Llamada el domingo a primera hora: mi madre, para no variar. Su conversación al menos no versaba esta vez sobre tuppers, si dormía en su casa esa noche o la urgencia de llamar a alguien porque era su cumpleaños. Esta vez era algo original e importante: se había muerto su madre, mi abuela.
Tenía 92 años y llevaba un año como un mineral (ni oía, ni hablaba ni se movía), dos como un vegetal (leves reacciones ante la luz -alegría- y el agua -rabia-) y tres como un animal (se mostraba hosca con sus hijas, apenas reconocía a sus nietos y no controlaba esfínteres). Con esa evolución era previsible y deseable que pasara a mejor vida, que en este caso lo era.
Como siempre he sido muy educadito y muy mono tuve bastante trato con ella; de haber sido insoportable, ruidoso y feo no me hubiese hecho ni caso. Era de ese tipo de abuelas, pero no la culpo: cada uno siente como puede y a ella la salía así. Hasta creo que coincido un poco: no aguanto a los pendejos que gritan y están cubiertos de mocos, no paran de romper juguetes y desorganizan mis cosas. Tampoco es culpa mia, sino de la herencia genética pues.
Los últimos años no la vi demasiado, porque no lo paso especialmente bien contemplando la agonía ajena. No seré buena persona, pero me apena que me contemplen y no me reconozcan, o que se me pongan a llorar por el hecho de observarme. Supongo que cuando la pasaba era porque estaba feliz, pero prefiero hacer feliz a un amigo invitándole a una copa o a una mujer con mi micropene antes que a una abuelita demente. Efectivamente, no debo ser buena gente.
Cuando la veía mucho, durante casi toda mi vida, siempre me porté bien con ella, así que no tengo reproches que hacerme. Ella a mí tampoco: pasé varios veranos con mis abuelos en un pueblo y jamás me abrí una brecha en la cabeza, ni dejé embarazada a ninguna mocita ni me pillaron follando gallinas, hechos todos que hubieran arruinado el buen nombre familiar. En vez de emborracharme o apedrear pajarillos permanecía en casa viendo ciclismo o películas, o jugando a la Canasta, deporte en el que mi abuela era definitivamente imbatible. Si se dedicara a ese juego la misma atención que al fútbol lloraríamos su muerte como la de Maradona, aunque ella no consumiera cocaína, lo que también es muy triste.
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