, sigo al pastor Winterbottom por su abigarrada senda. Aplausos.

La película va de la rabia a la risa, del odio a la confraternidad. Como casi siempre en este tipo de obras se diferencian dos partes: la primera, optimista, creación, crecimiento, vacas gordas. Luego las peleas, los egos, la cuesta abajo. Pero no todo es tan tópico: la ironía unifica la trama. Del postpunk a los DJ's, de los gestos fascistas al éxtasis. Y mucha, mucha, desmitificación: "si cuentas una historia, y has de elegir entre verdad y leyenda... ¡cuenta siempre la leyenda!". John Ford y la peli dixit.

Aunque lo que importa debería ser la música, el personaje principal es glorioso y le roba el show al resto. En torno a él, Tony Wilson, se reconstruye (¿o se destruye?) la historia. Hace de todo: es personaje, narrador e, incluso, interlocutor con los espectadores. Sus contradicciones personales, su punto de vista contradictorio respecto a lo que en realidad ocurrió, afinan la película. Y esta suena tan maravillosamente que resulta imprescindible.