Una semana después de aterrizar en Madrid, y de forma más íntima, he organizado mi reencuentro con él. No a través de sus discos (no oigo otra cosa desde que soy un bebé, como semi-analfabeto musical que soy) ni equipado con mi ouija (mi madre me la ha robado: se pasa las noches de ligue con Humphrey Bogart), sino viendo Imagine: John Lennon, documental que muestra, entre otras muchas cosas, su lado más íntimo a través de grabaciones domésticas.
Dicen que se trata de una obra de encargo: en 1987 un periodista, que nunca había hablado con Lennon, publicó una biografía acusándole de ególatra, violento, borracho y drogadicto. Aunque no llegó a afirmar claramente que, además, fue marica y del Atleti, Yoko Ono se puso guerrera y organizó la defensa. Encargó a alguien de confianza lavar la imagen del mito cediéndole el citado material de archivo, y convenció a Cynthia (primera señora Lennon), Julian (hijo mayor) y Sean (el pequeño) para hablar ante la cámara, prestándose ella también. Todos en fila dijeron que John era maravilloso. Que era humano, amante, padre. Les creo. Y la película me hace llorar.
Desde hace años intento convencerme de que, de no haber sido agujereado, Lennon se habría vendido y estaría trasnochado, repelente, muerto. No lo logro: le echo de menos y me siento un poco huérfano. También trato de que más música me llene, pero siempre vuelvo a los Beatles. Son los únicos que lo consiguen del todo. Y, más recientemente, saboreo un poquitó más la vida degustando películas y viajes, libros, amigos, mujeres, niños. Y termino fantaseando con lo que sería, fumándonos un buen peta, poder comentarlo con John, y que él lo hiciera canciones. Todas esas tonterías las he vuelto a sentir esta noche. Gracias pues, obra de encargo.
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