Me ha sido imposible robar a la familia Díaz fotos de la niñez de su hijo, como lo sería arrebatarle a este un bocadillo de queso a la hora del aperitivo, cualquiera de las 24 del día. Por eso, para recrear su figura de fauno, su bobalicón perfil, lo fío todo a mi escasa pericia literaria y, sobre todo, al empleo intensivo de los más ocultos ríncones de vuestra perversa imaginación. No me es sencilla, además, y espero ser aplaudido por ello, la tarea de abstraerme y vislumbrar en la mente al Francis más niño, trayéndolo de mis nebulosos recuerdos, para lo cual utilizo métodos de psicología argentina basados en la anulación del llamado "mecanismo autoprotector de la memoria infantil", o MAMI que tienen la facultad de eliminar fragmentos pueriles y dañinos para el individuo que se apresta a revivir un trauma. Tener presente durante todos los días de mi vida a este sujeto, su imagen, ha sido aún más desgastante que oirle meter alaridos cada vez que ha habido fútbol y ponían el partido del Madrid. Volver a vivirlo ahora es una misión ciclópea.
No creo necesario aclarar que Francis, desde luego, no tuvo una infancia feliz, y que sólo criarse entre humanos, especie que cuida y respeta a la prole propia ajena, le salvó la vida. De haber nacido tigre habría muerto abandonado por su madre, decepcionada con un cachorro incapaz de cazar a un artrítico cevatillo. Hasta la más paciente manada de migradores se hubiese cansado de esperar al miembro retrasado de la expedición. La propia naturaleza habría ejercido su justa aunque cruenta tarea, matándolo ante su pésima adaptación al medio, su propensión a la enfermedad.
En ese sentido considero apropiado recordar, por ejemplo, el hecho de que cada dos o tres días, por ejemplo, Pili bajaba con él en brazos, en un triste descenso del segundo al primer piso, para que mi padre le hiciera la prueba de la apendicitis. Aunque sin ningún conocimiento médico práctico, y por razones que desconozco, circulaba en el vecindario la leyenda de que mi padre detectaba dicha enfermedad mediante una serie de palpamientos y análisis de la reacción del paciente, lo que le convertía en una autoridad sanitaria ante los ojos de la desesperada madre del presunto afectado. Pili tenía una fe ciega (y eso no alude a sus gafas de culo de vaso) en él, por lo que Francias acababa en la consulta de mi salón, tumbado sobre el sofá gritando como un cochinillo mientras mi padre le tocaba malévolamente diferentes partes del vientre. El pronóstico del doctor Vidiella era invariable: "Lo que le pasa al cabrón del niño es que se ha vuelto a hinchar a comer", sentenciaba, lo que se solucionaba con un guantazo materno por la gula incontrolada de su hijo, a modo de "no vuelvas a pasarte, animal". Francis nunca tuvo apendicitis. Otra cosa hubiera sido que mi padre, en vez de especializarse en tal mal, hubiera sido capaz de diagnosticar meningitis, síndrome de Díaz Martínez o cualquier otro retraso mental, pruebas positivas siempre, pero no, el mal estomacal era simple consecuencia de las dificultades de adaptación de su estómago a la hipocalórica y demencial dieta familiar. "Es que son de León y allí se come muy fuerte, hijo, porque hace frío", era la respuesta de mi madre a mi pregunta infantil de porqué todos estaban tan gordos, excepto Francis. Este, y ya hasta en eso, era la decepción de sus padres, por su aspecto flaco, como de reptil malalimentado, y no sólo por su físico sino también por sus hábitos: no paraba de moverse, de gritar, de agitar una lengua bífida y de romper todo lo que le rodeaba. Pensábamos que cualquier día empezarían a salirle escamas o concha mientras, agitado por un comportamiento prehistórico, partía clicks, airgamboys, lo que fuera. Ni las chapas resistían aquellas embestidas, temblorosas y animales.
Ya por entonces también resultaba notoria su absoluta falta de coordinación o, para no ser siempre tan pesimistas, su total descoordinacion. La dominaba. Revistas actuales como "Ser mamá hoy", "Tú y tu bebé" o "Cómo orientar a tu pequeño mastuerzo" han dedicado editoriales al tema, y parece solución común la de someter al pequeño a unas cuantas clases de psicomotricidad, que en el caso que nos ocupa más bien debería haber sido un master. Pero, como pasaba en esa España de entonces, la familia nunca aceptó de buen grado la anormalidad del retoño por lo que, para solucionarlo de manera discreta y con ese ingenio que es tan propio de la gente humilde y de bien, inventaron un método casero para que Francis, que ya era llamado así desde que era un embrioncito, superara sus problemas (al menos esos que eran evidentes sin necesidad de que aprendiera a hablar). La técnica consistía en tirar un montón de canicas al suelo, lo que en un primer momento ya producía un ruído espantoso, al que tuve que acostumbrarme como vecino de abajo de una manada de elefantitos. Tras contactar con el suelo las canicas se desparramaban por el piso inclinado de la casa, momento en el cual Francis debía comenzar a recogerlas a toda velocidad con los pies, uniendo sus torpes movimientos de andar con el reto de asir con los pinreles esferas. Un metodo cruel, probablemente ideado por alguno de los médicos y teóricos del III Reich, del que ya Emilio se declaraba un ferviente admirador.
Presenciada desde mi casa, entonces, la secuencia de acontecimientos era siempre la siguiente: primero el ruidito de las canicas, impacto primero y posterior rodamiento. Eso ya despertaba mi infantil curiosidad por lo que, de inmediato, abandonaba juegos, deberes o entretenimientos y me paralizaba expectante. En segundo lugar venían los pasitos descalzos de Francis, que se veían sucedidos por más ruiditos de bolas rodantes, lo que evidenciaba que el chico era incapaz de atrapar ninguna, escapándosele como pequeños y aviesos animalillos. Aquí comenzaban mis risas, con esa alegría que sólo puede exhibir una criatura, que pronto se convertía en carcajada al escucharse un desmesurado "bummmmm" que señalaba de manera inequívoca la imposibilidad del muchacho de mantenerse en pie mientras caminaba sobre canicas. Como postre, y para mayor regocijo, la bronca de Emilio con gritos de bestia salvaje, y algún que otro guantazo. Todavía hay gente que se sorprende cuando digo que, pese a haber sido hijo único, jamás me aburrí de pequeño. Francis, los pésimos materiales de construcción empleados en el edificio y la particular pedagogía de sus padres son, en gran parte, responsables de mi muy feliz infancia.
Francisco Alberto Díaz Martínez, que ese es el nombre completo, recibía palos por todos los lados. Por lo de las canicas, palo. Por romper todos los juguetes suministrados a la familia por alguna ONG, palo. Porque cada vez era más notorio e indisimulable su retraso mental, palo. Pero su incipiente carrera de esparrin y puchin bol se fraguó definitivamente en el colegio, en el glorioso y nunca bien ponderado JOYFE (JOsé Y FElipe, original acrónimo de la institución educacional sita, originariamente, en Emilio Ferrari, 6). Y aunque en sus aulas el peso de sus nuevos contrincantes era mínimo, en comparación con el de "Little Head Emilio", su hasta ahora más frecuente castigador, las palizas ininterrumpidas y diarias de medio colegio podían llegar a ser mucho más dolorosas, sobre todo para el ego.
Los primeros años de escuela no fueron, de todos modos, completamente infelices. Amparado en la mayoría, camuflado en un bosque de babis, mocos, orines, vómitos y plastilina no llamaba especialmente la atención. Incluso mostraba alguna que otra habilidad, desde luego no en terrenos intelectuales (fue celebre su atascamiento, el primer día de clase, en el segundo palote). Como institución que, además de la formación mental, se preocupaba por la corporal de sus alumnos, en el Joyfe había clases de natación en las que Francis no se manejaba mal. Aún hoy su habitación exhibe, orgullosamente colgado, un pequeño y amarillento diploma con el dibujo de un delfinito como aprobado en la prestigiosa Escuela de Natación del Barrio de la Concepción, en cuyas piscinas practicábamos. Pero todo cambió el día en que, de la noche a la mañana, su metabolismo, más que cambiar, tornó loco. Amparado por su habilidad acuática podría haber evolucionado y amanecer como un anfibio gigante, trinfando en el medio acuoso y mudándose a una charca, pero la evolución fue invertida y permaneció en tierra expandiéndose, mucho más gordo. A los cinco años el flacucho muchacho, de un día para otro, se atocinó. Consultando volúmenes de psicología infantil deduzco que el motivo principal fue el nacimiento de su hermano pequeño, Luisito, y probablemente por llamar la atención Francis se transformó en un luchador de Sumo con sobrepeso.
Con la transformación se multiplicaron las palizas. Lo peor que se puede ser en un colegio de barrio, subvencionado ciento por ciento, es diferente, y Francis se transformó en ser masivo. Cuando a lo anterior se le suma una estupidez insultante pasa lo que le pasó a él: algunas amistades de la época de parvulitos, como Jorge Lobo (adalid de la paciencia y el único que siempre le soportó), Andres Pérez (alias Gundemaro) o incluso Israel Sánchez Rol y yo le seguimos dirigiendo la palabra. Pero todos, salvo Jorge, también le pegamos a partir de esa época, en la que los Hot Dogs se convirtieron en sus mejores amigos y comenzó a engendrarse el odio y la asocialidad que tan intrínsecos le resultaron después.
- Los orígenes de Francis
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