10 agosto, 2006

El 6º Sinsentido

Mi primera experiencia en un cine de verano fue hace quince años, acompañando a una de mis primas a ver "Rain Man" en San Juan, más por sus carnosos y familiares pechos que por la película en cuestión. No terminé de verle la gracia a eso de la sala veraniega, llena de ruídos callejeros y un ambiente algo alejado a lo que, en mi opinión, debe ser un espectáculo solemne y silencioso. Como después no he frecuentado estas proyecciones estivales ver "El bosque" en la sala de verano de la Filmoteca me trajo un regusto a veraneo en Alicante, película comercial y público relajado. Esta vez la compañía era más amorosa; la película, creo, todavía peor.

"El bosque" (2004) fue el sexto film de M. Night Shyamalan, joven de origen indio que a esas alturas ya había dirigido un enorme éxito de taquilla ("El sexto sentido") y varios fracasos de crítica ("El protegido" y "Señales"). La primera me gustó -como a casi todo el mundo-, nunca pude terminar la segunda -era insoportable- y la tercera, directamente, no me interesaba un carajo. ¿Por qué "El bosque" sí? Me dijeron que era bueníma, me dijeron que era espantosa. Esos cabrones despertaron mi curiosidad.

La historia arranca en Pennsylvania, donde una comunidad aislada del mundo entierra a uno de sus niños. Suponemos que es en el siglo XIX, pero el ambiente es todavía más rancio. Los habitantes del pueblo, menos de cien individuos, trabajan con una sonrisa en la boca, hablan un inglés algo extraño -bueno, William Hurt siempre habla un inglés algo extraño-, son bastante puritanos y esconden varios secretos. En concreto, se rigen por máximas rocambolescas: no pueden salir del pueblo y cruzar el bosque, no deben provocar a unas bestias que viven en él -"los que no podemos nombrar"- y han de evitar el color rojo que atrae a los bichos, de los que, salvo que son lo peor, no sabemos demasiado. Hasta que empiezan a aparecer.

Escuchando a los pueblerinos -las ciudades están llenas de pecado y sodomía, el mundo exterior es el infierno, como en casa en ningún sitio- uno piensa en el conservadurismo y la paranoia del planeta actual, lo que sugiere una crítica interesante. La música y la fotografía son perfectas... pero todo se derrumba muy pronto. Los personajes se vuelven ridículos, en especial el tonto del pueblo interpretado por Adrien Brody: una lección de tics, descontrol y sobreactuación. Él es, a la postre, el que desencadena toda una historia que salta de la fantasía a la realidad a su antojo, prescindiendo de lógica en aras a una credibilidad imposible. Empiezan los trucos de Night Shyamalan, su chistera de conejos tramposos. Los diálogos suenan pretenciosos, los actores incomprensibles, la tensión desaparece y los clímax, las revelaciones que deben hacer avanzar el guión, llegan a destiempo, increíbles. Sólo queda esperar la gran sorpresa final, la vuelta de tuerca tan afín al director. Amodorrado por el calor y los petas, agotado tras disputar un triatlón, después de seis días sin dormir celebrando mi cumpleaños y las fiestas de Lavapiés, hasta yo la adiviné en la segunda secuencia. Qué no conseguirá un cerebro saludable. ¿Qué nos queda entonces? La nada más absoluta. Los últimos veinte minutos son, simplemente, lo peor que haya visto en años.

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