17 octubre, 2005

Que no nos vean

Las escaleras del edificio en el que trabajo están casi siempre vacías: la gente opta por los ascensores. Recurre a subir o bajar a pata sólo en caso de incendio (por desgracia, muy infrecuentes), cuando los elevadores mecánicos están averiados o, en algunos casos, por compañeros con problemas de peso y que pretenden así quemar grasa que no queman de otra forma. Para ellos esas escaleras son un simple medio, además incómodo, de llegar a su puesto de trabajo.

Yo acabo de pasar por ellas. Para mí son otra cosa: son el lugar donde, escondidos, nos agazapabamos a besarnos. Donde, cuando más hartos estábamos de todo, nos encontrábamos en un abrazo que nos alegraba el día. Donde bromeábamos sobre si cámaras ocultas nos estarían vigilando; donde ella se sobresaltaba porque pudiera aparecer alguien y nos sorprendiera. Eran un mínimo paraíso en la oficina, la guarida de una relación secreta, el lugar más íntimo en una prisión de máxima seguridad.

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