Su guión, efectivamente, no cuajaría en un capítulo de Ana y los siete. Narra el viaje de dos hermanas y un niño que escapan de la guerra pero no pueden huir de su infierno familiar. La primera mujer, enferma, es traductora y alcohólica. La segunda sólo se preocupa de satisfacer las demandas de la zona centro-sur de su cuerpo. El niño, hijo de ésta última, asiste a las disputas de ambas mientras despierta a la sexualidad estimulado por su despampanante mamá. El cóctel se completa con abundantes desnudos, sexo y masturbación.
Dicen que Bergman es incomprensible y aburrido pero mis tres neuronas fumonas le adoran. Este tratado sobre la soledad, la incomunicación, el rencor y el deseo le acreditan como lo que es, un maestro. La insana relación entre Esther (autoritaria, cerebral y autodestructiva) y Anna (voluptuosa, descarada y vengativa) es inolvidable. Al odio que se profesan, surgido del recuerdo y la culpa, se le suma un deseo incestuoso. Johan, el niño, aporta juegos y esperanza pero también se ve encerrado en ese enfermizo mundo. Los secundarios cierran el círculo: el feo camararero apagafuegos, el melómano trabajador del hotel, un grupo circense de enanos. Drama y toques cómicos. Dreyer, Fellini, Resnais, fundidos.Además de por su fascinante historia la película deja sin respiración por su estética, que combina barroquismo y sencillez, lo onírico con lo identificable. Absorto, contemplo una pesadilla en un país irrespirable, extraterrestre, poblado por seres que hablan un idioma irreal y a los que parece imposible acercarse. Me aterra su incomunicación, su silencio. Me hace reflexionar sobre la incapacidad humana de afrontar, dialogar y solucionar los problemas. Me deja aturdido. Y feliz por sentirme profundamente infeliz.
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