14 agosto, 2006

To er mundo e güeno (salvo Bush y alguno más)

Con 59 años, recién divorciado y superviviente de un cáncer, Nathan Glass regresa a Brooklyn (donde vivió hasta los tres años) en busca de "un lugar tranquilo para morir". Aunque satisfecho por seguir respirando, este jubilado vendedor de seguros se define como "un hombre de rídicula vida", un fracasado, sin motivación ni esperanzas. Doscientas páginas después, al final de "Brooklyn Follies", se habrá convertido en el muy distinto "Tío Nat", epicentro de una tribu de personajes reconciliados con la existencia gracias a su generosidad y entusiasmo. Ese reagrupamiento de seres queridos, ese reencuentro consigo mismo, le anima incluso a convertir en leyenda las vidas anónimas que le rodean, que somos. "El libro del desvarío humano", la colección de relatos que ocupa su mente al principio de la novela, se transformará en algo muy parecido a la propia "Brooklyn Follies". Nueva York, azar, el poder de las historias y las segundas oportunidades. Auster en estado puro, vamos.

Con él vuelven escenarios (Brooklyn, donde trabaja y vive el propio escritor, mostrado como a través del cristal de una de sus tranquilas cafeterías) y la figura del narrador culto, patético y desgraciado al principio del relato, capaz de terminar encontrando sentido a la vida a su fin. Como en el reciente "Libro de las ilusiones", a través de compartir las desgracias ajenas, volver a paladear el amor, el calor, la protección, el cobijo. Aquí incluso reconstruye una disgregada familia, regresa a las raíces, pone los primeros ladrillos del fantástico "Hotel Existencia".

¿Bonito? Bastante bonito. ¿Y sentimentaloide? Sí, algo hay. Demasiada bondad, demasiada comprensión, demasiado "porque si tú me dices ven lo dejo todo" en un Auster bajo los efectos del 11-S. Aunque prosa y estructura la hagan amena, la historia a veces es sepultada por las digresiones de personajes someramente increíbles. La muerte de un librero homosexual da pie a momentos tan insoportables como el del travesti negro de performance en el funeral, aunque ese tipo de ñoñerías -frecuentes en P.A.- son más que compensadas por fragmentos tan magníficos como cualquiera de los diálogos entre Nathan y su sobrino Tom.

Gracias a unos deliciosos capítulos finales, de hermosa sencillez, de sincera identificación entre escritor, narrador y lector, el libro termina volando muy alto. Crónica de esos días en los que se construye la felicidad, reflejo del ánimo necesario para mirar siempre al frente, la fuerza de la novela radica en ese optimista canto a la comunicación, al diálogo, a la reconciliación, al perdón. Convence la hostilidad a diversos aspectos de la sociedad estadounidense (consumismo desbocado, fanatismo religioso, excesiva cerrazón de un país bastante ignorante), pero no tanto la insistente crítica al Partido Republicano, a Bush, el episodio de las Torres Gemelas. Asuntos sucios, tan mierderos que amenazan con ensuciar este precioso, sonrosado y neoyorquino cuento de hadas.

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