El Guggenheim es como cuando quedas con un amigo que va a presentarte a su novia y ya de lejos, caminando, antes de cruzar la calle, te impresiona su tamaño. Pero mi emoción se ve algo diluída por el oso gigante de flores que tiene en la puerta. Y que no es un oso sino un perro, y que no se llama Gorka sino Puppy. Desde luego estos vascos ya no son lo que eran. Pero olvidémosnos del perro. Como es martes por la tarde y hace un calor espantoso no hay cola, por lo que prefiero no entrar. Sólo voy al cine en versión original y a museos que exijan largas esperas. En ambos es fácil frotarte con los compañeros de fila. Mejor acudo mañana.Mañana de miércoles. Tras dormir en el coche y desayunar unos deliciosos pinchos, lavarme los dientes y hacerme un portugués en una cafetería regreso al Guggenheim. Como está algo más concurrido me sumo a la cola. Llego a la taquilla y muestro mi carné de periodista para obtener un descuento, pero al ver que soy de Terra me suben el precio. Al menos me dan un móvil tamaño fémur, de esos que regalan las operadoras a cambio de puntos sin poner un duro. Marco el número de mi madre, con la que hace al menos diez minutos que no hablo, pero en vez de escuchar el manido "qué has comido Rafael" una señorita anuncia que ésto no es un teléfono sino una audioguía en español.
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