Caché (Escondido) narra la historia de una acomodada familia que empieza a recibir cintas de video, envueltas en desagradables e infantiles dibujos. Las cintas se limitan a mostrar su casa, su día a día, lanzando clásicos planteamientos de thriller: la amenaza de un desconocido peligro, la fragilidad e inocencia de los amenazados, la incomprensión e incapacidad de los que deberían protegerles. Hasta ahí nada nuevo, pero en Haneke ese hasta ahí termina a los cinco minutos, porque le interesa otra cosa: ¿Alguien puede llamarse inocente? ¿Alguien está libre de la mala conciencia, la culpa, la vergüenza o la autodesconfianza? ¿Quién no está dispuesto a aprovechar la fuerza, la mentira, el poder, por miedo a perder lo que tiene? Primero compartimos la incertidumbre y descomposición de la familia acosada, pero luego contatamos lo culpables que son estos inocentes. El castigo que sufren los acusados es proporcional a la incapacidad del poderoso de afrontar y reconocer sus miserias. Haneke lo pone fácil: si nos vemos tan reflejados en estos privilegiados es porque actuamos igual que ellos.
No hacen falta música o gritos cuando la lógica de los hechos lleva a la desesperación. La mentira, la paranoía, el racismo, el sadismo y el egoísmo infantil son el perfecto retrato de los ignorantes que niegan de dónde viene este bienestar. Haneke retrata el mundo post 11-S, pero también anticipa disturbios como los recientes de Francia. Presenciar su película no es entonces pasarlo mal contemplando escenas horribles que no hay. Sólo nos sienta frente a un espejo: contemplarlo y sufrir no será responsabilidad suya, sino de todos nosotros.
1 comentario:
El sábado estuve en el cine y al apagarse las luces se notaba la tensión, la gente miraba la pantalla con inquietud, casi con miedo a lo que se les venía encima. Dos horas más tarde, salían de allí como boxeadores tambaleándose después de una pelea. Supongo que no volverían a casa felices después de haber visto un anuncio precioso de marlboro country. Al contrario, es posible que les hubieran hablado de cosas que preferían no oír, o que estuvieran inquietos pensando si Europa debe sentirse culpable de pecados que no recuerda haber cometido, o tal vez miraban a sus parejas pensando lo frágiles que son los cimientos sobre los que hemos construido nuestra vida. En definitiva, les habían provocado una sacudida. Tal vez haya gente que no le apetezca ir al cine para eso. A mí sí, aunque ya casi me había olvidado. Lo que está claro es que hoy en día pocos son capaces de generar esas sensaciones. Muy pocos, quizá sólo Haneke.
Publicar un comentario