Gracias, en griego, se dice "ashtekalanda", o algo similar. Lo oigo por primera vez en boca de un hombre mayor, con bigote, mirada severa y completamente vestido de gris. Lo dice en el metro cuando, amable, un joven se levanta para dejarle su sitio.
El vagón se ha ido llenando poco a poco, y tardó mucho en arrancar en el aeropuerto. He revisado un plano de la red de transportes, hay línea directa al centro, y si tengo algo de mala suerte en breve viviré mi primera mala experiencia en Atenas. Al igual que en Napoles y que en otros sitios del mundo que ya no recuerdo (de Napoles pocas cosas pueden olvidarse), es necesario validar el billete según te montas en el medio de transporte.
No hacerlo puede suponer dos cosas. La primera, la buena, que el billete podrá servir para otro viaje, para cuantos viajes quieras si nunca llegas a emplearlo, a sellarlo. Puedes viajar toda tu vida pagando sólo un billete. Está bien. La mala, que un revisor pensará que no lo validaste a posta, y me impondrá una multa de unas cuantas decenas de euros. Eso, por no hablar de lo incómodo que debe ser recibir una regañina en griego, idioma del que sólo sé que gracias se dice "ashtekalanda". Y hay que ser muy gilipollas para colarse en el metro, que te pillen y encima andar dando las gracias en griego porque te pongan la multa.
Mientras pienso y escribo esto sujeto la mochila entre las piernas, enfrente del viejo de gris. O él apesta a marihuana o es mi mochila. No sé por qué siguen diciendo que hacen controles en los aeropuertos: acabo de cruzar tres fronteras, y hasta un perro al que le hubiese explotado un petardo en el morro habría detectado el arsenal de hierbita que llevo encima.
Es la primera buena noticia que tengo para transmitir desde Grecia: estoy en ella. Podría estar ahora mismo siendo manoseado por algún gendarme francés a la búsqueda de más droga escondida en mi organismo. Charles de Gaulle fue superado, y también el irrecordable aeropuerto de Atenas. Ahora confío en poder transmitir una buena segunda noticia: que tengo un hotel decente, a un precio razonable y cerca de todo lo que quiero ver. Posiblemente, algo que no necesitaría de haber sido descubierto en Francia. Ahí siempre podría haberme quedado a dormir en casa del policía, que sin duda me lo habría ofrecido.
La primera impresíon que me provocan los atenienses es que no me producen ninguna impresión, al menos cuando están callados. Cuando hablan no es una impresión lo que me provocan, sino un interrogante: ¿cómo coño aprendieron este idioma?. Lo mismo ocurría en Hungría, de donde es lógico que salgan tantos jugadores de ajedrez, matemáticos y compositores de música densa. Sólo unos niños especialmente inteligentes deben ser capaces de aprender el magiar. Aquí pasa lo mismo, pero de Grecia no salen jugadores de ajedrez sino individuos alegres, vehementes y extrovertidos. Eso al menos dicen las películas. Así que agudizo la percepción: tengo la sensación de que van a enseñarme mucho. Fisicamente son parecidos a los madrileños, esa especie antes mayoritaría en Madrid.
Las mujeres son más guapas que los hombres, algo que por otra parte pasa en cualquier lugar del planeta. Son todos, ellos y ellas, morenos y con mucho pelo. Cuando les observo, quizá con demasiado descaro, bajan la mirada, sabedores de que van a ser escritos. Ir por la vida apuntando en una libreta te ubica en un nivel diferente. Para muchos eres un idiota pretencioso, para otros eres simplemente un idiota. Espero que al menos no me vean como un objeto pegable.
Una voz artificial va anunciando el nombre de la próxima estación, primero en griego, luego en inglés. La música que la precede es realmente insoportable y se prolonga hasta casi la estación siguiente. Me sorprende que entiendo mejor el griego que el inglés: tendré que revisar mis otrora suficientes conocimientos de esta lengua.
Cuando la melodía subterranea ha desaparecido de mis oídos ya es de noche, y voy a meterme en la cama. La cama es de matrimonio pero no, no me he comprometido con ningún francés. La cama es de matrimonio y casi ocupa todo el ancho de la habitación, de tan estrecha que es. Pero tiene grandes ventajas: es barata (cuarenta euros), céntrica (en pleno barrio de Plaka) y no parece estar sucia (nadie es perfecto). Detras de la cama hay un pequeño espacio inutilizable, debido a una columna en el medio, pero es el mejor lugar en el que encogerse e, impresionado, contemplar la Acrópolis. No parecen unas ruínas milenarias, ni puede imaginarse su fragilidad. Aquí, desde abajo, desde Atenas, es más bien una inmensa e inexplugnable fortaleza, que solemne contempla la ciudad. En realidad, es ésta la que la contempla a ella.
Me emociono tanto al ver el monte sagrado que, una vez logro salir del huequito de la habitación desde el que contemplaba la Acrópolis, regreso a la calle y camino hacia ese legendario lugar. No puedo entrar porque está cerrado, pero sí alcanzo a aproximarme a un teatro que está justo debajo de ella, el teatro de Dionisio. Es de una belleza apabullante, puedo percibirlo pese al dolor de espalda que me tortura y, sobre todo, un maldito grupo de estudiantes gritones. Les conocía: eran mis compañeros de avión París- Atenas. Un colegio de franceses, de unos 16 ó 17 años, enloquecidos alejados de la mirada paterna. Es de noche, y han debido atar y amordazar a sus profesores. También es posible que éstos recorran ahora mismo el puerto del Pireo en busca de marineros asiáticos o, en su defecto, descargadores de muelles.
Es de noche, y la negrura del cielo es el fondo perfecto para la cascada de luz que se refleja en la piedra. Puedo acercarme a ella, aunque no entrar en el edificio, que está en obras (todo lo está, me parece). Puedo pararme frente a él y contemplar sus columnas, y tras ellas una gigantesca grada. El silencio, la luz centrada en lo blanco regalaría un momento inolvidable de calma, reflexión, quietud. Los berridos, las risas, los grupos de muchachas haciéndose fotos convierten mi deseo en utopía. Aguanto, callado, en una esquina, mientras fumo y leo algo de la historia del lugar. Cuando se marchan me concentro, pero entonces encuentro mis propios gritos, mis propias risas, mis fotos, y no puedo acusar a nadie de mi nula capacidad de concentración. Tengo que fumar menos petas: dejo el lugar, cuya solemnidad me supera, y camino hasta una montaña cercana, desde la que supongo podrá contemplarse Atenas.
No es sencillo llegar a un lugar y, tan pronto, sentirse ridículo. Hay tipos que llegan a una fiesta informal, llena de gente que se cree interesante y profunda por su vestimenta, tono de voz o haber estudiado Bellas Artes. Esos tipos llaman al timbre, arreglados, y de pronto se convierten en el centro de todas las miradas. Los que antes eran interesantes, tolerantes, profundos, de inmediato marcan al nuevo, al de la corbata, como un retrasado mental. ¿A quién se le ocurre ir así vestido, de serio, de ambicioso, de superficial, a un lugar tan relajado y sincero como éste? El que elige mal sus ropajes, o no le ha dado tiempo a cambiarse, tiene posibilidades de sentirse mal. A mí me pasa algo parecido con las montañas, por muy urbanas y bajas que sean. En cuanto comienzo a subirlas me manejo diferente a todo el mundo, que me contempla, entre burlón y expectante, debido a mi torpeza sobre las superficies campestres. Ellos piensan que no tengo derecho a pisar la misma naturaleza que ellos, dada mi inadaptación y falta de costumbre al medio. Yo creo que es todo cuestión de ir con el traje equivocado. Debería llevar botas de clavos, bastones con puntas de pinchos y el resto del equipo apropiado. Y si alguien, todavía, se atreviera a reírse de mí le ensartaría con los bastones con punta, listo para que se lo comiesen las bestias. Si tan bien te manejas en el campo, cabrón, ¿no es un final memorable terminar devorado por animales salvajes?
Logro subir el montículo, lleno de resbaladizas aristas, recurriendo por enésima vez a la táctica de la araña. No pasa nada por desplazarse utilizando las cuatro extremidades que nos dio la naturaleza. La oscuridad no impide que sea descubierto por alguno de los grupos de jóvenes que, en esta noche de jueves, han ocupado el lugar. Mañana es festivo, día de la independencia griega, y como en todos los lados el día nacional es una excusa para beber más tranquilos, trasnochar y hablar de cualquier tema menos del propio país. Como no les entiendo nada quizás no paran de recordar, orgullosos, la convulsa historia griega, llena de hechos sangrientos, ciudades arrasadas y penurias y esplendor. Pero no lo creo. Son jóvenes, divertidos y muy morenos. Abajo está Atenas, mucho más grande de lo que cabe esperar. Las luces callejeras visten de amarillo los edificios de abajo, disimulando así su presumible fealdad. Mañana se comprobará.
Cuando el pedo ha pasado y me siento capaz de bajar la montañita vuelvo feliz al hotel, paseando por las empinadas calles de Plaka. La cuesta abajo facilita mi tarea: en apenas diez minutos estoy en mi habitación. No es muy tarde, y mañana me espera un día duro. Espero soñar con efebos griegos, hace más de tres milenios, desplazándose mediante la técnica de la araña por las escarpadas tierras que rodean la gloriosa Acrópolis.
Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
14 marzo, 2005
El sentido de la muerte
No había querido irla a ver al cine, basicamente, porque no soporto los ruídos a mi alrededor, e imaginaba que innumerables gimoteos, moqueos y pucheros acompañarían la proyección. Efectivamente, el tema de Mi vida sin mí puede provocar el llanto, pero me gustó que la película no se regodeé en la tragedia, no se quede anclada en la muerte y en la pena sino, precisamente, en la vida futura que la protagonista no podrá contemplar, pese a ser la que le pertenece. Una obra modesta, pequeña, que se centra en la verdad de los sentimientos, que no necesita más que los pequeños detalles, que de más está decir que son los que hacen grande la vida. Y también a esta película.
Cosas buenas que decir de la película. La protagonista es una heroína total. Su entereza sostiene la película y, con ella, a nosotros. El encanto de su modesta relación familiar. Su decisión de pagar las deudas sentimentales pendientes. El propósito de amar de todos sus personajes. La discreción de su música, sus texturas, sus ambientes. Que la muerte, en sí misma, le dé un sentido a la vida.
Cosas buenas que decir de la película. La protagonista es una heroína total. Su entereza sostiene la película y, con ella, a nosotros. El encanto de su modesta relación familiar. Su decisión de pagar las deudas sentimentales pendientes. El propósito de amar de todos sus personajes. La discreción de su música, sus texturas, sus ambientes. Que la muerte, en sí misma, le dé un sentido a la vida.
10 marzo, 2005
Barcelona y Madrid, fuera
Madrid y Barça cayeron frente a Juventus y Chelsea. Como era de prever, la Liga española (para los españoles, la mejor competición nacional del mundo) se queda sin representantes en la Liga de Campeones (para todos, excepto argentinos que prefieren la Libertadores, el mejor torneo de clubes del mundo). ¿Por qué?
Cronólogicamente, el primero en quedar apeado fue el Barcelona. Además de no jugar ni a la mitad de velocidad y, por ende, de efectividad que al principio de la temporada, los blaugranas demostraron que no tienen equipo para aspirar al torneo. Es cierto que cualquiera puede ganarlo, y que han pasado a cuartos equipos peores que el Barça. Pero pocos son tan frágiles como el combinado de Rikjaard.
Por recibir tres goles en los dieciocho primeros minutos. Por no machacar a un rival arrodillado. Por dejar a los contrarios hacer, exactamente, lo mejor que saben hacer. Por presentar en un partido de tan alto nivel a un medio centro inexistente y decepcionante. Por jugar bien al fútbol, muy bien, pero como un boxeador con mandíbula de cristal y puños de algodón. Salvo excepciones, casualidades o milagros, demasiadas rémoras para un aspirante serio a la Champions. Creo, además, que en el fondo de la mente de aficionados, jugadores, técnicos y directivos, de todos en definitiva, se sabía. Este año lo que hay que ganar es la Liga. ¿Demasiada modestía? ¿Conformismo local? Quizás. Pero no hay mucha más cera que la que arde y, por supuesto, son más de cinco años sin ganar nada. Tiempo habrá, con algún fichaje y lesionados de vuelta, para construir un aspirante a la Champions. Pero sobre un equipo campeón.
Otro caso es el del Madrid. Llevo dos años y medio sin verles hacer un muy buen partido de fútbol. Sí, en cambio, he presenciado actuaciones ridículas, muchas de ellas maquilladas por la excepcional calidad de algunos de sus jugadores (casi siempre, del portero o del delantero centro. ¿Y el resto?) o el pavor de los rivales a derribar al gigante blanco. Se cruzó con la Juve, sin más. Algo lógico si apenas, en cada partido, cumplen cuatro o cinco jugadores.
No quiero entrar a hablar de los jugadores que todos tenemos en mente. No tienen sitio en un Madrid de futuro. Florentino verá cuál es la situación, aunque parece sencilla. Sacarse de encima a varias momias, más de un muerto y fichar mucho. Reconstruir todo. Parece mentira que, en tan poco tiempo, el que parecía mejor equipo del mundo ahora sea una casa en ruínas. No hay cantera, no hay referentes, no hay sistema y no hay reservas. Por segundo año consecutivo, parece que no habrá títulos. En realidad, en cinco años de galácticos han conseguido dos ligas y una champions. Tres títulos sobre quince. Parece poco para un equipo que se alardeó de histórico, para unos jugadores que, sin excepción, han dado mucho menos de lo que se esperó y cantó de ellos.
Cronólogicamente, el primero en quedar apeado fue el Barcelona. Además de no jugar ni a la mitad de velocidad y, por ende, de efectividad que al principio de la temporada, los blaugranas demostraron que no tienen equipo para aspirar al torneo. Es cierto que cualquiera puede ganarlo, y que han pasado a cuartos equipos peores que el Barça. Pero pocos son tan frágiles como el combinado de Rikjaard.
Por recibir tres goles en los dieciocho primeros minutos. Por no machacar a un rival arrodillado. Por dejar a los contrarios hacer, exactamente, lo mejor que saben hacer. Por presentar en un partido de tan alto nivel a un medio centro inexistente y decepcionante. Por jugar bien al fútbol, muy bien, pero como un boxeador con mandíbula de cristal y puños de algodón. Salvo excepciones, casualidades o milagros, demasiadas rémoras para un aspirante serio a la Champions. Creo, además, que en el fondo de la mente de aficionados, jugadores, técnicos y directivos, de todos en definitiva, se sabía. Este año lo que hay que ganar es la Liga. ¿Demasiada modestía? ¿Conformismo local? Quizás. Pero no hay mucha más cera que la que arde y, por supuesto, son más de cinco años sin ganar nada. Tiempo habrá, con algún fichaje y lesionados de vuelta, para construir un aspirante a la Champions. Pero sobre un equipo campeón.
Otro caso es el del Madrid. Llevo dos años y medio sin verles hacer un muy buen partido de fútbol. Sí, en cambio, he presenciado actuaciones ridículas, muchas de ellas maquilladas por la excepcional calidad de algunos de sus jugadores (casi siempre, del portero o del delantero centro. ¿Y el resto?) o el pavor de los rivales a derribar al gigante blanco. Se cruzó con la Juve, sin más. Algo lógico si apenas, en cada partido, cumplen cuatro o cinco jugadores.
No quiero entrar a hablar de los jugadores que todos tenemos en mente. No tienen sitio en un Madrid de futuro. Florentino verá cuál es la situación, aunque parece sencilla. Sacarse de encima a varias momias, más de un muerto y fichar mucho. Reconstruir todo. Parece mentira que, en tan poco tiempo, el que parecía mejor equipo del mundo ahora sea una casa en ruínas. No hay cantera, no hay referentes, no hay sistema y no hay reservas. Por segundo año consecutivo, parece que no habrá títulos. En realidad, en cinco años de galácticos han conseguido dos ligas y una champions. Tres títulos sobre quince. Parece poco para un equipo que se alardeó de histórico, para unos jugadores que, sin excepción, han dado mucho menos de lo que se esperó y cantó de ellos.
02 marzo, 2005
Pausa de cinco minutos
Interrumpo un segundo mi trabajo. Acurruco las manos al borde de mi nariz que, de pronto, sufre un vuelco que transmite al corazón. Mis manos portan un tesoro invisible, evocador, delicado. Frente al monitor cierro los ojos y vienen a mi cabeza tus besos. Y mi cabeza, acurrucada en tu cuello, protegida como un pájaro -gigante, está bien- al que rodea tu pelo mientras te besa en la nuca. Vuelvo a oler mis manos y vuelvo a cubrirme la cara, y el manto de tu olor mañanero me tapa, escondiéndome sin que nadie se dé cuenta del ambiente aburrido y frío que nos rodea en la oficina. Cierro los ojos y en ellos atrapo tu mirada en el metro, tus labios hablando entre estación y estación, tu mano cálida y cubierta por un guante que me guía a la que guío, ya en la calle, haciéndome olvidar el frío. No es ese el único frío que me ayudas a olvidar.
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