21 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, III

Mercado de las Especias: lista de regalos (uno)

- para el melómano Luismi veinticuatro sanguijuelas, primas hermanas, capaces de silbar la Quadrille im militarischen Opus 229 de Strauss desafinando sólo en los agudos. Que estos anélidos sean hermafróditas procura abundante entretenimiento, y también son un idóneo ejemplo de la inventiva humana: documentos de hace 3.500 años, firmados por el doctor Iglesias Puga, detallan su uso en Grecia como chicles para combatir el sarro. El desarrollo farmacológico las hizo perder importancia, lo que se repitió en el cine, donde la llegada del color las relegó a un papel casi anecdótico como caballos en secuencias bélicas.

- un par de babuchas para el tío Canuto: aunque sin brazos ni piernas por su excesivo celo al cortarse las uñas podrá sacarles partido como orejeras en agosto. Su fino remate, en grandes pompones colorados distinguibles desde el espacio exterior, facilitará además acertarle en el cráneo cuando sea apedrado en las reuniones familiares, juego de puntería que ha procurado entrañable goce a diversas generaciones de niños, encantados de seguir deformando la faz de este repulsivo y maloliente anciano.

- por insistencia de mi madre un chal de seda para Tere, la mujer de mi primo Antonio. Un regalo no muy original, pero es cierto que hará juego con sus luminosos ojos: dos bolas de Navidad que rellenan sus órbitas oculares vacías. El chal puede, además, ser empleado para taparse cuando veraneen en Galicia, donde en varias ocasiones ha sido atrapada por pescadores debido a su parecido con una nécora macho.

- atendiendo a su pasión por los lácteos, especialmente desde que supo que su padre era una cabra, un enorme trozo de queso con forma de bisoñé para mi abuela Fernanda, que así podrá prácticar su gran hobby: el buceo sin bombona de oxígeno en un orinal de gachas. Para su hermana Pilar, muy aficionada al beisbol, una réplica en miga de pan del estadio de los Cachorros de Ankara, equipo que por tradición alinea sólo a oligofrénicos kurdos.

20 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, II

Viajar no es sólo ver nuevos paisajes o conocer sorprendentes costumbres, ni siquiera beneficiarse de leyes más laxas sobre abusos infantiles: viajar también significa ahorrar. Algo que ya está en gran parte de la literatura universal, sobre todo la judía. Pregúntale a un circuncidado: te dirá que si algo mide la grandeza de un éxodo es el poco dinero gastado en él. ¿Leísteis a Primo Levi? No es que malgastara muchos shékels recorriendo media Europa... ¿Y las masas tras Moisés huyendo de los egipcios? Les entiendo: esos egipcios, con sus pelos lisos y sus extravagantes flequillos, obsesionados por los jeroglificos... pero tampoco es que los judíos lo pasarán tan mal rehuyéndoles, y no sería por los puestos de souvenirs que encontraron en el fondo del Mar Rojo. En fin... que no hace falta gastar para pasárselo bien. Yo sería un buen organizador de viajes organizados, sobre todo si sólo se apuntaran rabinos. Viajo para vivir, no para gastar. Una ahorrativa y sana costumbre que choca con la tendencia de mi madre: dejaría propina al camarero porque la sirvió dos cubos de hielo en Laponia. Ese duelo frontal entre ahorro y derroche se convirtió en algo personal en el Gran Bazar de Estambul. Qué dorado y turco monumento al gasto.

- Mira esa alfombra de trescientos setenta metros cuadrados -me comentaba ella con los ojos ardientes y, entre las llamas del iris, la silueta sinuosa de Paul Wolfowitz-. ¿Quieres que la compre para casa?.

Venga Mamuchas, no jodas. Ni aunque te la corten en cuadraditos del tamaño de un sandwich vas a poder desplegarla allí. Ni enrollada entraría por la puerta. ¿Es que no te das cuenta de nuestras limitaciones? ¿No sería más fácil llevarte unos simples pendientes?

- ¿Y ese niño? -es terrible cuando la da con los niños-. ¿Pero tú has visto qué niño? ¡Qué ojos! ¿Y si me lo llevo a Madrid? ¿cuánto pedirán por él?

También es terrible cuando le da por la de Angelina Jolie y los ojos de los niños. Sí, mamá, dos. Como todo el mundo, salvo los tuertos. Ojos negros... ¿no te recuerdan a sumideros? ¿Llevarte uno de estos a casa? ¿Has pensado en el lío con Hacienda para dividir mi herencia? Venga, sigamos andando...

Así logré que no comprásemos nada en el Gran Bazar. Me pareció que no tenía estilo, que era una sucesión de mercerías. Pasillos de todo a un euro. Brillantijas y baratijas, aunque no se veían lagartijas. Como una galería comercial de Ciudad Lineal pero con turistas. Escucha, mamá: acepto que algo habrá que comprar. Es ocio y entretenimiento, sube la autoestima. A tu edad no vas a hacerte comunista, sobre todo estando afiliada al Partido Republicano. ¿Qué sería del mundo sin dinero? Imagina. Todos regalándonos cosas, intercambiándonos sonrientes lo que nos sobrara y necesitásemos, sin esos todoterrenos enormes... está bien, compremos, pero con cabeza. Como la gente normal. Como los turcos. Divirtámosnos descubriendo a cómo están las cebolletas, verde y sabroso barómetro económico de un país. ¿Será aconsejable que Turquía entre en la UE con un fresón tan barato? ¿Qué impulsa aquí a los tomates de ensalada a estar por las nubes? ¿Será la materia prima, el transporte o el sector terciario? Quizá en el "mercado de las Especias" lo descubramos. "Mercado de las Especias": suena más real. Y está cerca. Y podemos entretenermos visitando seis o siete millones de mezquitas por el camino.

18 abril, 2007

Estambul es Constantinopla, I

Cuando viajo me gusta aprovechar el día, por lo que siempre intento conseguir billete en un avión que salga muy pronto: reservé plaza en el Graf Zeppelin LZ127 que despegaba a Estambul en abril del 29, pero me fue imposible tomarlo porque aún no había nacido y no quería terminar tan chamuscado como el pollo asado de mi tía Mercedes. En su lugar compré un billete para el sábado a las siete y media de la mañana, una de esos de precio asequible, muy convenientes siempre que no te importe que los pilotos sean ciegos y sufran inesperados ataques de epilepsia. Como no me gusta madrugar acostumbro a pasar la noche en vela, por lo que me cubrí de cera y quedé con una señorita para pasar una velada romántica, pero como siempre que termino de hacer el amor me quedo dormido, incluso aunque la chica insista en juegos post-coito tan interesantes como ponerse a pintar, le pedí a la compañía de taxis que su conductor insistiera al llamarme, dándole incluso permiso para subir a mi casa y sacarme del catre si no respondía. Así ocurrió, con la mala fortuna de que el tipo y mi chica hicieron tan buenas amigas que decidieron quedarse en mi cama y tuve que ser yo el que condujo su coche hasta el aeropuerto, lo que aproveché para ir por el camino más corto y no cobrarme la tarifa nocturna.

Me gusta viajar solo, algo sin duda relacionado con mi obsesión porque se haga siempre lo que yo diga, manía que me ha costado amistades y noviazgos: recuerdo cuando paralicé un viaje por los Paises Bajos para aprender a esquiar o quise tomar un curso de submarinismo en Nepal. Soy tan tozudo que incluso estando solo he terminado peleándome conmigo mismo por el lugar en el que comer, dejándome de hablar durante horas. Pero esta vez necesitaba compañía: no paso un buen momento personal y temía terminar tomando té y dulces hasta reventar, por lo que acepté la oferta de mi madre de acompañarme a condición de que pagara el billete, el hotel, cada una de las comidas y el souvenir que siempre acostumbro a traerla. Con la ilusión de volver a viajar juntos, algo que no hacíamos desde que fuímos la semana pasada a la pescadería, pasé a recogerla en el taxi, y temiendo que no estuviera lista a esas horas la pedí que me esperara en el portal un rato antes, como así hizo: llevaba cuatro días viviendo debajo de la escalera, algo que corroboraban las múltiples pelusas que cubrían su cabeza y la íntima relación que había entablado con los basureros del barrio, a los que llamaba por su nombre de pila y ayudaba a arrojar bolsas en el triturador del camión.

Aunque a veces peco de impuntual no soporto ir con prisas a dos sitios: el aeropuerto y el cine. Es algo que me pone tan nervioso que he llegado a hacer cola para películas que no todavía no tenían escrito el guión, por lo que a las cinco y media de la mañana, dos horas antes de que despegara el avión, estábamos en Barajas. En un aeropuerto, aunque sea muy temprano, siempre hay cosas interesantes que hacer, como contar el número de vuelos que llegan de ciudades que empiezan por 'C', revisar los frenos de todos los carros portaequipajes o, antes, contemplar la desesperación de los que viajan con Air Madrid. Eso fue lo que hicimos después de facturar, proceso que no requirió demasiado tiempo debido a que viájabamos sólo con equipaje de mano: dos maletas llenas de guantes, manoplas, anillos y dedales. Por una vez mi madre no había preparado algo para comer en el vuelo, por lo que no tuvimos problemas en el mostrador por querer viajar con una batería de ollas express.

La suerte y mis lloriqueos hicieron que nos correspondieran dos asientos de emergencia, algo que considero fundamental debido a mi altura, más de tres metros y medio, y la histeria que me invade cada vez que levanto los pies del suelo. Como era tan temprano y mi madre no había pegado ojo no tardó en quedarse dormida, aunque tuve que despertarla ya que sus ronquidos y ventosidades impedían estabilizar el aparato durante el despegue. Yo, aunque tenía sueño, quería aprovechar esas horas para saber más del país al que viajábamos, por lo que pasé todo el vuelo revisando un informe sobre razas bovinas locales, más altas y de cuerpo más corto de lo que estamos acostumbrados, además de altamente resistentes a las enfermedades causadas por parásitos y capaces, aunque con bastante esfuerzo, de llegar a aprender los rudimentos más básicos de la danza del vientre. Enfrascado en tan apasionante tema llegó una azafata ofreciéndome comida, que acepté tras pegarle un cabezazo ya que no soporto que me interrumpan mientras leo.

Las azafatas... quién dijo que las azafatas son siempre hermosas? Otra pregunta de alcance... dónde demonios está el signo que abre la interrogación en un teclado turco? Son tantas las dudas, las inseguridades, que te asaltan lejos de casa... No me importa que una mujer tenga los tobillos un poco gordos, pero estas azafatas parecían caminar sobre dos termos de café con leche, aunque se empeñaban en sonreir sin parar. En la Edad Media las hubiesen quemado por endemoniadas. No dejaron de mostrar su dentadura ni cuando uno de los motores del avión comenzó a arder, y fue esa simpatía la que provocó que sólo dos docenas de pasajeros intentaran arrojarse del avión antes de lograr aterrizar en Munich, donde aprovechamos para llenar con chucrut y salchichas el depósito de combustible. Ese rato en el aeropuerto de Munich fue también aprovechado por mi madre para recorrer todas las tiendas de Duty Free, comprando artículos tan necesarios para nuestra estancia en Estambul como un perrito de peluche encerrado en una maleta de juguete, un aparato de ortodoncia usado por una de los hijas de Hitler y un par de simios capturados en la Selva Negra. Para no ser menos que ella, y aprovechando que el de Munich es uno de los pocos aeropuertos del mundo con sex shop, me aprovisioné de revistas pornográficas -tan explícitas como el Ginecologic's Digest- y un enorme y sonrosado vibrador con más venas que un mapa de carreteras. Tuve que facturarlo junto a las tablas de surf de unos melenudos, al ser considerado un objeto peligroso por las, para mi gusto, demasiado estrictas y moralistas leyes de equipaje dictadas desde Bruselas.

11 abril, 2007

Promoción inmobiliaria

Desde el balcón veo crecer cada semana la nueva estación de tren, que se agiganta para recibir a los miles de vecinos que pronto utilizarán sus vías. Aún no somos tantos en el barrio: apenas un puñado de urbanizaciones durmientes y oficinas de cristal, lo que permite que cada persona que sube y baja por las escaleras mecánicas siga siendo única, individual, y no un átomo en medio del hormiguero. Feliz, despreocupada, ignorante de todo lo que la amenaza, una niña de mechones castaños salta con cuidado del escalón móvil a tierra firme, hablándole a su madre en el olvidado idioma de algún lejano país infantil.

Muy al fondo, pero visible tras el mar de nubes y el aire gris, el perfil de unas tímidas montañas sobre las que quizá nieve en este momento. Aquí, como tristeza evaporada devuelta en estado líquido, cae una llovizna que transforma en barro la tierra de los descampados, cada vez menos, donde los obreros van y vienen con su uso obligatorio de cascos, botas y arnés de seguridad. Son más los que miran que los que trabajan, pero la estructura de sus construcciones avanza, imparable, llenando de esqueletos gigantes el horizonte, como la sala principal de un Museo de Ciencias Naturales. El cuello de una grúa, enorme y metálico pájaro; las plantas de un auditorio, estómago de una ballena; el inmenso aparcamiento donde algún ave remota depositará sus huevos.

Las enredaderas cubren las vallas de los parques privados pero dejan calvas, a través de las que pueden verse las piscinas. Están llenas de agua pero vacías de gritos, pelotas de plástico, flotadores y toallas. Una enorme mansión abre sus puertas y sale un interminable y negro coche con chófer. Detrás dos ancianos, viejos como momias, con la misma expresión de parálisis que los muertos de Pompeya: les imagino viviendo sus últimos días, casi sin conversación, agarrotados junto a una mesa redonda en medio del enorme y desierto jardín.

10 abril, 2007

Back to the Steel, y III

Descartado el pedir ayuda a más ex compañeros del Metal -quiero músculos voluminosos, no ideas para una película de terror-, recorro mi barrio en búsqueda de una fábrica de malas bestias. Camino fingiendo una leve cojera para que no me peguen o, al menos, me confundan con House, pero no tardo en encontrar tres gimnasios: es lo bueno de vivir en un barrio de jinchos. Del primer gimnasio no me gusta su absoluta falta de higiene: esperar a que las cucarachas terminen sus series sería malísimo para la congestión vascular. El segundo está algo más limpio, tanto que me atrevo a entrenar para probar y probarme. Vuelvo al fisioculturismo. Al espíritu de Joe Weider. Pero no me apunto: es demasiado pequeño. Temo coger unos centímetros de espalda y quedarme encajado entre dos barras de acero. Es en el tercero en el que me doy de alta: por fuera está hecho un desastre pero por dentro es amplio y moderno. Con los gimnasios, a diferencia de con las mujeres, priorizo la belleza interior.

El primer día es como el primer día de colegio -aunque ésta vez nadie me muerde en la frente-: pura inseguridad. Todos los presentes son, como en los garitos, más jóvenes. El monitor, un chico de unos 25 años, me pregunta que qué quiero conseguir: ¿Autoconfianza? ¿Vanidad? ¿Huir del envejecimiento? Voy a pagarte por algo que no me aportara nada, cabrón, así que no me averguences. Pero ahora que lo dices: ¿te acuerdas del anuncio de Davidoff en el que salía del agua una especie de Dios marítimo griego? ¿Has visto '300'? Vale, pues eso. Compáralo con este pecho de quilla, estos hombros de novicia. Mis medidas de 90-60-90, mis gemelos de gorrión... ¿que qué quiero? ¡dame masculinidad! ¡poder! ¡Grrrrr! ¡Grrrr! Por cierto, ¿ofrecéis también servicios de depilación?

El monitor me diseña una tabla de ejercicios personalizada, para lo que antes me pide que le enseñe el torso desnudo. Vaya. Tras ello me recomienda, con la misma cara con la que se anuncia una enfermedad mortal, que trabaje pronto los dorsales: tengo menos espalda que una libélula. Aprovechando que llevo chandal y no traje de chulapo empiezo a construir mi nuevo físico, y mi estrecho esqueleto deambula, dubitativo, entre los aparatos. Muchos son tan modernos que dudo de si sirven para agigantar el cuadriceps o ayudar a un parto difícil. Otros parecen sacados del Museo de la Inquisición, sala "Torturas", sección "I+D". La última gran novedad tecnológica del gimnasio es la presencia de un torno a la puerta, cuya utilidad desconozco, que obliga a portar cada día una tarjeta rosa chillón.

Es tremenda, pero muy a tono con lo que encuentro después. La gran revolución que vivió la sociedad española en estos últimos tiempos, la homosexualidad galopante, ha llegado también a las pesas. Donde antes mastodontes se saludaban chocando las manos ahora hay piquitos entre gráciles y definidísimos atletas. Uno se asusta al verlos. El metal les acompaña como si trabajasen en una fábrica de hierro, poseen desconocidos grupos de músculos, pero la hombría les molesta como traje de oficina en fiesta de disfraces. Pantalones diminutos de lycra, gruesas rayas verticales moradas y negras, músculos cual jamones de Guijuelo. Camisetas de tirantes diminutos. Tatuajes que empiezan a perder color -esa fue la plaga de los noventa-. Morenos de rayos UVA, pelos que parecen cortados hace cinco minutos, gomina, más locas que bajo las estraboscópicas luces de una discoteca de Chueca. Nunca me ducho en los gimnasios, por temor a los papilomas (esos pequeños maniacos) pero ahora tengo otro motivo: temo que una pareja de osos aterciopelados me acorrale y enseñe una nueva forma de estirar.

Es una nueva generación de superhéroes. Aún más devotos a la estética, aún más fibrosos, más propensos a llenarse el cuerpo de clembuterol, L-carnitina y creatina. Entrenan con una intensidad aplastante, consagrados a alcanzar la perfección. Se animan con gritos de "vamos, vamos nena" o "venga loca, rumana". Y ni me miran, y de momento tampoco me quieren pegar. Veremos cuánto dura la historia.

01 abril, 2007

La meriendita

- Pues me había descongelado unas morcillas para comer y al final no me las he comido. Hemos estado en un bar y hemos empezado con las tapit...
- ¿Morcillas? Uy, qué ricas que deben estar esas morcillitas.
- ¿Las quieres? ¿Te apetece que te fría unas pocas?
- Ay no Maxi por dios, que estoy gordísima y tenemos que ir al crucero y luego no entro en el bañador. Un trikini monísimo... ya verás, ya verás cómo me queda.
- ¿Un trikini, Amalia? Pero entonces la que va a parecer una morcilla eres tú. Venga anda, que te las hago en un momentito.

En milésimas de segundo Maxi está en marcha. Ha sido un movimiento fugaz, inimaginable en tal mole. Es el mejor Michael Jordan reencarnado en una señora de 67 años. Un ser superior. En ese mínimo espacio de tiempo Amalia se enciende un "piti". Se oye la sinfonía del aceite hirviendo en una gigantesca sartén. Fissssh, fissssssh, fisssssh, fissssssh... Cuatro morcillas se hacen a altísimas temperaturas.

- Y además vas a ver lo suavecitas que están... y eso que son de cebolla.

Amalia da dos bocanadas al cigarro y ya tiene delante el plato. Las cuatro morcillas reposan a pocos centímetros de su cara. Y media hogaza de pan de pueblo. Ha sobrado de las trescientas o cuatrocientas mil torrijas que Maxi ha manofacturado en las últimas horas.

- Ay Maxi, pero esto es muchísimo. Que ya sabes que luego me pongo mala. Que sabes que me pong...
- Son de La Adrada.

Maxi está como cegada. No atiende a razones.

- Y el pan vas a ver cómo está. Hazte unos bocadillitos, hazte.

Amalia no es ninguna recién llegada. Las cuatro morcillas, imponentes y amenazantes en un primer momento, como cuatro misiles rusos en el desfile de las fuerzas armadas del Día del Pilar, quedan reducidas a restos diminutos en segundos. De ellas sólo quedan pequeñas bolitas negras, casi indistinguibles del plato... Amalia las rebaña ayudándose con el pan de pueblo, que es verdad que está ríquisimo.

Los vasos sanguineos del cerebro de Amalia empiezan a congestionarse, conduciéndola a una especie de sopor similar al del opiómano. Es en ese estado a mitad de camino entre lo onírico y lo real cuando distingue, algo borroso, un túper lleno de albóndigas.

- Redonditas...

Sí Amalia: tan redonditas, tan igualitas todas, tienen un aspecto que podría hasta resultar simpático. Pero en ellas se esconde casi media vaca triturada. ¿Rodaron procedentes del Averno? ¿O cayeron del cielo como aerolitos, con ajo, perejil y sal?

- Qué buenísimas están. Pero me voy a comer sólo una más, que si no luego no ceno.

Eso dicen todos. La relación de Maxi con las cantidades a la hora de servir debería ser estudiada por Madonna y otros expertos en cábala. Siempre el número justo para que, sea lo que sea, poco parezca muy poco, y todo una cosa de escándalo. Pero luego, ahi delante, va cayendo todo. Y quien dice albóndigas dice croquetas, o pimientos rellenos, o picadillo de cerdo, esa ilusión suicida...

- ¡Moja, moja bien el pan, que verás como me ha quedado la salsa!
-Gggggg... ggggggg....

Amalia muestra los primeros problemas para vocalizar. Algo lógico, a partir de la albóndiga número diecisiete.

-Gggggg... gggggg...
- Sí, Guillermo, Guillermo es el carnicero. Y le digo que a la carne picada le eche también un poco de jamón serrano, para darle más sabor. Bueno, y luego la salsita... está así de espesita y de rica porque la engordo con un poquitín de harina.

Suficiente harina como para freir un manojito de cachalotes.

- Vamos, que me dirás que están igualitas a esas que les compras a tus hijos del Dia...
- Gggggg.... gggggg...

Llegados a tal punto son muchos los médicos que diagnosticarían que Amalia ha sufrido una muerte cerebral. En varios estados de Norteamérica la gente empezaría a manifestarse, a su vez, para que no la dejen morir. Toda una discusión sobre la ética y el derecho a una muerte digna. Pero Amalia se recupera de pronto y se enciende un cigarrito.

- Joder Maxi cómo están esas albóndigas. Lástima que no hayan sobrado, porque de verdad que me las llevaba en un túper.

Por supuesto que han sobrado, pero esto Amalia no lo sabe. Pero sobrado... es más, con las que se agolpan en la nevera se alimentarían años todos los Kennedy. Pero Maxi quiere dejarle unas pocas, tres o cuatro docenas, a su 'nene'.

- Y lo del pan, entonces... ¿qué decías que era, para hacer torrijas?

La típica osadía del imprudente. Del insecto volador y la bombilla. El jugar con fuego. Amalia y los postrecitos.

- ¡Ay que se me olvidaban las torrijas! ¡Y cómo no le voy a poner unas torrijitas a mi amiguita Amalita!
- ¡Con lo que nos queremos!
- ¡Ay Amalita dame un abrazo!

Y se abrazan, y es como si dos gigantescos planetas en vez de colisionar empezaran a hacerse el amor. Metafóricamente, ojo, pero con muchísimo amor.

- Las he hecho de leche que quedan menos dulces. Ya sabes que no soy golosa.
- ¿Y no fue por las de almíbar por las que tuvieron que hospitalizar a tu sobrino? ¿No te las prohibió volver a hacer una jueza?
- Sí, pero es que se comió como doce. Eran un poco más pequeñas que éstas, eso sí... espera que te las traigo.

Amalia no se levanta del sofá para ayudar. Es más, es posible que no pueda volver a levantarse del sofá nunca más.

- Son sólo unas pocas... para que las pruebes.

Dice una voz procedente de la cocina de Maxi, esa especie de economía emergente, de ese nuevo tigre asiático, que tiene organizado en su casa.

- Apenas un perolín...

El sueño de un hospicio. Un enorme memorial a los caídos por la diabetes. Un grito de nunca más.

- ¡Por dios! ¡Por dios!

La que grita es Amalia. Maxi ahora mismo no pierde el tiempo en hablar: empana filetes como a principios de siglo se fabricaban Ford T.