Con "Yonki" ha sido diferente: en apenas dos días me lo he cepillado, lo que no es de extrañar por tres motivos: lo breve de la novela, su sencillo estilo y el interés de lo que en ella se cuenta (las peripecias de un adicto al jamaro). Burroughs vomita y escribe la crónica de una adicción: a través de la historia de Bill, su alter ego, nos narra cómo se introduce en la droga, cómo conseguirla, los seres que deambulan en ese mundo y, por supuesto, las exigencias, tanto económicas como físicas o legales, de satisfacer la adicción.
La novela, que fue publicada en 1953 (bajo el seudónimo de William Lee), es la primera de su autor. Según parece Burroughs no tenía ninguna fe en su capacidad artística, y fue Kerouac el que le convenció de escribirla. Desde luego, Burroughs no mitifica su figura ni la viste de poesía o mística: se limita, con un estilo frío, cortante, alejado, a describir situaciones y sujetos. No es mucho más que un diario; como mucho, en su relato critica el sistema legal, policial, judicial, su hipócrita y ciega actitud ante droga y drogadictos. Ahora no parece mucho; hace más de cincuenta años, desde luego, una actitud tan sincera sí merece admiración. Es entonces que la novela merece ser leída por esa sinceridad, que a muchos ignorantes aún puede enseñarles cosas. También por mostrar lo que pasa por el cerebro de un yonqui inteligente, realista, consciente de sus límites y sus fracasos. Nunca niega que la heroína es más fuerte que él, que es imposible la cura. Intentar dejarla es una lucha cotidiana; tan fuerte, que no fue capaz de hacerlo. ¿Vale la pena? La respuesta la tiene cada persona. Para Burroughs, desde luego, no. Era el subidón tras cada pinchazo lo que le valía la pena.
"He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una manera de vivir".
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