Superados los ochenta y cinco años Ingmar Bergman acaba de estrenar en España Saraband, su última película, motivo suficiente para repasar sus mejores obras. La primera del ciclo es Un verano con Mónica, rodada en 1953 y con la que llamó a las puertas del público internacional, algo nada extraño ya que es ágil, juvenil, amarga y muy sensual. Pasadas cinco décadas cuesta encontrar películas con la frescura de estas imágenes en sobreexpuesto blanco y negro del que debe ser hermoso verano nórdico.
Retomando la repetida (también en la vida real) historia de la mujer y el pelele Bergman nos engatusa con el entusiasmo, la espontaneidad y el ansía salvaje de vivir de Mónica, enamorándonos así de ella (él, directamente, tenía un lío con la actriz) y metiéndonos en el pellejo del novio, que bebe los vientos por y babea con ella. Eso en los buenos tiempos, porque luego septiembre pasará factura por disfrutar de tan envidiable verano. Eso sí, ni misoginia ni crueldad innecesaria, sino la simple constatación de que los excesos suelen terminar pagándose, y liarse la manta a la cabeza provoca ceguera. Pero que a Harry le quiten lo bailao, que encima era en un camarote y mecido por las olas. De las virtudes de Un verano con Mónica habla, por ejemplo, que encantara a Truffaut: fascinado por la hembra y la película homenajea a ambas en sus 400 golpes, donde el niño Doinel roba un cartel que muestra a Mónica- Harriet Andersson como dios (y Bergman) la trajo al mundo. Tampoco es descabellado afirmar que Un verano con Mónica tiene algo que ver con el escenario, fotografía y torridez de otro estupendo debut: el de Polansky y su Cuchillo en el agua.
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