Cuando se estrenó, en 1995, "Dead Man", su director ya era uno de los niños mimados de la crítica y el cine independiente mundial. Jarmusch apenas había dirigido seis largometrajes, tres de ellos en blanco y negro, pero su llegada a Cannes con un western onírico, de nuevo sin colores y protagonizado por Johnny Depp provocó tanta expectación como división de opiniones. No es de extrañar, porque es extraña, hipnótica e incalificable, en la que todos los componentes clásicos del gran cine del Oeste son reinterpretados a través de un tamiz de filosofía, pesadumbre y mucho humor. Como de costumbre en Jarmusch se nos muestra la evolución de un protagonista castigado por el azar, cuyas predicciones vitales se ven prontamente alteradas por acontecimientos que escapan a su propio control. Aquí la cosa se vuelve loca: el melífluo y dubitativo oficinista se transforma en muchas cosas a la vez: la reencarnación de un poeta fallecido, el más temible asesino y una leyenda de violencia y venganza en un país en plena construcción, Estados Unidos, forjado precisamente por esos principios. La mirada de Jarmusch sobre esa época es crítica y demoledora, la crónica de una América construída por tipos violentos, inescrupulosos, blancos y sin más motivación que la ambición personal. Una sociedad casi pesadillesca que no permite la supervivencia de seres pacíficos y sensibles como el protagonista inicial. Temas modernos en un surrealista western.
Tiroteos azarosos desprovistos de grandeza y heroísmo; tramperos desesperados de extraños hábitos sexuales; cazarecompensas pueriles, charlatanes o caníbales; agentes de la ley humillados; indios amistosos, poetas, eruditos y filósofos... Un argumento que mezcla géneros imposibles de mezclar como el western pesimista y sombrío y la comedia... La utilización de míticos (Robert Mitchum) e improbables actores (un travestido Iggy Pop)... Secuencias oníricas, fundidos en negro que puntualizan los hechos, la nostalgia y la pesadumbre de la música de Neil Young... Un cóctel de melancolía, misticismo, muerte, irrealidad y risas. Inmejorable ejemplo del porqué de la admiración por Jim Jarmuch.
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