Los Zucker y Abrahams ven el filón y tres años después filman Airplane, dirigida por este último. Ideado básicamente por David, el film mezcla gravedad y risas, robando del cine de catástrofes (de moda en esos momentos) la tensión dramática que provoca el destino fatal, trágico, de unos personajes tan corrientes como el propio espectador. Que estén condenados a morir (y que ellos mismos lo sepan) propicia que sus actos sean importantes, especiales, queribles... en muchos casos heroícos. Pero obviando el hecho de que van a fallecer: ¿no es verdad que mucho de lo que en esos momentos afirman es ridículo, pretencioso, patético? La pirueta de Airplane es que, en sí mismo, ningún personaje será "gracioso": su desubicación, su fingida dignidad, su gravedad impostada serán lo que le dé gracia al film. Lo logra: no hay más de treinta segundos en los que uno no se ría, ni encontraremos un personaje sin una buena línea de texto. Éxito brutal de taquilla, Airplane se convertirá en clásico, con sus ventajas y desventajas; si bien su recuerdo es glorioso, la rentabilidad de la fórmula provocó y continúa provocando patéticas imitaciones. ¿Por qué, 25 años después, la película no está avejentada? ¿Por qué hace reir, y mucho, tanto a los que la ven por primera como por vigésima vez? Ni por sus parodias/ homenajes ni por nada parecido. Es por un guión trepidante, repleto de personajes encantadores a quienes apenas dos frases bastan para traslucir una ridícula vida, una descabellada existencia, unos pueriles temores. Parodiables y patéticos como uno de nosotros. Siendo tan parecidos... ¿no es lógico que nos carcajeemos de ellos? ¿No lo es, también, que con su similitud, con sus chistes desesperados y estúpidos, hayan llegado a ser parte de nosotros mismos? Esa identificación, esa mezcla de sus vidas y las nuestras, es lo que ha convertido a Aterriza como puedas en una ligera, modesta y por muchos discutible obra maestra absoluta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario