25 noviembre, 2005

Zeppelines y torpedos

Elegí para vivir Lavapiés, además de por el frío que asola Puerta de Hierro, la poca accesibilidad en metro de La Moraleja o lo difícil que es conseguir papel de fumar en plena noche en Conde de Orgaz, por la cercanía del Cine Doré, ese que proyecta películas clásicas, desconocidas y siempre en versión original. La tengo a menos de cinco minutos pero no la frecuento como imaginaba: cuestión de horarios, o más bien de comodidad. Prefiero tirar de vídeos y quedarme en casa, donde además se puede fumar, antes que someterme a sus designios de proyección. Así durante dos años y pico, en los que debo haber ido una docena de veces.

Sin embargo, hoy me encapriché con ir al Cine Doré. Realmente no es comparable a quedarse en casa: la entrada imponente, sus asientos de madera, la moqueta y el techo pintado en un recargado y adorable azulón celeste. Antes de comenzar la película se corren dos cortinas que tapan la gran pantalla, mientras un espléndido y avejentado sonido estéreo (sin altavoces desperdigados y ensordecedores) escupe viejos acordes. A mi alrededor, como casi siempre ahí, se mezclan jóvenes sofisticados (gafas de pasta, bufandas multicolores, etc) con vejetes nostálgicos de esa película en particular, de ese tipo de películas en general y, desde luego, del propio cine Doré, al que quizá llevan viniendo desde hace cincuenta años.

Ir aquí al cine se convierte, entonces, en algo especial. El sonido no es metálico y atronador, las imágenes tienen la densidad de lo rancio y valioso, el más mínimo comentario se paga (me gusta comprobar que los ancianos son más intolerantes que yo, y chistan ruidosamente cada vez que alguien abre la boca) y son frecuentes, especialmente ahora en invierno, las toses, respiraciones costosas y trasunto de fluídos por las vías respiratorias. Película clásica, ambiente polvoriento, recinto de lujo y compañeros de platea que le rejuvenecen a uno: todo, por poco más de un euro.

¿La película? Muy apropiada: "Hindenburg", del veterano Robert Wise (de quien han proyectado un ciclo). Una superproducción, con excelentes efectos especiales, que recrea el terrible ¿accidente? ¿sabotaje? del gran zeppelin emblema de la aviación alemana. Una película sin demasiada fama pero más que entretenida, en la que los malos son muy malos, los buenos muy buenos y el espectador se entretiene gracias a una acción incesable, extraordinarios actores (George C. Scott y, sobre todo, Anne Bancroft están espectaculares) y espectáculo constante. Velada redonda, pues.


- La web de la filmoteca

- Y el desastre del Hindenburg

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