Cuando se encontraron en la puerta de aquella farmacia llevaban mucho tiempo sin verse. No le fue difícil reconocerla: encogida por el frío,en medio de las obras que cambiaban por enésima vez la cara de aquella placita, se encendía un cigarro y miraba a su alrededor. Nerviosa, por las ganas de verle y por los ruídos infernales que emitían esos malditos cacharros. Antes de llegar donde estaba, y de saludarla, no pudo reprimir la sonrisa: en todo este tiempo no había cambiado. Conservaba la cara de pequeño demonio. Triangular, pecosa y rodeada de pelo naranja.
- ¿Cómo estás, Pelirroja? ¿Nunca dejarás de adelgazar?
- ¿Y tú? ¿Nunca llegarás a tu hora? Me muero de hambre y habíamos quedado hace media hora...
Se abrazaron. Se besaron, Y tuvieron que decidir dónde irían a comer. Había muchas opciones, demasiadas, algo desastroso para gente incapaz de decidir. Pero ellos dos no podían soportar más el ruído.
- Podemos comer en mi casa- dijo él-. Está aquí al lado y tiene calefacción y comida. Les corté las cuerdas vocales a mis vecinos, y los niños de la casa de arriba son paralíticos por lo que nadie hará ruido. ¿Sí?
- ¿Tienes cerveza? ¿Tienes casa? ¿Cómo puede ser que tengas hasta comida?
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