25 junio, 2007

En el gueto, I

Aunque te digan que fue porque las ratas devoraron a Andrés -aquel inoportuno disfraz de quesito en la fiesta del colegio- los Pérez no se marcharon del barrio por eso. Tampoco porque su padre empezara a creerse un camión de la basura -resultaba tan ruidoso y sucio- ni porque su madre se destrozara una oreja cada vez que intentaba hacer mayonesa. Marta, la hija, tuvo la culpa por ser una nínfula obeso-perversa. La llamaban 'Lolota' y con sólo trece años se acostó con el cristalero, un hombre casado. Nunca la perdonaron que pesara el doble que él.

Bajando a la derecha, tapando unas casas, te sorprenderán unas palmeras. Sí, es verdad que estarían mejor en la playa, pero aquí están: las únicas desde que los Amaya se mudaron a la carretera perdida, buscando más espacio para su arte, sus cánticos y su chatarra. En la acera de enfrente, a la izquierda, se crió Francisco Pérez: era tan horrible jugando al baloncesto como brillante como subgerente bancario. Jamás conocimos su casa: nos daba miedo su hermana pequeña, una especie de enano pecoso y con falda.

El dinero se iba rápido en los Recreativos Sevilla pero... ¿cómo olvidar esa Plaza? La sombra y la serenidad de sus árboles, sus desperdigados bancos y sus sudamericanos borrachos la hacen parecer tranquila... ¿pero entonces? ¿A cuántos no os atracaron 'entonces'? Nadie que quisiera llegar a casa calzado se atrevía a cruzarla. Según la madre de Jose Rafi, adicta a los ovillos de lana, ¡vendían en ella droga!. La Plaza, antes marginal, ahora ofrece todo lo que se necesita para ser feliz: una tienda de alimentación, un bar y una peluquería tropical.

Podrás llegar a su casa a cualquier hora, porque siempre te recibirá despierta. Jamás duerme: sus gafas, su vestido corto, sus piernas llenas de músculos te harían sentir segura a su lado en un terremoto. Si no has cenado lo harás y si le gustas, algo seguro porque siempre le gusta la gente, te enseñará los jerseis diminutos que teje. Te preguntará si no son preciosos, y en verdad lo son: tan pequeños y tan delicados parecen hechos para un príncipe, per abrigarán a los bebés de la familia y el barrio.

14 junio, 2007

Un chico con guantes

En la vida hay temas mejores de qué hablar que de fútbol, pero no siempre me siento capacitado para hacerlo; además, es agradable entrevistar a futbolistas: chicos jóvenes pero precoces, que viven rápido pero a los que nunca abandona la inocencia de quien se gana la vida dándole patadas a un balón. También sale barato hablar con ellos: pidas lo que pidas -Coca Cola, croquetas, una de gambas- siempre paga el del bar, y algunos futbolistas están rodeados por un aura de deidad moderna. Iker es uno de ellos: capaz de volar y con el físico de un dios, probablemente sólo ser el portero de la selección española le impida ser uno de ellos.

- No estoy acostumbrado a hablar con estrellas como tú... ¿Qué podemos saber de ti? ¿Qué opinas de tu vida?
- Es un sueño. Un sueño hecho realidad. Sería un desagradecido si dijera lo contrario.
- ¿Todo lo que te rodea te parece -entrecomillo con las manos- "un sueño"? ¿Has oído hablar de las guerras, de la pobreza, del hambre? ¿También te parecen "un sueño"?
- Sé que el mundo no es perfecto. Sé que me pagan muchísimo por algo que quizá no lo merece, pero también sé que no lo hago por dinero, sino porque siempre lo desee.
- Pero tu trabajo no es perfecto: no puedes abandonarlo para ir al baño, las reglas son distintas para ti, y ni siquiera puedes ir vestido como el resto de tus compañeros: haga un calor espantoso o un frío desgarrador tienes que llevar guantes. Enséñame esas manos, Iker... ¿has visto? Están blanquísimas. Lo que me imaginaba. En la playa debes sentirte como si acabases de rodar Gilda. ¿Es duro, no? ¿No te gustaría llevar gorra?
- La verdad es que no soy coqueto. Yo soy un chico de barrio.

En eso Casillas tiene razón: es un chico de barrio, y más en concreto de Móstoles, una humilde ciudad dormitorio del suroeste de Madrid. Se va por la N-V y después por la carretera que llega, tras un montón de rotondas, a Alcorcón. Ahi suspendí seis veces el examen de conducir, conozco bien el camino. Es más, si alguien quiere bombardearlo aquí tiene mi firma de apoyo: Flesich.

- Valdano, Lillo y otros literatos llevan años hablando de la soledad del portero: la sombra amenazadora del larguero, el humillante desenredar el balón de las mallas tras un gol... ¿Es ser portero estar loco? ¿Es el uno a la espalda la marca del demente? ¿Acabarás sonado, alquilando una tienda de campaña a los yonquis? ¿Sigue habiéndolos en Móstoles?
- Jaja, no. Es verdad que es un puesto complicado, en el que es difícil disimular los errores. Tiene una presión especial. Los otros jugadores pasan a la historia por los aciertos: nosotros, los porteros, por los fallos.
- Ahora que sacas el tema vamos con un repasito histórico: el gol de caja torácica de Arkonada en el Parque de los Príncipes. Zubizarreta en Francia 98: los nigerianos todavía se están riendo. O el lamentable fallo de Cañizares en la Eurocopa de Bélgica, cuando se cortó el pie en el cuarto de baño. Se hizo mierda: la habitación del hotel parecía el set de filmación de Viernes 13. Así tenemos esa leyenda negra los españoles...
- La de Santi fue una reacción instintiva, que le puede pasar a cualquiera. Pones el pie para evitar que algo se estrelle en el suelo.
- Pero no si ese 'algo' es una botella de colonia de cristal, Iker... La verdad, uno espera que un portero esté pendiente de esas cosas.
- Se aprende con los años, y Cañete lo hizo: desde entonces siempre lleva el perfume en cantimploras de plástico.

Hablamos sobre la ya desaparecida Ciudad Deportiva, donde ahora arden los rascacielos. Solía ir allí de joven a ver a los canteranos: ver a los del Barça me quedaba muy lejos, y temía cruzarme con el Pep Guardiola en algún callejón oscuro.

- ¿Sabes cuándo te vi por primera vez? En el 93, creo. Fui a entrevistar a Floro.
- ¿Pero cómo puedes acordarte de mí?
- Ya eras muy bueno, y tan altito... a cualquiera le habría pasado lo mismo. Luego llegó tu debut: a los 17 años, casi un niño, debutaste en San Mamés. Delante de millones de vascos gritándote cosas horribles, como que los españoles no sabemos cocinar bien las kokotxas.
- Sí, con Toshack. Ese año Illgner se rompió y Bizzarri no tuvo nada de suerte...
- ¿Que no tuvo suerte? Si algo tuvo Bizzarri fue suerte: era malísimo y jugaba en el Madrid. Como tantos otros "arqueros" argentinos: mucha teoría, mucho aguantar de pie, mucho achique... no te jode. Al menos Bizzarri se llamaba Albano -un nombre a mi gusto precioso- y tenía pinta de portero: pienso en el Mono Burgos, Busquets o Higuita y me pongo de los nervios... ¿Hay intrusismo en tu profesión, y si la hay... qué opinas de ella? Si dices algo inteligente quizá pueda utilizarlo cuando me pregunten sobre periodismo.
- No sé si llamarlo intrusismo. Estoy de acuerdo con traer gente de fuera, pero siempre que mejore a la de aquí. Muchos porteros jóvenes españoles no tienen oportunidades porque un extranjero les cierra la puerta, y no por ser mejor sino por ser extranjero.

"Gente de fuera", "cerrar la puerta"... Escuchándole no sé si Casillas es patrocinado por Reebok o por el Frente Nacional de Le Pen. Sólo mi profesionalidad y que se me ha dormido una pierna me impiden levantarme e irme. Se lo hago notar.

- ¿Y tú que te crees, que eres conocido por tus méritos? ¿Por tus títulos, por todo eso del Madrid y tanto blablabla? ¿Y si sólo te admiraramos por ser el novio de esa... de esa... de esa chica tan guapa que es la novia de Casillas?

Ahora es Iker el que está a punto de marcharse. Lo evito arrojándome a las ruedas de su gigantesco Audi.

- Espera, Iker, no me has entendido. Plantéatelo al revés. Quizá no está contigo porque seas alto, joven, guapo, famoso, rico y no sé cuántas cosas más. Piénsalo. Puede que te esté utilizando. Piénsalo mucho, hasta que termine afectando a tu rendimiento. Piensa en cuando juegas fuera: tú por ahi, concentrado en un hotel, rodeado de huevos en pantalón corto... y mientras tanto ella sola, en Madrid todo el fin de semana, saliendo con sus amigas a su bola. Y un bombón así...
- ¿Estás bien?
- No Iker, no estoy bien. La verdad es que no estoy nada bien. Vivo un momento difícil.
- Voy a decirte algo y acabamos la entrevista: ¿Sabes lo que para mí es el amor? Un penalti. Un puto penalti en el que tú, por supuesto, eres el puto portero. No tienes ni idea de por dónde va a llegar el balón, es casi imposible que lo pares y, además, nadie confía realmente en que lo hagas. Pero tú no lo dudes: tírate. Tírate, siempre, hacia la derecha o hacia la izquierda. Por instinto, por verguenza, a ver qué pasa... Tírate, estírate e intenta detener el balón. Lo malo no será que no lo pares: lo malo es quedarse haciendo la estatua, pasmado como un idiota.

No sé de qué coño hablas, Iker, pero de algo sí que estoy seguro: no pienso volver a Móstoles. Me enferma acercarme a este lugar.

07 junio, 2007

Tonysyl, IV

Me gusta que nos hagan fotos. Lebbra consiguió hoy una cámara y antes de que la coloque nos hacemos fotos. Los cientos de quietas esferas del escaparate sirven de telón de fondo, y nos turnamos los tres junto a la relojería. Primero yo y Lebbra: es un poco más bajo y huele a boca de perro, pero me gusta salir pegado a un colega y le abrazo por los hombros. "No te acostumbres, mamón, que es lo más parecido a un abrazo de mujer que te van a dar sin pagar". Después se ponen Syl y él, y como siempre no pierde la oportunidad de cogerla. Su brazo alargado y moreno es como una serpiente, que se enrosca en su cintura. No me mola, pero me callo. Finalmente, nos ponemos Syl y yo. Syl sonríe. No cabe la risa en su cara, como si fuese la chica más afortunada del mundo. Yo, riendo y enseñando la lengua, sé que efectivamente lo soy. Lebbra sigue haciendo fotos y Syl y yo seguimos dándonos besos, toneladas de inmortales besos.

Apuntes de una mudanza, I

Ante la imposibilidad de mudarme de planeta o de calzoncillos o de casa tengo que resignarme a cambiarme de oficina, que no de trabajo, porque eso también resulta imposible dada mi completa ineptitud profesional. Resumiendo: mi santa empresa, que sigue dándome toneladas de dinero a cambio de todo mi talento y mis sinuosas curvas, se traslada. Se rumoreó mucho tiempo que sería a la Ciudad de Telefónica, esa legendaria urbe donde los semáforos son teléfonos y las papeleras son teléfonos y los teléfonos son teléfonos, pero al final no pudo ser porque tenía unas pésimas comunicaciones (o siempre comunicaba). Finalmente el cambio es a una oficina cercana, cercana a la oficina actual y a los Picos de Europa porque a todos nos queda espantosamente lejos de casa y del vientre materno que es de dónde nunca, jamás, deberíamos haber salido.

Nuestro nuevo domicilio es, según dicen todos -incluso los que lo conocen- bastante peor que el de ahora. Un amigo informático cuyo nombre no diré -sí que pesa más de cien kilos y lleva coleta y tiene apellido de superhéroe y acento extranjero- me dice que hace un calor espantoso porque los sotanos se recalientan más que los de una actriz porno por la acumulación de PC's. No sé. Otro amigo, también informático y también argentino (en realidad el mismo amigo, no me habla mucha gente en el curro) señala otro inconveniente: hay un baño por planta y en cada baño sólo dos tazas, lo que supone menos de un centímetro de cerámica Roca por nalga. Espero que mis compañeros no le den mucho a la fibra porque eso después del almuerzo va a ser como un lavatorio en la India.

Pero para mí el principal problema de cambiarnos de oficina es lo que esperan que hagamos en ella: trabajar. Qué manía. Y algo peor: otra vez el difícil y traumático proceso de conocer a nuevos seguratas. Siempre lo mismo (uno de los sacrificios de una profesión como ésta de periodista, llena de despedidas y viajes): cuando empiezo a encariñarme con ellos y sus técnicas de cacheo, llaves de judo y bromas groseras sobre cachiporras y esposas, nos separan. Como una hija de diplomáticos, o la esposa de un evasor de impuestos, soy víctima del desarraigo. Adiós Berihuete, adiós Mari Angeles, adiós Fermín y adiós Hijo de Berihuete, como quiera que te llames. Recordaré, siempre, las veces que os sorprendí viendo películas porno, las veces que me cazasteis olisqueando los asientos de mis compañeras, o aquella paliza a ese despistado anciano que llamó a la puerta creyendo que era su casa. Adiós, seguratas, adiós. Os mandaría estas líneas a modo de despedida, pero temo que Fermín y sus casi dos metros intenten volver a encularme.

Puestos a buscarle algo bueno a esta tragedía diría que mostrará de qué pasta están hechos mis compañeros. El anuncio de que los armarios de discos y libros podían ser saqueados fue como decir en un colegio de monjas que acababa de llegar Ricky Martin: gritos, carreras, muertos por aplastamiento, lencería volando por todos lados. El Ministerio de Medio Ambiente ha declarado al edificio Parque Nacional, como Monfragüe, por la abundancia de buitres leonados: robaron hasta un fax, como si la gente decente siguiera usándolos en este siglo. Respecto al office, el pillaje recordó a Nueva York en el apagón del 77 (sin violaciones, una pena). No importó que las máquinas de patatas contuvieran antiguedades dignas de Christie's: las hordas ansiosas de colesterol las mancillaron igual.

Llama la atención ver la cantidad de porquerías almacenadas a lo largo de estos años. Una compañera de mujer necesitó más cajas, para sus cremas reafirmantes y anticelulíticas, que Victoria Beckham cuando se marche a Los Angeles. Hay toneladas de desperdicios por todos lados, parece Nápoles. Al fondo de una cajonera ha aparecido el cadáver de un becario, al que siempre criticamos pensando que se había ido sin avisar a "20 minutos". Por la desorganización sólo hay CocaCola normal: los gritos de las adictas a la Light me despertaron ayer de la siesta.