24 agosto, 2006

Nanookmanía

Fumar, además de provocar impotencia y malformaciones en el feto, es germen de más de una obra maestra. Y si no que se lo digan a Robert J. Flaherty, que en 1916 montaba, con el abundante material rodado en tres años de expediciones por la Bahía de Hudson (Canadá), la que iba a ser su primera película. Pero el despistadísimo Flaherty olvidó un cigarrito encendido junto a los miles de metros de negativo, con las humeantes y esperables consecuencias. En vez de abandonarle por fracasado su comprensiva esposa le animó a regresar a Hudson para rodar, ahora exclusivamente, la vida de los esquimales. Pasó un año y Flaherty tenía lista para estrenarse "Nanook", pero las distribuidoras estadounidenses la rechazaron: ¿a quién podían interesarle las penurías de unos salvajes en un gélido paisaje? Pues a los 'raritos de siempre': a los franceses. Así son nuestros vecinos. Pathé estrenó el 11 de junio de 1922 el documental -ni existía dicho término-, un fracaso en Estados Unidos pero exitoso en Europa. Después será considerado el mejor -y primer- documental de la historia del cine.

"Nanook el esquimal" es la historia de un esquimal cazador y su familia en las durísimas condiciones del ártico. Muchos grados bajo cero, vientos polares, escasez de alimentos y la imposibilidad de sintonizar la Sexta para ver el Mundial. Flaherty dijo: "No me propongo hacer películas sobre lo que el hombre blanco ha hecho de los pueblos primitivos, sino mostrar el antiguo carácter majestuoso de estas personas mientras ello sea posible, antes de que el hombre blanco destruya no sólo su carácter sino también el pueblo mismo". Menos mal que se dio prisa. En su película no hay petroleros contaminando mares ni rusos apaleando bebés de foca, sólo esquimales. Eso que ganamos todos.

Nanook es un ser de habilidad sobrenatural. Como un Mac Gyver con escarcha en vez de caspa en los hombros. Lo mismo sirve para un roto que para un descosido: guía a los suyos en medio de la tempestad, pesca con la habilidad de un mañoso oso polar, le sobra valor para enfrentarse a una gigantesca y bigotuda morsa y, en menos de cinco minutos, te hace un iglú amplio y con vistas al mar, ventanas incluídas, a base de machete y nieve. Nanook el esquimal es también tierno, enseña a su hijo a usar un arco y no para de cagarse de risa mirando a la cámara. Nanook es como el Ronaldinho del Ártico. Es su pericia tan incomparable, y dependen tanto de él los que le rodean, que uno piensa si a costa de Nanook el esquimal no habrá más de un Nanook el esquirol. En toda la película sólo curra él.

Las malas lenguas dicen que el documental está más escenificado que el matrimonio Ortega Cano- Jurado. Que ni siquiera la familia de Nanook era su verdadera familia, sino los bisabuelos de Bjork. Es verdad que cuando, en los fragmentos más emotivos de la película, se nos afirma que los esquimales están a punto de morir de hambre uno piensa si lo lógico no sería robarle la tienda de campaña a Flaherty y habérselo papeado, pero la ficción resulta. La lucha de estos simpáticos iletrados, la exhibición de carácter, afán de supervivencia y ojos rasgados, deslumbran. Cuentan las focas que Nanook el Multiusos murió, congelado y hambriento, a los dos años de la filmación. Lástima: yo lo quiero en Lavapiés, arreglándome las goteras y acabando con las cucarachas que pasean por mi cocina.

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