31 diciembre, 2006

Gente de Mundo

Dejo en la corrala con olor a curry el humo de mi marihuana holandesa. Deseo feliz año a un grupo de sudamericanos festivos; en la calle, además de mucha basura, cinco jóvenes negrísimos hablan por sus teléfonos móviles. En Lavapiés chicos árabes y borrachos madrileños vigilan -y son vigilados- por las fuerzas del orden local, hasta un Tirso de Molina inundado de franceses. En Doctor Cortezo recibo dos llamadas: un amigo argentino y mi madre -como la música o la gonorrea, algo demasiado grande como para ser sólo española-. Sólo he recorrido tres manzanas, ¿no soy ya el feliz habitante de una omnipresente Babel?

De ese cruce y mezcla, choque y encuentro, de culturas y razas, manías, odios y costumbres, incomunicación, influencias, habla lo último de la dupla Iñárritu- Arriaga. De eso y de unas cuantas cosas más: la incomunicación entre seres humanos, los efectos mariposa -nada que ver con Chueca-, la distancia entre padres e hijos, la incapacidad de leyes y gobernantes para gobernar este mundo cambiante y, por qué no, creciente...

También vemos topicazos. Simplificaciones ridículas en una historia que aspira a la universalidad. En la que los europeos/ norteamericanos son egoístas, desconfiados, miedosos y prepotentes. En la que los árabes son prehistóricos, peligrosos, violentos. Latinos irresponsables pero irremediablemente simpáticos. Japoneses inclasificables e incomprensibles, atrapados entre presente y futuro, carnalidad y silicio, extraterrestres sin bragas.

Y deambulamos, como en el shuffle del i-Pod, por tormentas con calzador que terminan empapándonos. Y acabamos extasiados con escenas que justo antes se iban a pique. Nos preguntamos si este director tan talentoso no puede dejar de contar siempre la misma historia, nos enamoramos de personajes nacidos de la pluma de un escritor maniqueo. Es "Babel" un cóctel molotov, demencial, excesivo, imperfecto pero hipnótico, abrumador, que exige unos minutos de tregua tras los títulos de crédito.

Pequeños errores pagan y los graves quedan sin castigo. Las historias mínimas construyen el circo mundial. Mecidos por el silencio bailamos himnos electrónicos, y reptamos en la arena del desierto antes de sobrevolar Tokyo -ese futuro que me contaron mis padres-. Las diferencias se parecen y los diferentes mundos chocan, y a veces nos dan ganas de aplaudir y otras de enfadarnos. ¿Es la fórmula Iñárritu- Arriaga una fórmula más, tan artificial como cualquier otra? Es posible, probable, seguro, pero a veces no puedo evitar dejarme llevar por ella, sentirme culpable y víctima. Magníficas ambiciones, tramposa repetición, película total o bodrio pretencioso y vacío. Discusiones inacabables, imposible ponernos de acuerdo, otro escollo más en el que quedarnos varados en este gigantesco Babel...

30 diciembre, 2006

La batidora de prisas, XI

Dientes amarillos, cuadrados, pelo tintado de rubio barato, piel curtida, groseras arrugas, nariz gorda. Ojos negros y redondos mirando con curiosidad, tratando de encontrar a su alrededor lo que jamás buscaron en libros. Imposibilidad de descifrar el mundo empezando por lo que la ocurre por dentro. Agarrada a una barra metálica habla con su compañera de trabajo, intercambiando pequeñas variaciones a lo de todos los días. Nadie lo sabe, mucho menos su marido, pero... ¡dios, por qué siente tanto calor cuando está con esta mujer!

29 diciembre, 2006

Humedad, divino tesoro

Vuelves de viaje morenito y más fibroso y esperas encontrar humedades, pero no en el techo de casa. Las había cuando me marché -abarcaban todo el cielo de mi baño- pero parecían ya secas. Caía constantemente pintura, pero era como la nieve de las películas, a veces hasta unas gotas, lluvia doméstica, romántico nosequé. Hasta me había acostumbrado. Pero la gotera de ahora, la nueva gotera, no. Esa es diferente, la muy cabrona. Se extiende por el salón y la despensita -por donde desciende la bajada general de aguas-. Antes era zona de sequía, una especie de Almería, para convertirse en el Lago Michigan escala 1/200. Y con hongos. Quizá porque, a diferencia de las otras goteras procedentes de una ducha, éstas son de aguas fecales. Puede que eso explique que todo se llene de cucarachitas marrones, pegadas a la pared, refrescándose la panza. Un Benidorm para hexápodos. El principio de Dark Water. Espantoso.

Porque luego está el olor. La gente me visita y dice, nada más pisar mi casa: "uy, pero cómo huele a acuario". Gilipollas. A lo que huele es a hongo, a agua estancada, a ladrillo empapado, a porquería. Al principio olía a eso, ahora no: ahora apesta a mierda. A la mierda de mis cinco vecinos de arriba. Cada uno de una nacionalidad diferente. Y con sólo una taza para aliviarse, los pobres. Cuando al llegar a mi hogar me relajo pero no me apetece leer, o ver una película, o jugar con mis pececitos, juego a adivinar qué cenaron hoy los chicos. Cómo anda su tránsito intestinal. Si siguen abusando del picante o indagan la dieta mediterránea. Hijos de puta. Sus deshechos, arrastrados por el agua, surcan el techo y la pared, posándose a mi alrededor. Manto marrón. Hedor comunal. Repugnancia. Estoy volviéndome loco.

Me gusta cerrar los ojos y pensar que sigo en la India. Ahora lo tengo más fácil que nunca: tengo una sucursal en mi casa. Como cuando, con "Alemania en El Corte Inglés", los grandes almacenes más populares de España se llenan de salchichas y pelucas de rubias trenzas, yo recreo la atmósfera del Lejano Oriente mediante la simulación olfativa. Divago sobre los espectros nasales. Recorro de tu mano, si quieres, los infinitos matices que regalan cinco multiculturales anos.

He subido a decírselo y afirman que no es culpa suya. Que es una cosa natural, una circunstancia humana, que no se van a poner un tapón. Al final seré el culpable. Que el casero no les hace caso. A mí tampoco. Le llamo más que a Natalia Iglesias invitándola al cine en octavo de EGB, y lo mismo. Me dice que ya está arreglado. No, Kamal Hossein, las del baño no, la gotera nueva, esa está viviendo una febril adolescencia... y ya que lo dices, ¿alguien tendrá que pintar las del baño, no?... Que un fontanero le cobra trescientos euros, y es mucho. Que va a mandar a su primo. Que son cosas que pasan en todos los lugares del mundo. Que peor es sufrir lepra. Pero grandísimo hijo de puta, ese no es problema mío. Estoy caliente como pedo de oso, como el rabo de un leopardo, estoy que exploto.

Mierda, mierda, mierda. Eso es lo que tengo en mi casa. Joder. ¿Hay alguna solución?

21 diciembre, 2006

Yo digo I love you

Con Woody Allen te pasa lo que con tu novia, que se lo perdonas todo. ¿Que os peleáis y a la semana siguiente ella ya se ha cepillado a media oficina? Coño, porque es una tía apasionada y el roce con sus compañeros hizo el cariño. ¿Que ruedas Celebrity y me pones de protagonista a Kenneth Brannagh? Pues un pequeño desliz de genio y a otra cosa mariposa. Y, al menos, Allen no da dos desastres seguidos: a "Interiores" le sucedió nada menos que "Manhattan". A "Septiembre", "Otra mujer". Y tras la propia "Celebrity" vino la hermosura de "Acordes y desacuerdos". En resumen: que si la que toca este año es mala, cuestión de relajarse y esperar unos meses hasta la próxima.

En "Scoop", y como Tristanbaker, Allen tira de lo sobrenatural para poner en marcha la trama: una estudiante de periodismo recibe durante una función de magia un 'soplo' del más allá, que involucra al joven y atractivo heredero de una poderosa familia en una truculenta serie de asesinatos. La estudiante (Scarlett Johansson) y el mago (Woody Allen) son catastróficos pero tratan de solucionar el caso. El encantador sospechoso (Hugh Jackman) se enamorará de la joven. Y a base de errores todo termina cerrando. Argumento, estilo, afín a "La maldición del Escorpión de Jade" o "Misterioso Asesinato en Manhattan". Suficiente para un buen rato, pero poco tras el festín de "Match Point".

Viendo a Woody hacer el ganso -mucho tiempo sin verle tantos minutos- sonrío, pero añoro las carcajadas de otras veces. Con Scarlett no puedo pestañear, pero su personaje es tan previsible que es tonto -y la probable bis cómica de la deliciosa actriz, se va por el sumidero-. Y el papel de Jackman tampoco es un ejemplo de profundidad y matices, sino más plano que el torso de la Comaneci. Y así todos. Las apariciones del periodista difunto resultan caprichosas, los secundarios -la compañera de piso, el mayordomo- son típicos y prescindibles y, lo más importante: ¡la misma historia termina careciendo de todo sentido!. Porque lo de la secretaria fantasma es injustificable: ¡se desvela que, en realidad, no había el más mínimo motivo para que sea asesinada!

Pero insisto, río. Con la bergmaniana figura de la Muerte y su guadaña. Con algunos brillantes diálogos. Con los aspavientos de Allen. Estoy a gusto en el cine, con las piernas estiradas, casi nadie alrededor y un bombón a mi izquierda divirtiéndose con la película. Un buen rato, Woody, pero ponte las pilas el año que viene y deja de hacer películas de taquito, cabrón...

20 diciembre, 2006

Platamorfa

Siempre desestructurado e ilógico volví a Madrid con un apetito urgente: ir al teatro. Ignorante también en este campo repasé la cartelera a toda velocidad, dejando que uno de mis dedos meñiques, concretamente el del medio, recorriera obras hasta posarse en un nombre conocido: "Plataforma". La versión teatral del libro de Houellebecq. Lugar: Teatro Bellas Artes. Precio: una salvajada -atraco incluído por adquirir las entradas "on line"-. Protagonista: Juan Echanove. A por ello.

El frío en la calle es espantoso y la obra tampoco me hace entrar en calor. El escenario se mueve pero el público permanece parado. Sonido no muy bueno, actores que recurren al micrófono y efectos digitales que hacen todavía más indistinguible el texto. Siete actores, siete. Una chica alta y gritona que se pasa la función en pelotas y hasta eso lo hace mal. Un gordo con gafas de sol que confunde varias veces su texto. Un gracioso que parece improvisar. La guapa protagonista. Un triunfador con pinta de fracasado. Todos, como enanitos, girando sobre Echanove. Qué problema con el sudor tiene este hombre, por cierto.

"Plataforma" libro hablaba mucho de sexo: desesperado, milagroso, salvador y reconfortante sexo. Plataforma" obra apenas habla de otra cosa que no sea sexo: turbio, doloroso, baboso y gesticulante sexo. "Plataforma" libro definía al clásico turista occidental sin hacer diferencias, haciéndonos mierda a todos. "Plataforma" obra no define: apunta con un dedo inquisidor e inequívoco al turista sexual. La novela tenía humor y amor: aquí no hay nada de nada. Fallidos apartes de los actores al público. Ridículos karaokes. Bailes, farsa, todo desafinando a la vez. Ganas de levantarse y marcharse. De no perder más el tiempo. De ver otro escenario: el del gélido, aséptico, nocturno pero bien iluminado Madrid.

Pero aguanto. Aguanto la obra. Aguanto a mi madre, pesadísima con que uno de los actores se parece a no sé quién. Aguanto a mi chica, que a duras penas logra mantenerse despierta. Aguanto a la enferma mental de detrás, que no para de moverse y reir. Y aguanto a Echanove hasta que dejo de poder aguantar. Escena culminante, pináculo argumental, monólogo del afamado actor. Empiezo a toser, a toser, a toser, y el caso es que no puedo parar. Cuando lo logro le he jodido su monólogo. Fue sin querer, por el frío, la carencia de bufanda, pero en el fondo me alegro.

- La novela mola

19 diciembre, 2006

Sólo un hombre

España: hogar de frustrados y envidiosos, amantes de adorar y después hundir a mitos que nosotros mismos creamos. Propensos también a un tercer paso, fruto de nuestro yo bondadoso: arrepentimiento y justicia final -o mejor post mortem- hacia el ídolo por nosotros caído. Admiremos, despreciemos y elevemos al que ya no pueda verlo, al ritmo de caprichos y de modas, y entonces será el mejor entre todos. Iconoclastia y nostalgia cíclicas. Un coñazo.

"La silla de Fernando": la película más fácil de rodar que haya visto. Sentemos a un abuelo con batallas que contar, una cámara enfrente y, jóvenes embelesados, sentémosnos a reir con sus gracias. Luego vendrá seleccionar las que nos parezcan más divertidas, un poco de nostálgica música, algunos fundidos en negro y listo: felación cinematográfica, homenaje en vida, "película conversación". Esto último es idea de David Trueba, junto a Luis Alegre director y máximo responsable.

El tema es que el Fernando de la silla es Fernando Fernán Gómez. Uno de los rostros del cine español. Escritor de novelas, obras de teatro, guiones cinematográficos. Director de películas y series de televisión. Personaje de nuestro siglo. Joven de sonrisa fácil y rostro abobado, viejo feroz de barba osezna y pelirroja con tendencia a los insultos. Mucho cuidado con meterse, ahora, con Fernando Fernán Gómez, que se nos muere. Y tampoco hay motivos para hacerlo, sino para darle las gracias.

Cuando Fernando dice algo gracioso hay carcajadas del equipo de rodaje -Elena Anaya está entre ellos, ay-. Fernando mira con cara de no comprender si le preguntan alguna gilipollez. Y Fernando es sincero con los grandes temas de la vida: fue de derechas antes de la guerra, de izquierdas después, siempre quiso ser muy rico. Rico de verdad: de los de mansión, grandes lujos, ejército de criados. Y también fue borracho. Y mujeriego. Sobre todo mujeriego: por encima de todo está la belleza de una mujer. Lo dicho: sólo un hombre, aunque muy grande. Peliculita, pero personajón.

17 diciembre, 2006

Día de partido

Estoy comiendo cacahuetes. Adoro los cacahuetes, aunque me deforman y me convierten en un esponjoso y blandengue ovillo de lana a causa de sus aceítes y azúcares.

Es algo que me ocurre sobre todo aquí, en España.

Aunque en Inglaterra pasaba lo mismo. Y en Portugal. En Moscú, en cambio, estaba delgado: apenas nos dejaban comer por miedo a que nos envenenaran.

Hoy a la mañana despertamos pronto, entre el trinar de los pájaros que lamentan que el frío haya tomado el jardín. En su canto también hay envidia: por alguna ranura de la blanca cocina les llega el olor de las salchichas hervidas, que no llegarán a probar.

Sí, el ronco y vinoso aroma de las salchichas de Navititá.

Salchichas hervidas, sí. Desayuno favorito. Día de partido.

Pero ahora lo que importa es que se acercan las salchichas. Esperamos y me invade la histeria y empiezo a correr y a entrar y salir de armarios empotrados abiertos.

Es como cruzar un bosque de trajes suaves, y su tela huele a flor.

Debajo de ellos, alineados, hay un ejército de zapatos. También me gusta frotarme con ellos, pero ahora no puedo.

No le gusta al Hacedor Extremo. Me regaña. No hay que hacerlo ahora: sólo cuando no esté delante.

En otra pared hay dos ventanas enormes. Salto para asomarme por ellas, pero nunca lo consigo. Son tan altas que he de conformarme con mirar desde abajo las nubes. Hoy son pocas, es un día despejado.

Sigo saltando hasta subir a la cama. En ella, en el medio, está el Hacedor Extremo. Tumbado boca arriba, mirándose en el espejo del techo. Ya tengo las patas sobre la suave sábana, doy un último saltito para subirme a su panza.

No me echa, le gusta que me suba a su panza. Desde ahi miro las paredes una a una, como un monarca que contemplara su reino. Descubro algo nuevo: cada pared es de un color diferente.

Algo que tampoco es que tenga mucha importancia: soy daltónico.

No distingo los colores. Tampoco puedo conducir. Ni jugar al fútbol. Soy un perro.