Leyendo 'Levantad, carpinteros, la viga del tejado' se avanza a la velocidad del sonido. La prosa de Salinger, por lo general fluída, a veces ralentizada por su intelectualidad, es aquí ágil, ocurrente, mundana y superficial. Hay reflexiones densas, brutal nostalgia -humorística y cínica, desde luego- y mucha emoción contenida, pero se va más por lo anécdotico y cómico. La historia es breve: Seymour va a casarse por sorpresa y Buddy es el único Glass que puede asistir a la boda. En ella o, mejor dicho, en lugar de ella, se ve inmerso en una aventura entre prohibida y absurda, incómoda pero apasionante que, a la postre, le terminará acercando todavía más a su hermano mientras deambula sin él entre personajes tan realistas como locos, retratados con una maestría que los cnvierte, de inmediato, en familiares. También hay reflexión sobre el amor y el matrimonio, las apariencias sociales, los juicios y los prejuicios y la libertad individual como arma frente al "qué dirán". Este desenfrenado y humoristico torrente se convierte en un tranquilo y amargo caudal de melancolía en "Seymour: una introducción", donde Buddy cambia de tercio y moldea la figura de su hermanito del alma. Como un gigántesco epitafio, leemos el perfil pormenorizado del líder mental y sentimental de los Glass, del "Mesías Seymour". El gigantesco panteón de palabras termina ahogando una historia que Buddy o, mejor dicho, Salinger, trata de oxigenar con recuerdos de la infancia y llamamientos directos a la atención del lector. Los primeros son agradables; los segundos, aunque disfrazados de reparos de un narrador vergonzoso, pueden terminar cansando.
"Levantad" es entonces una pequeña y deliciosa construcción que une lo que puede pasarle a cualquiera con el maravilloso y tortuoso mundo de los Hermanitos Glass. "Introducción", en cambio, no llega a satisfacer del todo. El personaje es tan admirado y solemne que erigirle un monumento exige de demasiadas letras: emplear tantas sólo en su pedestal me termina resultando pesado.
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