23 noviembre, 2004

MI PRIMER VIAJE CON TERRA, 2

(En el anterior capítulo, R estaba a punto de escapar de una prisión turca en la que fue encerrado por un crimen que no había cometido; X aseguraba haber visto cómo alienígenas comían bocadillos de calamares en el bar de la estación y J compraba una lata de coca cola cada once minutos, aproximadamente. ¿Te das cuenta lo en llamas que está esta historia?)

III Observando a los quelonios
Si no se coge el tren de las cinco pues se coge el de las seis, y si no pues no se va a Sevilla y a tomar por culo, porque tampoco vamos a coger un taxi hasta Andalucia que nos sale por una pasta. Básicamente, esa era la situación de los chicos en la recepción de Atocha, mientras contemplaban las veloces carreras de las tortugas en el pequeño estanque que decora la estación. ¿Qué a qué esperaban? No sólo se mostraban sorprendidos por los saltos que daban los galápagos para cazar a los pájaros que revoloteaban la zona, sino que aguardaban a que llegaran las 6 menos veinte para ver si tenían sitio en ese tren.

Para asegurarse el tomarlo, X se ofreció a conducirlo, porque una vez de pedo secuestró el tranvía en La Coruña y, según aseguraba, "no debe haber tantísima diferencia entre lo uno y lo otro". J y R, R y J, no se ofrecían a nada, sólo se miraban y reían. El motivo no estaba muy claro, aunque probablemente se trata de de un problema de falta de riego sanguineo en el cráneo. Le pasa a los que son altos, o al menos eso dicen sus madres.

Es cierto: existe la suerte. Es más, si no fuera por ella, si todo fuera según el orden establecido, hay gente que no habría llegado viva a los treinta años. Así que los chicos tuvieron suerte, finalmente cambiaron billete y se introdujeron en el autobús.

Sí, se despistaron, y se confundieron de vía y terminaron en un autobús. Pero reaccionaron a tiempo y, finalmente, tomaron el tren de las seis en punto. El tren de las seis en punto. Suena a western: si no fuera por lo ridículo que me siento con sombrero, ambientaría de nuevo la historia y me daría el rol de Clint Eastwood.

IV On the road, como Jack Ánorak
En el tren comenzó la fiesta. Todo era naranja. La fanta de naranja era naranja, las naranjas eran naranjas y todos los regalos corporativos eran naranjas. Los compañeros, más o menos, también eran naranjas. Unos tirando a verde, como marcianos, y son los que no se conocen, y suelen llevar traje y corbata y hablar de forma engolada. Otros son más como un poquito rosas, pero esos suelen caer más simpáticos, porque recuerdan a los cochinillos y a la gente le caen simpáticos los cochinillos. Se nota que nunca han vivido con uno. En fin, así, de primeras, compañeros conocidos, pues tampoco es que hubiera muchos. El trío terminó en el último vagón, con uno de la agencia que organizaba el sarao. Intentaron convertirse en sus mejores amigos, lucharon porque les cambiara de habitación y que les metiera en una suite gigante con un tremendo jacuzzi, pero no hubo caso.

Al final eso lo logró una de juridico fiscal a cambio de hacerle la declaración de la renta. Algo con lo que, evidentemente, ellos no podían competir.

La estación San Justa se llenó de aplausos cuando el tren llegó a su destino. El vapor del AVE anunció la llegada de la locomotora a Sevilla. Y nadie se había percatado de lo que les había ocurrido. Bueno, nadie menos alguno, que se lo contó al resto. Los 427 empleados que, de los 430 que debían haberlo hecho, habian tomado su tren se enteraron de lo sucedido, vamos.

MI PRIMER VIAJE CON TERRA, I

(O cómo descubrí que soy naranja a orillas del Guadalquivir)

Dudaba si relatar tan inolvidable experiencia en forma de verso, zarzuela, ópera minimalista o diario adolescente, soñador y somnoliento. También barajé la posibilidad de armar un proyecto multimedia repleto de imágenes pixeladas, sonidos en formato wap y la posibilidad de enviar mensajes SMS "rafa_capullo" al 4442, lo que lo mismo hasta me llevaba a ganar una cámara de fotos regalada por la empresa. Pero tampoco. Y como lo de la obra escultórica tipo Las puertas del infierno de Rodin me salía muy caro, porque el mármol está por las nubes, decidí apostar por la tradicional escritura. No es fácil, dado el temblor que me impide atinar con la mayor parte de las teclas, pero no suelo hallarme en mejores condiciones la mayor parte del tiempo y, la verdad, tampoco se han quejado tanto. Así que vamos a ello.

Una vez explicado el porqué de mandar este mensaje, y no un CD con una Sinfonía compuesta con castañuelas, me apresto a comenzar a recordar la iniciática travesía. También, como es de rigor, advierto de que cualquier parecido entre los nombres y hechos aquí presentados son pura coincidencia. Casi todo lo narrado es, pues, mentira, pero algo había que contar. Y lo que no sucedió, no lo duden, no fue por falta de ganas...

I Lo primero, la palabra
Todo comenzó en África, hace ya millones de años, cuando una coqueta homínida descubrió que a partir de un coco podía construirse un bikini y el primate, así, se convirtió en ser humano. Mucho después, más concretamente el domingo al mediodía, y en el madrileño barrio de Lavapiés, abría nuestro pequeño gran héroe sus plúmbeos y legañosos párpados y se aprestaba, así, a comenzar una extraordinaria experiencia.

Levantarse a las catorce menos cinco es lógico cuando uno es vigilante nocturno o, en su defecto, se acuesta más cargado que el revolver de John Wayne. Pero no termina de ser recomendable si has quedado a las dos y, en ese lapsus de cinco minutos, tienes que recoger la casa, recortar un poco las ramas de tu colección de bonsais, dar unas puntadas a la labor de punto de cruz que tan mona está quedando y has de planchar la ropa, al menos la de la cena de gala, que es toda.

Porque no hace falta que venga tu empresa para decirte qué cena es de gala, y cuál no. Pero eso, por supuesto, es otra historia, y aquí no será contada, porque nadie hallará en este texto una crítica a esa familia, a esa Terra, que me regaló las mejores 30 horas de mi vida.

Dos no quedan si uno quiere, y si llega una hora tarde pues es como si no has quedado, y si has quedado da igual. En otras palabras: JAY, ídolo femenino, ícono de las Dos Castillas y desmayador de profesionales de la hostelería aparece en casa a las tres, olvidando los billetes en su hogar y, por tanto, retrasando aun más el plan. ¿No habíamos quedado hace una hora, hijo puta? ¿Para eso sincroniza uno sus relojes? ¿Volverán las oscuras golondrinas? Taxi a casa de Javi, de casa de Javi a la mía y cuarenta y cinco minutos perdidos. Bueno, perdidos no. El taxista musicalizó el momento con una tonadilla hermosa y, así, la dominical urgencia se vio condimentada por españolismo y música con raíces. Olé, y sin salir de Madrid.

II Trenes que vuelan, aves que se van
Para qué comer con urgencia cuando tiene uno prisa, se preguntaron casi a la par J y R, R y J, mientras se hacían compulsivamente petas que repartían por las calles a los niños, a las mujeres embarazadas, a los ancianos con problemas pulmonares, a todo aquel que les quisiera atender. Finalmente, se encontraron con el personaje gallego que, como decía Hitchcock, en toda buena historia de suspense ha de siempre aparecer. Mucho más si su inicial responde a la letra X. La pareja se convirtió en trío, y lo que era una dupla calamitosa evolucionó, de pronto, a pequeño grupo de jóvenes profesionales del sector de la internet. Sí, una fruta sana puede contagiar también a las manzanas podridas. Pero casi siempre, esta vez, resulta ser al revés.

Mientras el optimista R repetía, casi cada minuto, "hay que ver qué bien vamos de tiempo" y X enseñaba a J el secreto de la muñeira, el reloj corría. Y lo hacía, como siempre, de forma inversa a los intereses de los protagonistas. Oh, la hora, metáfora del discurrir vital, representación de la muerte, presencia ominosa en forma de aparato Viceroy. Nos volviste a joder, tú. Salimos de mi casa nueve minutos antes de las cinco, hora a la que partirá el tren. Aun estamos a tiempo, así que J para a comprarse una lata. En ese momento, cuando vamos a cruzar la calle Atocha y aun permanecemos en hora, un inmenso monstruo prehistórico de aproximadamente 514.000 metros de altura cae de los cielos y comienza a destruir mobiliario urbano, dejándolo todo hecho una pena. Casi a la par, y procedente de África, un inmenso enjambre de abejas gigantes colapsa el tráfico de la zona, aumentando de esa forma la confusión del momento y haciendo que, por apenas segundos, los chicos no lleguen al tren.

La tragedia está servida. La cagamos, dijo uno. En efecto, dije yo. J fue a por una coca cola, como siempre. Y así, de manera oficial, podía decirse que habia comenzado el viaje. Como no podía ser de otra forma, perdiendo el cómo subirse a él.

20 noviembre, 2004

El desafío de Pixar

A estas alturas resulta innecesario recordar el mérito, la categoría y el liderazgo de Pixar a la hora de popularizar la animación en 3D. Bajo el manto de Disney, no sólo fue el primer estudio que estrenó un largometraje íntegramente realizado en ordenador (por resumir todo lo que implica el mundo de la infografía). También, a lo largo de su historia, perfeccionó sus herramientas hasta llegar, sencillamente, al virtuosismo, a lo sublime, a ser pauta. El 26 de noviembre estrena, en España, su última obra: Los increíbles.


Sin embargo, lo que convierte a Pixar en el más grande estudio de animación actual no es sólo su búsqueda de la perfección estética a través de un nuevo cine, sino su capacidad, no tan habitual hoy en día, de contar historias. Siempre humanas, pero desde un punto de vista ajeno. Las dos Toy Story hablaban de celos, egoísmo y amistad entre unos juguetes vivos. Los protagonistas de Bichos eran héroes generosos y muy cinematográficos, pero por supuesto insectos. Monstruos S.A., quizás su más incomprendida maravilla, vestía de comedia balbuceante una feroz crítica al sistema adulto, al desatino maduro y a sus inocentes víctimas. Buscando a Nemo, sencillamente, lo reventó todo. Tecnología, personajes, historia y recaudación. La animación en 3D, y con ella Pixar, se habían hecho mayores, y estaban aquí para sustituir a la animación tradicional en 2D. También, por supuesto, para independizarse de Disney y sustituirla como referencia masiva en el dibujo animado.


Alcanzar la cumbre debe ser agotador, pero seguir después de haberlo logrado es también una proeza. En ese punto nace Los increíbles, inicio de los nuevos retos de Pixar. Propósitos como, ciñéndonos a lo técnico, satisfacer las expectativas de los más exigentes después de haber recreado luz, pelo, el mundo acuático, todo, con perfección matemática. Faltaban los humanos. El director, Bird, dice no haberlo buscado, por lo que la respuesta parece aparcada de momento.


Pero el desafío de Pixar, su casi quimérico reto, es obvio considerando lo que no deja de ser una industria: reeditar el éxito de Nemo, la película de animación más taquillera de todos los tiempos.

Pixar trata de resolver la ecuación captando al público adulto. ¿Cómo? A través de superhéroes retro, herederos de los de toda la vida. Pero antes, y esto es más interesante, jubilándolos, quitándoles aquellas misiones que justificaban su vida. Devolviéndolos a la normalidad, equiparándolos así al espectador adulto. En un alarde de crueldad, pero también de realismo, los despoja de poderes juveniles y fantásticos, y los exilia a la normalidad a la que cualquiera viaja cuando deja de ser niño. Los increíbles en una película de aventuras y héroes, pero narrada a través de un adulto decadente. Una historia tan madura como amarga, pues.

Un heróico pasado atormenta a Bob Parr, el ex Mr. Increíble protagonista del film. Retirado por decisiones políticas tiene un empleo frustrante, una maravillosa esposa (¡que encima fue Elasticgirl!) y tres adorables pequeños, igualmente sobrehumanos. Implantar en la cotidianidad a tan extraños sujetos es tan divertido para el público como triste para Míster Increíble. Su pánico a formar parte de la masa, a dejar de ser admirado y por lo tanto especial transforma a la primera mitad del film en una reflexión desoladora sobre no querer crecer, al menos en un mundo como este. Y este tramo, precisamente el que parecía más complejo de la película, se convierte en lo mejor de la misma.

Después, y tras tan prometedor arranque, la película se monta en ese caballo de carreras que es Pixar y acelera por los lugares comunes del cine de acción actual. Al hacerlo, tristemente, pierde al espectador más mayor. La espectacularidad inigualable se convierte en previsible, y lo mismo le sucede a la trama. Persecuciones, peleas y más de un afortunado gag conducen a la película al consabido happy end. Incomparables imágenes para contar cosas vistas. Nada menos, pero tampoco lo más.

En su afán por agradar a todos, Los increíbles se aleja de la perfección. Quiere abarcar tanto que no enamora del todo. Pero Pixar, que ha llegado aquí a base de genialidad y exigencia anuncia ya nuevas obras, que supondrán nuevos desafíos y retos. Y muchos serán superados a través de películas así, fascinantes. Un propósito que, aunque a veces no regale lo sublime, será mucho más de lo que el cine actual acostumbra a ofrecer.

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