23 abril, 2006

La Leyenda Cumple, I

Considerando los lustros de mala alimentación, las dos cajetillas y media de tabaco diarias, la ingesta masiva de alcohol y menos deporte que la cupletista Olga Ramos todos, especialmente los que le queremos, apostábamos porque palmaría al poco de cumplir los 30. Pero, y me sorprende cada vez que hablo con él, sigue vivo, celebrando aniversarios como ayer, en que conmemoró 32. Los mismos que River Phoenix, Jimi Hendrix, Jim Morrison y otros que no se cuidaron no llegaron a avistar, lo que mereció una reunión en el escenario de su diminuta mansión, en la que nos encontramos amigos de toda la vida, compañeros de la facultad y los bares, conocidos de medio pelo, cualquiera que pasara por allí e incluso algún vecino que acudía a protestar por la bulla pero fue retenido e invitado a una copita. Igual que otros sobreviven a enfermedades o guerras él sigue sobreviviendo a sí mismo. Es un pésimo invitado pero un notable anfitrión. Como tal, tuvo para todo el que llamara a su puerta un abrazo sudoroso, una bocanada de humo, un vaso de cubata sin hielo y una lonchis-lonchis peinada, que para eso era una velada distinta y se practicaba el atusamiento nasal.

Salí de trabajar tarde y llegué cuando la fiesta estaba empezada, tras preguntar a los travestidos dónde estaba la plaza de los cines Luna (pronto les inquiriré, directamente, por Casa Isra). Evité con paso ligero a los atracadores barriales. No llevaba botella porque acudir a una fiesta de Isra no lo precisa, ya que el licor será abundante o del todo inexistente, y en ambos extremos un recipiente etílico de 750 ml es anecdótico. Puestos a no transportar tampoco acarreaba regalo ni marihuana ni nada, porque no me dio tiempo a pasar por casa. Pensé aunarlo todo y, directamente, regalarle unos cogollos, pero no los hubiera disfrutado por encontrarse beodo. Ya de por sí equipado con el mismo paladar que una cabra ayer lo mismo daba maría que hachís, cebolla que cebolletazo y ocho que ochenta, por lo que le invitaré otro día, cualquiera.

Entrar en una habitación en la que se encuentre Isra es adentrarse en una pesadilla patrocinada por Philip Morris. El humo se avistaba desde la calle. No calculé las personas presentes, o sí lo hice: 31 individuos se hacinaban en apenas 30 metros. La delgada puerta roja no podía contener el escándalo. Temí que ardiera un cenicero, o una cortina, y se desencadenara una avalancha humana que nos matara como a peregrinos en La Meca. Cerré los ojos y divisé una estampida. Los abrí y contemplé la estampida en el dormitorio, donde turnos de cuatro o cinco sujetos, ocho o diez fosas nasales hambrientas, entraban y salían y se arrodillaban ante una mesilla de noche. Todos me invitaron, casi me pidieron, drogarme, pero ayer para variar no quería. Tenía runrunes en la cabeza, temía desatar mis demonios internos y convertirme en un brasas. Puesto de coca hablo más y aumenta mi densidad. Hoy pienso que debería haberme comido dos lonchas, estábamos en familia.

Empecé la velada serio, pero las conversaciones intrascendentes, el Ron Negrita caliente y dos petas en diez minutos mejoraron mi ánimo. Difícil proclamarlo, pero fui feliz. Como persona sentimental celebro los reencuentros, y entre ellos no hubo ninguna rubia tetuda que me complicara la vida, pero sí muchas desconocidas carentes de todo interés. Cuando no abrían la boca parecían prostitutas, cuando hablaban parecían italianas. Creo que eran las dos cosas. Isra estaba entusiasmado porque apenas conocía a la mitad de sus invitados: el destino le devolvía generosamente lo que él hizo en tantas fiestas. Repetía a cada persona lo mucho que se alegraba de verla, como si acudir a su fiesta fuera un sacrificio de película de Von Trier. Aplaudo la honestidad y profesionalidad del camello, pues la merca no le puso la lengua de trapo y estaba, además de soportable, encantador. Llevaba una camiseta azul espantosa que dignificaba con buen humor. Dos ingenieros exhibían camisetas negras y naranjas que reclamaban el germen de la movida en la Facultad de Caminos. Elvirita, que estaba muy guapa, hacía fotos de las camisetas de todo el mundo. La dije que se quitara la suya; estuve a punto de conseguirlo. Como dos pequeñas velas sobre redondas tartitas de cumpleaños, sus pezones habrían sido soplados por Isra a los sones del Happy Birthday to you.

Antes de que helicópteros de la Policía tomaran la casa y se desarrollara una operación militar como la que recuperó Perejil Isra dio un inconexo discurso pidiendo que nos marcháramos. Dudo mucho que fuera cierto, pero corría el rumor de que las prostitutas, yonquis, asesinos y subdelegados de Hacienda que malviven en el edificio se estaban quejando y exigían que nos callásemos. Ese era el deducible mensaje final de las digresiones y contradicciones de Isra, jaleadas por un auditorio entregado e, insólito, obediente. Hasta ayer le otorgaba la misma credibilidad y convicción que a un político del CDS, pero es un nuevo Isra y cambió mi impresión. Debe replantear su existencia y probar en ese terreno. Gozamos de contactos en las juventudes del PSOE e Isra no desluciría junto a Simancas, Trinidad Jiménez y Pedro Zerolo. Nos marchamos; yo detecté, en la escalera, problemas en la visión y debilidad en las rodillas: las copas habían hecho efecto. Hoy las cago en forma de fuego.

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