11 noviembre, 2005

Esperando el autobús

Todas las mañanas aguardo, en una calle que va a desembocar en la gloriosa y florida glorieta de Cristo Rey, en los aledaños de Moncloa, el autobús de empresa que me lleva a mi adorado trabajo. Como siempre pasa a la misma hora tengo identificada a una serie de personajes con los que, aunque jamás haya hablado, presiento tener muchas cosas en común. Siempre que llego los hallo(supongo que salen con tiempo, por si se pierden): son tres jóvenes retrasados mentales que, bulliciosos y siempre bien abrigados, esperan a que pase "la ruta", como ellos la llaman, que les transportará a algún lugar que desconozco (son demasiado mayores para ir al colegio, demasiado disminuidos para trabajar y demasiado europeos para ser mandados a algún campo de exterminio). Dos de ellos usan gafas, portan enormes mochilas y tienen muy despierto el instinto sexual: desbocados, babean al paso de las quinceañeras, sonrojando a más de una con sus groseros piropos. No dudo de que se masturbarán doce o trece veces al día recordando sus curvitas. El tercero, que no tiene gafas pero a cambio es calvo, se parece mucho al humorista (no descarto que sea él mismo) Santiago Urrialde y dice que tiene novia, que es sorda y que le quiere un montón. De los tres, es el más maduro y menos bandarra; a los otros sólo la deficiencia mental los aparta de la delincuencia. Son dos auténticos maleantes.

Un día, nacido con la misma algarabia y entusiasmo que cualquiera, los muchachos me regalaron una escena deliciosa y sorprendente. Mientras llegaba su autobús dos de ellos, por supuesto los de gafas, se empezaron a pegar. Todo se desarrolló a toda velocidad, sin previo aviso, cómo llegan estas cosas. Yo, sentado en la parada del autobús municipal, leía algo de filosofia alemana, conductivismo me parece recordar. No les había prestado demasiada atención -como hacemos, equivocados, con todo lo cotidiano-, pero provocó mi interés el notar que su conversación iba subiendo de tono, acallando las bocinas y motores del enésimo atasco en Madrid. Ahí levanté ya la vista: echando casi espumarajos por la boca, colorados como veraniegos tomates, discutían sobre una reyerta vivida durante la tarde anterior. Por lo que pude comprender (su vocalización, ya de por sí mediocre, empeoraba por la tensión del momento) uno de ellos no le había dejado la videoconsola portátil al otro, y además no le hacía caso. No era difícil, para alguien sensible como yo, que ha oído muchos discos de Victor Manuel, intuir que no sólo clamaba por compañía, por amistad, sino también por amor. Cuando pensaba que se iba a derrumbar y confesarle su aprecio, lejos de pegarle un abrazo le metió un empujón desmedido, al que el otro respondió enrabietado. Sus movimientos eran estrepitosos: entre que no tienen demasiado equilibrio, debido a su escasa expresividad corporal, y el peso de las mochilas, en las que deben de cargar piedras para que se mantengan en forma, dibujaban en la acera figuras rocambolescas como en un cuadro de Goya. La disputa pasó al nivel "pelea barriobajera" cuando el más alto, el empujado, el que pasaba del colega y no le dejaba la consolita, arreó un puñetazo al otro. Lejos de amilanarse, éste le respondió, produciéndose un intercambio de golpes realmente de lo más curioso: no había contras, ganchos, uppercuts ni escurridizas esquivas, sino puños lanzados fáciles de prever, con los brazos extendidos y una nula precisión.

Los estímulos aversivos, que generan gran cantidad de condiciones corporales sentidas u observadas introspectivamente, son estímulos que funcionan como reforzadores cuando se les reduce o se les extingue. No lo digo sólo yo, sino también B.F. Skinner cuando habla de comportamiento oerante. Bastante interesante, sin duda, pero de muy poca utilidad en la situación que en ese momento vivía. Los dos muchachos se zurraban de lo lindo, en cualquier momento iban a alcanzarse las gafas y, por tanto, la posibilidad de que hubiera cristales rotos y la cosa terminara en sangre crecía peligrosamente. Aunque soy de naturaleza tranquila, el momento no propiciaba la relajación y el buen rollo, por lo que nerviosamente miraba a mi alrededor para encontrar a alguien que pudiera ser de ayuda. Un equipo completo de fútbol americano, el bedel de algún manicomio, un árbitro de boxeo... Búsqueda infructuosa: aunque acompañado por dos o tres ciudadanos con aspecto de personas decentes, ninguno respondía al perfil que precisaba. Una mujer de aproximadamente 62 años y cuatro meses, con síntomas de osteoporosis, miraba hacia otro lado, fingiendo un inaplazable interés por la red de transportes de Madrid que colgaba de la marquesina. Un oficinista, de mediana edad y pelo bien peinado y cano, consultaba con detenimiento su agenda, en la que podía adivinarse sólo una cita a las doce de la mañana emplazándole a desayunar. La tercera ciudadana no disimulaba; es más, ni se había apercibido de lo que estaba ocurriendo. Mientras su mano izquierda peinaba una y otra vez el largo flequillo rubio, haciendo sonar todo tipo de abalorios y pulseras, con velocidad de vértigo su mano derecha tecleaba mensajes por el teléfono móvil (de antepenúltima generación; no era descabellado pensar que el de ultímisima lo tenía su padre, y el que antes usaba éste, su madre. Los móviles, al igual que la estupidez, se van transmitiendo así en el seno de las buenas familias). En resumen, era una niñata pija y alejada de la realidad: nadie más que yo, pues, se sentía afectado e impotente ante tan aterradora escena.

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