28 diciembre, 2004

El Espantaespectadores

Hay películas sobre las que basta ver un trailer, un artículo o simplemente el cómo, cuándo y quén las hizo para saber que son una mierda. Son esas películas en las que uno jamás perdería el tiempo a menos que, como es mi caso, estuviera en un avión con destino a Colombia y llevara horas de vuelo, trasbordos y palpamientos de recto varios. Eso acaba de sucederme con "El Espantatiburones": la ansiedad por llegar a Bogotá, la saturación de leerme hasta el catálogo del Duty Free y mi curiosidad por ver hasta qué punto era horrible han terminado mostrándomela. Hora y media después, y por no forzar la salida de emergencia para arrojarme al Atlántico, escribo esta crítica.

El Espantatiburones no tenía sentido desde el momento en que se estrenó Buscando a Nemo, esa obra maestra absoluta. Presumo que sólo el afán de repetir su éxito llevó a Dreamworks a perpetrar esto. Su historia es una sucesión de robos, chistes malos, avergonzantes parodias y situaciones sin ningún interés. Una pobre interpretación del cine negro pero pasada por agua, con la moraleja final de que hay que valorar lo que uno tiene, empezando por tus propias escamas, y que mentir y pretender aparentar lo que no eres termina pasando factura. Lecciones admisibles pero que no justifican por sí solas una película aunque sea infantil, y más cuando el protagonista tiene la gracia de una hemorroide y sus aspavientos y burbujas aburren hasta al bebé de dos años con el que comparto vuelo. Sus gritos, mocos y lagrimitas denotan que también quiere verlo freirse en una sartén, en su repetitiva salsa de chistes sobre Titanic.

La gran baza comercial de "El Espantaespectadores" son las voces y gestos de actores y directores famosos, que se prestaron sólo por el vil metal o algún tipo de favor sexual ignoto. Además del citado protagonista, óScar (Will Smith, haciendo de sardina rapera), bucean en la cenagosa trama un tiburón que parodia a Vito Corleone (vergonzoso que De Niro se preste a ello), un pez payaso que se infla al enfadarse (¿Habrá visto Scorsese "Nemo"?) y una escurridiza y sensual anchoa (con la cola de Jennifer López... prefiero la de verdad). Esos son los famosos que participaron. De los personajes no hay nada más que decir.

Lo técnico no evita el naufragio de esta lamentable Armada, sino que quita hasta las ganas de nadar. Vista la perfección de Pixar o los aciertos puntuales de Shrek o Ice Age, contemplar la irrealidad de peces flotando sin lógica e iluminados con la luz submarina del bidé de mi casa te indigna, testigo de este asesinato del 3D. Un gran estudio de animación está detrás, pero parece que alguién los dio por ahi mismo y sólo se preocupó de vender películas como hamburguesas. Los tiempos, las texturas, los fondos, el ambiente, la historia se quedaron en la pecera. Si querían narrar la epopeya de unos salmonetes volando sobre la superficie marciana lo consiguieron, pero presumo que no.

- A vueltas con el 3D

22 diciembre, 2004

Pasta y choripanes

A finales de abril, un amigo publicó en su blog (Frassa, of course) un textito escrito por mí sobre el fracaso de Riquelme en España. Se me ocurrió tras leer unas declaraciones de otro futbolista, Kaká. El tema era grave, y sigue coleando hoy en día: para amigos españoles, Riquelme es, como mucho, un jugador del montón. Para los argentinos, un crack, de lo que se deduce (como en tantas otras cosas) que los españoles no entienden nada. A mí, que sólo me parecía un fichaje de Gaspart (en todos los sentidos; basicamente, en que nunca funcionaría en el Barça) se me ocurrió decir ésto. Por supuesto, nadie perdió el tiempo contestando.

La pasta y los choripanes
Cualquiera que haya seguido al Milán este año coincidirá con que la mayor revelación del fútbol mundial es Kaká, el brasileño (sorprendente, ¿no?) que, en su primera temporada en el dificilísimo fútbol italiano, se ha erigido líder de su equipo, titular indiscutible y corresponsable del scudetto que en breve engordará las vitrinas rossoneras.

Kaká, fichado del Sao Paulo por 8 millones de euros, apuntaba alto: poseedor de la clase de Raí pero infinitamente más rápido; con la zancada y el gol de Rivaldo pero una década más joven, la torçida local sólo podía encontrarle semejanzas con otro de los gigantes: Zico. Una o dos temporadas cedido y Kaká recibiría galones en el Milán.

Pero llegaba para quedarse. Rivaldo fue confinado a la grada y, poco después, a la jubilación. Rui Costa pasó a ser testigo de excepción de las diabluras de su delfín, convertido en tiburón a la hora de comerle el sitio. Y en Milán se frotan los ojos ante el juego de su nuevo ídolo.

Preguntado por su triunfo Kaká, que además de jugar como los ángeles es un muchacho inteligente y con una educación notable (a diferencia de otras muchas estrellas venidas de Sudamérica), responde: "Traté de inmediato de pensar como un italiano, aprendí la lengua, escuché los consejos de mis compañeros y entendí lo que sólo sabía en Brasil a través de partidos por televisión", afirma antes de corroborar que "aquí cuenta, sobre todo, la táctica y el físico".

Casi al mismo tiempo que Kaká jugaba sus primeros partidos de primer nivel en Brasil, Riquelme llegaba a España con la misión de rescatar al Barcelona de la mediocridad, desquiciar al Real Madrid como hiciera antes en Tokio y mostrar que los muchos que aventuraban su fracaso en Europa no entendíamos de fútbol.

Dos años después, nadie en su sano juicio puede afirmar que Riquelme ha triunfado en España. Son algunos, casi todos argentinos, los que siguen achacándolo a la incapacidad española de comprender sus virtudes. El motivo es el de siempre: no hemos ganado una Copa del Mundo. Pero esa es otra historia.La de hoy es que uno duda mucho que Juan Román se haya planteado aprender. Aprender a pensar como un español, ya que son los que le pagan.Aprender la lengua, o al menos a usarla, abandonando así ese autismo subdesarrollado que tan inadaptado le hace. Que haya intentado, en resumen, aprender, comprender que no todo se termina en Boca, que hay otros entrenadores además de Bianchi (por muy bueno que éste sea) y que, al menos aquí, la táctica y el físico cuentan mucho.

Kaká deleita en Milán, refina sus inmensas cualidades y, seguro, pide pasta en lugar de feiçoada a la hora de cenar. A Juan Román sólo puedo imaginármelo pidiendo choripanes cuando le inviten al Bulli. Algo, sin duda, explicable: en España tampoco sabemos comer.

Maus: imposible detenerse

Como cada vez es más frecuente, sufrí una crisis en la FNAC (qué coño, es navidad) y arramplé con unas cuantas cosas. Como siempre, su precio justificaba la compra. Esta frase tan de rata era obligatoria cuando de lo que se habla es de un comic de ratones. Maus, de Art Spiegelman.

¿Un comic de ratones? Casi nada. Maus es un comic protagonizado por un ratón, efectivamente, pero narra la experiencia vivida por un polaco judío entre 1938 y 1945. Es decir, que además de ratones habla de la subida al poder de los nazis, de las consecuencias de ello y, sobre todo, de las secuelas que provocó en los supervivientes. De todo eso y millones de cosas más puede hablarse en un comic de ratones.

Sencillamente, devoré Maus. Con tanta urgencia que lo comencé y lo terminé en una noche de cinco horas. Fue una maravillosa experiencia; ahora, con tranquilidad, trataré de releerlo. Ayer era imposible llamar a la tranquilidad; ayer, leyendo Maus, era imposible dejar de leer.

Días extraños

Si este blog fuera aun más personal, hoy sería el día idóneo para llenarlo de información. Si alguien leyera este blog además de mí, eso sería un problema. Ni lo uno ni lo otro. Pero sí es cierto que éstos estén siendo algunos de los días más extraños y, probablemente, importantes de mi vida. No es muy difícil sospecharlo así.

Sí me vendrá bien leer esto para recordar quiénes se portaron bien y quién no lo hizo, a quién llamé y a quién ignoré, porqué actúo como actúo y cómo me lo devolverá el tiempo.

Sólo, a día de hoy y en este momento, sentirme pese a todo feliz, orgulloso y tranquilo. No por todo lo acumulado hasta ahora, sino precisamente por tratar de discernir con qué quedarme y con qué no.

Cuando lo deshechado, probablemente, es lo mejor que me ha pasado en la vida parece absurda esa felicidad. Eso mismo es también lo que la hace tan enorme, tan esperada y tan esperanzadora.

17 diciembre, 2004

Chunga Champions

Pese al buen juego del Barça y la siempre peligrosa magia de algunos jugadores del Madrid, a día de hoy ninguno de los dos pueden ser considerados favoritos en la Champions. Los primeros tienen una plantilla demasiado corta para las exigencias de esta competición; los segundos, sencillamente, no son un equipo en mi opinión. Después de lo ocurrido hoy en Nyon, donde se celebraba el sorteo de octavos de final, las cosas parecen todavía más negras...

Chelsea: el inglés distinto
Czech, Carvalho, Makelele, Lampard, Duff, Robben, Drogba... y Mourinho. Y la fortuna de Abrahamovich. En resumen, muy difícil para el Barça, aunque por supuesto no imposible. Lo que hasta la llegada del entrenador portugués parecía un equipo de retales pagados a precio de oro ahora es líder de la Premier, semifinalista en Copa y camina con paso firme en la Champions. Conserva algunas de las virtudes inglesas (su estadio será una olla a presión en la vuelta), pero sin algunos de sus defectos (no es extraño que el equipo especule con el resultado, cosa inimaginable hasta hace poco en las Islas y que el Chelsea sabe hacer).

Pero más allá de su solidez defensiva y una plantilla bastante equilibrada, el equipo añade unas enormes virtudes ofensivas, temibles considerando la todavía sospechosa zaga azulgrana. El holandés Robben es un puñal por la banda izquierda, donde en más de una ocasión es sencillamente imparable. Por la derecha (porque Mourinho está empleando dos extremos) aparece Duff, el irlandés, que pese a ser zurdo cumple en la banda contraria. Y en el centro, aunque ultimamente esté jugando (con buenos resultados, además) el islandés Gudjhonsen, probablemente será Drogba el que ocupe el puesto de ariete. El carísimo y joven jugador joven de Costa de Marfil (procedente del Marsella, costó 40 millones de euros) es potente, goleador y con clase. Si hiciera falta más artillería Mourinho dispone de Kezman. Artilleria, sí, y muy pesada.

El resto del once no desentona. El portero, Czech, procedente del Rennes, ofrece muchas garantías, lo que todavía llama la atención en un equipo inglés. La defensa es solida, muy acorde al concepto futbolístico de su entrenador, y sus laterales (Ferreira y, por la izquierda, Gallas, que también juega en la banda cambiada) no se permiten apenas alegrías ofensivas. En el centro Carvalho y Terry cumplen con solvencia. Ojo al segundo en las jugadas a balón parado: lleva ya seis goles en esta temporada.

El medio campo comienza por Makelele, de quien no es necesario decir demasiado. Sigue siendo el mismo que en el Madrid; con sus evidentes limitaciones, pero también su imperdible (que se lo pregunten a los blancos) practicidad. A su lado suele jugar Tiago, que aunque demuestra más inventiva con el balón en los pies también responde a los patrones de eficacia y seriedad que tanto necesita cualquier equipo en esta zona del campo. El tercer mediocentro es Lampard, un extraordinario jugador opacado por los interrogantes que siempre ondean sobre cualquier jugador inglés. Lampard lo tiene todo: llegada, pase, dinamismo y capacidad de sacrificio. Junto a Gerrard, es el mejor jugador de las islas en la actualidad.

En resumen: la eliminatoria es muy complicada, más considerando que la vuelta se juega en Stamford Bridge. Pero no es imposible. El Chelsea se parece al Barça en una cosa: gran parte de su peligro se evapora cuando le quitan la pelota, y los de Rijkaard son especialistas en eso. La capacidad ofensiva de ambos, su hambre de victoria y, hasta el momento, su extraordinario momento (líderes en sus países) hacen esperar una eliminatoria grandiosa, fruto de la igualdad.

Juventus: sencillamente temible
Probablemente, el equipo más peligroso del bombo. ¿Qué decir de la Juventus? A día de hoy: es líder, relativamente cómodo, en Italia. Está entrenada por Capello. Sigue siendo un bloque pétreo con una enorme capacidad competitiva y encima, este año, ha fichado bien. Bueno, ha fichado a Emerson y a Ibrahimovic, que es mucho más que fichar bien.

Pasan los años, pero no el estilo del equipo turinés. La llegada de Capello no hace más que acentuar y solidificar ese estilo. El año pasado, bajo las riendas del terminal Lippi, el equipo fue un desastre en defensa. Capello llegó, hizo fichajes para esa zona (Zebina y Cannavaro, basicamente) y vuelve a ser imposible hacerles un gol. A partir de esa premisa, mantener la portería a cero, el resto caerá por su propio peso. En resumen: nada nuevo que decir.

De mediocampo para adelante el equipo sí presenta novedades. Emerson, que vino de la Roma con el entrenador, está demostrando su precio. Defiende mucho y bien, y no es inútil a la hora de crear juego. Los jugadores que lo rodean (Camoranesi, Zambrotta...) son los esperables gladiadores transalpinos. Aplauden una entrada bien hecha, se animan a morder en defensa y, de vez en cuando, se acercan al área rival con peligro. Son casi anónimos, casi vulgares, pero nunca prescindibles, y mucho menos para un fútbol como el capelliano. Las alegrías en esa zona, por supuesto, vienen del clásico Nedved, que tras una mala etapa vuelve a cumplir, lo que viniendo del checo es mucho.

Y arriba está Ibrahimovic. Su carácter, su suficiencia, el propio conocimiento de sus posibilidades habían puesto en entredicho la capacidad del sueco en una liga como la italiana. Pues bien: en su primer año está deslumbrando. Empezó en el banquillo, por detrás de Trezeguet, pero la lesión del francés (a mi entender, bastante inferior: Treze es gol, Ibra muchísimo más) le ha hecho fijo en la punta de ataque. Marca, da goles, aguanta la pelota y ofrece ramalazos de genio. Es, sencillamente, un jugadorazo. Y lo que pulula a su alrededor no es poco. Del Piero, crepuscular, ha vuelto a brillar. No tiene mucho que ver con el de los 90, pero parece recuperarse y la clase no se pierde nunca. Y si no, más legionarios. El uruguayo Zalayeta, por ejemplo. Y en febrero, cuando se celebren los partidos, Trezeguet estará de nuevo. Casi nada.

A día de hoy, parece milagroso que el Madrid pase. Es infinitamente peor como equipo, peor como plantilla y semejante en cuanto a sus estrellas. La diferencia en cuanto a los entrenadores también parece notable y, para colmo, la vuelta será en Turín. En fútbol, por supuesto, nada es imposible, y el Madrid sabe mucho de esto en Europa, en la Champions, en su competición. Equipos blancos a priori inferiores eliminaron, en anteriores etapas, a la propia Juve, al Manchester o al Bayern cuando nadie daba un duro por ellos. Hoy apenas puede apostárseles unos centimos de euro, pero el Real Madrid nunca puede ser descartado.

16 diciembre, 2004

Peli: Domicilio conyugal

No es novedosa mi admiración por Truffaut. Pero ya no por sus maravillosas películas, sino por la empatía que me produce su mirada y perspectiva sobre las relaciones humanas, más concretamente sobre las que se dan entre el hombre y la mujer. De más está decir, también, que es precisamente éste el tema que se repite con más frecuencia en su filmografía en general, y en esta película en particular.

Domicilio conyugal, de 1970, es otra joya. Se centra, por cuarta vez en la carrera de Truffaut, en las aventuras del alter ego cinematográfico del director, Antoine Doniel, alter ego a su vez del actor Jean Pierre Leaud. Aquí, el protagonista ya tiene 26 años, está casado (con Christine, a quien finalmente conquistaba en la maravillosa Besos robados, a la que se alude en diversas ocasones) y, para terminar el círculo virtusoso, es padre de una criatura. Escenario ideal que en manos de Truffaut se transforma en socarrona comedia sobre la vida matrimonial.

Doniel está enamorado de su mujer, pero no puede evitar serle infiel. Adora a sus suegros, acaba de ser padre, pero tamaña responsabilidad familiar no evita que termine encamado con una bella japonesa. Pero no hay críticas excesivas: Truffaut sabe de lo generalizado del tema, y de lo inútil de una precipitada condena. Aquí el castigo es lógico y previsible: Doniel es cazado por su mujer. Será entonces cuando el protagonista tenga que elegir: el exotismo, el riesgo y la novedad de su conquista oriental o la trabajosa reconciliación con Christine.

Por supuesto, hasta aquí la trama principal. Pero hay muchas más cosas en la película. Como es frecuente en el cine de Truffaut, no hay juicios sino observación realista, denuncia de las costumbres hipócritas, maravillosos diálogos y no menos bellas mujeres. De nuevo la personalidad de éstas es retratada con un conocimiento del tema que sólo puede provocar la envidia masculina y la complicidad de las féminas.

El final, sin ser desvelado, sí puede ser tachado de polémico. Y, aunque esto suene curioso en un director tan personal e implicado en sus historias, ese final lo hubiera firmado el mismísimo Billy Wilder.

Por último, recordar lo que el propio Truffaut decía sobre el personaje de Doinel en esta película:

"En Domicilio conyugal, tengo la impresión de haber sido severo con Antoine Doinel y de haberle echado una mirada crítica… Esto se debe, probablemente, a que Domicilio conyugal nos muestra, ya no a un adolescente sino a un adulto, y yo soy menos sensible con los adultos que con los adolescentes… Algunos críticos franceses consideraron que Antoine Doinel se había aburguesado en Domicilio conyugal.

Creo haber contestado a esta objeción en la propia película. En una de las primeras secuencias, un antiguo compañero del servicio de reparaciones encuentra a Antoine regando una flores en un patio, se entera de que se ha casado con una joven violinista y le dice: “En el fondo, siempre te han gustado las chicas bien educadas, las pequeñas burguesas, ¿verdad?”. Y Antoine le contesta: “Nunca me lo he planteado. Me gustan las chicas que tienen padres amables, me encantan los padres de los demás”.

Antoine Doinel va creciendo como un huérfano y busca familias que reemplacen a la suya. Por desgracia, cuando las encuentra, tiene tendencia a huir de ellas, porque sigue siendo un fugitivo. Doinel no se opone abiertamente a la sociedad y, en este aspecto no es un revolucionario, pero intenta vivir al margen, desconfiando de ella y procurando que le acepten aquellos a quienes él quiere y admira, puesto que es una persona de buena voluntad. Antoine Doinel no es lo que se llama un personaje ejemplar; tiene encanto y abusa de él, miente mucho, pide más amor que él mismo puede ofrecer, no es un hombre en general sino un hombre en particular. Antoine Doinel ama la vida, sobre todo quiere dejar de ser un niño, es decir, alguien de quien se dispone sin pedir su opinión, alguien a quien se deja de lado, que se olvida o se rechaza cruelmente".

Peli: Elephant

Me daba un poco de miedo la polémica película de Van Sant. No por el tema, sino por el propio director. De él recuerdo, por encima de todo, dos tropelías: El indomable Will Hunting y Psicosis. En el lado positivo de la balanza, Drugstore Cowboy. Del resto, casi, ni me acuerdo. Que Van Sant sea, además, tan alternativo y fashion no ayuda, la verdad. Pero no, la peli es buena. Es más: si no es una obra maestra se le parece bastante. ¿Motivos para considerarla como tal? Ahí van unos cuantos, a través de una crítica ajena:

"El verdadero talento de Elephant, brillante e inteligentísima reconstrucción de la matanza del instituto Columbine, se descubre terminados los títulos de crédito. Entonces comienzan las preguntas... y estallan en la cabeza las razones y los descubrimientos de una historia tan distante, tan fría, tan extrañamente contada. Durante la visión de este cuasi-documental, lleno de experimentos fílmicos y narrativos, se llega a alcanzar el estado hipnótico. El ritmo seduce y adormece una historia seca, sencilla, sin concesiones: la cotidianeidad previa a la tragedia. Luego la inmensa mayoría de los directores hubiera dado un giro espectacular a la narración con la irrupción de los dos autores de la salvaje carnicería, una pareja de adolescentes dispuestos a vengarse de una sociedad que detestan y que les pone armas en sus manos. Pero Gus Van Sant, en una idea genial, no nos ensordece con tiros, sangre y pánico. Nos sorprende mostrando sus acciones al mismo nivel y con el mismo distanciamiento que un chico que revela fotos, o que unas alumnas que charlan en el comedor. Explicar los motivos, detallar los pormenores de los hechos, no entra en la mente del director. No quiere sino mostrar lo que pasó, alejarse de emociones y preguntas. Porque entre su cámara y los personajes de esta fascinante obra sólo hay aire, pura realidad que escupe a la conciencia del espectador que piensa, ¡pobre inocente!, que está viendo una película" (Pablo Kurt, Filmaffinity).

11 diciembre, 2004

Historia porteña, s/n

Sé que la historia que voy a narrar sonará descabellada, y que ni la persona más inocente del planeta podría llegar a otorgarle un ápice de credibilidad. Lo sé pero, pese a todo, me veo obligado a contarla. Es tan alucinante, tan larga y tan memorable, que he de hacerlo por capítulos. Supongo que, de algún modo, tengo que justificar mi ausencia en los últimos meses. Exactamente, desde el día que nos vimos por última vez en Buenos Aires…

I
La última, tal vez la primera noche

…estaba siendo magnífica. Los fideos a la parisienne, con sus simpáticos motivos jamoniles y polleros, sabiamente zambullidos en la deliciosa crema, podían calificarse de excelentes. Demasiado amarillos, quizás, algo que supongo era achacable al exceso de huevo en su fabricación. No era algo que me preocupase en demasía; mis niveles de colesterol se hallaban dentro de las cifras recomendadas, mi religión me permite ingerir toda la yema que desee y, por supuesto, por otra parte, uno vio tantas cosas extrañas en Argentina que resultaba complicado sorprenderse por el color de la comida. Así que comí los fideos, no sólo los míos sino incluso los que ya no quería el resto de la gente, obligado por mi obsesión, esa misma que me lleva a impedir que sobre comida en un plato. Haber vivido, casi, en la indigencia durante dos años en Buenos Aires no se olvida tan pronto; mi estomago nunca lo podrá olvidar. Aun continúa añorando su único alimento porteño, las entrañables pizzas del Ugi’s, madre multípara de esféricas criaturas levemente atomatadas, con un ápice de queso y, eso sí, abundante amor en su preparación, a cargo de ex presidiarios de pulgares tatuados.

Tras los fideos, bien sazonados con vino, llegó la hora del inaplazable helado. Kilos y kilos de helado en la mesa, suficientes para que en ellos viviera una familia de pingüinos. Pese a crisis, pese a corralitos, pese a eliminaciones en la primera fase de un mundial, era justo reconocer lo bueno que estaba el helado, digno representante de la intrínseca cultura heladera que siempre acompañó a la Argentina. Probablemente la tradición europea, los primeros pobladores italianos, esos mismos que hace millones de años comenzaron a poblar las montañas de Tandil, son los responsables de ese dominio en el arte del gelato. El hecho es que estaba delicioso. Diversos y afrutados sabores se agolpaban en la taza, en la cuchara, en la boca. Afortunadamente, yo no elegí sabores. Como buen gallego hubiera escogido paella, fabada, cocido o bocadillo de calamares, que como gélido postre nunca han terminado de funcionar…

Terminó la cena, comenzó la conversación tras la cena y así, de la manera más plácida, discurrieron los minutos, subrayados por las bromas, las anécdotas y, hubiera podido afirmarlo, el bienestar general. Acalorado, pese al frío invierno porteño, probablemente por el abuso de vino; recostado, pese a la incomodidad del asiento de bolitas que se rebelaba bajo mis nalgas; en fin, a gusto, rememoré algunas de las muchas buenas cosas que tenía el vivir en Buenos Aires. Una, sin duda, el que nadie toque la gaita a las primeras de cambio, cosa que en los hispánicos lares puede llegar a agotar. Otra, sin ir más lejos, la lengua. Dudo mucho que en Budapest o Helsinki hubiera podido llegar a mantener una conversación de más de veinte minutos (mis conocimientos de magiar y saami, aunque admirables, son más bien limitados). Ahí, en Buenos Aires, era todo lo contrario. No sólo no me veía obligado al poliglotismo para hacerme comprender, sino que, incluso, cuanto más castizo me mostrase mas risas provocaría. Es por ello que acojonantes, joder tíos o molas salieron abundantes de mis labios. Yo contaba. Ellos reían. La vida era hermosa y, gracias a la bien escogida música, yo me sentía el protagonista de un video clip.

Calle México, número
…desconocido. Más que desconocido, imposible de rememorar. Los muchachos se tenían que acostar, porque la gente normal se acuesta. Yo, sin duda preocupado por la delincuencia porteña, de la que todo el mundo no paraba de advertirme, no aposté por pasear. Probablemente, seguro, hice mal. Dos años después regresaba a Buenos Aires, más en concreto, a San Telmo. Apenas a tres manzanas, a tres cuadras, se habían desarrollado veinticuatro meses de mi vida, en los que aprendí a adorar al barrio. Pese a ello, pese a conocerme cada calle, cada esquina, cada grupo de vándalos que, gustosamente, volvería a apalizarme, no aposté por pasear. Hubiera sido delicioso encontrarles, de nuevo, y celebrar mi regreso partiéndome algún que otro diente. Pero no. Mi anfitriona, como siempre deliciosa, encantadora, más atractiva que ninguna otra mujer en Buenos Aires, esquiva morena, llamó a un taxi para que me recogiera, con perdón, y trasladara seguro a este gallego porteño. Unas cuantas bromas después, un nos vemos cuanto antes, un no te vayas sin llamarnos, un qué gracioso que sos, Rafa, y el taxista apareció. Despidiéndome de los altos techos, del precioso apartamento y, con él, de sus amables inquilinos, volví a pisar la calle México y a montarme en ese coche.

Tras las buenas noches de rigor, el adónde vamos, el de dónde sos, el taxista y yo empezamos a charlar. Uno, que es de naturaleza expansiva, no tuvo demasiados problemas en comenzar a narrar, por enésima ocasión, qué coño hacía en esa machacada ciudad. El otro, fatigado de dar vueltas al volante, de subir a puteados laburantes, se mostró encantado de hablar de su tierra con un acento distinto. No hay cosa que le guste más al porteño, más todavía al taxista, que charlar sobre su ciudad. Como tampoco el que escribe encuentra, por lo general, un tema mejor de conversación, el trayecto se fue transformando en un extenso debate. Entre la retahíla de halagos a Buenos Aires, entre la letanía de quejas sobre la misma ciudad (lo que cambia convivir con ella toda la vida a haberlo hecho excepcionalmente), yo y el taxista llegamos al lugar donde me alojaba, la casa de un buen amigo.

II
El oxidado taxímetro marcaba

…doce pesos, que un tiempo atrás me hubieran supuesto una fortuna, un desastre monetario, un quedarme en casa durante el fin de semana, a base de cereales y bocadillos de queso rallado (¿por qué los argentinos lo echan en cualquier comida?), para recuperarme del desajuste económico. Ahora ya no: la por todos conocida situación de la moneda me permitía tales lujos. En mi vida he tomado tantos taxis como durante esas dos semanas. Además de desplazarme de un lado a otro, casi siempre de noche, este puto y pertinaz insomnio, viajar tanto de esa forma me permitía conocer, de primera mano, más impresiones de lo que pasaba allí, o allá, y no sólo las de amigos. Cuando cojo un autobús no acostumbro a hablar con el conductor, ni con los pasajeros, por miedo a terminar acusado de demente o acosador sexual. En el subte, que yo recuerde, sólo lo hice una vez. Fue en la estación de Congreso, línea d, línea verde, dirección Scalabrini Ortiz. Era una chica maravillosa. Tras mostrarla todo lo seductor que puedo llegar a ser, es decir tras mostrarla más bien poco, terminó regalándome una manzana. Ahora no recuerdo si me la comí o, indignado, la tire a las vías. Pero esa es otra historia, y no precisamente Blancanieves. Estaba hablando de un taxi.

Justo cuando desarrugaba los billetes, me di cuenta de lo poco que me apetecía acostarme. Es decir, lo de siempre. No era más de la una, y lo que para muchos es sinónimo de sueño para mí es exactamente lo contrario. La una, un jueves, es un excelente momento para empezar a salir. Miré por la ventanilla del taxi a otra ventana, la de la casa de mi amigo, y al ver la luz apagada decidí aplazar el regreso al dulce hogar. Germán estaría durmiendo y el resto de la familia no me caía demasiado bien, especialmente desde que mearon en mis pantalones. Malditos gatos. La decisión era, entonces, obvia: la velada no podía terminar así.

Cuatro horas y media
…dormidas cada noche no es un promedio muy recomendable, pero era el que mi organismo acumulaba tras doce días en Buenos Aires. El regreso estaba siendo más duro de lo esperado, y mi cerebro comenzaba a acumular un ligero agotamiento. Eso no le impidió hacer una lista mental de los sitios más recomendables para pasar la noche de un jueves porteño. Desestimadas casas donde, por mucha nostalgia de españolito que pudiera existir, no sería admitido a esas horas tras haber desaparecido dos años, pensé en boliches. El problema de pagar astronómicas cifras por una maldita entrada sin consumición ya no era problema, por lo que el espectro se mostraba más amplio que nunca. Mientras pensaba qué hacer, el taxista no podía evitar el sugerirme, ofrecerme sus opiniones y opciones. Intuí la pasión por la zoología del hombre: todos los sitios estarían, créeme chabón, repletos de gatos, perras y otras especies animales. Dada mi predilección por el género humano, opté por desestimar sus recomendaciones, y aposté por lo seguro.

Honduras 5656, le dije al taxista. Hacía mucho tiempo que no iba a ese lugar. Para ser franco, y abandonar un poco la solemnidad del relato, he de reconocer que no había estado nunca ahí. Pero sí sabía lo que allí encontraría. El taxista, de quien nunca podré saber su nombre (es curioso que alguien te cuente su vida, en apenas diez minutos, y nunca se te ocurra preguntarle cómo se llama), se mostró un poco decepcionado. Perras, gatos y demás especies habían sido despreciados. Gracias al retrovisor, reflejado en el espejo, le adiviné el pensamiento a través de su mirada. Copado, el gallego, pero como todos un boludo. Le pagué, nos deseamos suerte, y entré en Honduras 5656. Por supuesto, estaba ella.


III
Los tópicos acostumbran

…a cantar a camareras con ojos de gata, vertiginosas diablesas que, entre copa y copa, hipnotizan a clientes babeantes tras la barra. Conocí a Cecilia en uno de esos tópicos, en una de esas barras. He de reconocer que, por lo general, el estar detrás de una de ellas suele equivaler, en mi caso, a transformarte en una mujer especialmente atractiva. Desconozco si por mi condición de semialcohólico, pero pocos gremios me parece que estén formados por miembros más hermosos que el de las camareras (quizás el de las peluqueras, el de las telefonistas y el de las tenistas de alta competición). Acostumbran a ser encantadoras, las horas detrás de la barra las hace mantenerse en forma y, a diferencia de otras, nunca te ordenarán que no pidas una más.

Fue cuando todavía vivía en Buenos Aires, una semana antes de regresar a Madrid. Atraído por una fiesta de trabajo, de un trabajo al que hacía un año había dejado de ir, di con mis huesos en el Morocco. Dos motivos me impulsaron a acudir: la entrada gratis y la curiosidad por conocer el lugar. En Madrid había frecuentado un garito con el mismo nombre, donde pasé alguna noche gloriosa. Quizás podría repetirse. Si a esas dos razones le unimos la de estar aburrido en casa, el no tener un peso en el bolsillo y que, por supuesto, siempre alguien de la fiesta podría alegrarse de verme, la cuestión estaba clara. Una vez en el bar, las previsiones se cumplieron. Me lo pasé mejor que si no hubiese acudido, y el más trabajador más pesado del grupo Clarín me narró toda su vida. De suicidio. Cuando estaba a punto de clavarme las llaves en la yugular opté por el etilismo, y escapé hacia la barra a por un trago más. Quizás fuera suficiente como para vomitar y, así, al borde del coma etílico, el charlatán se apiadaría de mí.

Con el paso discontinuo
…llegué hasta ella. De inmediato comprendí que me hallaba ante un ser extraordinario. No hablo sólo de su belleza sino de Ella, de todo su ser, de lo que la envolvía, del sabor que dejaba allí donde tocara, de la estela en el aire preso que revolviese. Con su gélida mirada ignoraba a los clientes.