He decidido quedarme a vivir en Gales. No os lo creeréis, pero así es y será. El último día, la última noche, antes de mi prevista vuelta, en una maravillosa velada conocí a la mujer de mi vida. Bueno, de la mía y de la de varias generaciones de varones. Fue al volver de la
fiesta de despedida. Volvía yo terriblemente borracho en el autobus cuando, en un ataque de hispánica nostalgia, decidí tomar el relevo de un insoportable italiano que torturaba a los presentes empleando un micrófono. Se lo arrebaté y comencé a cantar, cuello en grito, clásicos
imprescindibles de la música latina. Éxitos como Mi carro me lo robaron, ay quién maneja mi barca, el imprescindible Aserejé y algún que otro tema de Operación Triunfo deleitaron a mi foráneo público. La respuesta no fue la esperada: fui expulsado del autobús.
Afortunadamente no estábamos lejos de Lljandletnreorns, o como se llamara mi pueblo, que ahora sí puedo considerar mio. Caminé, haciendo eses, zetas y todo el abecedario griego, y finalmente llegué a la plaza de la villa. Allí, tres de la mañana, sólo me recibieron las gaviotas. Piropeé a alguna, que estaba de muy buen ver, exhibiendo voluptuosamente sus acariciables
plumas. Pero no me dieron ni pelota.
Pero ella sí. De pronto, de un hotel con tarifas especiales para gente centenaria, con prótesis o que llevaran puestas camisetas de Lady Di, salió ella. No podéis haceros idea. Su pelo platino deslumbró mis hiperdilatadas pupilas (¿demasiado carbunco en la cena, quizás?). Las flores de su vestido supusieron un súbito llegar de la primavera. Sus blancos y aterciopelados brazos me abrazaban sin tocarme. Todo era dulzura. Frenesí. Amor.
Me contó su vida. No sólo colaboró a derrotar a los alemanes en la I Guerra Mundial, trabajando en una fábrica de calzoncillos para los soldados escoceses (historia no del todo creíble, ya que todos sabemos que éstos, debajo de las faldas, nunca llevan nada). Además había conocido a Freud (lo que la ayudará a comprender mis extrañas disfunciones sexuales y sueños húmedos varios) y, lo más importante, fue elegida "Miss Llandutno Wet T-Shirt". Y eso que, en aquel entonces, ya llevaba bastón.
No sabéis lo que es mi vida, ahora. La quiero. Por su experiencia, por su carácter apasionado, porque las recetas con las que trafica me sirven para conseguir centraminas y viagras a mitad de precio. Por lo bien que me hace el té.