Mi cabeza es enorme y no sólo contiene agua, humos tóxicos y vísceras. Aparento despreocupación e irracionalidad, y eso es lo que la rellena. Como casi todo lo pierdo, aquí será posible encontrarlo.
22 febrero, 2006
La batidora de prisas, III
Suben dos chicas, que apenas llegan a los veinte años, al vagón de la línea de metro que muere en el intercambiador. Una es rubia y de pelo liso, y lo cuadrado y granulado de su cara la hacen parecer un mapa. Sus caderas son las de la alacena de una mansión en el campo. La otra chica tiene un pelo largo y castaño, los pantalones caídos, una braguita roja que aprieta su carnosa cintura y una nariz, una nariz y unos labios, que dibujan un perfil que sólo puede pertenecer a una muchacha francesa. Calzan zapatillas de cordones anchos, camisetas ceñidas y rasgados ojos, que miran con curiosidad todo lo que las rodea. Sonríen, bromean y, efectivamente, sonríen y bromean en francés, con una modernidad que me hace sentir antiguo. Un cuarentón con bigote se les acerca asustándolas, pero sólo quiere consultar un plano que cuelga escondido a la espalda de estas ninfas. Viven juntas, estudian enfermería y hacen prácticas en un hospital madrileño. Son felices y anotan, en su común cuaderno secreto, los nombres de los muchachos con los que se van a la cama. Para ellas son tiempos de amistad e independencia.
20 febrero, 2006
De Champions, lilililili...
El trabajo no dignifica al hombre pero a veces le entretiene... Claro que toda la parte técnica, hachetemeles y mariconadas varias son de mi compañero Serrano. Yo sólo sería capaz de hacer eso en un cuaderno de cuadros.
- Previa del Real Madrid- Arsenal
- Previa del Chelsea- Barça
- Previa del Rangers- Villarreal
- Hasta los tontos aciertan, o previsiones del año pasado
- Y las eliminaciones de entonces
- Previa del Real Madrid- Arsenal
- Previa del Chelsea- Barça
- Previa del Rangers- Villarreal
- Hasta los tontos aciertan, o previsiones del año pasado
- Y las eliminaciones de entonces
14 febrero, 2006
El Día de los Enamorados
Hoy, 14 de febrero, asistimos a propagandas que tratan de universalizar algo tan íntimo y personal como el amor. Y escuchamos cantos de sirenas comerciales que activen en infrafotadas parejas su única virtud: obtener dinero a cambio de mediocres trabajos y gastarlo en mariconadas varias.
Hoy, 14 de febrero, es también aniversario de una hazaña nacional estadounidense (porque así es esta gente): la Matanza del Día de San Valentín. Chicago, 1929, el día en el que a Al Capone se le inflamaron los huevos y decidió regalar balas en vez de rosas a los gangsters con los que se llevaba mal. Una jornada recordada en abundantes películas (por ejemplo punto de partida de la comedia más perfecta de la historia) pero especialmente documentada en "La matanza del Día de San Valentín", rodada en 1967 por Roger Corman.
El paso de años y modas le hizo director de culto, pero todos hemos visto sus películas: las hizo a puñados. Productor (más de 300) y director (casi 60) prolífico, se hizo famoso por la velocidad y economía de medios a la hora de rodarlas, lo que le convirtió en algo parecido a un reconocido churrero. Lo que diferencia a Corman (también a los buenos churreros) es que nunca le salían mal: ni gastaba un duro más de aceite ni le salían chamuscadas, lo que el público agradecía devorando sus películas. Además de rentables tiene algunas muy buenas, y a su sombra crecieron interesantes actores y directores (difícil ocurra algo parecido con churreros de cuarta como Sanitario Segura, por ejemplo).
En contra de su costumbre Corman afrontó "La matanza del Día de San Valentín" con un gran estudio de Hollywood, mayor presupuesto e intérpretes como Jason Robards (glorioso), pero no cambió su forma de ver el cine: historias rápidas, en las que un montón de cosas sucedan sin aburrimiento. Más medios le permiten recrear con enorme buen gusto ese 1929, pero sin entretenerse en exceso porque ha de presentarnos a un montón de personajes: los protagonistas del histórico ajuste de cuentas. A veces parece ir tan rápido que tememos perdernos, dudar quién era de la banda de quién o preguntarnos qué coño pintaba ese tipo con bigote, pero dos o tres balazos después todo nos vuelve a cuadrar. En 95 minutos Corman cuenta lo que el gran cine de gangsters contaba en tres horas.
Es su estilo, y no inconveniente para darnos una perspectiva bastante compleja de lo que ocurrió ese 14 de febrero. Como buen síntoma, añoramos saber más sobre la repercusión de la matanza en la sociedad (apenas murieron siete delincuentes pero ya sabemos cómo son los medios) o la situación ecónomica y política del país entonces (hay muchos libros sobre La Gran Depresión, supongo). Siempre me apeteció saber más sobre lo de la Ley Seca... pero no se puede hablar de todo. Sobra con lo malísimos que eran todos, la manada de asesinos que se juntaron y lo chungo de montar un garito en el Chicago de entonces. Los coches, las chicas, los gangsters, sangre, sangre: todo hace pasar un gran rato, y la película encierra una moraleja final. Roger pensaba: "Los sesenta son la nueva época dorada del crimen organizado". ¿Qué rodarías en este Día de los Enamorados, Roger?
Hoy, 14 de febrero, es también aniversario de una hazaña nacional estadounidense (porque así es esta gente): la Matanza del Día de San Valentín. Chicago, 1929, el día en el que a Al Capone se le inflamaron los huevos y decidió regalar balas en vez de rosas a los gangsters con los que se llevaba mal. Una jornada recordada en abundantes películas (por ejemplo punto de partida de la comedia más perfecta de la historia) pero especialmente documentada en "La matanza del Día de San Valentín", rodada en 1967 por Roger Corman.
El paso de años y modas le hizo director de culto, pero todos hemos visto sus películas: las hizo a puñados. Productor (más de 300) y director (casi 60) prolífico, se hizo famoso por la velocidad y economía de medios a la hora de rodarlas, lo que le convirtió en algo parecido a un reconocido churrero. Lo que diferencia a Corman (también a los buenos churreros) es que nunca le salían mal: ni gastaba un duro más de aceite ni le salían chamuscadas, lo que el público agradecía devorando sus películas. Además de rentables tiene algunas muy buenas, y a su sombra crecieron interesantes actores y directores (difícil ocurra algo parecido con churreros de cuarta como Sanitario Segura, por ejemplo). En contra de su costumbre Corman afrontó "La matanza del Día de San Valentín" con un gran estudio de Hollywood, mayor presupuesto e intérpretes como Jason Robards (glorioso), pero no cambió su forma de ver el cine: historias rápidas, en las que un montón de cosas sucedan sin aburrimiento. Más medios le permiten recrear con enorme buen gusto ese 1929, pero sin entretenerse en exceso porque ha de presentarnos a un montón de personajes: los protagonistas del histórico ajuste de cuentas. A veces parece ir tan rápido que tememos perdernos, dudar quién era de la banda de quién o preguntarnos qué coño pintaba ese tipo con bigote, pero dos o tres balazos después todo nos vuelve a cuadrar. En 95 minutos Corman cuenta lo que el gran cine de gangsters contaba en tres horas.
Es su estilo, y no inconveniente para darnos una perspectiva bastante compleja de lo que ocurrió ese 14 de febrero. Como buen síntoma, añoramos saber más sobre la repercusión de la matanza en la sociedad (apenas murieron siete delincuentes pero ya sabemos cómo son los medios) o la situación ecónomica y política del país entonces (hay muchos libros sobre La Gran Depresión, supongo). Siempre me apeteció saber más sobre lo de la Ley Seca... pero no se puede hablar de todo. Sobra con lo malísimos que eran todos, la manada de asesinos que se juntaron y lo chungo de montar un garito en el Chicago de entonces. Los coches, las chicas, los gangsters, sangre, sangre: todo hace pasar un gran rato, y la película encierra una moraleja final. Roger pensaba: "Los sesenta son la nueva época dorada del crimen organizado". ¿Qué rodarías en este Día de los Enamorados, Roger?
08 febrero, 2006
Acero y Metal Oxidables
Únanse imágenes que magnifiquen la insufrible personalidad de una estrella de la música ("Don't look back" sobre Dylan, por ejemplo) con lo humorístico- fantástico de una sátira de Monty Pithon y tendremos "This is Spinal Tap", abanderado del llamado "Mockumentary" o Documental Fingido y producto de la imaginación de tres humoristas yanquis y el luego famoso Rob Reiner (aquí en su debut como director, luego haría cosas como "Cuando Harry encontró a Sally"). "This is Spinal Tap" retrata la descomposición de un grupo de heavy metal que, aunque ficticio (tras el éxito de la película se atrevió a sacar varios discos), refleja muchos de los conflictos existenciales que asolan a las grandes bandas de rock.
Cualquier espectador no muy enterado del tema quedará fascinado por esta ridícula banda que pasará por real hasta que los títulos de crédito desvelen que los delirantes músicos eran interpretados por cómicos. Esta verosimilitud engrandece la película, cuyos hechos más descabellados (que todos los baterías de la banda mueran en circunstancias ridículas, por ejemplo) llegan a convertirse en creíbles al ser mostrados por una lente que, de tan deformante y satírica, llega a hacerlos verosímiles.
Gran parte de la frescura surge de la improvisación de unos cómicos que exageran las situaciones ridículas y reales publicadas en los libros de anécdotas sobre rock. Una ambiciosa esposa que rompe la armonía del grupo al estilo Yoko Ono, exigencias gastronómicas inspiradas en Van Halen o la propia aparición de Reiner, aquí llamado Marty DiBergi, entrevistando a los músicos como el Scorsese de "El último Vals" ya son motivos para reírse, pero la contemplación de fallidas escenografías, descerebrados incapaces de llegar a un escenario o el patético abandono que sufren los Spinal por parte de discográfica y público hacen que las carcajadas no cesen. Gloriosas son también las canciones, esos himnos heavies titulados "Sex Farm", "Hellhole" o "Big Bottom" que no sólo no detienen la acción sino que complementan esta ácida pero indulgente mirada al descerebramiento masivo de este tipo de fenómenos musicales.
Porque esa es una de las claves del buen funcionamiento del film: denuncia la inmadurez, los caprichos y la egolatría de las grandes estrellas del espectáculo pero también subraya sus momentos de humildad, fraternidad o inocencia. Son estupidos (diálogos sobre la potencia del amplificador o las virtudes de una guitarra jamás tocada) pero también cándidos (su fracaso no es achacable a un pésimo momento artístico, sino a lo "selecto" de su decreciente público). Su inesperado premio final, además de insuflar vida a esta maravillosa banda, anticipa las enésimas oportunidades que la vida real sigue dando a esas viejas divas del hard rock como Ozzy Osbourne, David Lee Roth o tantos otros.
- Abecedario de Spinal Tap
- Mockumentary en Wikipedia
- Cosas sobre falsos documentales
- También falsa pero también muy gloriosa
Cualquier espectador no muy enterado del tema quedará fascinado por esta ridícula banda que pasará por real hasta que los títulos de crédito desvelen que los delirantes músicos eran interpretados por cómicos. Esta verosimilitud engrandece la película, cuyos hechos más descabellados (que todos los baterías de la banda mueran en circunstancias ridículas, por ejemplo) llegan a convertirse en creíbles al ser mostrados por una lente que, de tan deformante y satírica, llega a hacerlos verosímiles. Gran parte de la frescura surge de la improvisación de unos cómicos que exageran las situaciones ridículas y reales publicadas en los libros de anécdotas sobre rock. Una ambiciosa esposa que rompe la armonía del grupo al estilo Yoko Ono, exigencias gastronómicas inspiradas en Van Halen o la propia aparición de Reiner, aquí llamado Marty DiBergi, entrevistando a los músicos como el Scorsese de "El último Vals" ya son motivos para reírse, pero la contemplación de fallidas escenografías, descerebrados incapaces de llegar a un escenario o el patético abandono que sufren los Spinal por parte de discográfica y público hacen que las carcajadas no cesen. Gloriosas son también las canciones, esos himnos heavies titulados "Sex Farm", "Hellhole" o "Big Bottom" que no sólo no detienen la acción sino que complementan esta ácida pero indulgente mirada al descerebramiento masivo de este tipo de fenómenos musicales.
Porque esa es una de las claves del buen funcionamiento del film: denuncia la inmadurez, los caprichos y la egolatría de las grandes estrellas del espectáculo pero también subraya sus momentos de humildad, fraternidad o inocencia. Son estupidos (diálogos sobre la potencia del amplificador o las virtudes de una guitarra jamás tocada) pero también cándidos (su fracaso no es achacable a un pésimo momento artístico, sino a lo "selecto" de su decreciente público). Su inesperado premio final, además de insuflar vida a esta maravillosa banda, anticipa las enésimas oportunidades que la vida real sigue dando a esas viejas divas del hard rock como Ozzy Osbourne, David Lee Roth o tantos otros.
- Abecedario de Spinal Tap
- Mockumentary en Wikipedia
- Cosas sobre falsos documentales
- También falsa pero también muy gloriosa
07 febrero, 2006
La batidora de prisas, II
Es alto y pese a su edad estirado. Vestido de negro, camina como por resortes eléctricos y tiene la fuerza y la elasticidad de una espina. Su elegancia se manifiesta como una virtud transparente. Sube en el autobús pero no piensa, como los que le rodean, que emprende una batalla perdida contra una cotidianidad verdosa, sino que alza el mentón como los que acuden a una cita ineludible y elegida. Insultado por el volumen de la conversación del joven sentado delante se cambia de asiento, agradeciendo no tener que soportar móvil ni hijos. Aunque se sabe un poco chiflado celebra disfrutar la vida. Al volar por el túnel del intercambiador se maravilla ante el grito del sol de invierno: su esposa le espera, demente, en una residencia de ancianos.
Celebración de mí mismo, I
Asistí a mi primer concierto de Depeche Mode en noviembre de 1990, con las hormonas revolucionadas y una adoración por el grupo que, como casi todo por aquel entonces, escondía más fanatismo y estupidez que auténtica convicción personal. Presentaban Violator y su repertorio rebosaba de himnos, las entradas y camisetas costaban la mitad que ahora y recuerdo esa velada como una de las más felices. Incluso mi propia leyenda se atreve a sugerir que aquella noche perdí la virginidad, lo que como todo recuerdo prefiero no tener que cuestionar ahora.
Mi segundo concierto fue en la arena de las Ventas, gira del Songs of Faith and Devotion. Era 1993 ó 94: aunque tuve la suerte de poder acudir con una novia preciosa andaba por entonces peleado con el mundo y, por supuesto, también con Depeche, a los que acusaba de "traidores" por un disco que no me había convencido. Fue el momento más rockero y destructivo de un grupo encabezado por un descabezado Dave Gaham, tapado por los tatuajes y la angustia del "speedball". Comenzaba a hablarse de peleas internas y disolución de la banda, lo que presagiaba una triste actuación. ¿Una palabra para definir el concierto? Glorioso. Aún escucho esa versión histérica y desgarradora del I feel you que me reconcilió con el entonces nuevo LP y con la banda.
Ayer me encontré con los chicos por tercera vez, en el reconstruido escenario de nuestra primera cita, el Palacio de Deportes de Madrid. Hasta que no aparecieron no tenía la sensación de ir a un concierto de DM: como parte de la matería de la que se construyen recuerdos y sueños Depeche Mode tiene en mi vida más de presencia mitológica (como un padre muerto, un amigo perdido o un amor irreconquistable) que de grupo musical en activo. Así me sentí durante los primeros minutos: frío, como aquel que ve los fantasmas de quien un día representó mucho, y expectante, ante la tesitura de volver a ver algo que se conoce y se ama.
Las primeras, recientes y desconocidas canciones del principio ensombrecieron levemente mi alegría por el buen estado de un estilizado y saludable Gaham, lo bien que le sienta disfrazarse de gallina a Martin o lo gordo que se puso Andy Fletcher. El primero escapó por los pelos de la muerte pero, como le pasa a los buenos, la experiencia le ha hecho aún más grande. Gore sigue estando totalmente loco: apunten su nombre para una posible continuación de "Bailarina en la oscuridad", pues su mirada perdida y gestualidad inconexa le hacen un perfecto sustituto de Bjork. Respecto a Fletcher... como siempre, en un segundo plano, en la sombra. Estoy convencido de que ni siquiera sabe tocar el piano, pero le agradezco ser el pegamento que alivia las tensiones de los egos desmedidos de sus compañeros de curro.
Mi segundo concierto fue en la arena de las Ventas, gira del Songs of Faith and Devotion. Era 1993 ó 94: aunque tuve la suerte de poder acudir con una novia preciosa andaba por entonces peleado con el mundo y, por supuesto, también con Depeche, a los que acusaba de "traidores" por un disco que no me había convencido. Fue el momento más rockero y destructivo de un grupo encabezado por un descabezado Dave Gaham, tapado por los tatuajes y la angustia del "speedball". Comenzaba a hablarse de peleas internas y disolución de la banda, lo que presagiaba una triste actuación. ¿Una palabra para definir el concierto? Glorioso. Aún escucho esa versión histérica y desgarradora del I feel you que me reconcilió con el entonces nuevo LP y con la banda. Ayer me encontré con los chicos por tercera vez, en el reconstruido escenario de nuestra primera cita, el Palacio de Deportes de Madrid. Hasta que no aparecieron no tenía la sensación de ir a un concierto de DM: como parte de la matería de la que se construyen recuerdos y sueños Depeche Mode tiene en mi vida más de presencia mitológica (como un padre muerto, un amigo perdido o un amor irreconquistable) que de grupo musical en activo. Así me sentí durante los primeros minutos: frío, como aquel que ve los fantasmas de quien un día representó mucho, y expectante, ante la tesitura de volver a ver algo que se conoce y se ama.
Las primeras, recientes y desconocidas canciones del principio ensombrecieron levemente mi alegría por el buen estado de un estilizado y saludable Gaham, lo bien que le sienta disfrazarse de gallina a Martin o lo gordo que se puso Andy Fletcher. El primero escapó por los pelos de la muerte pero, como le pasa a los buenos, la experiencia le ha hecho aún más grande. Gore sigue estando totalmente loco: apunten su nombre para una posible continuación de "Bailarina en la oscuridad", pues su mirada perdida y gestualidad inconexa le hacen un perfecto sustituto de Bjork. Respecto a Fletcher... como siempre, en un segundo plano, en la sombra. Estoy convencido de que ni siquiera sabe tocar el piano, pero le agradezco ser el pegamento que alivia las tensiones de los egos desmedidos de sus compañeros de curro.
05 febrero, 2006
La Mula que Mola
Desde que lo latino está de moda (acaban de abrir un parque temático sobre el Jamón de Jabugo en Tokio y otro sobre el Reggaeton en Moscú) surgen como champiñones morenos y con bigote las películas de tema hispano para el público estadounidense. Almódovar abrió la veda, las versiones Latin King del cine tarantinesco hicieron el resto y hasta el Che Guevara se sumó a la fiesta cantado por Jorge Drexler. Películas casi siempre repletas de tópicos (sudorosos, violentos y halitósicos latinos... ¡y qué mal hablados, carajo!) que espantan mi especial sensibilidad hacia nuestros hermanos de América. No es una afirmación gratuita: prueben a ser despertados cada mañana con los sones tropicales de los vecinos ecuatorianos de al lado para desarrollar un profundo interés por la problemática hispanoamericana.
En esa mi situación me enfrentaba a "María llena eres de gracia", de la que guardaba excelentes referencias pero también algo de resquemor. Narrar desde la mirada de un director gringo la historia de una chica colombiana aburrida de su mísera vida, que se llena la panza de coca y emprende rumbo a New Jersey podía producir un fiasco de basarse en una de las dos habituales miradas: el "Qué malos son estos tipos que nos llenan la casa de droga" o el "Qué puede esperarse de esta pobre gente a la que tocaron desgracias como el arte de Fernando Botero".
Pero no, "María llena eres de gracia" no cae en ninguna de ellas, como tampoco denuncia el contrabando de drogas (un medio más, cualquiera, de salir de la pobreza, con la particularidad de alimentarse además de la voracidad y criminalización del propio país comprador) ni muestra a Estados Unidos, destino y final de la historia, como Tierra Prometida, sino un lugar de inhumana "perfección" donde María sólo podrá respirar gracias a la solidaridad de otros colombianos viajeros, cuya espontaneidad engrandece también la película tanto por darle sus momentos más simpáticos como por envolverla de un leve pero agradecible tono de documental.
Recordaré la película, en cualquier caso, por contar la historia de una maravillosa mujer interpretada por una también maravillosa actriz que, por cierto, debutaba aquí en el cine. La María que da nombre al film es determinación e inteligencia, inocencia para meterse en líos y capacidad, sin perder su dignidad, de salir indemne de ellos. Además de por la detallista elegancia con la que nos es presentada, su credibilidad es fruto de actos no sólo no condenados sino ni siquiera juzgados, así como su gracia no es para que avance la trama sino el resultado de la desesperación de una excepcional saltadora de obstáculos. Asistir al crecimiento de esa María que primero se sube a un techo "a tirar" y, al final, asiste maravillada al milagro de su feliz embarazo no sólo me hizo pasar un gran rato, sino que me convierte a esta sencilla y modesta película en una película grande.
En esa mi situación me enfrentaba a "María llena eres de gracia", de la que guardaba excelentes referencias pero también algo de resquemor. Narrar desde la mirada de un director gringo la historia de una chica colombiana aburrida de su mísera vida, que se llena la panza de coca y emprende rumbo a New Jersey podía producir un fiasco de basarse en una de las dos habituales miradas: el "Qué malos son estos tipos que nos llenan la casa de droga" o el "Qué puede esperarse de esta pobre gente a la que tocaron desgracias como el arte de Fernando Botero". Pero no, "María llena eres de gracia" no cae en ninguna de ellas, como tampoco denuncia el contrabando de drogas (un medio más, cualquiera, de salir de la pobreza, con la particularidad de alimentarse además de la voracidad y criminalización del propio país comprador) ni muestra a Estados Unidos, destino y final de la historia, como Tierra Prometida, sino un lugar de inhumana "perfección" donde María sólo podrá respirar gracias a la solidaridad de otros colombianos viajeros, cuya espontaneidad engrandece también la película tanto por darle sus momentos más simpáticos como por envolverla de un leve pero agradecible tono de documental.
Recordaré la película, en cualquier caso, por contar la historia de una maravillosa mujer interpretada por una también maravillosa actriz que, por cierto, debutaba aquí en el cine. La María que da nombre al film es determinación e inteligencia, inocencia para meterse en líos y capacidad, sin perder su dignidad, de salir indemne de ellos. Además de por la detallista elegancia con la que nos es presentada, su credibilidad es fruto de actos no sólo no condenados sino ni siquiera juzgados, así como su gracia no es para que avance la trama sino el resultado de la desesperación de una excepcional saltadora de obstáculos. Asistir al crecimiento de esa María que primero se sube a un techo "a tirar" y, al final, asiste maravillada al milagro de su feliz embarazo no sólo me hizo pasar un gran rato, sino que me convierte a esta sencilla y modesta película en una película grande.
02 febrero, 2006
La batidora de prisas, I
Cada día a la hora de comer un sesentón de pelo amarillo, ojos azules y boca de afeminado sube y baja una y otra vez por las escaleras que conectan el metro con la terminal de autobuses. En sus manos siempre sostiene una bolsa repleta de caramelos e, incrustado en la multitud que alimenta la escalera, espera a que se monte una joven, cualquiera. Entonces él pasa después, bien pegado, y no sólo lo hace para rozarla e impregnarse de su olor, sino también porque una noche soñó que una se daría la vuelta y, sin motivo, le abrazaría y amaría, en un viaje en escalera que duraría varios años.
Mi frase de cada segundo de mes
"Seguro de mí mismo, sabedor del sentido de la vida y con el pelo liso: así quería, de pequeño, ser a los 30 años. Incapaz de saber si lo que hago es bueno o pésimo, sin la más mínima idea de qué coño pinto en el mundo y con el cabello no más liso pero sí más escaso: en eso me convertí".
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