26 septiembre, 2005

La Historia de Francis: Orígenes

¿De dónde (coño) salió nuestro antiheroe? ¿Cuáles son sus auténticos naturaleza y origen? ¿A qué, o a quiénes, debemos echar la culpa de este error de la naturaleza?

No existen o, mejor dicho, no disponemos de documentos gráficos que atestiguen del nacimiento de Francis. Pero tampoco los tenemos del de Jesucristo, el Hombre de Atapuerca o el Yeti, por lo que no resulta descabellado incluir a Francisco Alberto Díaz Martínez dentro de ese grupo de leyendas, de seres mitólogicos, cuya grandeza va de la mano con las dudas sobre su alumbramiento.

La teoría más difundida, la que hasta reza en todo tipo de archivos, libros y soportes multimedia, señala a Emilio Díaz y Pili Martínez como coresponsables de esta tragedia. Pero no es la única versión que nos ha sido posible encontrar; hay otras, como la que afirma que hablamos de un designio de los cielos, de un castigo a la humanidad, una especie de Sodoma y Gomorra ahora versión Panceta y Chistorra. También han sido hallados documentos que elucubraban un extraño caso de autoalumbramiento, o el incierto origen de que fue fruto de una inseminación extraterrestre. Son, pues, muchas las cábalas sobre este lleno de sombras suceso, y como tal difícilmente cabrán en este relato. Así que de momento vayamos con la historia oficial, con la teoría más extendida sobre este primate con gafas.

Emilio Díaz es entonces, oficialmente al menos, el padre de Francis. Varios hechos dan forma a esta posibilidad, acercándola a la claridad de las más claras certezas: el parecido físico de ambos es innegable. Especialmente una característica orgánica, una peculiar tara que, según consta en los escritos, padecen todos los miembros varones de esta rama de los Díaz: la microcefalia. Años de búsqueda y el rastreo de casi infinitas fuentes me permitieron dar con el irigen de este problema intrínseco a mis vecinos de arriba. Manuscritos que se pensaba perdidosme ayuaron a dar con un antepasado de Emilio, que dearrolló una loable trayectoria de explorador y conquistador hace unos cuatrocientos años. Hablo de un tal Torcuato de Mazapaness Dáz, que recorrió tierras, lares, continentes, en diveras oasiones en busca del entoncs llamado "El Dorado". El bueno de Mazapanes, que según consta en los escritos sufría, como mayor obsesión, de un incontrolable petito y afán por deglutir y engullir todo lo que a su paso encontrara, pensó que ese mítico "Eldorado" se efería a una receta infalible para el cochinillo asado, y que en las tierras que ese nombre recibñian, que tan alto secreto ocultaban, podrían expandir y dar de sí su ya de en aquellos momentos incontrolable tripón, Las aventuras e don Torcuato son innumerables, y de sus adiposas hazañas podrían escribire mil y un libros, odos ellos a ser posible en papel de aroz paa luiego preparar con ellos unas deliciosas paellas. Pero no nos desviemos del tema, y menos para adentrarnops por la senda de terrenos culinarios e histórico- novelescos, de los que luego tan difícil es volver.

Aunque pueda con esto arruinarles lls la esperanza a más de una, quiero aelantarles ya que Mazapanes nuna logró encontrar el Dorado, y con él o en él el secreto de la receta ideal para un crjiente y cremoso cochinillo. Pero nuna desistió en su lucha, nunca cejó en su inconmesurable empeño, que le llevó a adentrarse en dimunutas urbes, gigantescas aldas, húmedos desiertos y, por supuesto, organizadas, distribuidas y perfectamente señalizadas selvas. En una de ellas, desgraciadamente no tan organizada, su carrera de conquistador de parajes, tierras y parcelas individuals a escasos minutos del centro de la capital se
torcieron paa siempre. Don Torcvuato se perdió en la jungla, creemos que en la amazónica, quedanso así a merced de fieras y alimañanas tan salvajes como varias. Tras comérselas una a una (y s que su hapetito era insuperable, si acaso sólo podido por su afán de gloria para el Reino de León, del que era originario) su ya de por sí limitada escaa movilidad se vio gravemente refucida a ausa de lios opíparos banquetes que le procuraron las salajes bestiass, por lo que el fornido aventurero fue hecho presa -trmeneda psa, por cierto- por ls famosísimos, simpáticos y nunca adevalorados en su justa medida jíbaros. Los jíbaros mantuvieron una cruenta lucha conra aquel invasor ataviado con extrañas ropas, que casi le hacían parecer de otro planeta, y
en la encarnizada luha muchos fueron abatidos por el intruso español. Pero el pueblo jíbaro, pese a lo que muchos puedan crer, es un pueblo cabezón, y, tras gastar todas sus cuerdas y armas, lograron reducir (cuánta paradoja, por dios) al antepasado de Francis. Los aborígenes, que celebraron su éxito con el ancestral y todavía recordado cántico "Jibaro, Joanna Jibaro, Joanna Jibaro, Joanna Jibaro I-ho", unido a fastos, ágapes y jolgorios múltiples. Pero no todo era perfecto para los pobres inditos. Su ornodo prisionero requería, para mantenerse con vida, de una cantidad de calorías inalcanzable para una cultura tan atrasada que aun no huibiera descubierto el Doble Whopper con queso, por favor. Así que, con hondo dolor de su selvático corazón, tomaron la determinación de celebrar su rito favorito, aquel que sólo dispensaban a prisioneros de la más alta categoría y enjundia: la disminución del volumen craneal, la reducción cabecil o, en lenguaje jíbaro, la "compresión cuántica y volumétrica de la ajena testa". Los métodos para conseguirlo nunca han sido difundidos y, como tantas otras maravillas, permanecen ocultos al devastador y hambriento observador occidental, pero podemos intuir que se basa en brebajes y pócimas a base de cocer y sofreir diferentes especies vegetales amazónicas. El encogimiento se realiza paulatinamente, sufriendo el cerebro todo tipo de etapas a medida que va disminuyendo. Cuando el condenado sólo quiere ver fútbol, incluso torneos amistosos de verano, y películas gore, resulta señal inequívoca de que la actividad cerebral ha menguado hasta un punto de no retorno, casi de muerte mental. Pero no nos adelantemos en más de quinientos años.

Los Díaz, por increíble que pueda resultarnos ahora, eran conocidos hasta el siglo XVI por sus enormes cabezas, perfectamente armónicas con sus cuerpos rollizos, llenos de michelines, grasas y distintas sustancias colgantes. Así que los jíbaros comenzaron a arrancar plantas, arbustos, árboles, hierbas, setos, ficus y demás formas de vida herbóreas de esas que abundan por la zona amazónica que pueblan, que echaron en las dosis idóneas en marmitas y marmitas de potaje jibariano, hasta llegar a producir una loción que, gustosamente, comenzaron a aplicar en la cabeza de Mazapanes. De a poco fueron logrando su propósito, pero el proceso era largo y tortuoso. No sólo la enorme cabeza se resistía a menguar, haciéndolo a una velocidad apenas percibible por ojo humano, sino que a medida que su cerebro menguaba el hambre de Mazapanes aumentaba de manera proporcional, pareciéndose cada vez más entonces a los que luego serían sus descendientes.

Resultado: a base de cocido selvático las existencias de jaguares, tucanes y topkapis amazónicos se vieron reducidas de forma drástica, a lo que hay que unir los gastos en verdura para lo de la cabeza (y no nos olvidemos aquellas destinadas a las ensaladas: Mazapanes no se privaba de nada). Eso sí que era un expolio de recursos naturales y un arrase amazónico, y no lo que ahora denuncian, gimoteando cual patéticas plañideras, los de Greenpeace y parecidas OENEGES.

La decisión de los jíbaros, acercándose al momento límite de equilibrio y crecimiento sostenible, fue tajante y dolorosa: así no podían seguir, y se reconocieron, en un gesto de humildad que desde luego les honra, incapaces de acabar con su objetivo y/o prisionero. Éste, pese a ver su cabeza reducida a la mínima expresión, mantenía el resto de constantes vitales; es más, podía decirse que gozaba de una espléndida salud y de unos colores que para nada denotaban que su vida fuera extinguiéndose con la tortura canibal. El apétito y buen humor, que no sólo menguaban sino que también se hacían cada día más notables, advertían de que el proceso de asesinato menguante podría verse prolongado ad eternum, por lo que decidieron liberarlo y, con un poco de lástima, porque hasta a un animalito así se le termina cogiendo cariño, obligándole a marchar. No es descartable que veinte o treinta hectáreas más de selva, el equivalente a unos cuantos miles de campos de fútbol, junto a unos cuantos grupúsculos de primates en su jugo hubieran logrado matarlo, pero los salvajes optaron por no tomar tales riesgos y quedarse sin el ecosistema que les había legado con tanto amor pachamama, por lo que Torcuato de Mazapanes pudo volver a su patria, León, con el corazón henchido de satisfacción, un alma agigantada por las penurias sufridas, los índices de colesterol y azúcar en su situación más óptima, debido a la saludable dieta, y una cabeza diminuta, grotesca en su pequeñez.

Inexplicablemente, esta monstruosa anomalía no causó su deceso a corto plazo, como todos los especialistas se atrevieron a afirmar, y no sólo no lo mató sino que, además, fue aprendida por sus genes y sus células madre hasta el punto de ser transferida a aquellos sus descendientes, lo que provocó que la tradición de la mínima cabeza llegara hasta nuestros días. Tanto, que científicos alemanes de principios del siglo XIX la estudiaron con suma profundidad, llegando a elaborar la denominación de la Döble M (Mikro Mochen) o Teoría del Doble Boliche: una pequeña bola de billar corona una gigantesca bola de material parecido al tocino. la tara que nos ha ocupado estos últimos minutos es uno de los más claros y definitivos argumentos que existen para demostrar que, por más que la NASA se empeñe, Francis posee un origen humano, y no extraterrestre, o divino, como algunos estudiosos, iluminados, seminaristas o lunáticos en general se empeñan en afirmar.

Pero no dejemos de lado ahora a Emilio (necesitaríamos alquilar una grúa industrial para hacerlo además) porque su historia no termina con su cabeza, sino que su persona ofrece muchas más anécdotas deliciosas (como lo serían las mantequitas que de él podrían extraerse en caso de emprender una matanza). Emilio no vino solo a este mundo, ni es una muñeca repollo gigante y levemente cambiada de sexo. Tampoco es hijo único y huérfano, como muchos se empeñan en creer debido a la dificultad física de sobrevivir a su embarazo y, sobre todo, a su parto. Su madre trajo al mundo a tres individuos más, uno de ellos hembra, que acabó casándose con un director de banco leonés por lo que fue considerada en el entorno familiar la vástaga más exitosa. De los otros dos hermanos no constan demasiados datos: uno es camionero, pero su pista se ha perdido tras un turbio asunto de travestismo, prostitución y una respuesta violenta ante la sorpresa encontrada, y el otro desarrolla una humilde vida como camarero en un bar de carretera, tras la paliza recibida por su hermano en el incidente anterior. La historia da para un tenebroso cuento, pero no es momento este para digresiones ni hacer demasiado escándalo recordando el escabroso suceso.

Otra posibilidad es que todo lo anteriormente dicho sea una más de las fantasiosas historias que mi madre inventa desde hace décadas, ya que es un suceso sobre el que los Díaz nunca han realizado declaraciones. Si este ensayo fuera, como espero suceda, un acontecimiento científico y la National Geographic Society me destina alguna de sus suculentas becas, prometo dedicar gran parte del presupuesto a sobornar a Luisito y asegurar así su veracidad y posterior ampliación en una segunda edición.

Tenemos entonces datos concretos sobre los hermanos de Emilio, que como ya he comentado han sido imposibles de confirmar. Puestos al habla con Gervasia Díaz, la presunta esposa de director de banco leonés, se niega a reconocer el presunto vínculo, algo por otra parte coherente con su situación social, que sin duda se vendría abajo de ser descubierta la historia, el Emilio, su cuñada y sobre todo unos sobrinos, sangre de su sangre, que componen esta historia.

Por último hay que decir que esta tía, con la cual la familia no mantiene pues ningún contacto, no tiene nada que ver con la cacatúa paleolítica que actualmente vive con ellos, personaje que será analizado en profundidad en próximas páginas, en el capítulo titulado "Vestigios del primitivismo en Federico Gutiérrez 11". Respecto a los otros dos varones, siguen viviendo en León, donde mal que bien, y gracias a un trabajo eminentemente físico, gracias a dios, ganan el pan de cada día suficiente para vivir y mantener un peso evidentemente excesivo.

Existe una teoría que, por su excesiva complejidad, no he querido recordar hasta ahora. Analistas políticos y críticos de televisión han sido proclamadores de la leyenda de que Javier Gurruchaga, conocido actor, músico y "showman", alberga tal parecido físico con alguno de los Díaz, especialmente la madre de Emilio, que de alguna forma ha de estar relacionado genéticamente. Determinados comportamientos también así lo aconsejan. Pero no hay forma de demostrarlo sin comprobar su ADN, y no estoy dispuesto a arriesgarme a robarle un pelo con el ánimo de acrecentar lo anecdótico de este relato, con una historia que tampoco añadiría además más que focos y la atención de un tipo de televisión que no me ha interesado hasta ahora.

Pilar Martínez, María del Pilar Martínez o "Súper Pili", es la madre de Francis. Cualquiera que haya tenido el placer de conocerla -supongo que todo aquel que pierda su tiempo leyendo esto es porque el tema, de una forma u otra, le toca de forma directa- podría pasar horas y horas hablando de esta fornida y robusta mujer. ¿Quién de nosotros no ha soñado alguna vez con organizar una velada boxística - o de lucha sobre barro, para los más pervertidos- protagonizada por ella y mi madre? La capacidad de pegada de ambas sería como la de dos explosiones atómicas, haciendo palidecer de envidia a cualquier púgil de peso pesado.

Pero Pili es mucho más que un magnífico proyecto de boxeadora, alguien sobre cuya vida real inspiró el libro que dio origen a la película "Million Dollar Daily", tras una brutal paliza a una señora que casi todas las tardes se la colaba en el Día; no, mucho más, Pili es acreedora al calificativo de "Gran Mujer I", y por muchos motivos. Por ejemplo, que a un golpe de sus pulmones reventarías camisetas que le quedarían enormesal increíble Hulk. Pero, más alla de por sus particularidades físicas, lo es por su familia, por los suyos y sus malformaciones genéticas, su papel como experimento lunático de germen y vientre en el que se desarrolló nuestro protagonistas. Su atrevimiento al emparentarse con Emilio, su arrojada irracionalidad al prestarse a ese apareamiento fueron, pues, decisiva contribución a la creación de ese ser con el que tan enorme deuda saldo con la escritura de este grueso panfleto humanístico (en todo caso, primer tomo de esa enciclopedia de "Tarados que me rodean" que estoy dispuesto a acometer. Un proyecto ambicioso, pero que tiene que salir a la luz).

Pili, al igual que su marido y compañero de cama (reforzada con Titanio, supongo), es nativa de León. ¿Qué más personajes ha dado a la historia esta bella ciudad? A la de la humanidad abundantes: urbe medieval, cruce y parada de culturas y tendencias artísticas y gastronómicas... Y escenario en el que la pequeña Pili comenzó a andar por el sinuoso camino de la vida, escribiendo desde muy pequeña los renglones de su inestable fuerza, levantando vacas y cambiándolas de sitio por mero capricho infantil, castrando pollos y abollando las primeras farolas que, entonces, llenaban de luz artificial las aceras de esos atrasados lugares. La pequeña Pili, esa casi granjerita que se rifaban los cabreros de la región, seducidos por sus desmedidos senos...

Detengamos la paja mental y volvamos a la realidad. Pili no era fruto de una familia granjera sino de una de militares, cambiando así por pajares por hangares y ciñéndonos a un mundo mucho más metálico, rígido y levemente aceitoso. Manolo, el padre de Pili, transmitió a sus otros dos hijos, varones, los valores y la carrera castrense, terminando ambos desarrollando su función patriótica en lugares tan memorables como Irak o los Balcanes, en misones muy recordadas por España y por los Diaz a la hora del telediario. ¿Por qué Pili no se sumó a ellos? ¿Por qué el ejército nacional perdió a esa futurible arma de destrucción masiva, a ese arsenal de batalla, a esa especie de Rambo endurecido por miles de conflictos haciendo cola en el Sepu? La respuesta no está en el viento, como diría Bob Monaguillo Dylan, sino en la tradición y el amor. La primera dificultaba la entrada de una mujer a las por entonces arcaicas Fuerzas Armadas. El otro fue, como siempre, un milagro, un apocalipsis, una leyenda. En una isla vital sólo caminaban dos vivos, que cruzaban a toda velocidad un campo lleno de hortalizas. Había sitio para ambos, sus destinos no tenían porque necesariamente chocar, pero ambos estaban destinados a colisionar y estrellarse. Eso pasó con Pili y Emilio: como dos planetas en el universo, existían para encontrarse, chocar, y atiborrarse en pareja de morcillas, lechones, cocidos maragatos y mantecados leoneses. No habría manjares ni viandas que se les resistieran, ni horda de lípidos suficientemente indigesta como para escapar a sus musculadas y sobre entrenadas mandíbulas. Ambos podrían lograr algo grande, derribar mitos alimenticios que parecían imborrables, como el de Johm Brower Minnoch y la difunta Perry "Pearl" Washington, el matrimonio más pesado de la historia con sus 635 y 398 respectivos kilos. Todos en León se las prometían muy felices, y como la Cultural Leonesa jamás accedería a la Champions esa sería la vía para que, a través de constantes records Guinness, la población sería conocida. No pudo ser, y ahora su único acceso a la gloria es la difusión de las historias de Francis, su hijo. Colaboremos pues con ello.

16 septiembre, 2005

El Hada Rohmer

Aunque agrupadas bajo diferentes categorías las películas de Eric Rohmer siempre cuentan las peripecias de personajes reconocibles: mujeres inseguras que buscan a su pareja ideal pero, en realidad, tratan de encontrarse a sí mismas, y hombres débiles que, presas del amor, se convierten en marionetas de las anteriores damas. En medio de ese trasiego de sentimientos el francés reflexiona sobre el destino, la felicidad, el sentido de la vida o, sencillamente, el cómo soportarla día a día. Da igual que hablemos de Cuentos morales, Comedias y Proverbios o, en este caso, del segundo de los Cuentos de las Cuatro Estaciones: el sabio director francés se sienta, coloca la cámara donde nadie la presta atención y, paciente, deja hablar a sus personajes, retratando su interior desde un punto de vista exterior.

Si bien la naturalidad con la que nos son expresados pudiera sugerirlo, la riqueza de detalles, la perfecta ambientación y el compromiso emocional de actores y director en lo narrado hace que no pueda hablarse de temas menores. Rohmer siempre evita el sentimentalismo y los golpes bajos, y es su perfecta recreación de la realidad la que convierte a sus películas, aparentemente discreta, en descomunales obras. Lo mismo que ocurre con este Cuento de Invierno que, pese a no ser una de las mejores, si es heredera de su habitual y agradable realismo, de su quieta credibilidad, de su facilidad para hipnotizarnos y hacernos partícipes de las andanzas de unos personajes tan queribles como fáciles de reconocer.


La protagonista vive en la duda: un ridículo despiste la hizo perder al que entiende es el amor de su vida, un hombre con el que mantuvo una idílica y breve relación de verano. Ahora, madre soltera de una niña fruto de ese idilio, se debate entre dos pretendientes: uno la regala seguridad económica, el otro la estimula intelectualmente, ambos la ofrecen su entregado amor. Pero ella sigue añorando al tercero, mitad idealizado, totalmente inexistente. ¿Es posible encontrar el amor verdadero? ¿Vale la pena esperarlo, aunque esa espera nos haga infelices? Pero también...¿es justo pretender ser feliz, actuar como si uno lo fuera, cuando en realidad anhelamos algo más? ¿Y no es cierto que será más posible alcanzarlo si sacrificamos todo por ello, y no si lo olvidamos y lo dejamos de lado?

El cine de Rohmer, pródigo en casualidades, se entrega en esta película a ellas, dejándose llevar por la ilusión y la fantasía. No necesita acudir a seres de fábula, le basta con adentrarse en los sueños que todos tenemos despiertos. El amor ideal y pleno, la pareja soñada, la media naranja ideal y el amor como único medio para lograr la plena felicidad. No es la mejor obra de su director pero, como todos sus otros trabajos, dice mucho más de lo que es frecuente escuchar de una película.

13 septiembre, 2005

La Guerra (real) de los Mundos

Hace unas décadas alguien introdujo en el Lago Victoria (lugar de incomparable biodiversidad donde, dicen, surgió el ser humano) a una especie ajena: la Perca del Nilo. Su voraz apetito la hizo comerse a todos las demás pececitos que nadaban en el lago; su buen sabor la convirtió en apetitoso bocado para las bocas del primer mundo. Así que mientras el pez exterminaba a la fauna endémica del lugar, ser pescado y comido permitió crear una incipiente industria, la única del lugar, en Tanzania. Vale, el lago terminaría siendo un inmenso lodazal, pero a cambio el país fomentaba sus vínculos comerciales con la Unión Europea, exportaba algo además de hambre y podía recibir el título de "nación en vías de desarrollo".


La Pesadilla de Darwin también explica cómo los mismos aviones que se llevan los filetes de pescado descargan antes armas y maquinaria de guerra que dejan muerte y devastación en el continente africano. También habla de cómo la "floreciente" industria tanzana ha generado sólo una riqueza ficticia, que esconde dramas como migración incontrolada, pobreza extrema o prostitución, convirtiendo al SIDA en plaga.

La Pesadilla de Darwin se limita a dejar hablar a los protagonistas de la historia y dedicar lo filmado a su memoria (muchos ya estarán muertos). Ellos cuentan, humildes e ignorantes, las vverdades universales pero ocultas, escandalosas pero permitidas. Para conocerlas, véase la película o abrase cualquier periódico y contémplese una infinita cantidad de mentiras.

A nivel personal, ver una película así me hace sentir débil, egoísta, culpable, cómplice, indigno. Salgo del cine y no puedo levantar los ojos: me avergüenza todo lo que me rodea. El filme da Respuestas que abren muchos más Interrogantes.

Creo obligatorio ver este documental. Las más grandes películas no son aquellas que narran grandes historias, sino las que nos revelan la naturaleza humana, cambiando nuestra actitud ante el mundo. Ésta lo logra: el silencio con el que uno abandona el cine te acompaña hasta mucho después y, pasadas varias horas, varios días, te sigue haciendo pensar, reflexionar y tratar de encontrar una forma de actuar con consecuencia.

Las grandes decisiones no tienen por qué ser inmediatas, bruscas, sino que pueden construirse a lo largo de más tiempo. La pesadilla de Darwin ayuda a tomarlas, a cambiar nuestra vida o, en su defecto, a avergonzarnos de permanecer inmóviles, arrojándonos su desprecio por no ser capaces de hacerlo.

- Web Oficial

- La película, en España

- Web del director

- Más sobre el tema: No te comas el mundo

10 septiembre, 2005

Gracias por el chocolate

Nunca supe, cuando se dice de alguien que es capaz de dar "una de cal y otra de arena", cuál de las dos es la buena. Sí estoy seguro de una cosa: Tim Burton, uno de los cineastas más talentosos de las últimas décadas, perdía su bien ganado crédito por culpa de sus recientes películas: la blandengue e innecesaria Big Fish, la desesperante El planeta y la digna, pero no al nivel de sus anteriores obras, Sleepy Hollow. Las voces críticas, esas mismas que les perdonan tanta mediocridad a otros, acechaban como lobos: que si es un bluff, que si está sobrevalorado...

Puedo no estar muy seguro (aunque creo que sí, pero bueno) de que Charlie y la fábrica de chocolate sea una de sus mejores películas, pero sí es cierto que hacía mucho tiempo que no me reía así en un cine. La historia es fascinante, la estética, como no podía ser menos, asombrosa, el humor ácido y más que brillante y las interpretaciones, de todos, soberbias. Es más: Deep Roy, el pequeño actor (sí, también es enano en la vida real) que interpreta a los Oompa Loompa, es uno de mis nuevos ídolos cinematográficos. Ansío tener la versión en DVD, y aprender a bailar como ellos.


¿Lo malo? No demasiado, pero algún pero habrá que ponerle, porque tampoco es perfecta. La excesiva crueldad Burtoniana hacía el pequeño y gordinflón alemán, en un chiste quizá demasiado visto... El episodio que parodía 2001, previsible y aburrido... Sin duda los traumas infantiles de Wonka, totalmente innecesarios... Respecto al tan criticado final, me parece sólo un chiste. ¿Y esto es un cuento infántil, no? ¿Si somos buenos no recibiremos un premio? Otros llevan dos mil años viviendo de esa misma historia...

En todo caso, festejo que Burton haya recuperado la forma. En su honor no comeré chocolaté pues no peco de goloso pero, como algo tendré que hacer, me enciendo ahora mismo un canuto. Y pienso, mientras saboreo el cacao...¡qué ganas tengo de que llegue la próxima! (Corpse Bride, en la línea de la genial Pesadilla antes de Navidad es, por lo que dicen, una obra maestra absoluta).

08 septiembre, 2005

Para ti son putas, Fernando

En una simpática frase, probablemente la mejor de la película, una de las dos chicas que protagonizan la historia le dice a la otra: 'No somos putas: somos princesas". Se supone que ese el mensaje que Fernando León, guionista y director, pretende hacer suyo: que ser prostituta no siempre es sinónimo de degradación, que también en esa profesión hay sitio para la dignidad humana. Eliminar prejuicios, acercar a la sociedad los problemas pero también las esperanzas de ese colectivo es a lo que aspira 'Princesas'.

Cual no será mi sorpresa cuando, sin embargo, lo único que contemplo aburrido primero, ofendido después, es a una retahila de seres mentirosos, traicioneros, carentes de todo principio y, a la vez, ánimo, inteligencia o fuerza para salir de su pozo. Las Princesas de León no paran de recibir palos (no hay, en toda la película, ningún personaje que las ayude, que las comprenda, al menos fuera de su profesión -en la que tampoco hay más que hienas, por cierto-). Pero sus puteadas criaturas, lejos de enfrentarse a esa miseria, ponen la otra mejilla, mascullan y, siempre con la mirada perdida, anhelan un imposible mejor futuro con poesía sensiblera.


Desde su primera película la fama de Fernando León ha crecido mientras se degradaban sus historias. El que presume, con la complicidad de los medios, de ser el cineasta social español por excelencia ha cambiado de táctica: de retratar la realidad mediante un humor ácido y novedoso pasó, en su última película (aunque mucho de esto ya se adivinaba en 'Los lunes') a desfigurarla a los golpes, tratando de hacerla creíble mediante la humillación constante de sus personajes.

Es ridículo que León finja cariño por ellos: los humilla, los castiga con desengaños sentimentales, violencia física y, en un giro final repugnante, una enfermedad dolorosa y mortal, que además será propagada con un ridículo afán de venganza. Cinematográficamente hay más peros: no sólo León vampiriza a sus personajes para mostrarse 'realista' o 'comprometido', sino que salpica y alarga artificiosamente la trama a través de diálogos increíbles, casualidades morbosas, las omnipresentes en su cine "mentiras familiares piadosas" y, como era de esperar, una última secuencia en la que un ridículo jolgorio final amnistía a las prostitutas convirtiéndolas, por fin, en princesas, dándolas al menos durante unas horas la tan pasajera como improbable posibilidad de ser felices.

07 septiembre, 2005

Reacción en la Redacción, Chapter Four

Cuando el reloj marcaba las siete horas y tres minutos, ni un segundo más ni uno menos, el sofisticado reloj Kukamashi, adquirido en Tokio, único en el mundo por ser de color rojo lila y tener la firma del más famoso compositor de música con palillos japoneses, Takeo T- Wasabi, comenzó a expeler un zumbido, especialmente audible pese a su baja frecuencia por el oído humano, que procuró a X un plácido y paulatino despertar. Era la hora exacta en la que, según una página web de astronomía muy reconocida, se producía el máximo punto de confluencia entre el recién nacido sol y la decadente luna, lo que daba lugar al nacimiento de un haz especial de luz supersónica y altamente relajante sobre la ciudad de Madrid. Las perfectamente planchadas y, sobre todo, empapadas en suavizante sábanas de la pequeña cama de X fueron apartadas con suma delicadeza, y era tal la perfección de su imagen, lo inmaculado de su finura, que nadie hubiera podido decir que ahí hubiera estado durmiendo alguien, a no ser que se tratara de un delicado fantasma.

Con tremendo regocijo, anulado el presunto sueño por la emoción de comtemplar tan revelador e interestelar espectáculo, X se acercó a la ventana y, entre las cuerdas de tender de sus vecinos, sobre las que se asían, como banderas de la cotidianidad, orgullosas camisas, atrevidos calzoncillos y alguna que otra braga que, en su ondear orgulloso, parecía capaz de tapar una furgoneta, sus oscuros ojos quedaron deslumbrados por el casi imperceptible alumbrar con el que el día comenzaba. Entusiasmado, X se dirigió a toda prisa hacia la habitación del ordenador, para narrar en primera persona, y lo antes posible, su experiencia casi mística en el blog. Las prisas, sin embargo, no le llevaron a olvidar algunas de sus primeras obligaciones que acompañan cada uno de sus madrugares: poner el agua a hervir en su futurista tetera en la que, según comenzaban a brotar las primeras burbujas, como fuegos artificiales por el nuevo día, fue introducida una deliciosa bolsita de té de magnolia armenia, que por todos es sabido ofrece uno de los más suculentos sabores al paladar cultivado. Mientras eso ocurre, y justo después de poner en el equipo de música lo último de Antiturbulence Awakenings, uno de los mejores grupos para ese momento del día que ha podido encontrar navegando en los sites de tiendas virtuales de discos de todo el mundo, sus algo peludas fosas nasales -por cierto, piensa, he de depilarme hoy si no quiero parecer un salvaje- comienzan a zambullirse con deleite por el cálido aroma de los panecillos, que empiezan a tostarse, de pan francés. Para alguien que no esté acostumbrado a tratar con la aristocracia resultaba sorprendente contemplar la velocidad y eficacia con la que X era capaz de poner en marcha una organización tan compleja, perfecta y, al mismo tiempo, hacerlo con ese aire de naturalidad instantánea, de una forma asaz, metódica y matemática.

“Titilan las primeras luces del alba. Se rompe así, desvirgada por haces lumínicos, la inmaculada manta de negrura que cubre esta capitalina ciudad. No es una mañana cualquiera, aunque...¿puede decirse eso de alguna otra? ¿Puede hablarse de días como de unidades exactas, desviando así la mirada de una para mí evidencia: que cada nacer es una nueva mañana, que afrontamos una vida diferente cada vez que amenecemos? Hoy, además, el destello de la arborescen...”

La escritura en el ordenador se vio súbitamente interrumpida por un hecho mucho más compronbable y notorio: el olor que emanaba de la hermosa tostadora, a juego con cada uno de los muebles, complementos y abalorios de la cocina hacía palpable que los panecillos estaban a punto de pasar del estado sólido al carbonizado. Nervioso, X agarró una de sus agujas de punto -otra de sus iniciativas domésticas para escapar del estrés: puzzles, yoga, suboku, meditación trascendental, técnicas de onanismo varias e innumerables vías de relajación habían sido también intentados- y ensartó, con la misma habilidad que podría mostrar el campeón del mundo de esgrima, los dos delicados churruscos, que apenas exhibían un poco de excesiva negritud, como unos turistas alemanes que, atrapados por el tinerfeño sol, churruscan un poco de más su anteriormente blanquecina piel.

Deliciosos con la confitura de cerezas y fibra que tan bien le ayudaba a hacer del vientre, una lucha ancestral en el caso de alguien tendente al estreñemiento como él, los panecillos, el té indoeuropeo y tres tazas de café extracafeinado fueron colocados sobre la bandeja, amorfa para unos, diseño de Mariscal según él, que le costó una burrada en el mercado de la Boquería, y colocados en la diminuta mesita del ordenador. Apenas nada cabía; es más, de haber sido una computadora normal la alfombra persa pronto se hubiera convertido en un cuadro de Pollock con motivos desayuniles esparcidos por el suelo, pero el haber adquirido, recientemente, el MiniS-Dedal-MicroMac le permitía, además de una capacidad de memoría absolutamente asombrosa en cacharro tan diminuto y una conexión de altísima velocidad, disponer de un compromiso más que satisfactorio entre cibernética, diseño y altísimo rendimiento del espacio tan pequeño que la mesa le ofrecía. Así, desayunando tranquilo, merced a sus matemáticos cálculos que le aseguraban llegar a la hora exacta al trabajo, X comprobaba las visitas a su página web, contestaba como una diva de Hollywood a su legión de cibernéticos admiradores y, por supuesto, contrastaba la primera plana de los más importantes periódicos on line del planeta, para así poder enfrentarse a su jornada laboral con una perspectiva tan completa como amplía y multidisciplinar.

06 septiembre, 2005

Reacción en la Redacción, Chapter Three

Pipipipipipi. Pipipipi. Tan agradable, musical y bailable música era el despertador de Rafa, emitiendo su agradable trinar con diábolica regularidad. Cada cinco minutos su sueño, ese reparador descanso que trataba desesperadamente de recuperar, se veía perturbado por la maldita alarmita. Así, como un ballet sincrónico, como una sofisticada coreografía registrada por Madonna, Rafa estiraba su brazo, exhalando un halitósico e incomprensible bufido, para golpear con la escasa fuerza que tan pronto acumulaba ese maldito reloj que parece tener sólo un objetivo en su robótica vida: extraerle de la cama. ¿Cómo puede odiarse tanto a una máquina? ¿Cómo puede aglutinar tan pequeño aparato, tan ridículo amasijo de piezas mecánicas, de agujas, de microchips japoneses, tanto rencor humano? Despierto, le encantaría haberse podido preguntar tan interesantes cuestiones, pero en esos momentos se mostraba demasiado resacoso y dormido como para, sencillamente, terminar de comprender lo que a su alrededor sucedía. En la deshecha cama, con más manchas que la Sábana Santa, con más restos de vello púbico que el catre de Barbazul, sus desesperados e incómodos movimientos sólo pretendían huír de la ineludible verdad: una nueva jornada empezaba. Sin embargo, no es novedoso descubrir, y con ello aplaudir, la capacidad de supervivencia humana, sus enaltecidos esfuerzos por poder seguir respirando. Así, y con un gran esfuerzo, en medio de jaquecas, migrañas y explosiones cerebrales varias, Rafa no sólo parecía atrasar una y otra vez la alarmita sino que, heroíco, el acompasado pitido había sido introducido a su onírica fantasía: “¿Otra vez, Letizia? ¿Otra vez saltan las alarmas, anunciando el GPS que le has puesto en la corona a tu marido que este, ejemplar heredero, futuro del Reino de España, se aproxima a menos de cien metros de este agradable Palacio?”. Y así, en una heroíca lucha entre hombre y máquina, entre realidad y ficción, martilleaba este nuestro tercer héroe a la dama en la cabeza, con el propósito de atontarla y poseerla febrilmente, plasmando así en fantasías el mucho más terrenal acto de volver a apagar el despertador, ese moderno y desalmado sustituto del mucho más tradicional y agradable gallo anunciador mañanero. Plumífero personaje, además, muchísimo más efectivo: por todos es sabido que en muchas aldeas del norte, incluso, eran amaestrados para que, de no ser escuchado su canto, se desplazaran ingrávidos, hirsutos sobre sus desplegadas alas, revoloteando hasta alcanzar los más altos ventanales y, una vez superados estos, entraran en las alcobas a picotear en los ojos a los campesinos dormilones, holgazanes y reacios a acudir a su cotidiana cita con hoces y demás áperos campesinos...

¿Merecía Rafa este castigo? ¿No era cierto, no estaba científicamente estudiado, que el hombre necesita saciar su hambre de sueño, y que de no hacerlo muy difícilmente es eficaz en sus quehaceres diarios? No sólo eso: también la carestía de descanso, la imposibilidad de recuperar las energías que cada jornada laboral Rafa derrochaba podían conducirle a ser víctima de diversos estragos físicos. Sin ir más lejos...¿No era cierto que, en su fuero interno, se sentía cada día menos resistente a los efectos del alcohol? No era necesario retroceder demasiado en el tiempo: apenas hora y cuarto antes de vivir este difícil momento se desplazaba costosamente, con denodados esfuerzos para no tropezar y bajar rodando las escaleras, hacia su cama, ansioso por poder echarse al lecho y, lo antes posible, volver a su lugar de trabajo y hacer de nuevo un alarde de energía. Las cuatro jarras de sangría ingeridas durante la saludable cena -basada en entresijos, gallinejas y demás casquería variada, dieta recomendada por nueve de cada diez cardiólogos para ingerir antes de irse a dormir-, los chupitos posteriores de rigor, celebrando que sus arterias hubiesen resistido el trance, los cubatas a los que la casa le había invitado y, como colofón final, las copas de despedida en el bar de la esquina, donde una camarera ocultaba, noche tras noche, su enfervorizado y volcánico deseo tras una ridícula apariencia de ignorancia o, incluso, en ocasiones, desprecio, habían dejado mermadas todas sus cualidades, muy especialmente aquellas relacionadas con la psicomotricidad, pero no su ánimo periodístico, no su hambre de verdad, no su urgencia por comunicar y universalizar la misma.

Mas no fue sólo esto lo que le arrebato de los brazos de su lecho, lo que le extirpó de forma definitiva de su bien ganado reposo.

- Rafaeeeeeeeeeeeeel, ¿qué haces con el despertador? ¿Es que no te vas a levantar nunca? ¿Hoy también piensas llegar tarde a trabajar? ¿No sabes que te pueden echar? ¿Quieres que me levante a preparar desayuno? ¿Quieres que te lleve en coche? ¡Rafaeeeeeeeeeeeeel!.

Y es que sólo había una cosa, a esas horas, que pudiera odiar más que a una máquina que luchaba por despertarle: una madre que conseguía despertarle. La letanía de gritos procedente del dormitorio de su progenitora, la lastimosa retahila de reclamos de seriedad, de madurez, de profesionalidad responsable, lograron volverle loco y así, cuarenta minutos de lo conveniente, logró ponerse de nuevo en pie, casualmente con la misma ropa con la que recordaba haberse acostado la noche anterior o, lo que es lo mismo, apenas hacía unos minutos. El apoyar el pie izquierdo sobre el suelo se vio acompañado, inexplicablemente, por el ruído de cien soles estallando allá en el cielo; el apoyar el segundo pie supuso ya demasiado esfuerzo, quebrándose las rodillas y estrellando su demacrado rostro con la mesilla de noche, en la que se apilaba todo tipo de material pornográfico.

- Rafaeeeeeeeeeeeeel, ¿te pasa algo? ¿Quieres que vaya? ¿Es que te encuentras peor?... ¿Quieres que me levante a hacerte un cola cao calentito?- pudo escuchar Rafael, desde el suelo, con los mofletes apoyados sobre las nalgas, al menos en su versión papel, de la legendaria Penélope Zones.

05 septiembre, 2005

Reacción en la redacción, Chapter Two

Las Cuatro Estaciones, versión polifónico de teléfono móvil, anunciaron en casa de Adrián que era ya hora de levantarse. Los inolvidables sones de Vivaldi no le desperaron, de todas formas, porque el muchacho ya llevaba cincuenta minutos en pie. Esta vez no habían sido los demenciales ritmos procedentes de casa de los vecinos -una especie de discoteca latina para bailarines con problemas auditivos- ni los desgarradores ronquidos de su novia, con la que pese a todo insistía en compartir noche tras noche el lecho -cuando lo más aconsejable sería encerrarla en una sellada pirámide, o rebanarla el pescuezo para así frenar sus espantosos ronquidos, lo más similar que uno pueda imaginarse a los alaridos de un animal torturado. Ninguna de las dos cosas fueron las que abrieron, a tan temprana hora de la mañana, los redondos y pequeños ojos de A: el sudor frío que empapaba su frente, el descontrolado galope de su corazón y una precipitada carrera hacia el baño daban a entender que el muchacho había sufrido una espantosa pesadilla. Así era; ahora, más tranquilo, y mientras consultaba sentado en la taza el ejemplar de la Enciclopedia de la Fauna de Teruel que guardaba en ese cubículo para cultivarse en esos imprescindibles y muchas veces aburridos momentos, era capaz incluso de recordar algunos detalles de su maléfica ensoñación. Compraba en un ignoto mercadillo asiático una rara especie de ave; el vendedor, el clásico chino dueño de una malévola faz que le daría un papel protagónico en una película de Fu Manchu, le daba diferentes pautas para cocinarlo; él llegaba feliz a casa, donde esperaban la pitanza su chica y con ella toda su familia política, y tras un largo período en la cocina salía portando, con gran esfuerzo de sus regordetes brazos merced a la cantidad de comida preparada, una enorme y apetitosa bandeja con el animalito despiezado, del cual manaban, multicolores, exóticas y sugerentes fragancias. Nada más depositar la bandeja sobre la mesa, que vestía su más elegante mantel, y en la que refulgían cálidas las velas, los padres, hermanos, tía abuela y demás familia de Amparo se arrojaban sobre la comida, sin emitir ninguna de las preguntas para las que él ya tenía respuesta. “Sí, efectivamente, es un ave cazadora selvática muy apreciada en Mongolia”, “No, no es caro...Considerando que apenas quedan tres ejemplares en el mundo no me parecen desorbitados los 600 euros por los que he pagado el kilo” o “¿Sabéis que en algunas culturas la forma fálica de su cabeza lo hacen muy valorado como mascota doméstica?” eran algunas de las verdades que él hubiese adorado compartir, pero que no salieron expelidas de su boca al no encontrar preguntas entre sus comensales. Éstos no abrían la boca para saciar curiosidad, sino un apetito desorbitado y casi salvaje; no se turnaban a la hora de levantar la mano para preguntar al cocinero por sus secretos culinarios, sino que se daban codazos y amenazaban con el cuchillo de pescado para obtener una pieza más de comida y, en general, mostraban los mismos modales a la mesa que los que cabría esperar en una manada de lobos que nunca hubiesen ido a una escuela de pago.

Mientras pasaba lentamente las hojas del libro, en un movimiento perfectamente armónico con las convulsiones casi frenéticas de su recto, Adrián recordó espantado -no pudiendo contener, incluso, un escalofrío por la congoja que le hacía rememorar lo soñado- el momento en el que de pronto las conversaciones de la mesa se convertían en graznidos, y todos los presentes dejaban de usar las extremidades para acercarse la comida a la boca, pasando, en una imagen horrible, que estaba seguro tardaría mucho tiempo en olvidar, a doblar la espalda en ángulo de noventa grados, a toda velocidad, en un gesto que les asemajaba al que hacen las gallinas de corral cuando les ponen la zampa. Era espantoso: el padre de Amparo, un hombre de bien, guardia civil de su pueblo, apenas amonestado unas cuantas ocasiones por extorsionar y amenazar con su arma a algún campésino, chocaba la nariz y la boca contra el plato, llenándose también el flequillo de la sutil crema de mandarinas que él había preparado con todo su amor, hasta terminar mezclando ave, guarnición y vajilla en un revuelto amasijo de restos, muchos de los cuales quedaban pegados en sus cejas, nariz y ojos, fruto de la violencia con la que picoteaba su plato. Pero la dantesca escena no quedaba ahí: la madre de Amparo, famosa entre sus conocidos por su gracejo y falta de sentido del ridículo en cuanto ingería una mínima cantidad de alcohol, acompañaba los ensordecedores graznidos de su esposa y, arremagándose la apretada falda, se subía en cuclillas sobre la silla donde, doblando los brazos y haciéndolos revolotear como torpes apéndices alados, amenazaba con ponerse ponedora, mientras inflaba la papada y miraba, con esos ojos escrutadores e inconfundibles que sólo muestran las aves, a su alrededor, con rápidos y precisos movimientos de cuello. Y así el resto: la abuela y la tía abuela de su chica se daban narizazos en los ojos, dejándolo todo perdido de sangre, lágrimas y mucosidades varias, mientras el hermano de Amparo trataba de montar febrilmente, dando cortos saltitos, que acompañaba con un lamentable babeo, a su esposa, que se daba cabezazos contra el cristal del balcón tratando así de huir de algún modo, como la gallina más cobarde de ese horrible gallinero. ¿ Y Amparo? ¿Mantenía ella la apostura, las formas, el auto control, o era también presa de ese suicida comportamiento animal? Aunque ya despierto, Adrián comenzó a temblar, dejó de inmediato lo que estaba haciendo y corrió hacia la salita en que el onírico y espantoso pasaje se había producido. Resopló, mucho más tranquilo, cuando vio que el sofá permanecía, aunque modesto y bastante sucio, entero, y nadie había rasgado su interior para, en su acolchado interior de gomaespuma, comenzar a defecar creyendo estar poniendo e incubando huevos.

Pese a que la noche no había sido el reducto de descanso y apacibilidad para el que, se supone, fue creada por nuestro Señor, y pese a que a la mañana ya entrante había que ir a trabajar, Adrián no se dejó llevar por la angustia ni por el cansancio y decidió que, como un regalo de la providencia y del inconsciente, las dos horas de adelanto en su dinámica cotidiana podrían permitirle adelantar diversos flecos de su trabajo que, producto de la abundancia de éste y nunca de su desinterés por el mismo. Así que, ni corto ni perezoso, había cumplido las más básicas normas de higiene cotidiana -mientras remojaba tibiamente sus axilas recordaba, ya sonriente, los torpes intentos de vuelo que en posición similar habían tratado de emprender sus oníricos invitados de ayer-, desayunado los restos de una tortilla de patatas con doce huevos que habían cenado la noche anterior él y su compañera y, en medio del revoltijo de trapos que era su parte del armario – mucho más pequeña y desordenada que la de Amparo, que si ya se negaba a cederle más espacio con mucho más ahinco lo hacía a plancharle la arrugada ropa que, así, el chaval se veía obligado a llevar- eligió la primera camiseta que pudo encontrar; esta, por cierto, irradiaba un fortísimo color rojo que sin duda no le convertía, con el marrón de sus pantalones, en canon de elegancia salvo para los asistentes a un desfile de modelos para un público exclusivamente daltónico.

Fregados los platos de la cocina, barrido el suelo del resto de la cabeza -Amparo se negaba a emprender cualquier tipo de labor del hogar, quedando así al cargo Adrián de cualquier trabajo doméstico que se supondría común- y completadas así el resto de cotidianas misiones entró con suma delicadeza en el dormitorio de ambos, del que salía ruidos que de pura estridencia se asemejaban a los del motor de arranque de un submarino nuclear, acompañados por breves pero cíclicas series de flatulencias cuyo hedor hacía la comparación anterior extensiva al sentido del olfato. Pese a todo, puro amor, Adrián se acercó a la cama, que se retorcía torturada por el desenfreno nocturno al que era sometido por su dueña, y besó calidamente en la frente a su mujer, a su vida, a lo único que realmente daba pleno sentido a su vida, además de los pinchos de champiñones rellenos que servían los domingos como aperitivo en el bar de la esquina de su calle.
Adiós, cielo, te quiero, y lo único que deseo en la vida es que seas feliz, que descanses bien y que sepas que siempre estaré aquí para cuidarte- dijo Adrián, casi con lágrimas en los ojos, tal era la dicha que sentía por ser capaz de alcanzar tan alta cima amorosa.

Abandonó ese templo del amor, y, mientras el nuevo día empezaba a teñir de claro el hasta ahora poco iluminado cielo, fue capaz de en medio del torpe y ensordecedor sonido de sus propios pasos bajando por la escalera oir la delicada voz de su amada.

- ¿Pero es que tú eres gilipollas, Adrián? ¿Es que no te puedes ir como la gente normal, a tus cosas, sin necesidad de andar jodiéndome y despertándome? ¡Vete y no vuelvas más, mendrugo!

02 septiembre, 2005

Reacción en la Redacción: Chapter One

El despertador, como todos los días, sonó a las 6 y cuarto de la mañana, pero Carlos no se levantó en el acto, como era su costumbre, sino que se regaló unos minutos de pereza imprescindibles, ya que el día antes se había acostado un poco más tarde de lo habitual. No podía perderse el último capítulo de su programa favorito de televisión, "Baberos", una teleserie española que recreaba las aventuras y desventuras de un grupo de jóvenes profesores empleados de una guardería pública en el centro de Madrid. El final de la temporada estuvo a la altura de lo esperado: Mónica, su mujer, y él permanecieron en vilo hasta que se aclararon todas las incógnitas que les habían amargado durante los últimos días. Definitivamente los macarrones con tomate habían sido la causa de la plaga de colitis que había estado a punto de acabar con todos los niños, y la responsable de la epidemia había sido la nueva cocinera polaca, que a la postre, tal y como Mónica se había atrevido a prever -esta chica parece tener un sexto sentido para estas cosas, pensó Carlos cuando comprobó lo cierto de la premonición de su esposa-, estaba liada con Manolo, el conductor de la camioneta que suministraba pañales. Ambos habían visto el filón y la posibilidad de, envenenando a los niños, multiplicar sus ingresos pero, al verse descubiertos... ¡quién iba a pensar que iban a provocar una terrible inundación en la escuela, de la que sólo pudieron salvarse los pequeños gracias a los restos de plastilina que hallaron por los rincones, a punto de morir ahogados, los profesores de Expresión Corporal Infántil, y con la cual pudieron tapar la cañería rota!-. Sin duda -pese a los muchos anuncios, todo hay que decirlo, de productos para bebés, lociones, cremitas, sonajeros multimedia y todas esas cosas tan monas que tanto aceleraban el reloj biológico de Mónica- trasnochar había merecido la pena, pero ahora era momento de levantarse, aunque ¡de qué buena gana dormiría un poco más!.

Pero Carlos no cedió a la tentación, y la espera se prolongó apenas once minutos, once deliciosos minutos de pereza y asueto en la cama. Para animarse definitivamente y ponerse en pie pensó que ya era jueves y que, en apenas una semana, llegarían las vacaciones. Para empezar, diez días en el Caribe, más concretamente en México, relajados, tostándose al sol, adormilados en medio del relajante rumor del mar y las motos acuáticas, los quads y los mariachis que amenizaban el descanso de los clientes del resort. Un ambiente idílico, ideal para reposar del agotador trabajo; una semana alejados de todo en la que, sólo dos años después de casarse, ambos podrían rememorar su luna de miel. Carlos, además, no tenía un gran recuerdo de ésta, por haber pasado más de la mitad del tiempo en la cama, y no precisamente conociendo más intimamente a la novia: una inoportuna gastroenteritis, fruto de beber agua de la nieve de un volcán neozelandés, le había cortado la digestión, y los restos de azufre que habían permanecido en las nieves perpetuas de la Cordillera Darwin le causaron además unos insoportables gases. Ahora, en México, la cosa sería diferente, y sólo las noticias que cotidianamente llegaban a España, describiendo tornados, inundaciones y tifones varios -George, Mitch, Mike... la lista de fenómenos meteorológicos era tan larga como la de los presuntos amantes de Angelina Jolie- enturbiaban el panorama. Mas su optimismo natural y la seguridad transmitida en la agencia de viajes, expediéndoles un seguro que cubría avalanchas de lodo de varios metros de altura, todo tipo de fracturas provocadas por trozos de bungalow voladores y picaduras de mosquitos, incluídas las de aquellos que propagan epidemias y enfermedades mortales, habían alejado cualquier atisbo de incertidumbre. Sí, estaba convencido: serían unos días maravillosos.

Algo más animado y despierto ya logró ponerse en pie. En realidad, pensaba mientras se metía en la ducha, cosa que hacía siempre según abandonaba la cama, le preocupaba más la segunda semana de asueto. En ella no habría que temer catástrofes naturales: lo más amenazador de Estepona era morir aplastado por los millones de personas que se reunían a tomar el abrasador sol malacitano; pero sí existía una preocupación familiar, ya que irían a la casa de veraneo de sus padres. A diferencia de lo habitual, Carlos no temía reyertas entre sus padres y su esposa, furibundas discusiones sobre la hora a la que se comía o la cantidad de arena que había quedado en la bañera. Si algo le atemorizaba era justamente lo contrario: desde hacía mucho tiempo, concretamente desde la primera vez que los presentó, había tenido la molesta sensación de que su esposa se llevaba mejor con ellos que con él mismo, lo mismo que creía apercibir en sus caros progenitores. Era ridículo pero, junto a las tres personas que más adoraba en el mundo, en medio de sus seres más amados, se sentía excluído, fuera de su propia familia. Si bien al principio le encantó que la aceptaran tan pronto, muy rápido esa inmediata simbiosis le molestó, aunque fuera ligeramente. Y la cosa pasó de castaño oscuro el verano pasado, en sus primeras vacaciones comunes. Que Mónica decía que amaba la ensaladilla rusa, pues una semana entera preparando su madre ensaladilla rusa. Kilos de mayonesa, toneladas de guisantes, la producción de patatas de la costa mediterránea cada día sobre la mesa. Que Mónica quería conocer los pueblos de alrededor, de inmediato su padre organizaba, entusiasmado, una excursión cada día, cuidando mucho además de llevar siempre la música que a ella pudiera hacerle más agradable el trayecto. Shakira, Alejandro Sanz, Juanes... ¿de dónde había sacado su padre esos discos? ¿Había recorrido todos los top manta del paseo marítimo para que echara en falta su nuera a sus artistas favoritos? ¡Por favor! ¿Desde cuando le interesaban a su padre los ritmos cálidos y tropicales, los acordes bailables, los Números Uno en los 40 Principales?

Mientras aclaraba el jabón de su torso, mientras se cuidaba muy mucho de pasarse la esponja por el último rincón de su piel, aplicando posteriormente un aceite para así estár más suavecito, Carlos se preguntaba también a santo de qué venían todas estas preguntas. Se producía en él la clásica lucha interior entre el chico racional, serio, trabajador, que todo el mundo le consideraba, y que se reía de esos celos tan ridículos, contra el pequño y caprichoso chiquillo que todos tenemos dentro, que soplaba y avivaba el incontrolable fuego interno que le provocaba el asunto, esa chiquillada que enrarecía su providencial buen carácter. Nada importante, sin duda, pero sí algo que exigía unos minutos de reflexión a tan temprana hora de la mañana, en esos momentos en los que ni el cuerpo ni el alma están para preocupaciones mucho más graves. Razonó: no era más que el típico pensamiento con el que uno comienza el día y que luego, arrinconado por temas mucho más importantes, termina siendo olvidado al final de la jornada. Mucho más aliviado relajó su rictus, mientras se secaba con el suave albornoz C. El de su esposa, colgado de un ganchito justo al lado, era el M, aludiendo así a las respectivas grandes letras que ambos tenían bordada en su espalda, siendo totalmente iguales en el resto de atributos.

Después de doblar cuidadosamente albornoz y toalla de pies, cuidar muy mucho que el baño quedara impecable y ponerse la ropa que había ya introducido en el servicio para no molestar a Mónica, regresó al dormitorio con el también perfectamente plegado pijama que dejó bajo su almohada, a juego y con las mismas rayitas. Besó cariñosamente en la mejilla a su esposa, profundamente dormida. Fue a la cocina, se preparó e ingirió un café, dejó otro listo para cuando amaneciera su señora, volvió al cuarto de baño, se peinó con espuma el pelo levemente despuntado e, impecable, limpio y perfectamente arreglado, como si llevara horas despierto, se dirigió hacia la puerta, a través del pasillo, repleto de marcos de fotos desde las que sonreía el joven y feliz matrimonio, simpáticas instantáneas tomadas a lo largo de sus muchos viajes en común. El leve tintineo de unas campanitas adquiridas en Irlanda y, según la leyenda, propagadoras de buenos deseos de los elfos pelirrojos, percutieron y pusieron un poco de ritmos celtas mientras cerraba la puerta.