La trama, de la que es mejor no descubrir casi nada (sorpresas, trampas, pistas, despistes lo obligan) gira en torno a una certeza: la suerte, por encima del talento o el trabajo, marca la vida. Para demostrarlo expone el ascenso social de un joven profesor de tenis, más arribista que estilista, más voleador que jugador de fondo de pista. El chico es guapo, mentiroso y sin escrúpulos; imprescindible para triunfar en la vida pero a lo que sumar algo más: la suerte. Hasta el final no sabremos si la pelota cae de su lado.
Más proclive a la narración clásica que a piruetas experimentales (aunque Melinda y Melinda recientemente, o Zelig, hace veinte años, lo desmienten...¿ven que su cine es del todo inclasificable) Allen usa escrupulosamente el "planteamiento, nudo y desenlace", lo que propicia una tensión creciente pero también un arranque algo frío. Sorprende que ese planteamiento le exija más tiempo del acostumbrado (cuando la brevedad es, en Allen, una -afortunada- constante), debido a repetir algunas escenas que o bien explican lo ya explicado o sugieren lo que sólo son despistes. Problemas que, de todas formas, se acaban pronto, hasta que se precipita la acción. Es entonces, a partir de un momento decisivo, cuando la historia se lanza de modo frenético, con una tensión que enerva al espectador, ansioso por ver cómo terminará resolviéndose. ¡Y cómo lo hace! De forma tramposa pero soberbia, con el sabor de los grandes finales de las más grandes películas de este tipo (Téstigo de cargo, por ejemplo).Match Point es así una cumbre en el plano cine actual. Es una cumbre de amoralidad: es perversa y abyecta, de maldad clásica, que como la literatura galante no oculta su admiración por la mentira, el engaño o la traición, "bellas artes" de esa especie de ópera que es la vida. Pasará también mucho tiempo hasta volver a presenciar un crescendo dramático comparable al de la última parte del film. Y, dentro de un reparto excepcional, será imposible no detenerse en Scarlett Johansson, quizá el animal cinematográfico más hermoso del planeta. Borda su papel de mujer fatal, de mujer engañada, de mujer histérica y de mujer deseable. Lo borda todo. Le da a la película la densidad del mejor cine negro, la desesperación del thriller sentimental, la tersura que hace entender el querer naufragar a su lado. Woody Allen, que no es tonto, ya rueda con ella su siguiente proyecto. La buena forma de ambos hace albergar la mayor expectación.
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