30 julio, 2006

Sunday Morning

- ¿Estás enferma, resacosa o cansada?
- Las tres cosas.
- ¿A qué hora sales?
- A las cuatro.
- ¿Te apetece tomar algo cuando salgas?
- Si me recupero, es posible. ¿Quieres que te ponga otra copa?
Contra la barra suena el cristal de otro vaso de roncola, y el tintineo de dos chupitos de absenta cortesía de la casa. Él lo bebe de un trago y pone cara de duro. Ella lo bebe de un trago y apenas disimula la arcada. Quizá haya sido al revés. Ella tiene el pelo corto, la espalda ancha, el culo estrecho y la piel morena. Tras la barra las acaba de conocer a las dos: a ella y a su camiseta blanca de tirantes. Le fascinan su sonrisa fácil, su mirada seria, sus cejas de ardilla, su aroma a canela. Ah, y sus abultados pezones, dos setitas bajo el algodón crecidas tras una lluvia improbable.


- Supongo que aparecer en la oficina con ese aspecto es una broma, ¿verdad?.
Once palabras, cada una más alta y aguda que la anterior. Resuenan en mi arrugado cerebro como si estuviera en el campanario de Notre Dame y fuera Quasimodo resacoso. Trato de no escuchar a mi jefe concentrándome en las estúpidas consignas que cubren las paredes de su despacho, pero su teléfono que no para de sonar me ata a la pesadilla. Dudo de si echar a correr. De si echar a llorar. Nada de lo pienso parece útil. Cualquier explicación sonará increíble, cualquier excusa inventada. El aliento es mi enemigo. La felicidad que queda en mis ojos desmiente que no haya podido dormir por la fiebre.


- Vanessa, la que te la pone tiesa.
Sonríe. Es una chica con sentido del humor y mucho estilo. Bajo la música incalificable las mujeres son mayoría, pero encaró a una rubia de magnífico cuerpo y espíritu de camionera. Va a por otra copa para ganar tiempo y encontrar digna respuesta al pareado, pero cuando regresa la encuentra subida a uno de los altavoces restregándose enloquecida con un negro semidesnudo apenas cubierto por músculos. Viéndola bailar con él, contemplando sus nalgas, sus caderas desprejuiciadas, cómo le pone las tetas en la cara, se da cuenta de que Vanessa nunca miente. Se la está poniendo tiesa.


- Ahora haz el favor de explicarte. Entiendo que llegues dos horas tarde. Que no hayas dormido. Que estés todavía borracho. Pero aparecer así es una tomadura de pelo.
Como si lo ocurrido fuera el fin del mundo. La empresa no para de dar pérdidas y nadie dice nada. La gente se pasa el día cotilleando y marchándose pronto a casa. Seguid con vuestras aburridas vidas. Ni siquiera tú tendrías que haber estado esta mañana: ¿no tienes nada mejor que hacer con tu puta existencia que venir a currar un domingo? ¿No es más fácil que me dejes volver a mi puesto, que recupere cuanto antes el tiempo? Estoy dispuesto a olvidar la resaca si cierras esa maldita bocaza.


- No disimules fingiendo que es la mejor noche de tu vida: por mucho que te contoneés, que rías, que bailes como si fuera la última vez y seas deseada por todos los hombres te mueres del aburrimiento. ¿Cómo puedes ser tan hermosa? ¿Sabes que no había visto nada tan bonito desde que comí esos hongos y hablé con Dios? ¿Eres un ángel?
No lo es, pero es preciosa. Y sevillana. Y trabaja en televisión. Le concede unos minutos pero la entrevista se corta: los patrocinadores Ralph Lauren, Tag Hauer y Porsche, nada menos que Porsche, la reclaman.


- Sabes que tengo mucha paciencia. Viste como reaccioné cuando llegaste tres horas tarde el día que debías poner en marcha las máquinas. O cuando aquellos impresos salieron mal por tu culpa y dije que era un fallo técnico. Empiezas a preocuparme no sólo como empleado, sino como ser humano.
¿Te preocupo? Vomitaría hasta el alma viendo tu cara de amargado. Me pone enfermo tu total falta de sentido del humor. Tus nalgas repletas de agua. Tu pelo de muñeco de tarta. ¿Qué sabrás tú de seres humanos, venusiano? ¿Qué sabes de mi puta vida? ¿Qué es este papelito? ¿Qué tengo en la cabeza? ¿Por qué no paran de caerme cosas del pelo? ¿Es confeti?


- ¿Cómo os llámais? ¿Dónde puede irse ahora? ¿Puedo?
La discoteca cierra y su puerta vomita racimos de borrachas circenses. Grupos de coyotes olfatean saldos de última hora. Ningún grupo le propone compañía. Suelta unos cuantos bocados. Va de un lado a otro. Es de día. La claridad ha cambiado a la ciudad, se pierde varias veces, llega a la estación de tren, recorre sus túneles como un zombi y, al llegar al andén, se tumba a esperar. Irá directo al trabajo: no da tiempo a pasar por casa. Duerme, duerme, duerme, recupérate.


- No estoy aquí para eso, pero hasta me veo obligado a llamarte la atención por tu aspecto. Apestas a tabaco y a alcohol. Ni sé el tiempo que llevas sin lavarte la cabeza y sin afeitarte. Y sobre todo, joder, ¿donde has visto que la gente vaya a trabajar descalza? ¿Qué te crees que esto, Nigeria?
Ni esto es África ni soy uno de esos hippies quedados que creen que bajo el asfalto sigue creciendo la hierba. No me creo nada, y por eso me cago en este puto trabajo, me cago en tu puta madre y me cago en el hijodeputa que me ha robado las chanclas. En Vanessa, en la camarera, en la sevillana y en tó.

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